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viernes, 7 de junio de 2013

Ángel Guinda vence al vecino incómodo



Otra vez tarde. Esta vez demasiado. ¿Dónde es lo de Ángel Guinda? En el salón, dijo uno de los conserjes poco pagados del Ateneo. ¿Ya ha comenzado? Ya ha comenzado. Con suave parsimonia descorro las cortinas. Granates, pesan. Y sí, asombro. Un nuevo pleno de asistentes que recuerda al de Chicho Ferlosio y al de Mestre. Paso. Pienso. Hay que traer músicos, artistas, gentes, circo. Hay que vestir la cosa. La gente responde cuando atisba espectáculo. Pienso. De todas las formas Ángel es mucho ángel  Su palabra pica, su poesía dista mucho de ser insípida. Pienso. Tiene muchos amigos, Ángel podría nombrar a cada uno de los sentados por su nombre. Camino pasillo adelante. Su capacidad para la amistad es dilatada. Llego a una de las primeras butacas. ¿Pero tantos? Tomo asiento. Se presenta (Rigor Vitae), último libro del aragonés.

Fotografia: Carmen Lafuente
Mi vecino no me dice aún, pero entiendo su intento por decirme que me he perdido poco, que se espera mucho y más. Le escucho. En esos momento el poeta y Marifé Santiago, sillón y micro frente a micro y sillón, mantienen una charla pública. Dice el vecino: Parece publicidad Banco de Sabadell, aunque no vire al negro. Entiendo. Marifé, poeta, profesa el arte de la filosofía. Habla, considera, se atreve, arguye. Ángel calla. Mi vecino explica: La entrevista pretende ser una forma de remarcar el conflicto de la existencia, y de los otros, en que el poeta está empeñado. Le miro.¿Debería callarse? Marifé: ¿No crees Ángel, que el hombre, y el poeta más, son siempre vulnerables, que viven acechados? Ángel: Sí claro, todo agrede, todo es capaz de la herida, anoche creí no poder llegar a este acto, un aluvión de amigos, horas y copas estuvieron a punto de impedirlo. Aplausos varios. Mi vecino también. Aplaude y habla.

Llegaste tarde, me dice, pero a tiempo de ver un vídeo-poema espléndido de Sándor M. Salas. Con gestos pido silencio, no cierra mi vecino. El vídeo es hábil, capaz de recoger la esencia de las preguntas del poeta y remarcar. Menos mal, dije. Esto sí. Pero él no cesaba, mi vecino de asiento digo. Se anuncian lecturas de poemas de (Rigor Vitae) por amigos del poeta . José Cereijo certero: Esta imagen de Guinda que ilustra el libro no es la Ángel, el poeta y el hombre son más vitales. Luego entendería. Leyó David Domínguez con lentitud apresurada. Leyó Zhivka, leeeenta. Interpretaron dos poemas, casi y bien, dos actrices. El público parecía contento. 

Mi vecino, en un susurro: Para envolver mejor la poesía es precisa la música, aunque venga con el minimalismo de Rafa Mora y Moncho Otero, explicaba pedante. Y así fue. Interpretaron con delicadeza insospechada dos poemas rabiosos del protagonista: soy un hombre con la sombra hasta los hombros decía un verso de una de las canciones. ¿Callaría? No señor, era un caso de conciencia. Otro vídeo, de Sándor. Arriesgadísimo. Aprovechando el juego semántico que ofrece el título, el poeta, o sea el vivísimo Ángel Guinda, se ofrece al rigor mortis como recién cadáver que sueña, que explosiona. Aquí entendí a Cereijo. Aplaudidísimo, Sándor tuvo que salir a saludar, momento que aprovechó para ponerse la americana. Bien. El libro de tapas rojas había logrado su ambiente. Queda el autor, dijo la inclemencia de mi vecino. Lo sé, coño, quieres callar, Maxi Rey lo está grabando todo. ¿Calló? Vino el rumor de una voz rotunda a decir del libro rojo de Olifante. Comenzó a leer, 1,67 y negro, Ángel Guinda. Se hizo silencio el ruido. Llegó la poesía.


miércoles, 2 de febrero de 2011

Dos llenos

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Dos llenos. Manuel Juliá y Ángel Guinda. No ellos, sus actos. Dicho mejor: los actos que convocaron. Ambos registraron asistencias inusitadas en este mundo de la poesía, del que a veces hablamos. Es posible que no se conozcan personalmente. Manuel, manchego; aragonés, Ángel. Residente Juliá en Ciudad Real, Guinda en Madrid. Llenos auténticos.


Lo de Manuel fue en Ciudad Real, el pasado jueves 27 de enero, en el Aula Abierta de la UCLM, espacio cultural que mantiene en el centro de la ciudad. Poesía nueva y vieja en otros ojos. Manuel Juliá cedió sus textos a las voces de José María Arcos, entonadamente feliz, de Elisabeth Porrero, conciliadora y frágil, y de Manuel Galiana, modulada, contenida. Los tres lectores. En orden rigurosamente aleatorio. Sencilla y eficaz puesta en escena, de la que los chicos de El Camarote dijeron sentirse responsables. Pusieron la firma convocatoria, no es poco. El trabajo venía precedido por la mano férreamente poética del escritor de Puertollano. Sentí el rigor, la emoción, de lo fría y cálidamente dispuesto. Textos en torno al Paisaje: memorable el párrafo sobre Niefla, textos sobre la Memoria: que nos hace, textos desde el Amor: escasamente representado –en extensión lectora- si no es para lamentar la ocasión perdida en Creta, que aún duele, textos para la Muerte: largamente contado su presentimiento. 45 minutos sin pausa para el oyente. La brillantez de un párrafo descansaba sobre sabor de anterior, presagiaba la venidera. Cuarenta latidos, Sobre el volcán la flor, libros. Artículos. Imposible distinguir poema de prosa poética. Bien tramado el final. Lleno. Buena idea. Comedido el autor que cedió protagonismo a sus lectores, a sus oyentes. Lleno. Magnifica experiencia que puede soñar su búsqueda: ser repetida. Estuvo Dioniso Cañas, a quien no saludé ¿por qué? y no me saludó ¿por qué? La amabilidad de Félix Pillet, muy cercano. Diana y David, que están comenzando a leer un libro mío. Juana Pinés, ligera, apresurada, conmigo desde el Guridi. Esteban, Eugenio, José María, amigos de abrazo y claridad. Mari Carmen Matute, sonrisa y alma. Y cientos, a quienes aún no conozco. Lleno, ya digo, lleno. Alguien habló de la normalidad de la poesía.


Lo de Ángel ocurrió la tarde del martes 1 de febrero. En el salón Manuel de Falla de la SGAE, la bicha del apocalipsis patriotero. Llena la acera cuando llegué desde la Antonio Machado con un libro de Nuno Júdice y con Jesús Hilario mostrándome grabados parisinos de sus poemas en edición recluida. Había ambiente de cosa grande. El maestro recluido. Últimos cigarros, escalera y modernismo, lucha por los asientos. Última fila, tendido reservado para la mancheguía. A los habituales, la sorpresa añadida de Paco Gómez-Porro, dicharacheramente contento (contra todo pronóstico) de reencontrarse en el ámbito público. Llenísimo. Gentes de pie, sentados en el duro, en el puto, como cuando jóvenes. Jóvenes que había: los alumnos de Ángel son ahora seguidores. A Ángel Guinda le terminan de conceder el Premio de la Letras Aragonesas. Lo sabía, pero Espectral, el libro presentado, lo llevaba en la faja. Se lo puso Olifante, la editorial que es su casa. La casa de Trasmoz. Habló José Luis Borau, anterior premio. Habló enjuto Ángel, leyeron poemas de Espectral Adriana Davidova, José Cereijo, Carmen Feito, Liberto Rabal y otros, cuyos nombres no acuden. Espectral es un largo poema en pretendida prosa, dividido en fantasmas, promovido por sueños, escrito a lo largo de ocho treintenas, golpeado y abierto, aventador. Leyó Ángel cuanto quiso. Quiso, tras los aplausos, salir a la calle, solo, a fumar, dos minutos y volvía, dijo. No pudo. Le aprisionó el llenísimo. Tan lleno. En el pasillo Olifante vendía a 10 euros los espectrales textos. Juro que se vendían. Juro que eran poetas algunos de quienes los compraban. ¿O no? Lo juro.

Un poema de Espectral
 
Máquina de mi alma, cuerpo amable, testigo del placer y del tormento de mi vida barrenada. ¡Gracias por haber soportado la agresión y el descontrol de todos mis excesos.Por haber sido catedral y ahora ermita, haber sido palacio y ahora cueva. Por tu austera carcasa y tu precisión imperceptible de los engranajes. Por amar el peligro, la belleza, la fealdad, las cumbres, las mesetas, los valles. Por resistir pacientemente el paso devorador del tiempo. ¡Gracias por tu hospitalidad con otros cuerpos desordenamente vivos! Cuando te vayas, que tu alma sea parpadeo de astro, sololoquio de silencio triunfal bajo la tierra.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Ángel Guinda: Poemas para los demás


Poemas para el contagio.

Estuve. Esta vez sí. En una librería abarrotada donde también se sirven vinos, cervezas, tapas. Isabel de Miguel esperaba en la puerta. No es una librería con un bar, lo llaman bar con libros. Un lugar creado para Ángel Guinda, el poeta que ignora la incorrección profiláctica del beso. Se permite fumar. Eran muchos los agentes convocados a la contaminación del micro. Muchos quienes acudieron. Todos corruptos. Un halo de poéticos venenos rondaba la alcachofa.

Comenzó Trinidad, la de Olifante, la que edita y difunde, la que avisa que el agente pernicioso que convoca sólo escribe estas cosas si está en Trasmoz. Trasmoz, Trasmoz -clamó la masa- o todos o ninguno. Calma, calma. Surgió Forega (Manuel M.) tildando de irreverente, inconformista y saludablemente cívico ¿o dijo cínico? a quien tan sólo escribe por conmiseración con el mundo. Y, ante la rabia oferente de tantos jóvenes como escuchaban, continuó con lo de la blasfemia democrática de los tiempos que corren, con la necesidad de las comunas, de las insurrecciones. Picotas portátiles pareció que pedía. Leyó como si verdad fuese lo que verdad era. Aventada la fiebre, el silencio consciente sonreía. La Notte caminaba hacia su estreno.

Salieron dos tercios de unos desvergonzados, con una guitarra inútil, polizones desde Zaragoza. Que conocían a Ángel, voceaban, que le estrujaban verso a verso en sus representaciones. Sin pudor, sin pudor. Sin pudor leyeron lo que estaba reservado. Oí llorar al micro. Consiguieron aplausos, sardónicas miradas. Ellos, ufanos.

Virtuoso seguía el público entre estantes, en pie, de pie. Con la conciencia cada vez más cocida después de lo vivido. Los ojos levantados. Itziar Miranda, clara y actriz, tomó la responsabilidad de verter el próximo cianuro. Abrió el libro por donde más daño hacía y repartió bacterias que se entienden, virus de línea clara, estafilococos por doquier. Alguien gritó fuerte: “muera el esteticismo decadente”, “castrante” apostilló un segundo con fiereza. La librera, que vendía a 6 euros, clavó su aguja, inoculó impureza, en el griego trasero de tres culturalistas disfrazados. Gritaron. Siguió leyendo Itziar sin inmutarse, ignoraba su saliva las tensiones. Llamó al autor, que por allí aguardaba, alegre, emocionado. Se levantó. Miró al primer hombre. Vio la altura del micro. Declaró: “¿qué griposo me ha sorbido el vino de la copa?”. Pidió de nuevo, por aumentar contagios. Se añadieron a su demanda gargantas otras. Murmullos de aprobación solemne. Echóse a hablar.

Contestó con labradas respuestas esculpidas preguntas. Parecióme que en ellas hubo un aprecio creciente por la vida, por el gozo, por las gentes, y por la utilidad negada de la poesía, por construir herramientas de tinta, útiles que lograsen descerrajar las puertas, por la palabra amigo, por el hervor humano, por el pan, por la miga y el aceite, por las pintadas pancartas y el azúcar, por no declinar en el afán del sexo, por ser imposible para el no abrazo. Por extenderse, por estallarse, por lo incorrecto. Y por la dinamita. Pura contaminación en marcha. Leyó de fuera a dentro, de dentro a fuera, repartiendo bacilos. Leyó plegarias calcetines, convirtió las aleluyas de la religión caótica en martillazos, proclamó rebelde a Jesús Cristo; a la muerte la tachó de inmóvil. Los papeles, los mandos, las pantallas, los tristes pusilánimes que viven en, con, por la citada tríada, tuvieron en su voz mordaz afecto. Nos recordó ¿con queja? los 6 puntos que ofreciera a Tráfico por llevar sus poemas con demasiada prisa hacia los demás. No se arrepiente. Habló de los sinluz, de los Moncayos, de sintechos mortalesy Lavapiés enhiesto.

Vega Del Alambique quiso el romance morisco, generoso. ¿Un agente rabal, alguien del alma, trazó paréntesis al aire convocando a la paz desde los muslos? Deduje que el poeta tiene muchos amigos. Desvergonzados, libres. El final llegó cuando no había, a voz en grito común, nada mejor que hacer. Me vine sin decir adiós. Trasmoz, Trasmoz clamó la masa. O todos o ninguno. Algunas comenzaban a desnudarse. Algunos. El H1N1 avanzaba voraz. La poesía. Contagiado, un ejemplar vino conmigo.
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A PIE DE PÁGINA

El poeta Ángel Guinda
desertó de este mundo.

De espaldas a la muerte
y abrazado a la vida.