martes, 17 de enero de 2023

Carta pública a y dos poemas de: Alberto Ávila Morales



 



           Amigo ALBERTO ÁVILA MORALES, y vecino, llegas con La voz inerte a tu quinto libro publicado. Los anteriores han dejado claro tu decisión de estar en la poesía, bien en la tensión del drama, bien en la ironía sobre lo humano y/o lo divino. En alguna ocasión hemos hablado de reminiscencias en tus poemas de tu permanente actividad cantora, que sigues cultivando y que aprecio. (Cómo no recordar esa Carta hernandiana que con tanto gozo escuché en un claustro de Almagro el pasado verano). Mañana, miércoles 18 de enero, tienes pensado presentar la nueva entrega (Visión Libros) en el modernista palacete de la Sociedad de Autores, acompañado de otros músicos en un acto que promete y mucho. No podré estar, ya te lo he comunicado, pero quiero que quede constancia de que mi voluntad era hacerlo. Hablas en La voz inerte de la palabra durante el primer apartado, de la palabra y sus oficios, de las añagazas de la vida, de las cadenas del tiempo y sus dificultades, de la capacidad o no para entendernos con los espejos, del poema como único lugar donde poder habitar el olvido, del poema como noria de sensaciones, así dices de él: turba y floresta, magma y nieve, camino y ola y un enjambre de gotas al encuentro… / … crimen sin huella con cuchillo de nata. Tienes, en la segunda parte, abierta la cancela a las postrimerías, por algo la titulas “Poemas de la buena muerte”, porque, como declaras en su parte de intenciones, hace tiempo que vienes muriendo. En realidad son 16 poemas que te sirven para esperar recordando y descansando en lo vivido, al tiempo que haciendo visibles algunas de tus apuestas: el murmullo de las flores, el grito de la carne sobre el barro, las tardes de pan y chocolate ya lejanas, las noches con sus ojos de garza (como refugio y juventud) o la decisión de no amar en vano mientras por la ventana una sombra –sin duda el gris oscuro de la torva, de la huesuda– anuncia luz cercenada. Pero te queda tiempo para sentir próximo al Miguel Hernández que siempre te acompaña, al que acudes a punto de cerrar el capítulo. Y en el tercero: el amor, el rosáceo anhelo de las ingles, la caricia irredenta de la ternura, las miradas paralelas y el combate. Hay en todo este capítulo un reconocimiento a la labor sanadora del amor frente a los abismos y enigmas que en otras ocasiones acarrea. La sensación del amor como puerto de llegada se extiende por todo él como una lluvia anhelante. En la conciencia de que hubo otros puertos. El amor como presente vivo porque, dices, donde no hay llama no hay fuego, y sin fuego no arde  ni noche, ni duda, ni sospecha. Y a veces un poema –¡cómo no, naciendo de ti!– eleva su realidad y se convierte en canción como el que titulas “Una tormenta-Y en tu cama” que sé que interpretarás con otros en el recital de mañana. Un lujo.


     Añado aquí, porque es de ley, la gentileza de tu último poema, tan claro en su declaración, que le dedicas a Ana, y que reproduzco, porque a veces hemos recordado juntos aquella canción de Serrat, tan de moda ahora, que decía algo así: que suerte tienes cochino, porque al final del camino te esperó la sombra tierna… Pues eso.

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Y EL AMOR TAMBIÉN


Despojándote así de tu presente, yo te veo: 
alto tallo, flor eterna, como la luna en su zenit 
brillando transparente.


Recogida en la penumbra de tu deseo. 
Deshojándote de pétalos y temores. 
Cumbre de besos son tus labios.


Jinete en la llanura de tu vientre, 
cabalgando hasta la altura de tu frente 
limpia y serena, miro mi reflejo en el 
espejo de tus ojos mientras navego 
por tus líquidas sendas interiores 
con tu pecho como proa. 


¡Qué solaz ausencia, 
qué disolución de muchedumbres! 
Solo el latido y tú.


                              Ana de los mil días.


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DIGA
 
¡Diga quién no ha juntado las manos 
para recibir un silencio, 
quién no las enfrentó 
para abrir una jaula, 
quién no pulsó el timbre del miedo, 
quién con ellas cerró loas días azules, 
a qué canción acoplaron su ritmo 
y qué paletadas de tierra zanjaron!


¡Ah, si las manos hablaran, 
si acallaran los labios, 
si enmarcaran un túnel de ecos, 
si en ellas las hoces roturaran los cielos, 
si golpearan un yunque de sangre!


¡Ah, las manos como gavillas de flores! 
Yo por mi parte callo.
 

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