Es conocido que
el esplendor de la prensa satírica española se produjo en los dos últimos tercios
del siglo XIX. El Zurriago durante el Trienio y Fray Gerundio en los primeros tiempos
liberales fijaron una manera crítica de acercarse a las modas y costumbres de
los españoles y de sus hombres públicos. La mordacidad inteligente era la
norma, tanto en los dibujos como en los textos. En estos últimos el epigrama,
de antigua raíz, hizo furor entre las gentes. Algunos han llegado hasta
nuestros días. Otros han sido olvidados. No del todo. El último número doble,
81-82, de la revista Barcarola incorpora
la semblanza de uno de aquellos gigantes del periodismo y el sarcasmo. Se trata
de Manuel del Palacio (Lérida 1832-Madrid 1906). No me resisto
a trasladarles algunos, tres, de sus picotazos. Helos
Por el
soneto que sigue fue encarcelado y desterrado, lo que no impidió que muchos se
lo supieran de memoria. Los aquí citados vivían y alguno/a formó parte
importante de la Historia de España, legando un canal y su incontinencia a la
prole que siguió. El soneto se tituló Belenes. Lean.
Por ser cuestión que a todos interesa,
voy de belenes a ocuparme un rato:
joden la Castelani y Valcerrato
y jode Luis León con la Duquesa.
Se lo da a Pepe Arana la de Sesa,
la Riquelme a Cadenas el traviato,
y con Alba y cien más falta al recato
la de Hortega (con h) baronesa.
Saavedra a la Lombillo jode ahora,
Sanjuán, de Fernandina, es el segundo,
y D. Ramón con la Fonseca mora.
Mas si queréis ejemplo más profundo,
en Palacio hallaréis una señora
que es capaz de joder con todo el mundo.
Dicen que un
ministro, muy cansado ya de sus puyas lacerantes, decretó su jubilación y logró
que lo apartasen de sus funciones. Épocas eran ya de fin de siglo, por ello en
el banquete que le ofrecieron los compañeros (parece que esta costumbre viene
de lejos), lo remató con esta quintilla
Parece grande y es chico:
fue ministro porque sí,
y en cuatro meses y pico
perdió a Cuba, a Puerto Rico,
a Filipinas… y a mí.
También fue
un visionario preocupado por el mundillo de las letras y sus acarreos,
premonitoriamente dejó escrito de un zascandil merodeador de cafés literarios, buscador de fotografías con, y al parecer de raquítica obra, esta quintilla que aplaudió Rubén y por la que no fue castigado.
Para ser como Soler
gasta caudales, afán,
escribe y se deja ver
escribe y se deja ver
el que nunca podrá ser
ni poeta ni galán.
Con los tiempos
que corren, cuantísma falta harían estas plumas severas y afiladas capaces de
encerrar en pequeñas cajitas lo que tanto tardan tantos en decir. Y dicen mal. Y
se ponen muy serios. Eso, Manuel del Palacio, del XIX.