lunes, 28 de septiembre de 2020

Consejo de Redacción de octubre: El jefe preocupado

 




El jefe está preocupado. Seriamente, como todos. La cosa no pinta bien para la salud, para la cultura, para la poesía. Asuntos de los que suele, solía, hablar. Ojalá y el otoño sea mejor de lo que esperamos, dice por saludo. No tiene ganas de hablar de poesía, se le nota. A pesar de ello nos contó: Estuve en la presentación –Café Comercial, lunes 21– de La luz de lo perdido, una nueva antología de Javier Lostalé. Javier es un poeta de toque alexandrino, de la sublimación del deseo, y ni lo ha perdido ni lo quiere perder. Para qué. Dijo que su poesía actual está tutelada por Pureza Canelo. El sabrá. Traigo esto a cuento porque recuerdo una frase de Pureza: Hay que tener mucho cuidado en no editar un libro malo, siempre seremos reconocidos en la tribu por ese nivel, no importa lo que hayamos escrito antes o después. Habló entonces, a más de dos metros, manos limpias, la becaria: Me parece haberlo oído ¿A qué viene volverlo a traer? Tenemos otros problemas más inmediatos, el miedo a lo colectivo, por ejemplo. Por cierto, qué espléndida la edición que Chamán y Esther Peña han preparado para Lostalé. Respondió el tirano: Hablo del dicho de Pureza porque hay un autor cercano a esta casa que prepara una edición de poemas cordiales, elegíacos tal vez, conmiserativos; sé que duda de la oportunidad y el acierto de hacerlos públicos, algunos son añejos, y sin embargo parece que lo hará por lo que sostiene a los amigos más cercanos. Levantó la mano el colmillo-redactor desde telecasa: La libertad más excelsa es la de equivocarse solo, en caso de que se equivoque. Los poemas deudas de situaciones, recordatorios, sólo serán poemas si son capaces de imponerse a las anécdotas que los provocaron. De eso vive Margarit. No descartemos nada hasta ver. La verdad es que hay que tener coraje para editar en estos tiempos. Dele de mi parte al empecinado unos golpecitos en la espalda. Así lo haré –dijo el Jefe sin demasiados ánimos– el tal sujeto suele decir que lleva tiempo escuchando a la realidad discutir con la ruina, y que a veces se abandona al reto y, aturdido por los tiempos, suele dar testimonio por cualquiera de las dos. Faltaba el novato, que siempre habla el último. Y se queja: Tal vez se debata entre lo conveniente e innecesario frente a lo inconveniente y necesario, que nos decían en la Facultad. ¿Para cuándo en los kioskos, Jefe? El jefe zanjó: está de siete meses, no hay quien lo pare. Y nada más hubo.

domingo, 27 de septiembre de 2020

10 de América / 1 / Eliseo Diego

,

 


     Cien estíos desde que naciera en La Habana Eliseo Diego

Padre asturiano, madre  cubana, como tantos. Escribió luego con la mirada puesta en los que defienden que la poesía es temblor y lenguaje, tensión y ternura, sabias maneras de ordenar lo perdido, aquello que buscado se encuentra. No importa si dañado o ileso. También para aquellos que esperan que alguno diga lo que ellos aún no saben que sienten. Poeta de vanguardia íntima y barroco mostrar. Su decir amaba con idéntico afán lo sencillo y la esbelta discordia. 14 libros de poemas, algunos póstumos. El tiempo ha sido piadoso con él. Él fue piadoso con los calendarios, humilde con las sílabas y los espejos. Capaz de hacer presente del pasado y vivencia los futuros. La vida le cercaba y él rodeaba a la vida.  Eliseo Diego, este ebanista, murió en 1994. Nos quedan los dones es el título de una antología que para celebrar el centenario ha publicado Cátedra, a cargo de Yannelys Aparicio y Ángel Esteban. 15 euros.

Ofrecemos dos de sus poemas más nombrados No es más y Comienza un lunes. Y un tercero, el fragmento 4 de Cuadernillo de bella.  

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 No es más

Un poema no es más
que una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido, y cruje
afuera el hondo bosque; un poema
 
no es más que unas palabras
que uno ha querido, y cambian
de sitio con el tiempo, y ya
no son más que una mancha,
una esperanza indecible;
 
un poema no es más
que la felicidad, que una conversación
en la penumbra, que todo
cuanto se ha ido, y ya
es silencio.

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Comienza un lunes

La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.

Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro qua amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.

La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.

Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.

Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad: aquí he vivido.

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Cuadernillo de bella / 4

Quién sabe cómo fue ni cuándo y dónde
me dijiste que sí, que me entregabas
el huerto de ti misma, paraíso
de magias y delicias y qué glorias.
Y yo ciego de mí te acepto a ciegas
del esplendor terrible de tu llama
tan frágil y menuda entre mis brazos.
Pues tú eres tú y eras la vida y todo
cuanto va desde el júbilo a lo trágico,
desde el alba a las fiestas de la tarde.

martes, 22 de septiembre de 2020

Un poema: Árbol, niño, bisonte

(para Raúl Nieto de la Torre, poeta, 
y su aventura íntima de El retrato del uranio)

Como aquel que pretende
construir el poema a que se ve abocado
y en aparte procura      
convocar junto a él a unas cuantas palabras
que no existen aún,
pero son,
porque desea fuerte
salvarlas de la broza,
de la obviedad,
de los tristes adornos y añadidos,
y al fin consigue
escuchar su rumor al escribirlas,
y camina después
por la calle empedrada con ellas de la mano,
y respira su aroma, su voluntad de juego,
y las deja alejarse para poder llamarlas,
porque todo
–piensa– poema es verbo y para
que nazca y viva debe pronunciarse,
darse al aire,
que nos decía Claudio, y atender, con qué mimo,
si regresa canción,
árbol, niño, bisonte,
metal, piedra, bolsillo… por si así pretendiera
ser, quedarse
en nuestro alrededor
                                                y buscara refugio.

jueves, 17 de septiembre de 2020

En 100 palabras / 2 / Texto público de Joan de la Vega, responsable único de La Garúa Editorial












          Tras el confinamiento ha aumentado la recepción de originales. Ahora llegamos a diez manuscritos por semana, cifra que supera el número de títulos que editamos en todo un año. No podemos decir lo mismo del número de ventas, lo que obliga a reflexionar mucho sobre lo que esperamos o cómo nos relacionamos en este medio (más autopublicitario que lector). Nosotros hemos llegado al límite en lo económico y vital. Por eso os vamos a invitar a la lectura y profundizar en los 17 títulos que hemos editado este 2020 durante las próximas 8 semanas. ¡Buen inicio de curso a tod@s!

martes, 15 de septiembre de 2020

Un poema: Confesión de fortuna

 


Con la misma fortuna
que a algunos les ocurre –Colinas y Rosillo
lo tienen declarado, por ejemplo–
también yo
he sentido en el patio y a la tarde
cómo el sol acudía tan sólo para verme
 
lector sentado, aunque
distraídos los ojos de la página, observo cómo
él se ocupa y recrea
en el revoloteo ágil
de las hojas en sombra que mueven la pared
 
hay un instante breve
en que su luz se ablanda,
en el que nos reconocemos solos
los dos y juntos
 
sabe de mí desde perdidos tiempos
y aunque yo ya soy otro,
ajeno él a esas minucias,
sobre el atardecer que nos importa
alguna vez me habla, se detiene y me habla
 
dice serio:
no cedas tu mirada ni abandones,
cuida la casa, cierne
con tiento tus vocales, y porque a veces dudas 
sobre lo necesario
en el poema elige
primero ser verdad, después estilo.

                                                                                                                               
                                                                                                                (Foto: Pepe J. Galanes)


viernes, 11 de septiembre de 2020

En 100 palabras / 1 / LA Cuenca


      LA de Cuenca, poeta valorado, hombre culto y pulcro, persona respetada y querida, ha sido miembro del jurado que otorgó el premio EspasaEsPoesía a Rafael Cabaliere, categoría “Veinte mil. Poesía blandita”. Asistió también a la presentación del VisorMelilla que obtuvo Loreto Sesma. Yo le he visto -cuántas veces- presentando a poetas de distintas cualidades. Siempre atento y afectuoso. Tengo, leídos, varios libros suyos, de haikus y de poemas sardónico-cordiales. Me gustaría escuchar su opinión sobre estos sucesos que nos conmueven y remueven. Digo sobre el boom de la “poesía” adolescente que tanto parece conocer y proteger. Trendrá mil razones. Seguro.

martes, 8 de septiembre de 2020

Dos poemas de Juana Pinés

 


         Ahora que el nombre y la obra de Ángela Figuera vuelven a ser acto y presencia -gracias demos- vengo en sus aromas al nombre y a la obra de mi poeta manchega Juana Pinés. Nacida en Manzanares, reside desde la juventud en Ciudad Real. Suele confesar que desde muy niña sintió la obligación de escribir y escribirse. Y lo hizo hasta completar una obra amplia, profunda y decididamente humanizadora. Es autora de más de diez poemarios, casi todos reconocidos en certámenes, y ha sido presidenta exitosa del Grupo Literario Guadiana de Ciudad Real. Como en Ángela Figuera, sus poemas conocen el arbol de la vida. De las ramas aprenden el valor del sol, el canto y la armonía, las audacias del juego con la brisa, pero es en la raíz donde encuentran su sazón, y es que es allí donde les hace beber. Del manadero donde los hombres y la mujeres guardan los azares cotidianos del existir. Ajena a lo que unos llaman lo puro y otros el silencio, su decir es existencial y denunciador, sin aspavientos, sin fuegos fatuos. Su voz tiene la fortaleza decidida de la serenidad, de la avisada conciencia, de las territorios en ascuas que llamamos vivir con otros, resistir. Escribe atravesando fronteras: las del dolor y el éxtasis, las del deseo y la justicia, las del amor frente a la finitud. Termina de publicar en Lastura, en nuestra Lastura, Es tuya la palabra. Hace referencia el título, advierto, a la provocación que versos de otros poetas han ejercido sobre ella. No se trata de citas convencionales. Cada poema suyo es un compromiso con el verso ajeno que lo ha hecho brotar. En alguna ocasión me habló de él. También sé que el libro es enjuto y que se ha ido forjando con lentitud. Como se debe.

Ofrecemos dos poemas. Los que surgen de dos poetas manchegos Sagrario Torres y Pedro A. González Moreno.
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NUNCA UNA HOGUERA
 
                    Hijo mío, no te incineraría
                          SAGRARIO TORRES
 
 
Yo tampoco querría tu cuerpo en una hoguera
ni el alabastro en llamas de tus rotos cristales
ni dejaría nunca que el fuego consumiera
tu limpia arquitectura de huesos minerales.
 
No quisiera las brasas lamiendo tu estatura
ni otras ascuas distintas que mi tacto sediento
ni saber en cenizas tantísima hermosura
propicio enjambre acaso en los labios del viento.
 
Antes de ser quien eres fuiste en mí una simiente
creciendo en el asombro vertical de mis venas,
el gozo tembloroso de una espera impaciente
un clamor encendido de núbiles colmenas.
 
Y si la luz te entraba a través de mis ojos
y mi sangre fue tinta de tus primeros trazos
y la tierra en mi vientre, antes de ti en abrojos
se pobló del milagro de soñarte en mis brazos
 
(que, ungida en ti, te ansiaba tras la última amapola
que derramó mi savia de mujer renacida
y fuimos cuerpo a cuerpo, tú en mi y en ti yo sola,
una frutal presencia absorta y encendida),
 
sé bien que si la lumbre mordiera tu cintura
y la flor de tu carne, tronchada de la mía,
yo sería ascua viva como tú, estoy segura,
porque toda mi carne en ti se abrasaría.
 
Por eso si te fueras antes de mi partida
clavándome en la sangre el alfanje de un grito,
tomaría el desmayo de tu cuerpo sin vida
para tenderlo encima de mi vientre marchito.
 
Y en ese altar en sombras darte mi último arrullo
y desbrozar a besos tu piel, distante y fría,
vaciándote la fiebre de mi cuerpo en el tuyo
y abriéndome las venas, pues ya no las querría.
 
Y en el pozo salobre que ahora son mis senos,
que olvidaron su oficio de estarte amamantando,
dormiríamos juntos, abrazados, serenos,
hasta que el fin la nada me fuera desmigando.
 
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 OJOS
 
            …es tiempo todavía 
              de abrazarnos al vuelo de los últimos pájaros.
                        PEDRO A. GONZÁLEZ MORENO

 
Tú nunca me miraste
con los ojos de un puma,
ni acechaste mi paso
con aliento carnívoro.
Y, sin embargo,
deseé tantas veces
sentir cómo crujían
los huesos de mi pobre corazón
entre tus dientes…!
 
 

viernes, 4 de septiembre de 2020

Un poema: Septiembre es el color

 
Foto: McBarri

 
Oxidado,
sé que ofrece septiembre su color 
a las vencidas pámpanas,
a los rastrojos 
últimos, al oro
de la golden frutal  y el membrillero
 
septiembre entre los verbos y encinares

distraído,
sin odios, 
vagabundo 

su luz es el contagio, una
proteica deidad 
que deshace y conforma

por su amarillo dúctil me devuelvo
a las sedas del folio,
a lo que fue fortuna,
a las lejanas
caricias de las gentes que más amo
 
y a esta pared reciente
de mi casa vestida
con el rubor de nombres
que al abrir de sus carnes me parieron.



martes, 1 de septiembre de 2020

Consejo de Redacción: Un sol fructidor


Con pasión indecisa
 llega el Jefe al nuevo curso. Y van once aperturas. Se le nota en los gestos, en un rictus sin fuego ni acidez.  Casi ambizurdo. Que cavila más en dolorido que en aparente deriva. Buenos y tempranos días, dice, la verdad es que no sé si desdecirme de lo que se dijo en junio o si mantener aquello de “lo benigno y la dicha/ del regreso que trae/ cada septiembre”. Volver a estar juntos de esta manera, separadamente y enmascarados, dota a esta redacción de un aire a clandestinidad conspirativa que tiene un aquel cursi, un aire decimonónico. Conocemos que la poesía dota a sus adeptos de una tentación de logia, de secta a lo fraterno, eso es sabido, pero no sé si tanto. La becaria, sentada frente al Jefe, quiso matizar, proteger, con prontitud: Se podrá comprobar que estamos todos, nadie en Covid y nadie huido. La redacción tiene los cuerpos sanos y las conciencias tranquilas. Lo que no sabemos es la calidad del trabajo que nos espera en estas condiciones de apaciguamiento, de timidez pública. Levantó la mano el redactor colmillo: Soy grupo de riesgo, declino asistir a actos multitudinarios, me pido por edad y pillería leer y comentar en domicilio, luego si eso… En fin, siguió el Jefe, así estamos todos, con las esperanzas y los prados de fin de junio desbaratados, pero en aguante, nunca en doma. Sepan que los poetas –nuestra materia de trabajo­– se resisten a no ser. Y sobre todo a no publicar. Miren con qué fe y con qué caridad han aguantado la semana de Exposía en Soria: disfrutando, comprándose unos a otros –incluso los propios editores- avariciosamente­. Viendo tal ¿podemos nosotros enmudecer, dejarlos solos? El novato quiso y consiguió hablar en su turno de las presentaciones virtuales. Esas zarandajas no pueden mitigar el dolor de una Feria del Libro ya en suspenso, decía. Luego añadió:  Lo que sí me consta es que han aumentado algo las ventas por correo, bien desde las editoriales, bien por Amazon. Recomiendo y animo a lo primero por razones obvias, dicen que el gran enviador ha aumentado en miles de millones su cuenta particular durante la pandemia y ya no necesita nuestra bien probada generosidad. Volvió el jefe a la carga, ahora enérgico: Escuchen esta exigencia, y es importante, no quiero que participen en ningún escrache a poetas que no sean de su gusto: militen en valentes o en marwuanes. Y mucho menos acudan ante la casa de los asmáticos. Añadan a la orden este ruego: pidan a Manitú con danzas y coros sollozantes que puedan regresar los actos y las presentaciones, hagámoslas reguladas y con garantías, seguras, pero que vuelvan. Sería la señal de salud pública y poética que nuestro bienestar necesita. Precisamos llenar de sentido el verbo volver. Y dicho esto, quiero que miren la ventana. Quiero que gocen este sol fructidor., este sol que presiente el membrillo, que nos espera en la calle: cálido, indiferente a las pequeñas miserias que revuelven y aturden. Sepan que seguirá luciendo para todos, que vencerá a lo guardado, que volveremos más pronto que tarde a sentir su roce en nuestra piel. Y el roce de otra piel. Y la alegría.

Por vez primera, nadie hizo intención pronta de abandonar la sala.

martes, 4 de agosto de 2020

Pedro Torres y “Las enseñanzas de don Juan” o El acto de explorar lo que somos

Pedro Torres



No es un libro huérfano, ni mucho menos anónimo. Aunque así lo haga sospechar la ausencia del nombre de su autor en la cubierta y en la portada. Hay que esperar hasta el final del prólogo para leer su nombre. Un generoso prólogo donde el autor, a más de explicar la génesis del texto y circunstancias, se aplica primero en abominar de ciertas modas editoriales para luego y pronto acudir en defensa de los libros que se “sostienen solos” por su contenido.  Como sin dudas desea para este “Las enseñanzas de don Juan”, nombre de sonoras reminiscencias en el Castañeda de nuestra juventud.  El libro –nº 49 de la colección Añil Literaria– es obra, digámoslo alto y claro, de Pedro Torres, almagreño de estancia y natal en el Campo de Montiel, territorios manchegos que circundan por el sur la llanura, sujetándola. Y hombre que vive a gusto en los aledaños de la cultura escrita. Todo nació como un empeño durante diciembre de 2014: encarar, declarar y fijar desde su difusión virtual el ambiente y los temas que una tertulia–entre real y supuesta– de vinos y domingo se encargaba de aventar oralmente. Pedro Torres es un profesor amante del escribir, pero sobre todo del buen escribir, del escribir con atención y sin descuidos, sabedor como es del tesoro de la Lengua Castellana, que dijo Covarrubias. Y buen aficionado a los blogs literarios (Eduardo Moga y Álvaro Valverde entre otros), a pesar de la decadencia de un modelo a mi juicio exquisito que, apartado de las violencias y fugacidades de las redes, combina permanencia, difusión, equilibrio y sosiego.

Es el asunto, que en la fecha antedicha y en su consecuencia, apareció un blog ­–ya clausurado, no busquen– con idéntico título al del libro de ahora y signado por un tal Juan Rojo Almagro. Una firma con aroma, desde lejos, a seudónimo. Rojo por el color de la tierra y Almagro porque la ciudad pretendía ser centro de interés del mismo. Con prontitud se desbordaron las limitaciones iniciales. Las preocupaciones de don Juan y los demás contertulios trajeron los temas que importan: las personas, las artes, la literatura, el buen vino, el sello de lo manchego, las contradicciones de la política local, regional y vaya usted a saber, los problemas de la gente y de la tierra, los pasados que enseñan y los futuros que aguardan, las nuevas corrientes de opinión, los ismos desbocados, la poesía, las sedosidades… y lo intrascendente, que es a veces lo que más bandera hace de cada uno de nosotros. Sin faltar nunca ese gramo de sal que suele dar al guiso de las conversaciones la bien digerida erudición. O el toque de pimienta de las últimas lecturas. Sin congregar multitudes, el blog fue arracimando en su rededor miradas y voluntades numerosas y fieles. La mía fue pronta una de ellas. Confieso que esperaba su complicidad provocadora en las tardes de los domingos. Trasmitía la sensación de que estaba escrito desde la alegría espontánea del vocero que dice aquello que sabe, debe y le apetece. Y lo dice bien.

“Las enseñanzas de don Juan”, nacido libro a una propuesta de Alfonso González-Calero, manchego de pro, editor y hombre de bien, recoge una selección de las más de 300 entradas que el blog tuvo a lo largo de cinco años. Realizada por el propio autor, según sus palabras, ha intentado desalojar con ella los temas más coyunturales, los más localistas o, haciendo lugar a la coquetería, los que pensaba de trazo menos logrado. Pero “Las enseñanzas de don Juan” es algo más. Leído ahora y contemplado en su conjunto, es en primer lugar una rendición de cuentas de una generación, hoy en edad de tertulias, que vivió activamente los tiempos de la Transición. Y los sintió como un compromiso con ellos mismos y con la Historia del España, tan maltratada, como una oportunidad imposible de malograr. Algo de lo que se muestra moderadamente orgullosa. Porque cree que aquello granó en años de libertad y bienestar, años que no pueden ser oscurecidos por lo accesorio que acarrean las vilezas o ambiciones políticas del diario vivir. Visión esta compatible con el difuso malestar por una tierra, la nuestra, que no termina de lograr lo que merece, que amasa su cotidianeidad tanto con la harina de la falta de conciencia ¿social?¿ regional? como con la levadura de cierta apatía en ambiciones culturales y de otro tipo, asuntos ambos que lastran su autoestima, su decisión y su protagonismo. Digo aquí que este libro está escrito desde el amor tranquilo a la tierra que se pisa cada día, la que nos sostiene y consiente, y que alza su decir desde el rasgar la piel, las heridas y la costra de lo manchego. De lo castellano-manchego si ustedes quieren. También desde la voluntad de concilio con la verdad y sus múltiples maneras de presentarse, pero en la consciencia de que ni su pasado ni su futuro han dependido ni dependerán exclusivamente de nosotros. Siempre tierra de paso. ¿Cuándo de peso?

A su autor, a Pedro Torres, a quien poco he tratado, pero tanto admiro, suelo escribirle que es el único lector de poesía no-poeta que conozco en nuestras cercanías, donde ni los poetas se leen unos a otros. Lo digo como anécdota, pero como nota reveladora de su singularidad. Él dice que debe haber alguno más. Y yo no lo dudo, pero. El libro que nos entrega es un ágil testimonio de variados y ciertos intereses, que investiga con inteligencia en nuestro estar y hacer. Libro de volandera lectura, divertido, mordaz a veces, irónico y develador, sano, respetuoso con las personas, no con vicios ni costumbrismos, denunciador de intereses espurios –le desvela el asunto de las inmatriculaciones de la Iglesia, en especial la de las Calatravas almagreñas–, cuestionador del turismo de masas, aventador del vino como lugar de encuentro, culto sin cultismo, radical en lo que debe permanecer y en lo que no merece tal. Quiero decir con estos apuntes que, escrito desde el corazón de La Mancha, va derecho a contar lo que somos y nos pasa dejando en segundo termino al autor. Vale lo que se dice, no quien lo dice ni por qué lo dice. Tal vez por eso su voluntad de continuar el juego de lo anónimo, aunque lo sabe imposible, omitiendo su nombre en la portada. Puede que le abrume la torrentera de nuevos nombres-autores que últimamente nos inunda. Lástima, porque Pedro Torres, nombre y apellidos calderonianos donde los haya, sí tiene que decir. Lo ha dicho y nos lo ofrece. Y sus lectores de antes, de cuando el blog, que lo seguimos siendo ahora en la nobleza antigua de la tinta y el papel, se lo agradecemos. Como lo hacemos con el editor y con la elegancia con la que resuelve la portaba el grabado de Ryuji Sato, a quien tuvimos el gusto de saludar tras la presentación que de la obra se hizo el pasado día dos de julio en el Marqués, bar de Almagro en plena Plaza y sede de la tertulia. No merecía otro escenario lo que don Juan tiene que decir, lo que Pedro Torres ha dicho a su través. Lo que hago mío en esta nota pública con la que busco compartirlo. Y es que “Las enseñanzas de don Juan” no es solamente un libro que se sostiene solo, sino que ayuda a que nos sostengamos. Con su lectura, claro. A lo que animo.



martes, 28 de julio de 2020

Vicente Martín: ocho años, compañero


       



           Hace ocho años hoy, 28 de julio, que vino a la tierra el cuerpo del poeta Vicente Martín Martín. Recuerdo el lento pasar, el sol tibio en la espalda dorando el camino hacia el lugar dispuesto para su cuerpo. Cada año recuerdo esta fecha. Y lo hago con el dolor de la perdida y el agradecimiento a la vida por haberme permitido conocerlo. Disfruté numerosos momentos junto a él y junto a Charo, su compañera y su mujer. Mis amigos. Poeta de fertilidad, de amor siempre joven por la palabra audaz y generosa, fue elegido por la imaginación y las imágenes como refugio salvador. Siempre fue poderoso y ágil en la ejecución del poema. Entonces lo leía y leíamos con las alas abiertas, hoy lo leo y lo seguimos leyendo con aquella emoción. Quien lo conoció no lo olvida. Ahora, hoy, hago cuenta que apenas si nos tratamos siete años, pero qué intensidad de amistad y obra poética. Nunca hubo rutina entre nosotros, ni algo parecido al frío o al distanciamiento. Recuerdo el último abrazo de despedida a la puerta de su casa, una tarde de mayo, después de un almuerzo a dos. Supe que no volvería a verlo. Él había comenzado a escribir en su juventud más temprana. Una vez, por esas fechas, me contaba, había coincidido con Luis Rosales y se había atrevido a enseñarle su mejor poema. Don Luis se lo devolvió con las tres cuartas partes de los versos tachados: Lo que queda es el poema, le advirtió el granadino. Jamás olvidó la lección. Luego vino el silencio público hasta que a mediados de la primera década del siglo estalló la gallardía esbelta de su decir, la provocación de contar la vida desde la tensión surreal y humana que su mirar le proporcionaba. Sus poemas atienden a las verdades contrapuestas, a ese saber lo que de ácido y tierno tiene el amor, por eso campan por los territorios del deseo y las renuncias, dialogan con las contradicciones. Al fin y al cabo vivir es pasar, se advierta o no, de un riesgo a otro riesgo. Y el buen poeta está para contarlo. Murió pronto, se nos murió a muchos muy pronto Vicente Martín. Hoy lo sé cierto y lo digo. Y le recuerdo desde la hermandad, desde el calor más próximo. Ocho años. Sabed que continúo sintiendo su afecto.


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Algo ocurre en el mar 
y nada tiene que ver con que en el bosque
se impacienten las olas o en las islas lejanas
relinchen los caballos
nada
con que cubran de incienso las mañanas sus márgenes
o aparezcan las nubes con sombreros 
de espuma recitando
versos de un miserere,
algo ocurre en el mar y yo lo he visto
sin bajar de mis ojos,
solamente
con mirarme en los tuyos y encontrármelos llenos
de acequias y estiajes
porque ¿sabes?, la luz tiene memoria y la memoria
se crece a medianoche
y está exenta
de vivir para siempre la impiedad de los viejos
laberintos de arena.

Te he visto caminar bajo una lluvia
ebria de acantilados,
he visto cómo exhiben las algas en tu pelo
signos de haber dejado en algún puerto interino
y a contraluz
tus pasos
y te he visto con ese afán intacto de quitarle
al viento las palabras 
y trepar al eclipse en que se acuestan
las cigüeñas andinas,
triste
como si el mundo
no tuviera las llaves de un océano
con que llenar de azul la inmensidad nocturna
de las horas siguientes.

martes, 30 de junio de 2020

Manera de decir adiós




C
omo el que observa
que apunta con pistola el calor a su sien,
y amenazado acude
a cerrar con presteza las ventanas,
la del blog, la de face,
y encuentra en la penumbra que sucede
la quietud y el refugio,
y agradece el frescor de los silencios
mientras la luz recorre
con sus carros de lumbre
los altos territorios 
de Leo, del estío, olvidada de él,
libre en otros quehaceres

así intento burlar con poco daño
los profundos agobios y los días
mesidores de julio,
lo extenso de un agosto 
que vendrá irremediable,
armado con sus hoces, sahariano...

que así escondido yo,
así secreto,
aguardará mi afán, sosegado en callada
conjura con las siestas y la sombra,
lo benigno y la dicha
del regreso que trae
                                          cada septiembre.



domingo, 28 de junio de 2020

Un soneto para don Juan (o para Pedro Torres)

            



          El próximo día 2 y en Almagro se presenta un libro singular Las enseñanzas de don Juan. Viene editado por la colección Añil que bien dirige Alfonso González-Calero, y curiosamente en su portada no luce el nombre del autor. Un libro singular porque trata de los mundos que nos soban y abarcan. Tanto en el antes y el después del tiempo como en cercano-lejano de los territorios. Trata de mucho con mucha sabiduría. Es el asunto que sus páginas recogen una selección de las charlas, casi tertulias, que un grupo de ciudadanos almagreños mantienen los domingos por la tarde en cualquier bar de su noble ciudad en torno de don Juan Rojo Almagro. Qué pronto se conoce su calidad de seudónimo. Don Juan, renovando un senequismo manchego trufado de ironía y calma, se serena aplicándose a la piadosa manera de enseñar con deleite. Hombre de vasta cultura, con afición aguda a los asuntos de la lengua, buen lector, escéptico, pero no desengañado de los asuntos que atañen a la res pública, amante de un Almagro sin máscaras ni trueques, rebelde ante los abusos eclesiales, como buen resistente, y muy en devanarse el seso con los poetas... mantiene una corte variopinta en sus alrededores mientras degusta, degustan, la vida y el vino a iguales tragos. Se charla a calzón quitado, con látigo y sonrisa. Uno de los contertulios, Pedro Torres, nombre calderoniano donde los haya, solía tomar notas de lo dicho y de los dichos. Con ellas entretenía un blog que entretenía y se buscaba. Cinco años duró lo que era delicia de muchos. Cuéntenme entre ellos, aunque llegase un poco tarde a la tabla. 
      Mas hete aquí que, como entre mis aficiones se encuentra la de enmarañarme en trasgos sonetiles, un domingo del diciembre pasado decidí fustigar al tal don Juan (a través del tal don Pedro Torres) con uno de ellos que le afectaba. Tanto le afectó que el domingo siguiente el blog anunció su final y don Juan, por traslado, clausuró sus charlas ¿tabernarias, tabernícolas? Me sentí culpable. Tanto más cuando, editado ahora el libro que recoge aquellas sabrosidades, me encuentro el soneto al inicio del mismo. Tate. Explico todo esto  aquí, entiéndase, para expiación. Con el añadido que pienso estar, y lo proclamo, el jueves 2 de julio próximo, tapabocado, distanciado, a las 19,30 horas, en el Marqués -bar airoso de la Plaza de Almagro- para dar la cara ante don Juan y ante Pedro Torres. Y ante quien convenga. Mientras, os agrego el cuerpo del delito. Sostenella, que decían.

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INFINITIVOS
A DON JUAN ROJO ALMAGRO

Hablar desde las torres de la vida,
ser almagro por rojo, ser senado
vespertino, plural, endomingado,
ser ciudad en sus blancos detenida

huir de cuanto fue, de la podrida
política banal, leer callado
a poetas que dicen, ir al lado
de todos y con nadie; cuando pida

un latín su lugar ceder el labio,
abjurar de banderas, reír poco,
corregir al balduendo, callar sabio,
pasar menos por sancho que por loco

y hacer de lo que reste tranco suave,
ese es don Juan, quien lo leyó lo sabe.


viernes, 26 de junio de 2020

Carta pública a y dos poemas de Federico Gallego Ripoll






Carta pública a Federico Gallego Ripoll

Por Las travesías.



       Querido Federico, he dudado si escribirte. Por lo menos de forma pública con motivo de la gentileza y la lectura de Las travesías. Es el caso que he recorrido, escudriñado, los anteriores textos sobre ti que pueblan Mientras la luz, y creo haber dicho de tu poesía cuanto de ella percibo y me hace sentir. Posos que vienen de lejos, y que este libro no ha hecho sino remover. Acrecentando. Tienes la virtud de no extender tus modos de acercarte a rodear la poesía, sino la de hacerlos más intensos, más profundos, más significativos. Incluso más despojados. Con la edad los poetas se vuelven vagabundos. Tú también. Saben que los adornos, los lujos y las muecas, las exhibiciones y los compungimientos no ayudan a conservar la memoria del paisaje, sino que lo desvirtúan. Y qué otra cosa es un hombre sino su sombra y por tanto su paisaje. Esa dilatada llanura en donde la sorpresa es siempre – y todavía– asunto esperable. Cuando se atisban, desde un balcón sereno, los territorios puros de la melancolía, tiene el hombre que fuimos obligación de no engañar. Y tampoco engañarse. Saber que la sorpresa y la ruina nos conforman. Hoy decía a Raúl que escribir poesía (de leerte y leerte lo aprendí) no es entrar en los abismos –Dante lo hizo por todos–, sino acercarse con tiento a ellos, escuchar sus reflejos, mirarlos cara a cara en sus rugidos, degustar sus olores. Y saberlos. Escribir es remarcar con tiza sus bordes, porque se sepa que somos testigos, porque se sepa que sabemos que las cosas están a punto de inaugurarse, pero que conocemos lo pronto que llegará la lluvia para borrarlo todo. Escribir poesía es hacer lo que haces. Es ser y sentirse fungible, vagabundo paciente, y por lo tanto dueño y siervo de las cosas a las que rescatas. Es disponer las agujas, las palabras que bordan, sin otro anhelo que la propia belleza de lo bordado. Qué es el poeta sino ese bastidor que atusa la tela. Ese tiempo pacífico, casi en silencio, casi frescor de patio, en donde sólo lo que importa importa. Y es entonces, casi a las ocho de una tarde de verano, cuando alguien comienza a cantar la copla antigua: Diez bosques son un ángel. Y un coro que responde tras el medianil del patio: Diez ángeles, un niño. ¿De dónde a dónde la travesía, Las travesías? Cuando hayan pasado todos los barcos en busca de todos los soles, cuando todos los tiempos y todas las agujas hayan atravesado todas las lenguas –¿recuerdas el poema de Ángel Crespo?–, alguien, en algún rincón, sobre un papel que muerde, escribirá un poema. Tendrá al lado un plato con los restos de la sal, de todas las sales del mundo, con que secar la tinta. De lo que venga después no quedará memoria, Federico. No quedará. La única travesía cierta será la del amor gastado. 
Por quieta. Por la permanencia fugaz con que nos acompaña.

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Dedicatoria

Así en la tierra como en tu cuerpo
hágase la voluntad de los amantes.

Así en el miedo como en la espera
crezca la flor azul de la cumbre prometida.

Así en la plenitud como en el tedio
no se extingan los besos de las madres.

Así en el mar oscuro como en el fuego blanco
sobreviva la luz a la tormenta.

Así en la tempestad como en tus ojos
amanezca la esperanza
y el canto de los pájaros persista.

Así en tus horas lentas como en los ríos altos
sea la espuma azúcar para los labios tristes.

Así en tu corazón como en mi alcoba
no huya el amor al alba.

Y en el mundo que hereden nuestros hijos
no persevere la sequía
ni se expanda ningún dolor inútil,
y la paz recupere la memoria,
y se callen los hombres si no dicen verdad.
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La quieta travesía

Es bajo el agua que el agua mueve el mundo.

Su fuerza está en su móvil paradoja,
cuando en verdad regresa mientras va.

La espuma pone música a ese gesto de avance,
pero es bajo la ola que el mar vuelve a su origen,

a su silencio, al nuestro,
al silencio,

una y otra vez,
interminable.

Quién pudiera sentir, en medio de esta duda
que nos alza la tienda y nos cobija,
la cierta claridad de su memoria.

La memoria del agua:
de ahí venimos todos, mientras vamos.