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miércoles, 16 de octubre de 2013

Vestida de ciudad. Un poema de Sagrario Hernández

Sagrario Hernández es una poeta barcelonesa nacida en Piedrabuena (Ciudad Real).. Inédita aún en papel, mantiene una activa presencia en la red. Sus poemas, elaborados desde la inquebrantable fidelidad a la línea clara, huyen de la pureza. Siempre ha querido ensuciarlos con la lluvia de los sentimientos, con la arcilla de las emociones, Construye desde lo humano hacia lo humano. Sin desesperación, pero con la rabia precisa para dotar a lo escrito de la oportuna densidad. Hay en su obra tanta nostalgia de una infancia intenta y vivida de cara a los aires y los vientos, como desazón y esperanza de los rumores urbanos que le toca vivir. Escribe a medio camino entre una vida que se va y otra que tiene el río por delante. De ella hemos querido traer este poema, este paseo por la calle de su mirada, de su ciudad.

Vestida de ciudad
paseo por los ojos y me llevo 
tres mendigos del brazo.

A esas horas en que la tarde
se suicida en cualquier plaza,
abundan las palomas 
sin patas y las putas con las medias rotas.
En las calles estrechas,
solamente flautistas sin niños encantados,
y en las avenidas
cientos o miles de caballos rugiendo
entre toses y picores de ojos
no acostumbrados al nuevo orden.

Lo asombroso son los gorriones
con visado de indiferencia
que recogen migajas aceitosas
entre las piernas de los porteadores
de ajenos sueños.

Vestida de ciudad
salgo al veneno de la calle.
Respiro hondo,
desafiando a mis pulmones
decido colaborar con el domesticador del viento,
el que hace restañar su látigo
para atraer la mirada 
de turistas a punto de emigrar
de un vaso de sangría
al caos de lo ebrio
mientras buscan
las últimas monedas en la cartera y juran
que el próximo año
dejarán sus vómitos y divisas en otra
ciudad más económica
y más acogedora,
aunque sin vistas a la mar.

Un día de estos
yo también emigraré
a un lugar donde los tigres
todavía tienen el lomo a rayas
y ofrecen los colmillos afilados.
Al lugar en donde las ciudades
ni tan siquiera han sido imaginadas
y los muertos saben morirse sin rencor,
con tiempo necesario 
para saberse muertos.