domingo, 26 de febrero de 2023

Un poema Fonollosa: Declaración in situ



         Ciudad Fonollosa es un hermoso proyecto de "Agosto Clandestino", esa leyenda riojana de Enrique Cabezón. A la que se sumaron gente tan maravillosa y amiga como Javi Gil, Raúl Nieto y Julio Mas. Decididos y animosos, convocaron a poetas urgentes y cercanos. Poetas que prontos y juntos quisieron, quisimos, celebrar un centenario, el del nacimiento de José María Fonollosa. Tan desapercibido. Primero lo presentaron en Logroño, luego con una fiesta en el Aleatorio madrileño. Cosas de la vida. En la parte que me tocó, quise rebrotar ese aire de serie negra que a veces circula por las calles, por los versos, del barcelonés; siempre preocupado por los asuntos y grises entre los hombres y las mujeres. Tuve la suerte de que lo leyera Paco Moral durante Aleatorio. Dice

Declaración in situ
 
Observe la metralla derramada,
yo no hubiera gastado tanto ruido
para tumbar al tuerto trajeado,
un tac al bajo vientre, tal vez otro
entre sus cejas rojas –yo no estuve
aquí cuando el suceso, me encontraba
en la Gracely Square a por papeles,
queríamos casarnos–, merecía
el tipo poco más.
                                   ¿Qué descargó
con seis balas mi chica su despecho
contra este bulto ruin cuando intentaba
con su ramito torpe de violetas
ganarla para el lecho y la coyunda
susurrándole vida, cariñito?
Berta hizo, inspector, lo que debía,
no es posible salvarse con mohines,
y menos con dos frases desaladas
de tan grande y malvado menosprecio.
En su descargo anote que hoy es jueves,
que mi amor es hermoso y ella, sola,
era una mujer débil y en la calle.
 


martes, 21 de febrero de 2023

Duermevelas 7/X

 





La poesía escrita –bien sea pasquín, almanaque, página–, la nacida oral, no sabe que alguien la observa, la mide, la cuantifica, la tizna de apuntes, la valora, la estudia, la corrompe. La poesía es la inocencia frente a los eruditos. Un ser para la aventura, jamás un animal para la disección. Una barrera frente al acecho del miedo y los estúpidos. La poesía es, cuando se eriza, flor de cactus, una fugacidad que busca la mano de agosto que desee encenderla. O un insecto. Lo leve y lo voraz en armonía. A veces cuenco, a veces dardo. Palabras trizadas, trilzadas, que desconocen el concilio, pero se aman.

 

La poesía, nacida oral, arde en las zarzas y ama a las moras. La poesía, desde los Homeros, es un acto de legítima defensa, la única prueba irrefutable de la existencia de Dios. Es anterior a cualquier intención, a cualquier argumento. La poesía es mundo en voz e ignora a la poética (esa palabra de postas, esa sobrepelliz que sólo busca justificar, justificarse). Ni simbolismos ni objetividades la turban, la enturbian. La poesía es una sábana púrpura tendida a secar, y es también el viento que la orea, mueve y convoca. Es tan hija del canto como del discurso. Y en Cuenca, donde ahora me sueño, es son, tañido que la luz difunde de hoz en hoz, de otero en otero, una cuesta empedrada, un pinar pregonado. Es un ave y su derrota, es un Júcar susurro que nos habla.

 

Hablo de ese rumor que en ocasiones se ofrece sobre mesas a los curiosos: poesía escrita: callado consuelo de papel editado, que Zeus iracundo volverá, no tardando, a trocear. Poesía fénix que sabe del sabor de la ceniza. Poesía. Lugar en donde la penumbra se llama vuelo.   

 

domingo, 12 de febrero de 2023

Un poema: La envenenada

 











La envenenada noche de un febrero
te prestó las preguntas,
¿qué tiene
de cierto la poesía? ¿es útil el poema?
 
contempla –respondí­­–
en el cuadro de Frida los dos ojos
que la vida
puso en su falda luego
de habérselos sacado
 
respira de seguido
y hondo el lienzo,
notarás que su cuerpo aún despide
silencio y los aromas del limón
 
tal esplende
el acto del poema, si es útil, frente al mundo
 
escribir un poema es revelar,
decir de lo que vimos
y no existe,
poner fin a los ruidos que no importan,
no hablar para los otros,
no hablar, sino
dejar que las palabras, las ciertas, te abandonen
 
es el instante exacto en que invertimos
nuestro yo y el espejo en que se mira.

miércoles, 8 de febrero de 2023

Carta pública a y dos poemas de: VICENTE BARBERÁ



        Querido Vicente, llevo dos o tres días –desde que lo recibí– con tu libro entre mis manos. Hablo de tu reciente antología Desde el andén, donde tus amigos del “Limonero de Homero” han hecho señal de amor seleccionando de entre tus poemas. Es una antología amplia que recoge más de un tercio de tu obra publicada. Apenas llevas diez años édito. Diez desde el momento en que explotó en ti la necesidad del lenguaje y la armonía, lo preciso de las emociones insurgentes, lo urgente de dejar testimonio de vida. Nos conocimos personalmente en Gilet, en aquellas jornadas poéticas. Recuerdo que lo primero que escuché de tus labios fue un soneto a tu madre ­¿el que ahora cierra el libro en contracubierta?­ Ya entonces me ganó tu capacidad para la simbiosis entre forma y fondo que tu decir mostraba. Hay contigo un pozo hermoso de dignidad humana, un faro de luz hacia lo fraterno. Has hecho muy bien dejándote llevar por tu vocación última de poeta. Algo sé de ello. Has hecho lo que mereces. Conozco casi toda tu obra escrita: el amor, los padres, la infancia, las lecturas, la Naturaleza, el dolor, la soledad. Conozco tu gusto por los sonetos, la delicadeza de tu verso. Pero no quiero dejar de decir que al mismo tiempo has realizado una enorme labor pública en tu entorno, en tu ciudad, en tu Valencia. Has dinamizado el Ateneo con ciclos poéticos, has formado grupos, has dirigido y diriges colecciones editoriales. Tengo en mis manos las 360 páginas de Desde el andén, con ese prólogo magnifico en afecto y análisis con la abre José Antonio Olmedo. Qué alegría ese puente entre generaciones. Desde aquel De amor y sombras que te inauguró entre nosotros hasta el Cuaderno de soledades postpandémico no has dejado de ser huertanamente fértil. Tienes la suerte de tener casa propia, sé de tu íntima relación con Olé Libros. Recuerdo ahora tu lectura de haikus en el Comercial, como recuerdo tu compañía fraterna y nocturna en la Valencia del otoño del 21 que mantengo “como un cuadro en mis recuerdos”, por decirlo con palabras tuyas. Tengo el libro en mis manos y tengo tu presencia, tu biografía. Escribes desde un yo personal y poético rotundo y desbordante, no precisas ese tamiz del tú autorreferencial, tan socorrido. Te hablas desde ti mismo para los demás, necesitas contar transparente. El aire que circula en tus poemas es diáfano y conmovedor. Cuentas la alegría y el fracaso del amor desde lo soñado y lo sufrido, y todo tiene el tinte exacto de la verdad, de la soledad sobrevenida. En todo la argentina sonoridad de un yo que canta –desde la tierra– a los corazones que amaron tu infancia, tu despertar, los olores del campo y de las rosas. “Cuando era niño/ como niño jugaba/ ahora no sé” dices en esos formales haikus que tu insometida subjetividad mudan en senryus. Eres poeta.


      Qué bien han hecho tus amigos –y tú dejándoles hacer– al levantarte esta magnífica antología. Todos somos palabras, viento al fin y al cabo, que el tiempo dispersará, pero seguimos con el sueño de permanencia intacto. Este libro te prolongará, amigo Vicente. Y a nosotros contigo. Escojo de sus poemas dos. Uno que suena a alfa, el otro a omega. En medio, la vida.

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Cangilones de alegre noria

Cangilones de alegre noria
que riega en el albor de cada día
los campos que con tanto amor labraste.
No fue baldío, padre, tu trabajo.
El granado en el lomo del bancal,
donde crece la hierba, hoy agreste,
me acerca tu silueta y me conforta.
 
Perdido entre las sombras de mi infancia,
amaneces borroso en mi memoria.
   Zurrón,
      pan de centeno,
         arenques fritos con pimiento,
            vino en la bota,
               aceite luna cielo,
                  ensalada,
                     campanas…:
melancolía que me acerca a tu presencia
por sobre las higueras y los pájaros,
el torpe caminar del negro escarabajo
con su sucio botín.


¡Ah, la luz reflejada en tu frente,
donde se funden el tiempo y la mirada!
Es una sinfonía interminable,
real e incomprensible al mismo tiempo,
cuando, por fin,
   ya vienes de lo oscuro
             a reír conmigo
en esta larga noche sigilosa,
    que es nada sobre nada
        si el viento deja de silbar
            y callan las campanas de la iglesia
para siempre.
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Cuando los amantes se devoran

 
Ahora, a estas horas de la noche,
en que, anhelantes, las parejas se aman
y, ansiosamente, se devoran,
¿qué hago yo aquí con este lápiz
rayando este papel,
 
tan solo,
 
tan triste,
 
tan estúpidamente abandonado?

miércoles, 1 de febrero de 2023

Poema: Matinal 23

 












Primitiva, cansada de los hombres
y de las quejas, vuelve
de sus nidos la luz. Es uno de frimario.
 
La escarcha desconoce lo que oculta,
está queda la tierra, cruje, siento
como un disfraz, como un error mis pasos.
 
Junto a mí, sin sorpresa, una avefría
que se detiene y dice:
Escribes de la nada, escribes de tu engaño.
 
Hace el camino curva, busca el monte.
Entro en las verdinegras jaras,
decidido a no hablarme, callo: ¿ando?

 


Ilustración: Teo Serna (fragmento)


miércoles, 25 de enero de 2023

Duermevelas 6/X




 

    Escribió José Manuel Arango: La mano/ que ha sopesado un pájaro/ y una moneda/ la que empuñó el cuchillo/ es la misma que ahora/ te toca y te crea. O sea, la que te escribe. Y es que la poesía, nacida oral, exige desde ha mucho ser expuesta a los aires y a los soles. En pasquines clavados a los postes de la luz o pegados en los muros-tapias de las audiencias y las pantallas. Ofrecida al desgaste, a los ruidos, a los cuervos, a la contaminación. Algo que se toma y se da. La poesía es materialidad truncada y un eco permanente, prolongado. Papel que traspasa los nidos y las murmuraciones. La poesía, nacida oral, es un edificio poblado de ventanas o de vómitos, y es un libro-cobijo para los desamparados, para los ingenuos. Un refugio en la mitad exacta de los páramos. Y en el amarillo de los rastrojos, es un pozo de agua fresca, de agua izada a cuerda y zinc. O, como dice Colinas, el último calor con que el sol del oeste tiñe de tibieza piedras y muros. La poesía, nacida oral, es el ojo de una cerradura que extravió la llave, a su través es posible mirar, contemplar los fragmentos de un escenario impasible, y anotar la fugacidad que cruza, la que jamás podremos represar.

La poesía conoció a Vallejo. La poesía odia las palabras inútiles.


Ilustración: Foto de Efi Cubero

viernes, 20 de enero de 2023

Un poema: Santa María de Melque

 







Esta piedra es silencio.
Que permanece,
que nos contempla y fue murmullo antes.
 
Escribir fue tallar
su desgastada hondura, poetas extrajeron
palabras con que hacer sueños, sillares.

Siempre es un artificio
la huella de lo humano: golpear,
tramar huecos, trabar horizontales,
alturas, recios versos, fustes 
toscos y capiteles 
que soportan, dovelas que son aves.

El silencio es la piedra.
Denso. Mientras la escribo ahora
roncos escucho en él ecos tribales,
los primitivos sones
de un cincel golpeando, de la tinta.
La voz, como la luz, se sabe aire.

martes, 17 de enero de 2023

Carta pública a y dos poemas de: Alberto Ávila Morales



 



           Amigo ALBERTO ÁVILA MORALES, y vecino, llegas con La voz inerte a tu quinto libro publicado. Los anteriores han dejado claro tu decisión de estar en la poesía, bien en la tensión del drama, bien en la ironía sobre lo humano y/o lo divino. En alguna ocasión hemos hablado de reminiscencias en tus poemas de tu permanente actividad cantora, que sigues cultivando y que aprecio. (Cómo no recordar esa Carta hernandiana que con tanto gozo escuché en un claustro de Almagro el pasado verano). Mañana, miércoles 18 de enero, tienes pensado presentar la nueva entrega (Visión Libros) en el modernista palacete de la Sociedad de Autores, acompañado de otros músicos en un acto que promete y mucho. No podré estar, ya te lo he comunicado, pero quiero que quede constancia de que mi voluntad era hacerlo. Hablas en La voz inerte de la palabra durante el primer apartado, de la palabra y sus oficios, de las añagazas de la vida, de las cadenas del tiempo y sus dificultades, de la capacidad o no para entendernos con los espejos, del poema como único lugar donde poder habitar el olvido, del poema como noria de sensaciones, así dices de él: turba y floresta, magma y nieve, camino y ola y un enjambre de gotas al encuentro… / … crimen sin huella con cuchillo de nata. Tienes, en la segunda parte, abierta la cancela a las postrimerías, por algo la titulas “Poemas de la buena muerte”, porque, como declaras en su parte de intenciones, hace tiempo que vienes muriendo. En realidad son 16 poemas que te sirven para esperar recordando y descansando en lo vivido, al tiempo que haciendo visibles algunas de tus apuestas: el murmullo de las flores, el grito de la carne sobre el barro, las tardes de pan y chocolate ya lejanas, las noches con sus ojos de garza (como refugio y juventud) o la decisión de no amar en vano mientras por la ventana una sombra –sin duda el gris oscuro de la torva, de la huesuda– anuncia luz cercenada. Pero te queda tiempo para sentir próximo al Miguel Hernández que siempre te acompaña, al que acudes a punto de cerrar el capítulo. Y en el tercero: el amor, el rosáceo anhelo de las ingles, la caricia irredenta de la ternura, las miradas paralelas y el combate. Hay en todo este capítulo un reconocimiento a la labor sanadora del amor frente a los abismos y enigmas que en otras ocasiones acarrea. La sensación del amor como puerto de llegada se extiende por todo él como una lluvia anhelante. En la conciencia de que hubo otros puertos. El amor como presente vivo porque, dices, donde no hay llama no hay fuego, y sin fuego no arde  ni noche, ni duda, ni sospecha. Y a veces un poema –¡cómo no, naciendo de ti!– eleva su realidad y se convierte en canción como el que titulas “Una tormenta-Y en tu cama” que sé que interpretarás con otros en el recital de mañana. Un lujo.


     Añado aquí, porque es de ley, la gentileza de tu último poema, tan claro en su declaración, que le dedicas a Ana, y que reproduzco, porque a veces hemos recordado juntos aquella canción de Serrat, tan de moda ahora, que decía algo así: que suerte tienes cochino, porque al final del camino te esperó la sombra tierna… Pues eso.

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Y EL AMOR TAMBIÉN


Despojándote así de tu presente, yo te veo: 
alto tallo, flor eterna, como la luna en su zenit 
brillando transparente.


Recogida en la penumbra de tu deseo. 
Deshojándote de pétalos y temores. 
Cumbre de besos son tus labios.


Jinete en la llanura de tu vientre, 
cabalgando hasta la altura de tu frente 
limpia y serena, miro mi reflejo en el 
espejo de tus ojos mientras navego 
por tus líquidas sendas interiores 
con tu pecho como proa. 


¡Qué solaz ausencia, 
qué disolución de muchedumbres! 
Solo el latido y tú.


                              Ana de los mil días.


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DIGA
 
¡Diga quién no ha juntado las manos 
para recibir un silencio, 
quién no las enfrentó 
para abrir una jaula, 
quién no pulsó el timbre del miedo, 
quién con ellas cerró loas días azules, 
a qué canción acoplaron su ritmo 
y qué paletadas de tierra zanjaron!


¡Ah, si las manos hablaran, 
si acallaran los labios, 
si enmarcaran un túnel de ecos, 
si en ellas las hoces roturaran los cielos, 
si golpearan un yunque de sangre!


¡Ah, las manos como gavillas de flores! 
Yo por mi parte callo.