sábado, 30 de mayo de 2026

 SALTADOR DE PAESTUM

Por César R. de Sepúlveda 



No para ser admirada en un museo:
para la oscuridad
de una tumba
fue pintada esta escena.

Frente al cielo de yeso mortecino
nos compete soñar con el azul,
la hora de esplendor mediterráneo,
la vibración solar, el aire cálido.

No importa todo esto: es la gracia del cuerpo,
la tensión de los músculos,
la aceptación consciente y decidida,
ese signo que traza
en el aire,
lo que en verdad enciende nuestros ojos.

Sin entender —¿qué es entender, en arte?—,
sin poder afirmar si ha querido el artista
cantar la plenitud
de la vida,
o encomiar la serena aceptación
de quien,
desprendido de todo, baja inerme
hacia el mar encrespado,
la imagen nos concierne e interpela.

Sin saber explicar —¿para qué? ¡No hace falta!—
sabemos que, tan lejos
de aquel instante nítido y glorioso,
también nosotros, a
nuestra propia caída
podemos infundir cierta belleza,
dignidad y propósito.