jueves, 23 de mayo de 2019

Manuel López Azorín: Un poema, Septiembre 1

     

      No sólo la luz alumbra, la voz protege. Ya desde los mismos títulos, Manuel López Azorín proclama la acción sanadora de la poesía. Así lo siente, así lo pregona. Termina de aparecer su última entrega La voz que me protege, que el próximo lunes 27 se presenta en el Comercial. Antes, el viernes 24, le entregan en un acto solemne su título de hijo adoptivo de San Sebastián de los Reyes. Pasado fértil y presente activo en torno a su persona, a su escritura, a su hacer en pro de la poesía y de los poetas. Es un gozo decirlo, aventarlo. Es el murciano Manuel López Azorín (Moratalla, 1946) luz alta, voz enhiesta entre los poetas madrileños. Amigo de los grandes que nos han ido dejando poco a poco, siempre ha manifestado orgullo ante su amistad. Guarda el recuerdo de sus entrevistas a fondo en la televisión, allá por los noventa. De entre todos, Claudio Rodríguez fue a la vez maestro y pradera. De él aprendió que la poesía debe ser un vaso de agua clara que se ofrece. Manantial del que ha surgido su último libro.

      “La voz que me protege” es un libro nacido en mitad de la campiña madrileña, de su sierra norte durante el verano de 2018. Uno de esos libros que se escriben por impulso emocional, a modo de dietario, en los que el poeta no puede contener desazones y alegrías, esperanzas y miedos, sensaciones y ataraxias. Abierto y cerrado con dos sonetos en donde el temblor existencial habita, sus poemas aparecen titulados con las fechas de su confección. Hay tras ellos un hombre que busca el cobijo seguro de la palabra, ese que desde la infancia le acompaña, que se alimenta del sosiego de los amaneceres, de la bondad con la que las mañanas le visitan. Bien sabe la acechanza del tiempo en donde inexorablemente se interna, bien sabe la emboscada que ciertos informes, que espera, pueden tenderle, bien sabe que el abandono y el olvido pueden acudir. Pero conoce el escudo, el protector auxilio que el poema puede procurarle y a él se aferra. Necesita palabras y las encuentran. Necesita casarlas o enfrentarlas, y lo consigue. Necesita levantar muros en forma de versos, y los alza. Precisa construir la casa del poema, techarla, amueblarlo, ser su habitante… y lo alcanza. Porque no sabe vivir en otros lugares si no es entre las palabras y entre los que aman las palabras. Su cielo protector, la poesía. Por todo el libro se derrama la implacable y precisa sucesión de los días, el tórrido verano, la templanza de las vegetaciones, las noticias que le azoran, una esperanza feble, un hilo de algodón, la hebra de Ariadna que indica la salida a las preocupaciones. Y aparecen sus páginas teñidas por la horaciana comprensión de la Naturaleza amiga, ese campo de consuelos para el hombre que vive en la acechanza, en la duda del futuro, en el conflicto indeclinable de lo finito frente al tiempo. Y, claudiamente hablando, la voz que le protege, que le cuida, que le hace justo, que le sana.

     Hemos escogido el poema con el que el poeta inaugura septiembre, el amarillo temor de lo que espera, la luz dorada de los alrededores, la soledad acompañada del sol cansado, la timidez de las nubes: esos hospitales en horizonte que juegan con el azul.
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Septiembre 1


Hoy la mañana gris se ha presentado
y auspicia una borrasca
con la duda que horada el pensamiento
de una tierra que siente el invierno y la nieve,
por los años vividos,
por tanta incertidumbre en el asfalto
mancillado de ruidos y de prisas:
sirenas, ambulancias, hospitales,
un tráfico agresivo y prepotente
y parques infantiles solitarios
–huidas ya la risa y la alegría
de la inocencia plena, conducida,
hacia el método impuesto–.
Sentado en este banco, el silencio
me grita el abandono de la voz
que a veces me acompaña y me saluda
y me ofrece palabras que disipan
las sombras. Claridad son y siempre
con su luz se despejan las tormentas,
nubes grises de dudas y temores
que, al final del verano, en la mañana,
parecen amenazas que desbordan los ojos.

Y esta tierra, en el banco, solitaria,
mira entre los visillos de las nubes
esperando la luz, la claridad
de una mañana alegre y luminosa.

lunes, 20 de mayo de 2019

Consejo de redacción de mayo: El auriga sabe

Foto: MCBarri



        Me preguntaba el expuesto auriga, el de Delfos, cual era la razón por la que se había puesto de moda en Madrid la costumbre del vermut poético. A mí, que, tras sortear la maleza que encubre la fuente, subía de humedecerme los labios con un buchito de agua castalia. A mí. Puedo deciros que su mirada de marfil sereno e inquisitivo esperaba mi respuesta. No supe qué decirle. Él estaba seriamente preocupado. Me habló de nuevo: No tenéis suficiente con haber conquistado las tardes de los viernes para vuestros jubileos y presentaciones, ahora pretendéis ocupar el sagrado rito del vermut sabatino para dar la barrila a la gente, y va a ser que no. Terminaréis derrumbando los templos, convertiréis el hacer poético en un campo de ruinas, os abandonarán por cansinos, por okupastodo. Y yo no sabía qué responderle admirado como estaba de su precisa información. De la que os traigo noticia. Con tales palabras justificaba el Jefe su prolongada ausencia. Cierto –subrayó la becaria– yo fui testigo de la increpación, y puedo asegurar que el rostro del auriga trazó un rictus airado al preguntar: ¿Es cierto que también pretendéis hacer vuestro el vermut de los domingos? ¿No tenéis otro momento para honrar a vuestros maestros mayores que a la salida de misa mayor? Y supimos que hablaba por el homenaje previsto a Jesús Hilario Tundidor en el Alambique. Tuve que corregirle. Eso todavía no ha llegado, le dije, porque el homenaje será el sábado 1 de junio, pero todo se andará. Ratifico que el Jefe continuó callado, que bajó las escaleras del santuario confuso, mas también asombrado de que ni lejos de su tierra, ni lejos de su blog, tan abandonado, remitiera el runrún de la nuestra poetiquería. Habló preguntando el redactor víbora: ¿Tanto ruido armamos que se escucha tan lejos? ¿La poesía española no es tan inane como nos parece?  La poesía española –contestó el Jefe­–, y en especial Lorca, fue capaz, a los pocos días, de callar a multitudes variopintas en el Teatro de Epidauro. Será preciso que nos respetemos un poquito más. Tengamos algo de orgullo. Si no por el presente, por el pasado.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Un poema: Desde la sierra




Para saber de mí, desde la sierra,
quejoso del calor, de lejanías mustias,
de pinares,
baja un viento arañado por las jaras

un viento avaricioso de preguntas,
que me cerca la piel,
que busca grietas
en lo que cree sosiego o lentitud de mayo

(son las horas primeras de la tarde, está
casi oscura la casa, fuera
tiñe el sol los jazmines y geranios
con el blancor cansado de la cal)

quién eres hoy
–me conmina severo, me rodea–,
cuánto queda del viaje hacia el oeste,
de tu mirar en armas,
de la rebelde y terca voluntad que fuiste

ven conmigo –me dice–
de nuevo a la aventura,
la que va del susurro de un poema
al grito contra el cielo: este patio no puede
agotarte la sed.



domingo, 5 de mayo de 2019

Un acto

     El Ayuntamiento de Piedrabuena, con su alcalde José Luis Cabezas al frente, ha tenido la gentileza de querer reconocer públicamente mi contribución a la vida cultural del pueblo en estos últimos años. Ayer, sábado 4 de mayo, en el lugar mágico de la Bóveda del Castillo, se celebró un acto lleno de cariño hacia mi persona. Acto que agradezco y que me colmó de emoción. Al cuidado de la Concejala de Cultura Isabel Herrera, sonaron las guitarra y el violín de las dos Lauras y la caja de David, dijeron las palabras de Félix Ortega Albalate, Eugenio Arce, José L. Morales y Davina Pazos. El alcalde me entregó una placa para que recordara un acto que ya se había grabado en mi corazón. Tuve la ocasión, y así lo hice, de agradecer a tantos amigos como me acompañaron su amistad y su andar juntos durante tanto tiempo. Gracias Piedrabuena. Es aquí donde espero a que el viento me llame. (Las fotos son de Alfonso Gómez)



jueves, 11 de abril de 2019

Un poema mono: Y sé




Y sé
que ya no soy
tu voz, la voz que fui

Y sé que soy
la cruz de sal, la fe sin dios,
la flor más gris, la hoz
de un sol que ya no ve,
la sed sin mar,
un hoy sin hoy,
el fin del sur (tan cruel),
la luz sin ti.

viernes, 5 de abril de 2019

Un poema de Antonia Álvarez: Domingo, 31 de octubre de 1943




     Ella siempre los tuvo. Hablo del pulso sereno y la callada armonía, de un discurso sin ansias. Hablo de la poeta asturiana y leonesa Antonia Álvarez Álvarez. Hablo de un intenso decir persuasivo, suave y demoledor a un tiempo. Hablo del idioma de la nieve y de los pájaros. Hablo de un libro: Todos los relojes (que ha visto luz en Eolas). Hablo de que la poesía es emoción represada en el tiempo que sólo ciertas voces saben hacerla fluir en dimensiones ciertas hacia destinos ciertos.
Toñi Álvarez ha decidido editar esta memoria de un tiempo y un paisaje para que hallen tierra y luz tanto consuelo y tanto desasosiego como aquellos que le provocaron escribirla. Dice de ella José Enrique Martínez que está impregnada de tenue melancolía. A lo que añadiría que crece sobre un intento de voluntad sanadora. Que está escrita con la humildad del testigo que vio, sintió, no olvidó y procura saldar la cuenta abierta consigo mismo, con su antes más fértil: el frío y sus leñas, las aguas mínimas, la nieve de los días, el amparo de los mayores, la voluntad lectora del abuelo, el rigor de la posguerra como telón que no caduca, la evocación sin fisuras de un momento y sus gentes.
Todos los relojes señala el año 1943 como su eje de construcción, como símbolo de territorio emocional. Y señala el valle de Babia como coordenada espacial, el lugar de su infancia. Tiempo y espacio para el necesario enigma emocional que toda construcción íntima necesita. Los poemas se fechan y titulan en la ladera oscura del aquel otoño de penuria española y de guerra occidental. Un hombre, Venancio Álvarez, huérfano temprano que fue, acaba de enviudar con la casa llena de hijos. Y es este un dolor que aquí se canta. Hablo de un buen lector, de un derrotado contador de historias. Hablo del abuelo de Antonia Álvarez, compañero en los aires de su niñez. 
Los poemas bregan con el invierno (jamás se olvida el frío), con la escasez y el desamparo de los años, con una subsistencia desolada que no se rinde. Todos los relojes es un poemario en donde entre rigores crece la ternura más sensible, donde se explora hondo “por caminos de niebla y de zarzales”. Y como trasfondo de aquella realidad de crepúsculos cárdenos, como contrapunto aliado, el afán creador que en otras partes del mundo en llamas mantienen Ana Frank, en su buhardilla del miedo, y Hermman Broch en su exilio de New Jersey. La una halla la libertad en un diario, el otro levanta tembloroso La muerte de Virgilio. El hombre y sus acechanzas son uno y el mismo en cualquier lugar, todos somos partícipes de la obra de todos. Del existir como rutina y del éxtasis en flor. Tal vez por eso titule nuestra autora Todos los relojes, todos los tiempos son nuestro tiempo, a esta entrega. Tan medida, tan meditada, tan transitiva, tan de poeta cierta. Tan de quien sabe que alguna vez se apagará en nuestra ventana el sol, o cesarán en su trinar los pájaros, pero no sin dejar testimonio de la emoción que somos, de lo que fuimos y nos sostiene. Hablo de que para esto, y no para otra cosa, ha servido siempre la poesía digna de su nombre. Esta.

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Domingo, 31 de octubre de 1943

Dónde hilarás la luz de tu voz suave,
en qué tercera rueda
de arcángeles y nubes
avanzarán tus pasos de ave leve,
tus pasos sigilosos que velaban
silencios en la alcoba, los silencios,
silencios como manos cariciosas,
como manos del pan, dentro, en la artesa,
tu risa bajo el árbol de los siglos,
tu risa que amanece entre los labios
cerrados de otra pálida mañana,
tu risa de mañana y de campana,
y este silencio pesa como el sueño
que conduce al olvido donde moran
las hadas voladoras, las malvadas,
las brujas del espanto.
Este silencio ronda entre la nieve,
y es un lobo de Gubbio este silencio.
Dónde tus sueños, dónde aquellos ojos
tan jóvenes de sol, que sonreían,
y el sol hería al niño de tus ojos,
la pública bondad de tu mirada.
La tierra está más triste:
son los versos
que lloran por las rosas de la tarde.
En la página abierta, duermevelas
de un Bécquer matador de golondrinas;
yo recuerdo, en tu voz, que regresaban
de los rincones del amor, oscuras,
hasta poblar los cielos y poblarte.
Está el libro cerrado. Tú no vuelves.

Hay un niño llamando a la ventana,
y he de abrir el silencio.
Espera un poco.



domingo, 31 de marzo de 2019

Un poema: Lo que pienso hoy del oficio




Que no es cifrar lo sé,
pero también que no 
es aventar en un papel lo obvio
ni perseguir lo exacto

del deseo, del mundo

un poema es vivir en los alrededores,
hacerse filo, búsqueda,
recorrer la frontera del asombro

la vida es lo arbitrario, lo inasible,
es un lugar secreto, 
rumor.


jueves, 28 de marzo de 2019

Rafaeles en la Alberti: Morales y Soler

       Sin apreturas que distorsionen, sin sofocos extraños, la primavera y la poesía siguen recorriendo Madrid. Tras la avalancha del Museo del Prado, donde Ada Salas congregó a 200 personas para leer su Descendimiento, la cueva de la Alberti impone su sosiego y su fuerza como lugar en donde reconocerse. Como bóveda de peregrinación desde todas las españas, que se decía. Dos editoriales, cántabra y valenciana, y dos rafaeles acudieron estos días pasados.

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Foto: Jaco Liuva

      Difícil saber cuantas versiones existen del Libro del desasosiego si no eres el profesor Rafael Morales Barba. Seguramente tantas como lectores, como traductores, como investigadores haya. Como pessoanos en el mundo son y vendrán. Y será imposible conciliar una para todos. Porque ese es el truco sádico del baúl. Pasa con sus folios como con las palabras, que ninguna significa lo mismo para todos. Y esa es la voluntad del arte: lo voluble como firmeza, lo diverso como vocación. Lo que sí sabemos es que el profesor Morales Barba termina de dar a luz Fernando Pessoa. El misántropo desdeñoso o el Libro del desasosiego, con Libros del Aire como partera, la editorial que ahora sostiene Carlos Alcorta, con quien charlamos. También sabemos que hay más estudios sobre Pessoa que folios contenía su baúl y casi tantos como los nombres/hombres soñados que inventó. Y todos o casi todos los recoge, en una relación interminable de citas, el profesor Morales, quien apoyado en ellas y en un estudio rigu y minucioso del Libro… ha intentado definir, por aproximaciones y descartes, la personalidad del lisboeta a través de lo que sus fragmentos declaran. La búsqueda del hombre posible que fue, del verdadero que ocultó. Sabemos, porque estuvimos, que presentó el libro en la Alberti –viernes y 22­– y que lo hizo en soledad, sin el presentador acordado, que había olvidado la cita. Pero el profesor Morales estuvo continuadamente feliz y dijo. Dijo de su objeto de observación que fue un sebastianista irredento, un espíritu tocado por el virus de los elegidos, dipsómano, desdeñoso con el vulgo, desvalido, aristocrático de comportamiento, soltero con madre, lisboeta recluido, epicúreo, metafísico y bebedor de cinginha. Por un instante lo llamó eximio, pero también protofascista. El asunto más que de crítica literaria fue de retrato y psicología histórica. Sepan que por 22 euros hemos adquirido el libro, para el que ya hay en la redacción lista de espera lectora (a pesar de que advertí, a becaria y novato, que no hay lances de amoríos sino retraimientos). En el camino de vuelta abrimos por la pg. 246 y leímos en la prosa característica del profesor Morales:


La mismidad hecha literatura y diferencia, ser un mendigo existencial aislado en la misión de conseguir ese gran arte único, es la razón última y personal de quien siempre rechazó ser comprendido o conocido. “Ser comprendido es prostituirse”, mantiene muy en consonancia con su apartamiento de la existencia: “No rocemos la vida ni con la punta de los dedos. No amemos ni con el pensamiento”



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Foto Lucía Comba

   
   El poeta Rafael Soler está siempre de estreno. Haga lo que haga y escriba lo que escriba. Tal es su manera de estar en el mundo. Todo le sigue sorprendiendo, en todo halla. Tras la negritud de tantas portadas, la albura que le corresponde. Una editorial valenciana, OléLibros, le ha obsequiado con uno que le entiende y le contiene. Se trata de la antología Leer después de quemar. Una primera versión apareció en Ecuador –sepan que el poeta Rafael Soler es muy americanista, donde tiene tan numerosos lectores como amigos– y ahora se amplia y renueva con la versión española. La presentó, Alberti y miércoles 27, en un encuentro que quiso íntimo, pero que agotó las sillas y las existencias del mostrador de Lola Larumbe. 14 euros. Al editor, Toni Alcolea, tímido en su estreno en la Alberti, le pareció bien. Dijo Joaquín P. Azaústre que no es una compilación al uso, sino un libro nuevo levantado alrededor del hombre que soporta al poeta por la persona que más de cerca le vive, Lucía Comba Y que los poemas resuenan con nueva intención porque hablan, a gritos o susurros, con los vecinos, y se aprovechan unos de otros para las confesiones del pasado o para decirse asuntos todavía bajo sospecha. Son 99 poemas vivos como látigos, que se revuelven. Para quienes conocen su obra, para quienes no la conocen. El poeta Rafael Soler estrenaba como protagonista el recinto de la Alberti y la emoción del día. Sanado ya de los devaneos con la prosa, acude al decir que lo determina, al estallido sonoro del poema. Lugar que ama por encima de todas las cosas y al que dedica las madrugadas, los ventanales al sur. Para apoyar su discurso leyó dos textos de un poeta finlandés que siento no recordar (ay, esos nombres raros) y otro recogido de Mientras la luz. Eso estuvo bien. Sepan que hizo lectura corta, buscando lo esencial, que comenzó por el autorretrato que cierra el libro para regresar a los orígenes, uno de sus motores. Tiene otros y potentes, que diría él. El amor y el picotazo del deseo, lo inexorable de los desencuentros, la necesidad de la ternura y de los otros, el azar de naipes que habita en lo vibido, en lo bevido, el existir como descubierta y posibilidad. Y la negación de la muerte como silencio. Contenido y sereno, no pudo ocultar su gusto raíz por escribir libre de causas y motivos. Ya en la puerta, alguno de los poetas asistentes se encargó de recordar lo apuntado por Joaquín, que el poeta Rafael Soler es persona de abrazo envolvente. Cualidad de la que también informé a la redacción, donde leyeron este poema después de haberlo quemado.  

Desde tu corazón de ayer

Así cruzamos juntos
las solemnes avenidas y los campos
los anchos días plenos y los años miserables
la fiebre y sus salones

sin caer en la cuenta de tus cuentas
y el futuro más cerca del pasado
cuando entiendes que la vida que te falta
es entera la vida que me has dado.