La llamada tribal o
sospechar que es allí
donde vive lo urgente,
la inocencia.
¿Qué otras causas pueden
hacer que nos sintamos
los mismos y otros
dos centenas
de kilómetros curvos más al sur?
La llamada tribal o
sospechar que es allí
donde vive lo urgente,
la inocencia.
¿Qué otras causas pueden
hacer que nos sintamos
los mismos y otros
dos centenas
de kilómetros curvos más al sur?
Por el camino en
curva sube,
confusa como está
de las humanas quejas
(tejón entre las verdinegras jaras)
decidida a no
hablar de tanto cielo,
por el tosco
canchal de su
memoria asciende
(lagarto que recuerda
cada error)
de las rutinas huye,
de lo adverso,
del cansancio del
día
(un búho se despierta
a los propósitos)
última piel por la
quietud del monte,
vuelve reptando
a sus nidos la
luz.
(Ilustración: fragmento de una fotografía de Antonio Íñigo)
Olira Blesa es madre reciente. Y poeta. También amiga, también fotógrafa. Digo que tuvo el martes 16 un detalle de ternura y cariño que me emocionó. Cargó junto a su pecho a la criatura y con fortaleza que da la amistad y la dulzura que proporcionan los afectos se acercó a la Cátedra Mayor del Ateneo de Madrid a estar conmigo, escuchar los versos y hacer un espléndido reportaje fotográfico. Alrededor de ella, los doscientos asistentes que llenaban la sala, traídos por los fuertes hilos de una amistad que yo intento y quiero correspondida.
Digo que anunciado el asunto en redes, noté, aun en la lejanía, cierto calor. Numerosos amigos, conocidos y cercanos, comenzaron a avisarme de la imposibilidad de acompañarme por situaciones perfectamente compresibles. El asunto iba en aumento, lo que me hizo sospechar que existía ambiente suficiente entre las personas con quienes me relaciono; que la noticia había llegado. Otros, claro está, me mostraron que les interesaba lo anunciado y que si podían acudirían. Ambas situaciones son normales en estos casos. También es normal que haya quien responda con un mutis. Preparé la escaleta, se la envié a los participantes, que mostaron su confianza en ella. José Manuel estuvo capaz y generoso para allanar cualquier obstáculo. Y en tales maneras, en la esperanza de que en la gran sala del Ateneo estuvieran personas que quisieran arropar mi persona y mi lectura, nos dispusimos.
Olira Blesa me dijo que lo intentaría, que estaba sola con su retoño, pero confiada y con ganas tanto de ejercer su pasión fotográfica como de combinarla con su deseo de escucharme. Sentí que no merecía semejante esfuerzo y hermandad. Se lo advertí, pero vino. Junto a ella, poco antes, poco después, fueron entrando amigos, amigas, sorpresas, besos y abrazos hasta llenar la sala. Y como sé el esfuerzo que supone salir, venir en algunos casos de lejos y volver de noche a casa, entendí que mis recelos estaban infundados. Comenzamos 10 minutos tarde, me dijeron. Tuvieron que venir a rescatarme de los recibimientos y las bienvenidas. (No suelo hablar en primera persona en este blog, pero hoy no tengo otra opción). Cuando todos nos sentamos, tuve ante mí una sala llena de color y calor.
| Irene, Andrés, Marina y yo llamando a José Manuel y a Olira |
Comenzó Irene su repertorio basado en Debussy para abrir el acto. Siguió José Manuel dando la bienvenida en nombre del Ateneo y sorprendido de la respuesta de los asistentes. Luego Andrés y Marina hablaron con desparpajo y agudeza de los textos. Andrés de Aquí y Marina de En donde resistimos, dejando en el aire algunas cuestiones a las que yo intenté contestar y/o matizar. A la derecha del escenario estaba el atril. Leí en pie. Dividí mi tiempo lector en tres plazos, cuyos intermedios enriquecían el piano y las manos de Irene. Siempre lleva uno preparados más poemas de los que finalmente lee, en este caso también. Pero los omití a gusto. Por las señales del público pude conocer que en la primera parte el sonido estaba demasiado bajo. Luego se corrigió. No sé lo que los asistentes sintieron, si sé lo que sentí yo: ese silencio denso que produce la escucha atenta. Quise cerrar con la lectura del poema "Dos cómicos, de Hopper". Quise una foto final con todos los que me ayudaron y en la que estoy llamando a Olira para que subiera al escenario. Olira se acercaba haciendo fotos.
Y eso fue todo, Hubo cervezas finales y sin fotos en los bares próximos. O sea, nada que no ocurra todos los días con cientos de nosotros en cualquier sitio del país. Pero lo he querido contar aquí por si alguien. Y porque un momento de debilidad lo tiene cualquiera.
El tiempo es un jaguar insatisfecho
que jamás abandona sus quehaceres
y sigiloso juega
con nuestras ambiciones
ante sus fauces, plenas
de bostezos,
nos deja hacer y hacer, como si ausente,
mientras contempla y se sonríe dulce
ante el esfuerzo inhábil
de quien procura
perdurar ocultándose
en versos y papel
de su campo de acción,
de sus tranquilas garras aparentes
benévolo, nos deja
escribir, publicar, sé que nos deja
en ocasiones parece distraído,
ajeno en su quietud, mientras decide,
harto ya de la escena,
–tanto ir y venir para ser nada–
cuando será el zarpazo.
Ilustración de Manolo Marcos
Por Homero
la parte intransitable que me nombra,
mi parte de Sibila, supo de los arqueros
de Troya frente Kafka, de asedios soportados,
supo también que el fuego
que prende los asombros es siempre primogénito,
que fue hermoso nacer al desvarío, que las mentiras
de los idiotas no envejecen, supo
de la arritmia del sur, de deletreos
en los blancos rectángulos, del amor sin archivos.
Por Virgilio después,
mi parte de Tiresias supo
que la vulgaridad
de ganarse la vida terminaba, que la meta de Roma
––si se anhela–– precisa lejanías, altas voces,
altas naves que olviden, también que debería
salvarme del espanto, regresar, ser en otros,
saberme de la edad de los cerezos, expatriarme
de los días burdeles y llegar,
urdiendo travesías, a las costas que salvan.
Desde los sótanos,
sin ser notada,
por una densa cuerda
de esparto asciende
sin freno la memoria,
muy despacio
notas
–por la melancolía
que te acude– cómo acerca
la tensión aferrada
de sus garfios
busca sitio,
cuerpo donde alojarse,
donde activar
sus turbios aguijones, donde
confundir: llama
tesoros a sus daños.
La poesía ama el discurso
y a la vez lo odia. La poesía ama la música y a la vez la necesita. La poesía
puede y debe ser un rapto. Una intuición no exenta de cuido y laboreo, de mimo sabio.
La poesía, lo escribió en hexámetros Horacio, es incompatible con lo mediocre.
Y alguien debe decir que también repudia lo obvio, el descuido. En la
duermevela -que no remite y en ocasiones es frutal- de la noche pasada,
me recuerdo con ella en la sierra madrileña, ribera del Alberche. Y en el recuerdo
digo que dejamos caer los
antebrazos sobre una ganadera cerca de líquenes y losas de granito. Que el
compás de nuestras respiraciones prolongaba la tarde, su penumbra cernida, lo
blando del sosiego. Están ahí, atiéndelos, pon –me dijo entonces– en
ello tu cuidado; entre las zarzas, ahí, son los instantes, los ojos asustados que, cómplices, nos miran, los que callados piden estar en tu poema.
Entre las zarzas -me decía-,, ocultos a mi primer mirar, mas tan próximos que casi eran
roce, mas tan dificultoso, tan por captar. Sentí las llamas bíblicas. Por ese motivo, pensé, por lo que amagan, tal vez arden las zarzas en lo sagrado. Por esa razón, solo el auténtico
poeta es quien puede atravesar los daños sin daño, quien puede entrar en la maraña que protege de
los necios a la fugacidad necesaria de la belleza. Y no romperla ni romperse. Y
hacerlo antes que el fuego consuma. En mi ingenuidad pensé que tal vez entre las
zarzas tupidas del Alberche, esperando al poeta, estaba el olor tierramojada,
tan tenue como penetrante y lábil, del jueves. Desperté sobresaltado, pensé que
Bécquer prefirió decir arpa a decir zarza, y Rilke ángeles. Tomé un papel y
escribí de urgencia: ... la poesía nace de los deslumbramientos, llámese poetas a
quienes, asumiendo el riesgo, los recojan, los hagan crecer.
Mientras leía
tu primer libro de poemas, Yolanda, no podía sino pensar en el disfrute y el
temblor alado que su escritura ha debido producirte. No te conozco y te
conozco. Desde esta ventana saludo tu libro Marta (Alzando el vuelo)
que la BAM ha tenido el acierto de seleccionar y publicar. Qué falta nos hacía
este canto purísimo a la vida, esta claridad de vientos, esta albura. Ver
crecer el amor gestado es una de las provocaciones con la que mundo nos incita
a vivir. Y tú has sabido mirarla. Ser poeta es ser mirada. Ser poeta es la
voluntad de transformar, es salir con la palabra al encuentro de la evidencia
inasible y hacerla pálpito, y hacerla abrazo. Los poemas de tu libro son un
susurro que tú deseas alas, vuelo hacia el olvido de las ataduras, profecía de
futuros. Decía Aleixandre que no hay poesía si el latir de lo humano no está
comprendido en ella. La poesía no es una abstracción. Nunca. Dices "La
nieve anida en tus párpados", y yo entiendo que el mundo es limpio y tal
vez merezcamos alguno de sus refugios. No te conozco. Dices, Yolanda, que este
es tu primer libro. Pero te conozco. Cómo no conocer a quien escribe "Tal
vez seamos solo eso./ Pájaros salvajes librando/ su última batalla". Un
combate que va hacia el amor irremediable, filial en este caso, pero que como
en toda buena poesía se alza y se pregona hasta tornarse universal, deseoso de
ser compartido, de derramarse. Se escribe poesía desde la tensión de querer
escribirla, desde la necesidad de decir algo que importa a alguien que nos importa.
A ti misma primero. Porque este libro está escrito para Marta, tu hija, pero
antes que nada surge desde ti, desde tu ser necesario, para volver a ti. Como
manantial, como desembocadura. Como un segundo parto. Está escrito para que
vuele al lado de aquella que vuela libre y ves volar en los altos azules.
Conoces la levedad y te complace, vives el trazo, sabes que el poema no
necesita discurso, sino sugerencia, sino lo tenue, sino aquello que nace de una
verdad, tan potente como tímida, que el lector –el buen lector– intuye,
desbroza y abraza luego. Con qué delicadeza orfebre, y yo sé con cuánto oculto trabajo,
buscas y consigues que el oficio de escribir no deje huella, presencia sudorosa.
Con qué sencillez, con qué armonía serena logras que la palabra baje a
buscarnos como un arroyo de agua cristal que juega y salpica, que canta y se
ofrece. Con qué humilde economía procuras que sople la brisa compañera, esa que
envuelve nuestro paso. Y es que leyéndote paseamos al lado de dos almas que
dialogan en un presente que desearían infinito. Todavía no hay sombras, todavía
no hay oscuros, aún los obstáculos descansan. La vida en tu libro es vida blanca
y arcilla, Yolanda, es el don de la plenitud, el mundo a inaugurar. Qué alegría
leer algo así. La vida como una fotografía que explosiona y tiñe de
belleza.
Permíteme que
tome dos poemas de tu libro, de su ambiente.
_____
En la diana
Fijas tu
mirada.
No en mi
rostro de sombra.
No en el
animal triste que me acecha.
No en el dios
blanco que castiga.
En mi
pensamiento.
A veces solo
existo
porque tú me
ves.
_____
Estaban allí
Estaban allí,
cerca de un muro,
el trigo
presuntuoso y su océano dorado,
la luna y su
sombra,
el mirlo que
vigila,
el girasol
marchito,
las manos que
lo niegan.
Estaban allí.
No muy lejos
de tu pelo.