martes, 4 de octubre de 2022

El papel de la memoria en Pedro A. González Moreno

Pedro A. González Moreno
(Foto de Rueda Villaverde en La Tribuna de Ciudad Real)
 

  La memoria, la buena memoria, debería ser un presentimiento de futuro más que un confuso depósito de pasados, y nada como la prosa del calzadeño Pedro A. González Moreno como lugar y sangre en donde confirmarlo. Pedro siempre ha preferido, frente al machadiano “palabra en el tiempo”, el crespiano “el tiempo en la palabra”. Hace años ya, en un ingenuo artículo en donde intentaba acercarme a su hacer poético, escribí algo así como que en su poesía “la memoria de la vida pasada precede siempre a lo vivido”, y que vivir es “contar la luz que la memoria desprende” mientras se anotan caricias y erosiones. En otros momentos, y a lo largo de barísticas conversaciones, hemos acordado que vivir es un ir perdiendo, con lentitud de bruma, el aroma de los momentos en que fuimos felices, aquellos en que la vida se nos ofrecía como posibilidad, como aventura sin bordes, que vivir es venir de la apuesta y la alegría del sueño adolescente, juvenil, a la contienda de los otros, a la disputa de caminos sin señales (a veces de vino y rosas, en otras de quemante basalto).

Siempre creí que el enorme poeta que es Pedro A. González Moreno se vería abocado a contar con precisión pausada, más allá de lo ya apuntado en bastantes de sus poemas (léase “El ruido de la savia”), la patria proletaria de su infancia, el paisaje de cerros de su adolescencia, las ropas y lecturas con las que atravesara el dintel del mundo –siempre en obras– de los adultos. Sabíamos que necesitaba decírnoslo y decírselo. Ponerlo en papel. Lo ha hecho, joven aún, mas sin urgencia, en “Contra tiempo y olvido”, volumen que Valentín Arteaga ha presentado recientemente y que ha sido editado por Almud, la animosa editorial manchega que dirige Alfonso González-Calero.

Las memorias, el libro, son un modelo de estilo y naturalidad. El escolar y el bachiller que fuera el poeta, el novelista que las escribe ahora, pasa por las calles y las horas de Calzada, todavía hoy, como si no hubiera otro paraíso. Un paraíso vallado en donde los aconteceres de un mundo, de un país tardofranquista en cambio acelerado, apenas enturbian los pasos necesarios y los atrevimientos. El año 70, sus diez años, del pasado siglo aparece de continuo por sus páginas como un ecuador de conciencia, como ese pasar la raya que va desde los imaginarios de la infancia a los fermentos de la pronta adolescencia. Y en esa levadura hierve la palabra, el gusto por la lectura, la tentación de lo escrito. Hay un arca en la cámara de su casa que le sirve de tabla salvadora, de ara en donde la escritura acude a visitarle desde los 13, 14 años. Junto a la evocación de una Calzada dormida frente al Cerro Convento y Salvatierra, las páginas recorren los rincones emocionales de la infancia: el kiosco verde de la plaza, la papelería de las primeras cuartillas, la bocina de la Semana Santa, la chiquillería de la calle Ancha, los abuelos y las casas, la transformación de los hábitos rurales: es el momento de pasar de las lavanderas junto al Puente de Hierro a los primeros electrodomésticos, a la tele como ensueño. Y todavía y mientras tanto, el cine, esa costumbre, ese diálogo con un mundo extraño tan deseado como ajeno, pero siempre provocador. Qué bien contado ese contraste del apego a la ruralidad de lo manchego en la España del Lute con la multitud de chispazos (desde Pink Floyd a Woody Allen) que deslumbraban ya a los jóvenes de entonces.

Todo el libro es un cofre de afectos a la tierra natal, a una Calzada de Calatrava a la que nunca negó ni le negó, y en la que desde niño es conocido como “el poeta” según nos cuenta. Y todo el libro es la historia de una anticipación, la de saber que había un mundo más allá, un tiempo más allá, para el que las puertas estaban entreabiertas y era necesario buscar rendijas, atreverse a cruzarlas. Para este lector, la parte más clara y potente del libro es esa donde narra sus últimos años de bachillerato como una ceremonia de iniciación: allí sus primeros textos manuscritos y la maga aparición de una Lettera 22, aquella portátil de Olivetti que tanto supo después, allí el reto de escribir en larguísimo romance la historia de una excursión cordobesa, y, sobre todo, el regalo de ser bibliotecario municipal, dueño de las estanterías, con solo 16 años. Todo ello en el mismo espacio vital de los primeros cigarrillos, el póker y los bares iniciáticos. Luego, trasladado ya a Ciudad Real, la ilusión de los primeros premios y del primer libro colectivo – “Hacia la luz”–, de vivir el primer ambiente literario en la capital provincial antes de marchar a Madrid, a lo que vendría.


Extendida sobre la prosa elegante con que suele, de tan clara estructura como sobria y precisa adjetivación, queda expuesta, a lo largo de 33 estancias, la verdad expectante de una infancia en su lugar exacto y de una adolescencia forjadora de frutales porvenires. Porque ese es el papel de la memoria: establecer puentes transitables entre lo que quisimos ser y lo que tal vez somos. Es por eso por lo que, para guardar un tiempo de cambios, que bien merece, para ser salvadoras de las trampas del olvido, ha escrito Pedro A. González Moreno estas sábanas blancas de su memoria, páginas salpicadas hábilmente de textos recobrados, algunos de ellos inéditos, que le devuelven y nos devuelven los pasos, los instantes. Nos lo debía. Pero sobre todo, se lo debía.   


Contra tiempo y olvido

Pedro A. González Moreno

Almud. Ediciones de Castilla-La Mancha

216 pags.  18 euros

 


jueves, 29 de septiembre de 2022

Soneto en 21

 








Tal vez sea, sospecho,
que se callen
una a una las luces de mi casa,
sea un bronco sonar
que llega y pasa,
que en donde todo estuvo, nada hallen
 
tal vez sea que apaguen de repente
los geranios del patio
y el ciprés,
sea un muro sin antes ni después,
ese instante frontera
que no miente
 
como fuere,
lo aguardo con lo puesto
 
sin buscarlo, sin miedos y sin prisa,
sin rebelde temor
ni voluntad
 
y en la espera que acuda
con su gesto
a mis labios la cómplice sonrisa
del que llega conforme a la verdad.

 

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Fe de ausencia

 


      Septiembre y su final. Viernes. Lunes. Miércoles. 23/26/28. Tres poetas amigos hacen lectura y presentación de sus libros en Madrid. Miguel Galanes. Manuel Juliá. Rafael Soler. (Tres mocitos sevillanos tituló Díaz-Cañabate una crónica taurina en ABC por Puerta, Camino y Romero, allá en los sesenta). No son mocitos ni sevillanos estos, sí tres poetas que me importan. Ida y vuelta entre Madrid y La Mancha. No estaré en ninguno de los tres actos. No es mi costumbre faltar de donde debo y quiero, y me duele, por eso escribo. Se anuncian en Madrid y yo estaré lejos, físicamente. Pero animo a los lectores de Mientras la luz que puedan asistir a que deseen asistir. Y asistan. Yo iré con ellos.


      Miguel Galanes, fiel a Vitruvio, edita una nueva trilogía La vida ante todo en un solo volumen. Ya lo hizo con la anterior en 2019, estuve entonces. Desea por tanto repetir modos, camino a sus lectores. José Luis Morales hará, y lo hará bien, de presentador del triple texto. El mundo, la vida, la muerte. Será viernes y en el Centro Riojano. Buen lugar para seguir luego con el copeo y el tapeo celebrativo.


      Manuel Juliá abre la semana en la Alberti y arropado. Por Benjamín Prado como introductor y con las voces de Carlos Hipólito y Manuel Galiana para escuchar a su través poemas de El corazón de la muerte. Fiel a Hiperión, bajo su sello viaja esta antología que firma Jesús Barrajón, profesor de la UCLM, y en donde por algún sopié aparece mi nombre. Hay tabernas cerca que cierran tarde.


      Rafael Soler elige clásico: Libertad8 y 28 miércoles. Recupera en edición exenta el libro venero de su voz, Los sitios interiores, que publicó Adonais cuando Adonais. Fiel a sus amigos, lugar sin duda, Cuadernos de la Errantía, la editora unianual de Raúl Nieto de la Torre, se encarga de darle luz. Quiere celebrar con los mismos de entonces y los mismos de hoy, el renovado aroma de la tinta en flor. Aconsejo el Mercado de San Antón.

      A los tres poetas en trance les reitero desde aquí mi no presencia. A los amigos que ignoren este texto, se extrañen de la situación y pregunten -alguno habrá- por mí y las causas, aclárenles que no hubo falta de voluntad, por favor, por favor, por favor. Y que me duele desde ya.

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Carta pública a y dos poemas de Francisco J. Martínez Morán





       Querido tocayo, es difícil un título más corto que este No, que esta negación, un no que es una apuesta de afirmación ante el hecho de la vida como oportunidad. Desde aquella tarde en el Ateneo de Madrid en que M Losada llevó a 7 voces jóvenes, mana nuestro contacto, nuestro afecto, nuestras lecturas. Pocas maneras tan enjutas y esenciales a la hora de decir como la tuya. Es difícil encontrar en algún poema tuyo, tan cortos, tan claros, una palabra que no trabaje, una construcción que no esté empapada de significado y que, sin embargo, no busque renovarlo, trascenderlo. Por algún lugar del libro constatas y te (nos) adviertes que el poema es un imposible, un señuelo que nos obliga a escribirlo, un fósil sobre la mesa de lo que fue el instante en que lo soñamos. Y sin embargo seguimos, sigues, intentando cazar al unicornio que creímos ver. Rellenando papeles. Tu libro No, primer premio Francisco Brines, nos reafirma en la idea de que al buscar lo negado es posible crear y, a la vez, dejar un rastro de claridad, precisión, belleza. Escribes desde la contemplación, escribes desde lo maleable y roca del lenguaje, escribes buscando (logrando) la precisión, con la inteligencia de dejar abierto siempre el portillo de lo inexacto. Sabes que el poema no puede cerrar nada, que continúa tras el punto final. Divides el libro en cuatro partes, todas ellas transitadas por la mirada sobre las cosas y los montes del mundo, por la interrogación sobre tus modos de recorrerlas, por el apunte de aromas que permite el amor, por la tensión del diálogo con el río de los clásicos. Y en todo, la tentación de la agudeza aforística, que afortunadamente elevas hasta la altura de poema, hasta el andamio del asombro y la incerteza inquisitiva desde la que construyes. Sin que te enfades, debo decirte que, en esta época que premia el desaliño, he leído a pocos poetas con trazo tal de elegancia. Tu discurso es esa luz-túnel que intenta penetrar el corazón de la montaña. Lugar donde reside la guardada plenitud, la poesía. “La luz sigue avanzando y es tan pura/ como un ave entre el sueño y la vigilia” dices, y a veces pienso que son palabras que podría haber dicho un solitario de GD Fiedrich frente a los témpanos de hielo o los abismos de pinos. Un poeta es un hombre a quien la Naturaleza y la vida le sajan el pecho, le zarandean y discuten hasta hacerle decir, hasta hacerle escribir las palabras precisas que pudieran servirle de respuesta y salvación. Pero apenas si, para entonces, el poeta es capaz del balbuceo, porque es en lo impreciso de las brumas o las brasas en donde la verdad se esconde “como una lentísima cadencia de penumbra y rendición”, ese lugar en donde lo subjetivo es al mismo tiempo herramienta y obstáculo. Estás en el centro del conflicto, tocayo Francisco José Martínez Morán.



Digo que No ha sido editado por Pre-Textos dentro de su colección Poesía, lo que añade respeto por el autor y el premio, y digo que viene a conversar con Los cuadernos del frío que editó la jugosa editorial gijonesa de Pascual Ortiz, esa Bajamar de la que tanto nos llega y tanto esperamos.


____________

En San Nicolás el Real, sobre la piedra, luz

 

Parece provenir de alguna altura

que ni siquiera intuyes y, al rozarte,

deja un rasgo de fría incandescencia:

algo hay desconocido en esa luz,

una breve porción

del misterio sin fin que te han vedado.

___________

Afueras

 

Saldrás a la mañana

y ya no habrá mañana que cantar.

 

Todo habrá sucedido de otra forma

con la pálida pátina del tedio,

a fuerza de cansancio sin retorno.

 

Querrías haber sido

otra versión de ti.


sábado, 10 de septiembre de 2022

Un poema: Insectos, palabras









En primavera, me dijiste,
brotan insectos
de la palabra infancia,
y mientras crecen ponen
huevos en el panal de la memoria

que en los veranos zumban, me dijiste,
hasta volverse adultos
       (no sé por qué
       preferiste adultos
       a emplear la palabra derrotados),
hasta volverse ruido entre lo inútil,
hasta volverse nadie en el sofoco
de un tiempo sometido
 
y que luego,
cuando duele el otoño,
regresan a ovillarse
en la palabra nido, en la palabra ayer,
cada vez más infancia no resuelta,
cada vez más perdidos en su suerte.


(septiembre y 10 de 2022)

 

miércoles, 7 de septiembre de 2022

¿Es un milagro VOIX VIVES?




      Para todo hace falta plata y yo ignoro con qué dinero cuenta Alicia Es. Martínez para organizar su Voix Vives. Supongo que no mucho. Pero lo multiplica. El festival, nacido a impulso de su homónimo de Sète (en los primeros años existían hamacas blancas para los escuchantes) es un éxito. Entre otras cosas por la cercanía de Madrid, que le suministra ríos de asistentes activos y pasivos. Y algunas muy animadas editoriales. El ambiente es fantástico y tiene un aire innegable de rentrée, de inicio, de salvación. El hecho de que alguien situase Toledo en el camino de Piedrabuena a Madrid facilita mi paso por él. A veces mi permanencia, en otras mi asistencia. Sin grandes figuras de allende o mediáticas interiores, el Festival basa su hacer en multitud de lecturas –al aire libre o en locales– organizadas por para asociaciones o tertulias poéticas. También para y por autores de las editoriales con caseta. Porque hay casetas con libros a la venta, algo que se recuerda con frecuencia por los editores, casetas que vocean y que a veces consiguen colocar material entre los adictos. Pretenden que los que leen compren. Sepan también aquellos que ya leyeron pasan a ser pronto escuchantes y de esa manera se consigue una asistencia pasable a las siguientes lecturas. Por qué llaman a esto endogamia como si fuera algo perverso. Ouróboros ¿y qué? ¿no dicen que somos una secta? Anoto en este punto la no presencia formal, ni editorial ni lectora, del mundillo poético castellano-manchego, que apenas aparece de forma tangente. Sí ya sé que es un encuentro abierto al mundo y no onfálico, pero. Tampoco creo que la ciudad, digo sus habitantes, responda al esfuerzo ilusionante y multiplicador de una organización entusiasta y eficaz. Van por nueve festejos. Escuché, oí con atención a numerosos amigos. Permítanme que entre todos ellos señale a Julio Mas Alcaraz, que leyó de su magnífico Ritual del laberinto textos que tuvieron origen dramático, año 1936, a 150 metros de donde leía y que afectaron gravemente a quienes fueron sangre manantial. Fue, para mí, el momento de temblor. Sé que se hizo homenaje final a Ángel Guinda, alrededor de cuya imagen se ofreció el Festival y que la gran Mª Ángeles Pérez López estuvo en muchos de sus rincones. Un lujo.




      Sirva esta pequeña nota (a vuelapluma se decía) para animar a Alicia, para pedirle que no ceje, que nos ampare y que logre para los próximos años lo que logró para este: una temperatura amable y una brisa, por suave y fresca, amparadora. Estuvimos bien. Queda decir que no estuvo Lastura, como editorial, y que me sorprendió.

domingo, 4 de septiembre de 2022

Un poema: Romancillo (en dos) de septiembre

 


Para Eloisa Pardo Castro


(uno)
 
Logró su fin agosto
–cuanto nace, fenece–
y su sol de aluminio,
el del calor que muerde.


Una alacena tibia
es el tiempo, septiembre.


Tendido el mediodía,
soy sueño que no duerme,
ando luego en la tarde
un dudar que oscurece,
campesinos rastrojos
donde la luz no agrede,
la canción de las sombras,
este adiós que me envuelve.

(dos)
 
Y si espero a los ángeles
de las horas inciertas,
en el patio sin dueño
donde vivo quisiera
no el dondiego ni el hambre
que el ocaso me oferta,
no la mano en lo oscuro,
ni compasión ni yedra,
sino ser esta brisa
que espabila a la higuera,
la desnudez que el agua
ha esparcido en la hierba.
 
Va cerrando la noche…
     soy un hombre que espera.


jueves, 1 de septiembre de 2022

Carta pública a Fernando J. Carretero y fragmentos del poema



    (Escribo desde un patio en sombra). Son 107 dardos como versos. Y un cofre que los guarda. Amigo Fernando José Carretero, has escrito a Teresa de Jesús en su agonía y has querido guardarlo íntima y severamente. E íntima y severamente repartirlo. Para lo primero has confiado, elegido, el taller conquense de La Zúa Ediciones y a Teo Serna. Has querido una edición en carpeta y papel selecto para un texto manantial y una imagen digital de clara fortaleza mística. Y has acertado. Dices que son 75 ejemplares numerados en junio de 2022, algunos de los cuales, como autor, has querido que conozcan tus lectores más cercanos. Y yo agradezco. Hay objetos materiales capaces de transportarnos hasta el lugar en donde la emoción alcanza el sosiego de la belleza. Esta edición es ejemplo. (Bien se ha resarcido el poeta de las limitaciones gráficas a la edición de aquel magnífico “El cuaderno iluminado).


 
En su interior, guardados por multiplicadas solapas de elegante verjurado, impresos en papel Conqueror, los versos con que ofreces tu poema, un poema que habita donde el aliento penúltimo de Teresa recorre los posos y los vilanos del vivir. El momento es conocido: Alba de Tormes, consumida por los afanes y las horas, Teresa de Ahumada acude al tránsito; no desea ni tiene más ayuda ni confidente que sor Ana de san Bartolomé. Desde esa estancia secreta, tú, Fernando J. Carretero, escuchas las palabras de la fundadora, las palabras que hablan de su ligazón con la tierra y las gentes, con los ardores y los caminos, con aquello que la vida terrena y sus territorios le han mostrado, le han permitido; con los logros y la ilusiones que han ido llenando sus manos, confortando el espíritu. “La vida es un empeño violento y luminoso”, escucha de su boca el poeta que eres. Y tras ello la alegría de lo humilde, de lo dulce, el rigor de las penalidades, de las incomprensiones, la voz y el compás del frailecillo a quien los ángeles confiaban sus versos (porque los escribiera). Todo el poema, que como autor titulas “La agonía de Teresa de Ávila”, se arma con una tensión tierna y sostenida del lenguaje, con una templanza que consigues mantener a lo largo de todo su recorrido, y que, sin desmayo, nos presenta a una mujer más cerca de lo humano que de lo celestial, a una mujer conforme con su compromiso de vida en el momento de entregarla. Una mujer que, desde el hoyo de un cuerpo débil por disciplinas, ayunos y buscados trajines, conserva en sus ojos la belleza sorprendida de los amaneceres en otoño, “los púrpuras del espliego”, “el vasto vacío de las constelaciones”, el vibro en armonía de la luz y el horizonte. Una mujer que en la finitud armónica de la Naturaleza recorrida ve el anticipo de esa serena eternidad en la cual espera el Amado. Ves a una mujer, ya tildada de santa antes de este trance, que necesita, como cualquier nacida, la brida de una mano a la que asirse, la de sor Ana, para ese momento que ve pronto y que ella espera como enigma aceptado, como lugar sin tiempo, como liberación.

   Fernando, la poesía precisa residir en estos pequeños y altos refugios, tan necesarios al lado de las tradicionales ediciones, también tan necesarias. Te digo que es menester, y conforta, una cierta complicidad en lo reservado. La poesía es un don que brilla por y en sí misma, a la que tú has sabido darle un arca y un camino. Gracias.

__________

(cuatro fragmentos)

 
La vida es un empeño violento y luminoso,
un laberinto donde el entendimiento se extravía.
Pues la mía ¿qué fue de ella? ¿cuáles fueron
sus afanes, servidumbres, desengaños?
 
… el alma frágil por el mucho agravio y sinsabor
del abuso altanero de los nobles,
de la celosa disciplina de los doctos,
de la saña y la simpleza de tantos malvados y necios,
de la sequedad de sus espíritus…
 
… toda la mansedumbre de las cigüeñas en marzo;
el aventado púrpura del espliego en primavera
y los silbos de una tórtola tras los carrizos y juncias
por hondonadas umbrías donde sonaba un torrente.
Y avanzada la canícula, bajo el sol de la siega,
la aspereza de luz…
 
… sor Ana de san Bartolomé
                                                           aquí
                                                                    entre tus brazos
quedándome yo abrasada en esta encendida ciencia,
                                                           en este arrobado saber
tal la mariposa que al fin halló en una hoguera reposo.
 
 

viernes, 26 de agosto de 2022

Un poema: POSTAL

 









Por el camino el tenue
aroma de los altos hinojares, los apagados
ruidos con los que suele
hablarme el horizonte.

He llegado hasta aquí, hasta el adiós
lento que nos concede agosto,
hasta este endeble sol que apenas tiñe
las desmayadas pámpanas,
hasta el rojo ladrillo
de una pared que aguarda del ocaso
un color como el suyo.
 
He llegado y todo me detiene.

Mientras escribo
lo que el instante dicta,
mientras fotografío, oigo
agua humilde a mi espalda,
un reguero que acude
alegre a su destino: tierra abajo,
en su labor, 
inclinado y ajeno al caminante,
un hombre riega.

 

25 de agosto 2022

jueves, 25 de agosto de 2022

Un poema: Puerta en Piedrabuena




 






Esta puerta sellada que antes fue
juventud y galante,
que todavía guarda
por los mustios tableros el roce de las manos
sabias del carpintero que la hizo,
ya no custodia nada,
nada abre, vive presa
de muros que con ella envejecieron.
En su fortuna, el sol ­–mañana, tardes–
dora sus dos costados, mas callada se aferra
a un gris dudoso,
a un gris que es el color de su agonía. 


Con frecuencia nos vemos, no concedas,
le dije ayer,
al tiempo tu derrota fácil:
resiste, permanece,
tu ruina sabe bien por qué te miro
sin desesperación, sin esperanza.

 

23 de agosto 2022 

miércoles, 27 de julio de 2022

Diez años sin Vicente Martín

 




     Hoy se cumple el décimo aniversario del día que devolvimos a la tierra el cuerpo de Vicente Martín, poeta. Había muerto el día anterior, pero mi recuerdo se encadena siempre a aquel recorrido de tantos, abrazados y juntos, desde la Iglesia Parroquial hasta el cementerio de Torrejón de la Calzada, lugar de su última residencia. Abulense de nacencia y vocación, amigo de la vida y de la poesía, un dulce sol de julio, débil y dolorido, bañaba nuestras espaldas mientras, caminando, despedíamos su cuerpo. Fueron apenas quinientos metros que todavía guardo en ese extraño rincón en donde la memoria se transforma en belleza. Y permanece. El mundo y su luz quisieron ser uno con nosotros en ese andar de dolor y consuelo. Íbamos mucho con él, ya solo cuerpo, pero permitid que nombre a Antolín Amador, joven y poeta, hoy en silencio escogido, a quien Vicente quería especialmente.

         En este ajado blog lo he recordado cada año y he acompañado mi palabra con alguno de sus poemas. Pero en este 22 quiero hacerlo con el texto que levanté apresuradamente días después de dejarnos. Sé que me voy internando en años de despedida y despedidas. Hay muchos nombres ya en nuestras mentes, mas permitidme que os diga, ya en medio de ese bosque de sombras, que percibo clara y tiernamente, junto a la de Vicente, las de Nicolás del Hierro, Maxi Rey, Juanjo Alcolea y Paco Marquina. En ellas todavía me cobijo. Ellas me siguen confortando.


El bosque
 
Con la memoria de Vicente Martín
 
Atravesar el bosque de los días,
rozar sus árboles,
olmos, alisos, fresnos…
hablarles a través de lo cercano,
preguntar por qué callan,
cuánto saben del paso de los hombres
 
cruzar el bosque, hallarnos
en las encrucijadas con los desasosiegos,
no mirar las orillas, y elegirnos:
ser el árbol sin más
que floreció en otoño,
que escucha como el viento nos sugiere
envejecer, callar, cuánta tristeza, sabernos hijos
de san Juan de la Cruz y no sabernos
 
ser un árbol que pueda
recordar los relatos futuros de la llama,
y contar como duelen
los murmullos vigías y los nidos de aceros; ser el árbol
que conoció gramáticas rebeldes, lo sagrado
de la palabra madre, que ignora cómo pudo
la ternura mudarse en abandono
 
un árbol que pregunte qué camino
nos devuelve a la infancia,
la longitud sin dueños y la edad
que alcanzan los olvidos, y por qué
viven juntos los álamos y buscan las riberas,
que es posible morir cientos de veces
y solamente una.
 
Atravesar el bosque de los días,
desbordarlo,
y preguntar contigo, Vicente, en la Moaña,
de qué pudo servir
gritar imán, arquero,
saeta y transeúnte,
de que pueden servirnos los gorriones,
de qué buscarles
la canción y dejar que posen en las ramas
si los labios que intentan el poema
son pájaros helados, dos pájaros helados.
 
Atravesar el bosque y esperar
con Pedro, con Morales,
Manolo, Nicolás, con Juanjo y Ana,
con Olga y Antolín, beber el blanco drama
de no ser todos
hasta que llegues tú, Vicente, sólo nombre.
 
Es preciso sabernos
palabra, parte izquierda, sabernos caridad o redimidos,
y después refugiarnos en cabañas
 
huir del tiempo, crear Castilla, llegar a las tabernas,
allí donde residen tabacos antiquísimos,
allí donde las copas
vaciadas nos protegen de los dioses,
allí donde un amigo se posa en el costado
constante del dolor
y hace que ceda;
es preciso sabernos
abejas que laboran entre los edificios.
 
El camino, la tarde,
los bosques invisibles, eso somos
un veintiocho de julio,
encinas para el último automóvil
que recorrió los páramos, dos goznes
de versos todavía somos
 
porque queden
entornadas las puertas
que guardan la memoria de tu verso,
entreabierto
el instante que habrá
de fundirnos en luz
antes de para siempre separarnos.
 


domingo, 17 de julio de 2022

Lectura de Postludio y dos poemas de M A Yusta

Foto de Miguel Ángel Yusta para la 
entrevista que le ha realizado Antón
Castro en el Heraldo de Aragón.
(Autor Oliver Dusch)
 




       No está pensado ni escrito el prólogo de Valentín Martín para los días de los bochornos. Es tralla, es una potente emergencia. Aconsejo leerlo. Bien hizo el autor en encargarle a VM el pórtico. Arco de entrada que predispone. Sé que dudaba el Miguel Ángel Yusta en extender sus publicaciones, y creo que ha acertado dilatándolas. Aunque cubra y rotule esta con ese personalísimo título Postludio que hace referencia tanto a la pieza musical con que se despide las funciones mientras el público busca la salida como a un posible anuncio de próxima finitud editorial. Veremos. La producción de Lastura es impecable. 

Postludio es una recolección de emociones. Pocas veces un texto está tan ligado a los estadios anímicos del autor con tanta autenticidad. Desde los manantiales del otoño y la soledad, que no nacen tan separados, se vierte un torrente delicado de nostalgia, desencanto, denuncias y aceptación. Tanto de lo vivido –de reconciliación con lo vivido– como de conciencia cierta de un futuro ya sin ansias cegadoras. Lo que me ha impresionado el tono desde el que está escrito, que se mantiene en su forme ternura a lo largo de los 44 poemas que lo conforman. Desde la crónica de una epidemia en soledad (primera parte) hasta el refugio de los paisajes y atardeceres de la segunda parte para desembocar en la tercera, en donde el esplendor en la hierba de los recuerdos aviva en un casi presente los momentos esplendorosos de un amor cierto, todo permanece hilado en la armonía del que sabe qué decir y cómo decirlo. La poesía se ha ido decantando en Miguel Ángel Yusta aliada con el buen hacer de la armonía y en buen gusto. Enemigo de lo desapacible, buen amante de la música, dice preferir “la palabra de los árboles a las disquisiciones de los necios”. Solo así es posible transitar desde la desolación –Mar de Aral como ejemplo– a “los volcanes que surgen impetuosos en las cimas sin fin de tus caderas” con que abre unos de sus poemas de amor. Parece un libro escrito desde el enigma del tiempo, desde la necesidad de decirse, que es de donde deben surgir los libros, mas con la intención de ser transitivo, río en curso en busca de sensaciones lectoras fértiles, acompasadas. No es un libro de juventud, no, pero tampoco de limes y fronteras, en un libro que va de la mano con lo vivido y lo por vivir. La última y cuarta parte, el auténtico postludio, es una declaración de serenidad ante los noviembres: clara, precisa, en donde las palomas oscuras –y le parafraseo– aletean sobre los silencios de lo que fueron nuestros juveniles ideales. Saber lo que hemos sido es la mejor moneda con que la vida premia a quienes la han honrado. Desde ese mirador he leído el libro del poeta aragonés. Muy cerca de los montes turolenses de sus manantiales.

Poemas la mayoría sin título, algunos casi aforísticos, y todos al servicio del poeta que mira sin miedo y sin riesgo a lo que fue en sus alrededores, a los presentes del mundo, a lo que tal vez le despida. Elegimos estos dos.

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Despedida en Sol


Recuerdo con nostalgia aquella noche:
Puerta de Sol, las dos de la mañana.
Tú esperabas un taxi y la tristeza
asomaba filtrándose en tus ojos.
Nos esperaba el cielo y la distancia.
Un lazo nos ceñía
con palabras de amor y hasta muy pronto
y un abrazo sincero de amistad
despedía las luces de la plaza.
 
Luego subiste al coche, silenciosa.
Yo me quedé muy quieto contemplando
cómo dos luces rojas alejaban las horas.
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Cuarteto nº 12


Agotar el secreto de las horas
con el bello cuarteto de Beethoven,
cuando la vibración de los sonidos
estremece el silencio.
Contemplar en penumbra
la líquida mirada de unos ojos,
inmenso mar de notas enlazadas
donde navega el fuego.
Regresar al contacto
de huellas y certeza
con manos que dibujan cadencias y deseos
mientras, sobre el compás, muere la tarde.