viernes, 21 de febrero de 2020

Un poema: De la imposible transferencia


                       El Rompido. Huelva. 19:21 










Volvemos de Moguer,
volvemos de la Casa, un sol
ya no beligerante
con las arenas y el oeste cae
sólo para nosotros

paras el automóvil, quieres
fotografiar el horizonte ileso,
este mar entre pinos,
lo varado

es la vieja costumbre de los atardeceres
que habita este recodo.

La luz habla a los ángeles
–me dices–, deambula
desde la voluntad a los delirios.

Miro paciente 
tu esfuerzo por captar cuanto te inquieta.

No esperes que la imagen logre
recoger el instante –te señalo
su nuda plenitud

algo de esta verdad conoces,
también tú
me adviertes cuando escribo que ninguna
palabra se contiene
entera y pura en su grafía. Sigue
cayendo el sol.


martes, 18 de febrero de 2020

Noticia de febrero en su mitad

          Febrero, en su mitad alado, ha ofrecido cierta brisa por las alacenas poéticas de la ciudad. Afortunadamente hemos podido ser testigos. Al tiempo que provocado por dos poemas. Tal vez no sea posible pedir más a un mes tan escondido tras las puertas, tan en disimulo y sosca como es febrero. Por muy bisiesto que quiera mostrarse.

Viernes 14  / Ana Ares

Carmen Bermejo y Ana Ares
(Foto: Paco Moral)
   
  Vestida en negro frágil y diadema, desnuda frente al hálito del desafío, apareció la poeta Ana Ares para lanzar su nuevo libro, City (Vitruvio, 2020). Se quiso exenta, sin confusiones, presentada sólo por su voz, no por otras ajenas. Dijo, leyó, dejó. Dejó en nosotros un texto preciso y libre sobre su voluntad escribidora y sus afanes de vida, tintado de una sinceridad pocas veces vista en estos aconteceres. Nada discurrió durante la tarde del viernes 14 sin temblor en la antigua Casa de Fieras del Retiro. Incluso las palabras del editor fueron aseadas. De negro también, floreada y libre, Carmen Bermejo. Que acudió a la llamada para subrayar tras Ana la lectura de los poemas. Dos mujeres en pie, dos mujeres vanguardia para contar una ciudad, Madrid y/o, en sus calles y noches, en sus parques travesti, en sus heridas lluvias. Y sin mentirse. Una ciudad que busca y es buscada. Ana Ares es manantial inconfundible, nada en tinta y papel que no haya sido vivido, soportado o arrastrado por los aires del anhelo. Frenéticos los poemas de la primera hornada, pero fue el que cierra la segunda parte, situado en Paris, el que eligieron las maderas del techo para que lo trajera al blog. Así lo cumplo. Envuelto con él volví. Madrid me pareció más mío.

Lunes 16 / Chamán, Cerezal, Pilar y Corraliza.

Nicolás Corraliza, Pablo Cerezal, Pedro Gascón y Pilar Blanco Díaz
(Foto: Álvaro Hernando)
   Suele el Comercial atender a lo necesario. Escaparate de lo que debe, en esta ocasión estuvo a abierto a una editorial pequeña y fuerte. Chamán, de Albacete. Sí, de Albacete. Es su responsable Pedro Gascón, poeta, librero que fue, gente decidida ahora y de común sentido. Va elaborando con decisión y prudencia –o tempora, o mores– un catálogo a tener en cuenta. Y vino para acompañar a tres de sus autores. O viceversa. Estuvo Pablo Cerezal, que dijo textos de su boliviano Breve historia del circo, donde la poesía y la descripción sociológica se aman y multiplican. Estuvo Pilar Blanco Díaz, que mientras leía de su libro anterior tenía el corazón puesto en el siguiente, para nuestro doble beneficio, lo conocido y lo por conocer. De su próximo libro traigo el poema Mujeres, que ya ha aparecido en su blog. Estuvo Nicolás Corraliza, que se tilda de tardío en vocaciones, y que es dueño de unos poemas cortos y contundentes. Dijo en perfecto contrapunto. Dijo con el sonar metálico que tiene la poesía cuando se acera y saja, algo que en él es cualidad. 
El coloquio final no añadió gran cosa a las cotidianas quejas de los actuales editores y libreros, a los cuales, bien sé, tiene Dios reservado sitio a su diestra.
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Muerte en Paris

Recorrimos las calles de Paris
a la desesperada.
Fingíamos buscar
para darle un motivo
que llevarse a la boca
a la desidia.

Pero cada paseo
moría en la certeza de esa falta.
El amor, aquel fruto
prestante de dulzura
al borde mismo de la putrefacción.

Reconocimos juntos la aflicción
y la ausencia en la punta de la lengua.

La liberté después
tenía cara de puta.
Los Inválidos eran sarcófagos vacíos.
La torre un pararrayos.
Mas no nos atrevimos a decirlo,
que jodan a París

A la orilla del Sena
tan sólo fui capaz de sentir frío
y al trasluz te volviste
definitivamente transparente.

Los amantes 
                           se perdieron.
Allí los enterramos
                                                  (Ana Ares)
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Mujeres

Soy las dos Fridas, la del dolor y la de la fuerza.
La que bombea sangre roja.
La que vio su sangre precipitarse por las laderas 
      de la terca pirámide del amor.
La vueltabajo en su llaga,
la del secreto a labios. Las dos soy.
Y Emily en su jardín de flores turbias,
clara y lunar, amapola amarga de la transparencia.
Y esa Virginia de los ojos de avellana
y la que arroja el rayo
y la que mueve el agua con su cuerpo dormido.
Esa Ana con la aguja de la nieve sobre el corazón yerto,
Rosalía lloviendo musgo y piedra mientras oye 
       las campanas del ya nunca,
mientras amasa la sombra negra de la nostalgia 
       y todos sus acasos.
Anne embarcada en sus bahías blancas,
y los ojos de Carson
y la sal en los pulmones de Alfonsina.
En mí el cuchillo de la herida de Alejandra,
la mordedura de cadmio, la pólvora sobre la lengua 
        y su desierto químico.
Y la desolación del abandono,
flor ajada del hombre que pulveriza el pétalo 
        de la pasión de Sylvia.
Soy las dos Fridas. Soy todas las mujeres que lloraron.
Cierro mi pecho donde van sus palabras y se recogen 
         astros como maletas llenas,
como albergues de sueños en una espera inútil.
Toda la luz aquí, también la luz cobarde.
Toda mi patria aquí, en su recinto líquido.
El cauce de una lágrima que desbordó el poema.
Toda la lluvia soy, el océano inverso en su estatura.
Agua y habla cautivas.
                                                       (Pilar Blanco Díaz)

sábado, 15 de febrero de 2020

Un poema: Soledad y pájaro
















Como un falso dios
que te observa y admite

en las dudas la ejerces
como raíz, como cuchillo

también con ironía
frente a tanta amenaza

sé que entiendes
tu libertad como una
íntima forma de soberbia

que la sufres,
que la amas.


                                    (Para Carmen Bermejo)

Fotografía: AníbalBC



martes, 11 de febrero de 2020

Un poema de J.A. Valente: Cementerio de Morette-Glières, 1944.



   Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, diría después Luis Cernuda en su poema 1936, celebrando el recuerdo de la venida a España de combatientes por la libertad. Este poema de José Ángel Valente es anterior, pertenece a Poemas a Lázaro (1960) y debió escribirse hacia 1958/59, al poco de fijar su estancia en la cercana Ginebra. En el memorial existente en Morette-Glières sobre la Resistencia encontró estos nombres que le emocionaron y me emocionan. Los de españoles que murieron por la libertad del mundo en tierra extrajera.
La imagen corresponde a miembros de La 9, la compañía formada mayoritariamente por españoles que inauguró el París liberado.


No reivindicaron
más privilegio que el de morir
para que el aire fuese
más libre en las alturas
y los hombres más libres.
                                                   Ahora yacen,
con su nombre o anónimos,
al pie de Glières y ante la roca pura
que presenció su sacrificio.
                                                       Hombres
de España entre los muertos
de la Alta Saboya:
ellos lucharon por su luz visible,
su solar o sus hijos, mas vosotros
sólo por la esperanza.

La nieve aún dura prodigiosamente
viva en el aire mismo
donde morir fue un puro
acto de fe o de supervivencia.

¿Quién podría decir que murieron en vano?

Al cielo roto y a la tierra vacía,
a los pueblos de España,
a Hervás, a Mula, a todas
las islas Baleares,
a Mendavia, Viñuelas,
Ambrán, La Almunia,
Terrecampe, Tembleque,
devuelvo el nombre de sus hijos:
                                                                 Félix
Belloso Colmenar, Patricio
Roda, Gabriel Reynes o Gaby, Victoriano
Ursúa, Pablo Fernández,
Avelino Escudero,
Paulino Fontava, Florián Andújar,
Manuel Corps Moraleda.

Otros duermen tal vez
bajo una cruz desnuda, lejos
de su país, de su memoria, donde
todos los muertos son
un solo cuerpo ardiente:
carne nuestra, palabra,
historia nuestra que no conocimos,
sangre sonora de la libertad.


                                          (De Poemas a Lázaro, 1960)

viernes, 7 de febrero de 2020

Cuatro poemas de Jesús Aparicio



      Dice Jesús Aparicio –nacido en Brihuega y 1961– que una cuartilla en blanco sabe su condición de tierra preparada para la lluvia. Él es hombre de campo, él es un agricultor, él sabe que las palabras son gotas de lluvia, él sabe cómo se fecunda el papel. Y cómo este devuelve el ciento por uno a los esfuerzos del que labra. Jesús Aparicio es poeta por destino. Sentado cuando atardece a contemplar la luz cobre, mira. Y ve. Y cuenta. Los tiempos, que no paran en su hacer, le han recluido en una nueva intimidad. Pero poeta siempre, acude a sus afanes con la precisión del relojero. Desde hace unas temporadas ha encontrada en las ediciones de Ars Poética el hogar donde habitar para sus textos. Y desde allí le han devuelto, nos han entregado, su última entrega, Sin saber qué te espera, donde Jesús, sin olvidar su vocación naturalista, su gozo por lo minúsculo, su observación intelectiva, añade sus reflexiones sobre el coraje del escribir y los enigmas del existir. Con amplio hálito, sin casuísticas que empequeñezcan el mensaje. Quien lo ha leído bien sabe de su mundo emotivo, de esa fortaleza espiritual sobre la cual se levanta.
De esta entrega que nos ofrece, de su extensión (64 poemas), escojo para los lectores de Mientras la luz, la parte última. Sé que para incluirla hubo que removerse una edición que ya estaba casi en máquinas. Son cuatro poemas en donde impresiones e imágenes conforman la conciencia del poeta ante la muerte del padre. Vivida tan a flor, tan consecuentemente.

I   En aislamiento 205C
      (31 de agosto)

Esta pequeña celda de hospital
contiene todo el tiempo que nos sobra.
Tras la ventana ese otro
que no hemos sabido redimir.
Sobre sábanas blancas sin memoria
se revuelve el espejo en que me miro
y no me reconoce.
Por el alma de un cable baja
La transparencia que hoy estamos siendo: 
un goteo de vida
que se ha de reponer.
Aquí está el dolor
para servirlo.

II   Fluir 
       (9 septiembre 2019)

Polvo al polvo,
agua al agua.
Y el barro deshaciéndose.

Todo fue para nada,
nada por donde fluye
lo que fue todo.
Flujo de tempestades
ya pasadas que van
a dar a la mar,
infundiendo ese sueño
del que no se regresa.

III   En vela  
       (10 de septiembre 2019)

La noche tiene un fin,
un deseo y un ruego, una oración:
que nuestra vela encuentre su sentido
a esperar que la respiración deje
su cadencia de sombras
en la blanca pared del silencio.

IV   Unas horas después
          (13 de septiembre)

          Examiné todas las acciones que se hacen bajo el sol:
          todo es vanidad y caza del viento… Eclesiastés 1, 14

Unas horas después de enterrar a tu padre
te entran ganas de hacer de todo
y de no hacer nada,
de ponerte a leer todo
y de no leer nada,
de obligarte a escribir de todo
y de no escribir nada,
de sentarte a pintar de todo
y de no pintar nada,
de pararte a pensar de todo
y de no pensar nada,
de caminarte el campo todo
y de caminar nada…

Leer y escribir
y cantar y pintar
y pensar y andar…
sueñas que todo eso
llene toda la nada.

Unas horas después
de enterrar a tu padre te das cuenta
de que la vida es todo para nada.

domingo, 2 de febrero de 2020

Un poema: Patio en invierno












Bien sabe el patio
que llegó el invierno,
porque alto lo pregonan
la tarde y el desorden
de la jardinería.

Lo anhelaba,
callado nos rogó
ser olvido un instante,
gozar en dejadez
la turbia luz de enero.

Le abriga la hojarasca
y le consuelan  
los verdes apagados,
el diminuto trino
del mirlo que conoce.

Sabe bien que las manos
que lo cuidan
respetarán su tiempo
de soledad hablada
con las brumas del frío.

viernes, 31 de enero de 2020

Consejo de redacción de febrero. Lo terapéutico






      El invierno hace de las suyas. Y China. El Jefe, transido de tantas auscultaciones, llegó con cierto rastro de incomodidad tras de sí. Respiró hondo. Tanteó. Buscó su sitio. Miró más allá de un horizonte rectangular y acristalado. Dudó un instante. Comenzó a hablar. Buenos días. Al fin y al cabo toda poesía es un ejercicio de autognosis. Qué otra cosa puede hacer un hombre solo, una mujer sola frente a un papel y un paisaje, ante la pantalla del ordenador. A veces levantamos edificios de bonitas fachadas y carentes de argumentos que los demás aplauden; en otras, las menos, acertamos la mano con la herida, que dijo aquel. Nosotros sabemos bien cuándo suceden cada una de estas situaciones. Por eso es tan habitual la tentación elegíaca, como si la persona que somos se hubiera ido corrompiendo con el tiempo, alejándose de un paraíso adolescente pleno de sueños y verdades. Por eso es tan habitual el lamento ante la realidad que acosa, la insatisfacción ante nuestra historia. Y tan extraña la poesía celebrativa, la que canta y no cuestiona. Ojalá nos fuera dado recordar el futuro. Después, calló profundo. Daba la impresión que no sabía hacia dónde dirigir su deshilvanado discurso. Alguien hizo misericordia y ayuda. ¿Es por eso que la poesía es tenida a veces por práctica sanadora, Jefe? He oído decir que el psiquiatra de Anne Sexton, aparte de intentarlo con otras actuaciones, le propuso el ejercicio de la escritura poética como medio para restablecer sus equilibrios emocionales? ¿Puede curar la poesía estas cuestiones? ¿Puede llevarnos al nosce te ipsum deseado? Preguntó el redactor novato. Sí, claro, por supuesto, ciertamente. Pienso en Leopardi y su drama vital, en su dolorida necesidad. Pero si bajamos del estrado y nos ocupamos de lo que vemos y oímos en la madrileña sociedad poética de hoy, suele emplearse más como placebo que como medicina. Y tampoco está mal, no seamos savonarolas de cartón. Decía Javier Egea que la poesía es un pequeño pueblo en armas contra la soledad. Sentirse con otros, rodeado de otros, es algo que necesitamos. La becaria, que está un poco enfurruñada con tanta intemperie y tanta alerta levantó la mano: Debatir sobre la función social de la poesía y su valor terapéutico es tema cansino. Como el mundo. Ya lo despreciaba Boccaccio en el siglo XIV. Yo simplemente creo que todo lo que no mata engorda. Y en eso sigo. He visto gente feliz a su alrededor. Aunque también sé que ha sido ocupación señera de muchos suicidas, a los que no les sirvió. Volvió a hablar, trémulo, el Jefe: La poesía es el más bello de los objetos inútiles. Por ello seguimos aquí. Silencio denso. Un sollozo infantil cruzó los rostros de los fieros guerreros. Por vez primera sonaron aplausos finales y sinceros en la sala de redacción.

martes, 28 de enero de 2020

Dos poemas de Hortensia Higuero. (De Los dioses...)

Hortensia Higuero
(Foto de Carlos Paverito)



Con ella hemos compartido numerosas soirées en los eventos poéticos madrileños. Es persona y poeta vivaz que gusta de la compañía, de la conversación con sus contemporáneos. Hablo de la poeta de Alcorcón Hortensia Higuero, que visita por vez primera esta casa. Recién termina de publicar y presentar el último de sus poemarios, Los dioses que olvidaron ser mortales (Lastura 2019), título que parece remitir a un proyecto mitológico, pero que ampara algo muy distinto. Lo cierto es que alberga un recorrido por la cotidianeidad de un existir descrito en primera persona. Y como en poesía  -digo la que se precie de tal nombre- siempre hay una adecuación del fondo con la forma, el lenguaje de Hortensia Higuero, casi conversacional, encuentra la tensión precisa para narrar con intención. Para volcar al papel los sentimientos y las provocaciones que la poeta trae a casa al regreso del día mientras es vigilada por los ojos de la noche. No es un diario, no es un testimonio confesional, pero narra el palpitar de las vivencias, esas que los aconteceres acercan unas veces al desánimo y otras a la aceptación. Incluso a la exaltación.  Aunque debemos advertir, y pronto, que sus textos no se abisman en la tentación autobiográfica de la intimidad, sino que los poemas nos encaminan a que el lector (o la lectora) y la poeta confluyan en estadios emotivos que puedan ser, y de hecho son, compartidos. Un libro escrito desde la sencillez de una poesía a ras de cuerpo, nacida del arañar en las entrañas, que busca más en lo que hay en cada uno de carnalidad, de tacto, de memoria y corazón heridos, que en las abstracciones o los edificios estéticos. Hortensia Higuero escribe aquello que le sirve, lo que mana con naturalidad de sus confrontaciones con los páramos del existir. Desalientos, escalofríos y diciembres se miran cara a cara con el canto de los pájaros, la excitación de los estíos y los amaneceres. Y es que sus poemas escarban en esa sucesión de tristezas y epifanías con que el almanaque, en su rodar, nos obsequia. El cuenco del amor en la noche/ es para sostener el alba, nos dice en uno de ellos. Todos sin título. Y es que la poeta comprende que vivir es renacer cada día, un continuo sin excusas. Y que la vida es bella a pesar de los pesares, que nos decía Goytisolo. Asunto que Hortensia Higuero parece aplicar a su vivir, a su escribir.
El libro se presentó en la Casa de Castilla-La Mancha madrileña, y fue glosado por Francisco Gª Marquina que remarcó la vigencia de los particulares en la poesía de Hortensia frente a los universales; al tiempo que señaló que el libro es un hilo que va desde la infancia a la madurez y que, a lo Gaston Bachelard, la identifica con la casa, ese cuerpo de imágenes del que extraemos razones e ilusiones de estabilidad. Pero en donde, nos advirtió, también se hacen visibles los espacios de soledad que la construyen. Soledad y refugio: las dos médulas del libro. Siempre hemos dicho que la poesía tiene muchas puertas y la de estar atentos/atentas a lo que pasa en nuestros interiores es una de ellas. La que ha usado en esta ocasión Hortensia Higuero.

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La casa está llena de rumores
que a veces me sobresaltan,
como este sonido de nudillos en los cristales,
de galope de caballos preguntando al ayer
la forma que tiene el recuerdo en los insomnios,

son ruidos apenas perceptibles,
ligeros y cercanos
que resurgen para que vuelva a sentir el chasquido
que hace el ruido en la boca de aquel beso
que surgió a lo Humphrey Bogart,

ruidos que en la nocturnidad de la noche saben
por qué las amapolas tienen un verano tan corto
y esa tristeza diurna en sus pétalos
cuando me perturban los recuerdos.
Ruidos.
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Lo primero, el canto de los pájaros
y un poco de agua y tierra;
después la coraza del día,
el pintalabios y una sonrisa permanente de felicidad;

la ecuación dos al cuadrado
suma esquinas desde donde se cuentan las horas;

lo último, la noche,
el refugio de una habitación
y un libro con el mismo título que siempre lees.
La vida es bella.


domingo, 26 de enero de 2020

Un poema: Desdecirse





(A la memoria de Carlos Sahagún, 
que calló pronto
y alguna vez me expresó este otro deseo)






Callar no basta.

Por qué no comenzar a desdecirse,
a desmontar
una a una las horas,
las palabras con que nos construimos

Por qué no comenzar
a deshacer lo dicho, las ficciones
con que nos hemos abrigado.

Cuando se atisban
los territorios del asedio último,
tiene el hombre que somos o seremos
severa obligación de no engañarse,
de quedar –me decías– libre de los poemas 
donde ocultó sus ansias.

Arrumbar deberíamos 
hojarascas, telones,
y minuciosamente
deshacer la coartada de lo escrito.

Desnudados del hábito,
vueltos al cielo virgen de la noche primera, 
la nada es el palacio
                                           que necesitaremos.

                                                   (De Conversacciones)

Ilustración: J. Oteiza