Mostrando entradas con la etiqueta Rubén Martín Díaz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rubén Martín Díaz. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de mayo de 2021

Carta pública a y dos poemas de: Rubén Martín Díaz

 




     Querido Rubén, han pasado los años. Once desde aquella primavera que nos vimos en la Tertulia Montesinos, a donde acudiste para estrenar tu reciente Adonais. Quién no recuerda tu El minuto interior, tan deslumbrante, tan exacto. Que prolongaste luego, añadiendo reflexión a la celebración, con El mirador de piedra. Tiempos de fulgor premiado. No has dejado de publicar desde entonces, pero cinco años son muchos para tus lectores. Fracturas es de 2016. Y lo sabes. Un tigre se aleja se ha hecho esperar, sé que estabas con él, sé que ha encontrado buena casa, Renacimiento, y cuidada edición. Te escribo, como puedes suponer, para dejar constancia de mi lectura, y te advierto que tengo dobladas bastantes esquinas superiores de las páginas. Es un libro complejo y limpio. Tu discurso es transparente, siempre lo fue, tu voz continúa intacta, pero tu mundo comienza ser otro, el de la constatación de la duda; ya eres un árbol que comienza a mirar con el mismo empeño hojas y raíces. Se nota. Estás nel mezzo del cammin di nostra vita y alguien ha tocado al llamador de la puerta. Te toca salir a abrir y has aceptado el reto. El tiempo es más inexorable en su furor calmado que el tigre salvaje de la juventud. Comienzas a tener pasado y la sabiduría de él. No todos los poemas, pero sí los esenciales del libro nacen de ahí. Sigue habiendo asombro, cómo no, y lo habrá (ese fabuloso “Eso que no se nombra”), pero la introspección, el asalto de la memoria íntima escarbándote –y hablo no de la memoria de escaparates, sino de la que roe y enriquece a un tiempo– ha puesto sus reales en la mesa de tus lápices, de tu pantalla, de tus provocaciones. Ese joven que corría (y corre) tiene dos hijos, a los que alimenta con leche de luna. Y ha cumplido 40 años. La juventud continua, no has caído en el pozo del descreimiento, pero ya es otra, aunque sigan en ti “las sombras que sin cuerpo deambulan/ por las altas ventanas de la imaginación”. Un tigre se aleja representa un magnífico testimonio de vida y actitud, de decisión ante la sorpresa. Son poemas construidos con tensión, desde lo contenido, pero abiertos al tránsito, a la oferta, tan escritos para decir al lector, como escritos para decirte a ti. Y eso es algo, llámalo en virtud sinceridad, que se nota y agradece. Si los primeros poemas acuden a explicarte tu estado actual: el tigre no calma su sed al mirarse al espejo; y los del segundo apartado beben de las cosas del mundo: qué magníficos “Imperfección”, a Andrés G. Cerdán y “Cicatriz”, es en el tercero donde he encontrado los poemas que acompaño, donde habita el corazón del libro: hablan con delicadeza de lo inexacto, de lo imperceptible, del roce del tiempo al pasar sobre la piel de las cosas, jamás encallecidas, todavía no encallecidas. ¿Es esa la materia de la poesía? ¿Es esa la sorpresa en la que continuas?

         Siguen después un tiempo y un amor nunca pasado. Dices: “Traes el frío hermoso de un invierno lejano/ que juntos compartimos,/ y eres tú misma el frío…” Aflora la nostalgia de la felicidad, los esplendores en la hierba vistos desde el sosiego. Camina lento el tigre que se aleja hacia las soledades de su futuro en búsqueda. Continúa el poeta encontrando la vida.

___________________

ESO QUE NO SE NOMBRA


“La poesía es una visionaria y arriesgada tentativa de acceder a un espacio que ha desvelado y angustiado siempre al hombre: el espacio de lo imposible, que a veces parece también el espacio de lo indecible.

Como poeta, he buscado siempre ese espacio”.

                                                                     Roberto Juarroz


Quizá lo has visto demasiadas veces,
tal y como lo has visto
se va.
 
Un día fue en el Blanco sobre blanco
de Kazimir Malevich: melancólica nada.
 
Otro día en la prosa vibrante de la lluvia,
la fiebre musical de Janet Gardner
o las dotes de Malowe para la seducción.
 
El pez que es mecanismo y bajo el agua
difunde con sus branquias luz de cobre,
después desparece, deja un poso de niebla.
 
La noche en espiral formula oscuros números,
palabras inconexas y un enjambre de incógnitas,
y esa libertad, azul, precisamente,
esa atracción de no saber qué habrá más lejos.
 
La calle en la que fuiste lentitud de verano,
el portal de la edad, los amigos en curso;
no el hombre que disipa sus días en la herida
brutal de la alambrada que hace nudos de espinos.
 
Lo has visto al respirar con el ritmo pausado
y al comprender el pájaro que culmina su hueco,
al confundir la sal con un surco de espuma
y al quebrantar el tren las aceras del aire.
 
Tantas veces lo has visto y en tan diversos sitios
que resulta curioso no haber palabra alguna
para nombrarlo. Llámalo como quieras.
Lo importante es que vuelva,
que nunca se distancie
demasiado.
_________________


TIEMPO DE QUIMERAS
 
Quisiera dibujar las formas vivas
del humo;
 
trazar con las palabras la ecuación
del cielo, su mensaje
de nubes y de fondos imposibles;
 
apacentar la lluvia con un gesto
tranquilo de la mano;
 
tocar tu corazón de arena blanca
forjada por estratos de coral;
 
beber el agua clara del relámpago
su líquida protesta,
su estruendo enardecido por la llama;
 
desmadejar las sílabas que el viento
anuda en el oído de Gizeh;
 
sumergir en la noche las pavesas
del incendio del día, las escamas
del pez del horizonte;
 
entumecer el sol con una lágrima
de los montes helados de Plutón;
 
corregir los niveles de las olas
que vienen a morir, pespunteadas,
como un velo de sal, a tus rodillas;
 
vadear la montaña más extensa
que pueda imaginar el ojo humano,
y abrazarla, sentir su dermis de piedra
 
y, dentro, todavía más profundo,
encogido en el útero de barro,
el sueño inverosímil de la vida.

sábado, 27 de junio de 2015

Junio de Libros: "Arquitectura o sueño" de Rubén Martín Díaz




 El incansable divulgador de la cultura manchega impresa, Alfonso G. Calero, dice en un artículo reciente en ABC que el núcleo surgido en Albacete en los últimos años es una señal tan potente como renovadora en el hacer poético de la región. Por la calidad de su producción y por la seriedad con la que encaran sus entregas, tan auténticas como libres. Aparte del bien estructurado grupo que, alrededor de Frutos Soriano, cultiva el haiku, y junto al nombre de Andrés García Cerdán, que sirve de enlace con la generación anterior, aparecen con luz limpia en la isla urbana que es Albacete los  actuales Antonio Rodríguez Jiménez (1978), Rubén Martín Díaz (1980) y Constantino Molina (1985). Estos dos últimos premios Adonais 2010 y 2014 respectivamente. Nombres llamados a la permanencia, y obras que nos exigen atención, imán de seguimiento. Sin duda que el faro no abatido de Barcarola (Juan Bravo y José M. Martínez Cano) sigue excitando.

   Ha llegado a Mientras la luz, Arquitectura o sueño, de Rubén Martín Díaz, editado por La isla de Siltolá, que a la espera del próximo y ya anunciado Fracturas, supone un territorio abierto para la exploración. El gimferriano título ya indica que nos movemos por ese espejo en penumbra que supone la ficción de la realidad o la materialización del sueño, en ese vuelo en curva que mueve sus alas desde la visión y el tacto a lo ingrávidamente reflexivo. Entre la belleza de la piedra y el dolor moral, entre el recuerdo como necesidad y la provocación de cuanto se contempla. De lo lejano a lo vivo: de lo vivo a lo soñado. Son 50 textos de prosa cuidadísima. Con el esmero preciso, con la exactitud para que sea prosa, para que sea poesía, ambas en puridad, separadas y al tiempo. Inmersas en su esencia. No es fácil -y Rubén lo consigue- salir del extendido autoengaño: unos aprosan sus poemas ya confeccionados en busca de modernidades, otros llenan de heptas y endecas sus prosas para que parezcan poéticas. Aquí hay 50 textos limpios y escritos con las punzantes urgencias de la necesidad y el riesgo, algo que se palpa en cada uno de ellos y que hablan del rigor formal del poeta. El mismo poeta que con El minuto interior dio el aldabonazo preciso para levantar al Adonais de la confusión que le arrastra por el adoquinado del tercer milenio. 

   Dotado todo él de un color ligeramente culturalista, como si al poeta le fuera necesario sacudirse el barniz celebrativo y naturalista con que algunos pretende fijarlo, en Arquitectura o sueño los textos provienen fundamentalmente de los repetidos golpes que sus ojos-conciencia reciben sin piedad de las piedras, las aguas y la luz parisina. Mas no es ese el único manantial. A ese viajero perturbado por la belleza histórica, por lo cementerios de París, por sus parques y gárgolas, por sus puentes, afluyen los arroyos de lecturas pasadas, la persistencia de fragmentos de Valente o Juarroz, incitaciones estéticas y/o vitales, la necesidad de la creación como instrumento para ordenar el mundo. Y todo sin que el hombre poeta pierda nunca la voluntad antigua y salvadora de ser lluvia, noche, viento, objeto con las cosas, vida que le observa. Suelo sobre el que sostenerse. El poeta y la realidad participan de la misma aspiración: ambos se ofrecen para comprender, para comprenderse y ser comprendidos. Para ser instante con Matisse, con Gutiérrez Román y con Satriani.  Arquitectura y sueño no es un libro de viajes, no es un dietario. Ni camino ni notas: es la escritura.

:::::::::

Amanece

Amanece bajo un frío metálico. La ciudad se templa con el paso de las gentes y lo coches por las calles y el aire se cuaja de símbolos terribles, pero bellos. Esta mañana he guardado en la retina el vuelo secreto de las aves nocturnas. Parece que el sueño nunca deja de ocurrir, que es presente continuo en lo real de un pasado perpetuo en la ficción, Pero ¿acaso la vida no obedece siempre a esta mecánica? ¿Dónde acaba el sueño y da comienzo la arquitectura que obra el día y su lucidez? ¿Dónde el alma o el cuerpo, la razón y la palabra, lo ficticio y lo real? Para que exista el objeto material deberá existir también el vacío que lo niega. Fusión de los contrarios, lo llaman. Yo, por lo tanto, estoy adentro del sueño, que es afuera. Y, simplemente, sucedo.

domingo, 23 de octubre de 2011

¿POESíA E IMAGEN?

Y/o música podría titular. Es un abrazo secular y nuevo. Un gozo penetrado, penetrado con. A uno o a dos, a tres incluso dicen que funciona. El pasado viernes20 tuve ocasión de comprobar doblemente la sospecha. La primera al visitar. La segunda al ser visitado.

Volví a El Comercial, al Rincón de los Machado, como dice Pablo Méndez de su primera planta. Convocado por él y por la alegría de Raúl Nieto de la Torre, por su poesía y por las fotografías de su hermano Rubén. Ambos obsesionados por las cosas y su detalle, por el lenguaje de lo minúsculo, por la dispersión de los significados y sus provocaciones. Salir ileso es un libro rara-avis en la producción de Vitruvio. Diseñado por Marisa Núñez. Pero sin duda un libro “que mola mazo” como alguien dijo por allí. Alberto Infante anunció cosas razonables de Raúl y el libro. Leyó Raúl salpicando su discurso de anécdotas, como aquella del alumno que en clase le preguntó si existían aún los poetas (rareza que suponía extinta). Entre los que llenaban: ACéspedes, PAGonzález Moreno, JElgarrresta, PMoral, JLNieto Aranda, RGonzalez Serrano, FLeal y Aurora. Se vendió bien, lo merece. Hay poemas primeros, últimos y escogidos de los anteriores libros de Raúl, de Zapatos… y de Tríptico... Felicité al fotógrafo. Luego -en la calle, en el tabaco- se habló de glorias y de miserias editoriales.
.
De vuelta a la pantalla, a la realidad del hogar, encontré un correo envolviendo una delicia. Me lo enviaba Rubén Martín Díaz, el último Adonais digno de tal nombre. Un poeta que recoge la luz al cerrar las manos y la hacer explosionar al abrirlas. A un poema suyo, La luz mientras duermes, le ha puesto su voz, le han puesto imagen y música, bellísimamente dispuestas, Hernán Talavera y Mª Ángeles Cortés. Delicia que ofrezco aquí a los lectores de Mientras la luz en la conciencia de lo que es placer. (Advierto, es obligado para los vivos que gusten de poesía).
.

Fotografía de Rubén Nieto de la Torre





















Cuarenta Grados

Amo la gran mentira de los ventiladores
cuando el verano deja en la almohada empapada
el sudor amarillo que segregan los sueños.

Amo su inteligente forma de dispersar
los pedazos cansados, también las hojas sueltas,
como si hubiera un orden y ellos fueran la prisa,
como si uno no se pudiera olvidar
el cuaderno en la mesa sin que le hojee el viento
la lista de la compra y unos versos tachados.

Creo en ellos porque pueden cambiar la dirección
de la mosca y del humo, pequeños vengadores
del astro rey, rebeldes como el dedo que hurga
en el bolsillo roto de nuestra realidad.

Creo en el inquietante azar que los mantiene
anclados en un punto fijo mientras sus hélices
desordenan las horas, el pelo, los papeles,
girando apasionados contra todo pronóstico.

                                           Raúl Nieto de la Torre

viernes, 18 de febrero de 2011

Sólo lunes y martes

.
Esta semana solamente hubo trabajo lunes y martes. El redactor-jefe tuvo piedad. El lunes en Ciudad Real, el martes en Madrid. Se agradece la relajación.

Lunes 14


Rubén Martín Díaz en la UCLM
Mis poetas amigos de Ciudad Real, los del grupo Guadiana, quisieron celebrar la cosa de los enamorados. Repartieron papeles con versos por la plaza mayor y se convocaron en la Subtexto, un librería dedicada a la ilustración, para leerse sus poemas. Cuando más agitado estaba el panorama: Elisabeth, David, Diana, José María, Eugenio…, llegaron Valverde y De Lara y con ellos las cámaras. Me mimó la charla con Carmen Bermejo, actriz. No pude quedarme a las lecturas. No por el riesgo que para mi salud tiene lo de enamorarme de nuevo, sino porque había sido convocado.

Convocado a la lectura en el Aula de Poesía de la UCLM, que dirige Jesús María Barrajón. Estaba invitado Rubén Martín Díaz, poeta albaceteño ganador en 2009 del Adonais con "El minuto interior" y en 2010 con el Ojo Crítico. Poeta de la transparencia diáfana, del llano decir al hilo de la emoción y de las cosas. Poeta que se agradece, porque hace novedad de todas sus lecturas e influencias, su voz las transfigura en fresca fuente y, lo más importante, hace creíbles, uno a uno, a sus poemas. A mi entender de lego, lo más difícil de lograr en poesía. Todo es en él canción primera y reflexión vivida. Como bien suponía, era un instante a no perderme. La numerosa asistencia hizo que tuviera que buscarse mayor recinto. Anda ahora Rubén, con calma, por su tercer libro. Me dijo que con cuidado. Nos adelantó tres inéditos: irreprochables de estilo y sentido. Es poeta para que lo conozca Rafael Morales Barba, como se verá por lo del martes.

Martes 15

En el aula de los Montesinos, todos ciegos para Fragmenta. O casi. Pedro González hizo de la necesidad una obra de misericordia. Generoso también con la palabra, desprendido como siempre, sin nada a cambio, hizo a la audiencia un avisado resumen de las intenciones que laten en la recién nacida Fragmenta. Revista poética que surge bajo, en, con, por, contra y cabe el amparo de Rafael Morales Barba, conocido profesor, crítico y taxonomista poético. Combativa, libre y guerrillera (ni-dios-ni-amo-ni-CNT, que dirían los castizos), con voluntad de permanencia mientras se pueda, sin paraguas ¿sin paraguas? y francotiraydura. Su éxito ha sido, parece, tan inmediato que en el momento de la presentación los ejemplares estaban agotados/repartidos/reservados. De ahí la caridad -no sé si voluntaria o impuesta- con la que González Moreno asumió el reto de explicar lo que mis cegados ojos no podían apreciar.

Con tristeza distanciadora -me apuntó luego Maxi-, pero, sea como sea, Pedro A. González dijo en Montesinos lo siguiente: que no era nadie en la revista, que nadie le enviara colaboraciones no solicitadas; que nace gracias a Rafa, que Rafa ocupa con sus escritos las 80 páginas primeras, que hay versos de 24 poetas (acostumbrados); que Fragmenta tiene voluntad de ariete, de pulla y puya para antólogos-otros; que viene defensora de un tipo de poesía de estraza y nueva, a la que quisiera alumbrar, tanto en el sentido de hacer nacer como de iluminar su paso. Dijo que por ello nos resumía allí las 80 páginas primeras, las que renuevan conocidas tesis del firmante sobre la poesía española actual.

Algo así son las tesis, en román paladino: que hay que apuñalar a la tristeza, pisotear el fingido dolor, emparedar la queja y el lamento, alancear el lanzarotismo y el esquema, encerrar a los herméticos en batiscafos, regresar de la edad y la sospecha, prohibir imprimir a cualquier desolado. Y una vez hechos tales deberes, proclamar la fiesta, la celebración de la luz y la alegría, escribir para el gozo, claros como el pueblo, ser inteligibles por edicto, reflexivamente prácticos, exquisitamente éticos, rigurosos y abiertos a la vez que poetas de servicio. Porque ¿de qué ha servido tanto nihil y tanto llanto ensimismado? Ese inmenso diluvio, que ha recluido a la poesía española en sectas-celdas, debe secarse. Estamos aquí para que cese tanta y falsa devastación. Esto nos decía Pedro González Moreno que dice Rafael Morales Barba en su declaración-manifiesto de 800 páginas. Algo así como que a la poesía hay que venir llorado. (Resumiendo un poco, claro).

Rafael Morales Barba
Después habló Rafael Morales Barba, que hizo suyo lo de Pedro A. González Moreno, y aclaró que ese otro antólogo nombrado no es sino LAV; que sobre el código de barras de la portada hay una granada abierta, que la cosa viene por Perséfone y la primavera, por la nueva poesía que se espera; que habrá edición digital en la web de la Autónoma, que seamos lectores virtuales; que el seguro segundo número atenderá a la poesía boliviana. (Lo estamos deseando). Advirtió, para finalizar: que nadie olvide que Fragmenta puede ser antifragmenta. Yo creo que lo dijo por aclarar las cosas.

Los ejemplares de Fragmenta tampoco acudieron tras la palabra FIN, siguen agotados para (o apartados de) la mirada de algunos de los que acudimos. Ingenuos asistentes frustraditos. Estuve con Carlos Sahagún, con José Luis Morales, con Diego Valverde, con Ricardo Virtanen y con Antonio Daganzo.

_______________

Hijos del día

Llega despacio, como una madre,
la claridad que alumbra la mañana,
un sol naciente que fermenta
el tono cobre de las cosas
y las vuelve habitables, bellas,
y delicadamente frágiles.

Toda esta luz es parte del prodigio,
esta paz de sabernos triunfadores
en la dura  batalla con la sombra.

Rubén Martín Díaz, de Contemplación. 

sábado, 27 de febrero de 2010

Corrillos del febrero final

.
Lunes, 22. Segunda falta en “Poetas en Vivo”. ¿Habrá parto?

Martes, 23. Me cuentan que fue Aníbal de la Beldad, periodista experto en Medio Ambiente, quien ocupó la última silla vacante. El salón de grados de la UCLM en Ciudad Real estuvo lleno. Hubo estudiantes, profesores, amigos y curiosos. A partes desiguales. Como pocas veces ha ocurrido. El poeta Pedro A. González Moreno regresó a sus orígenes universitarios 32 años después. Leyó confiado, cuentan, textos que narran el combate entre memorias y erosiones, los paisajes que guardan el lugar de la herida. Todo es ya un poco menos injusto.

A 200 kilómetros, en la Moncloa montesina, Rubén Martín Díaz nos ofrecía el poema que celebraba el vuelo de las grullas sobre La Mancha. Esto lo cuento yo. Lo escuché. Llevaban razón quienes hablaron sobre la luminosidad de su palabra y del éxtasis del sosiego en el último adonais. Su lectura fue una línea de tiza blanca, levantina, sobre la conformidad de otros discursos. Me contó que Jesús Barrajón ya le ha invitado a sentarse en la misma silla que Pedro A. Estuvo escuchándole también Carlos Javier Morales, canario y principal responsable del milagro continuado que supone la página Poesía Digital, sabio conversador y ferviente, teoría y praxis, del hacer poético.

Jueves, 25. En Lopedevega38, escuchando a Luis Felipe Barrio, cantor y poeta. O casi. Dicharachero, madridista, lineaclara. Cívico y epicúreo se nombró. Leyó de su libro Paro, ya con años y tan de moda. Estuvo en los escaños Jaime Alejandre, su amigo, con el hazversidades de EGT por seña. No me reconoció. Como bien supuse. ¿Cuándo hallará su fin mi desventura?

Viernes, 26. El correo me trajo esta semana una antología del poeta sevimanchego Francisco Mena Cantero, voz de la insistencia humana, con quien deseo conocer, ser conocido. Que así sea. Los textos escogidos me afirman en la sinceridad de su palabra, contenida, clara, atenta. Y me trajo el cartero aussi, con retraso y por mandato de Juan José Alcolea, el número homenaje a Ángel González que se preparó en Alcorcón: un árbol de buen gusto. Están plantando otro que ha de llamarse Miguel, aunque barro le llamen, para este centeaño.
Tal vez por ese motivo me ofrecí a Maxi Rey para leer con él -junto a él y a Teresa en La Moderna de Pepe Hierro- las canciones del esposo soldado y el cuchillo del tiempo. Noche de viernes en la tertulia de Enrique Romero. Maxi estuvo entendido y radiante. Convincente. Después hubo festival anticrisis: masticatorios, vino, alegría, proyectos.
La cuestión hernandiana, bélica o amarilla, me privó de otra modernidad. No pude estar con Pablo Méndez casi a la misma hora y a la semiluz del pub de castellana 210, bajo el arcoluna de la portada. Hablaría de los impedimentos de Ana Frank y otras cuestiones, su último poemario. Me invitó. Una relectura atenta al blog del común amigo Antonio Daganzo me redimirá de culpa. Además del comentario de otros que hayan recibido ya la atención del libro. Mientras lo busco.

miércoles, 17 de febrero de 2010

¿Un Adonais diferente?

.
Rubén Martín Díaz nació hace 30 años, en Albacete. El pasado le fue concedido el premio Adonais; ese premio desde hace años bajo sospecha. Ese premio desde hace años sospechoso de agostar cuanto riega. El martes 23 lee Rubén poemas de “El minuto interior”, título del poemario premiado, en la casa Montesinos. Ningún sitio mejor, él tiene sangre hurdana.

Conviene advertir que su primer libro y reciente - “Contemplación” - fue editado por Pablo Méndez en su bien engrasado Vitruvio. Conviene decirlo. Conviene decir que publicó tan cerca. Como conviene decir que hemos brujuleado, para evitarnos sofocos, y saber lo que dicen aquellos que se acercaron antes a este “El minuto interior” que nos espera.

Dicen de él, en Poesía Digital, que vive en el calor de las brasas de Brines (premiado justo ha 50 años) por aquello de la temporalidad subjetiva, para desligarlo inmediatamente, como si quemase, al distinguir la espontaneidad de sus introspecciones, la serenidad amable de su discurso, la inocencia de su intimismo.

Rafael Morales Barba, tras su sabido paseo por las citas, por las calles funámbulas ¿o son sonámbulas? de la musa patria y anotar la extensión del desconsuelo, del desaliento en la de tantos jóvenes, celebra que la voz de Rubén se instale en la lectura “del gozo, el adanismo y el amor a lo creado frente a las poéticas de la sospecha” nombrándolo, ipso facto, escudero de Claudio, Dios, qué buen señor... que sus maneras, refuerza MB, se muevan en la búsqueda temporal de la armonía, y no porque ignore, sino porque en Rubén es el descreimiento quien cede ante el asombro. Como en el zamorano cuando itinereaba.

¿Nuevo? ¿uno más? ¿un poeta más entonces? ¿un poeta nuevo entonces? ¿un 7º de caballería inesperado para las huestes mínimas de quienes retan a las siberianas llanuras del nihil? ¿otro que halló el instante como campo oportuno para la batalla? ¿las armas de cierto Aleixandre? ¿los atalajes de la deriva Cabrera? ¿un paladín manchego y solitario?

Primero será escuchar, después leer. Demos este poema como adelanto, sin consultar a Carmelo. Que espero nos perdone, que espero nos perdone escribir Adonais sin acento.
.

La casa vacía

Nadie más en la casa.
Un frío, un silencio que prolonga
las paredes. La luz ardiendo
al fondo de la sala. Una mesa
con varios libros
—todos de poemas—.

Se sienta. Abre
el de todos los días, acaricia
con sus dedos la página. Lo cierra.

Se pone en pie. Pasea. Redescubre
las estancias vacías,
la oscuridad que nubla los objetos.
Ciegos, como él, ciegos.

Escucha
la nada tan de cerca,
la voz del miedo,
el tic tac de ningún reloj,
la ausencia,
el ruido de las sombras.

Vuelve por el pasillo
—un destello de nadie
atraviesa la ventana, la luz
es frágil un momento—. Cruza
el umbral de la puerta del salón,
avanza hacia la mesa. Coge
el mismo libro de poemas. Busca
la misma página de antes.

Mientras recita
con su apagada voz,
una lágrima vierte
como sombra nacida de otra sombra.

Nadie le escucha.

.