lunes, 8 de mayo de 2023

Un poema: Nos quedaremos solos y se hará la noche




 






El tiempo es un jaguar insatisfecho

que jamás abandona sus quehaceres

y sigiloso juega

con nuestras ambiciones

 

ante sus fauces, plenas 

de bostezos,

nos deja hacer y hacer, como si ausente,

mientras contempla y se sonríe dulce

ante el esfuerzo inhábil

de quien procura

perdurar ocultándose

en versos y papel

de su campo de acción,

de sus tranquilas garras aparentes

 

benévolo, nos deja

escribir, publicar, sé que nos deja

 

en ocasiones parece distraído,

ajeno en su quietud, mientras decide,

harto ya de la escena,

–tanto ir y venir para ser nada–

cuando será el zarpazo.


Ilustración de Manolo Marcos

martes, 2 de mayo de 2023

Un poema: Navigare necesse est



 




                                                

Por Homero
la parte intransitable que me nombra,
mi parte de Sibila, supo de los arqueros
de Troya frente Kafka, de asedios soportados,
supo también que el fuego
que prende los asombros es siempre primogénito,
que fue hermoso nacer al desvarío, que las mentiras
de los idiotas no envejecen, supo
de la arritmia del sur, de deletreos
en los blancos rectángulos, del amor sin archivos.
 

Por Virgilio después,
mi parte de Tiresias supo
que la vulgaridad
de ganarse la vida terminaba, que la meta de Roma
––si se anhela–– precisa lejanías, altas voces,
altas naves que olviden, también que debería
salvarme del espanto, regresar, ser en otros,
saberme de la edad de los cerezos, expatriarme
de los días burdeles y llegar,
urdiendo travesías, a las costas que salvan.

sábado, 22 de abril de 2023

Serie Roces: Cuerda de esparto

 








Desde los sótanos,

sin ser notada,

por una densa cuerda

de esparto asciende

sin freno la memoria,

muy despacio

 

notas

–por la melancolía

que te acude– cómo acerca

la tensión aferrada

de sus garfios

 

busca sitio,

cuerpo donde alojarse,

donde activar

sus turbios aguijones, donde

confundir: llama

tesoros a sus daños.

 

sábado, 15 de abril de 2023

Duermevelas 9/X

  


 

La poesía ama el discurso y a la vez lo odia. La poesía ama la música y a la vez la necesita. La poesía puede y debe ser un rapto. Una intuición no exenta de cuido y laboreo, de mimo sabio. La poesía, lo escribió en hexámetros Horacio, es incompatible con lo mediocre. Y alguien debe decir que también repudia lo obvio, el descuido. En la duermevela -que no remite y en ocasiones es frutal- de la noche pasada, me recuerdo con ella en la sierra madrileña, ribera del Alberche. Y en el recuerdo digo que dejamos caer los antebrazos sobre una ganadera cerca de líquenes y losas de granito. Que el compás de nuestras respiraciones prolongaba la tarde, su penumbra cernida, lo blando del sosiego. Están ahí, atiéndelos, pon –me dijo entonces– en ello tu cuidado; entre las zarzas, ahí, son los instantes, los ojos asustados que, cómplices, nos miran, los que callados piden estar en tu poema. Entre las zarzas -me decía-,, ocultos a mi primer mirar, mas tan próximos que casi eran roce, mas tan dificultoso, tan por captar. Sentí las llamas bíblicas. Por ese motivo, pensé, por lo que amagan, tal vez arden las zarzas en lo sagrado. Por esa razón, solo el auténtico poeta es quien puede atravesar los daños sin daño, quien puede entrar en la maraña que protege de los necios a la fugacidad necesaria de la belleza. Y no romperla ni romperse. Y hacerlo antes que el fuego consuma. En mi ingenuidad pensé que tal vez entre las zarzas tupidas del Alberche, esperando al poeta, estaba el olor tierramojada, tan tenue como penetrante y lábil, del jueves. Desperté sobresaltado, pensé que Bécquer prefirió decir arpa a decir zarza, y Rilke ángeles. Tomé un papel y escribí de urgencia: ... la poesía nace de los deslumbramientos, llámese poetas a quienes, asumiendo el riesgo, los recojan, los hagan crecer.

 

martes, 11 de abril de 2023

Carta pública a y dos poemas de: Yolanda Requena Ortega




      Mientras leía tu primer libro de poemas, Yolanda, no podía sino pensar en el disfrute y el temblor alado que su escritura ha debido producirte. No te conozco y te conozco. Desde esta ventana saludo tu libro Marta (Alzando el vuelo) que la BAM ha tenido el acierto de seleccionar y publicar. Qué falta nos hacía este canto purísimo a la vida, esta claridad de vientos, esta albura. Ver crecer el amor gestado es una de las provocaciones con la que mundo nos incita a vivir. Y tú has sabido mirarla. Ser poeta es ser mirada. Ser poeta es la voluntad de transformar, es salir con la palabra al encuentro de la evidencia inasible y hacerla pálpito, y hacerla abrazo. Los poemas de tu libro son un susurro que tú deseas alas, vuelo hacia el olvido de las ataduras, profecía de futuros. Decía Aleixandre que no hay poesía si el latir de lo humano no está comprendido en ella. La poesía no es una abstracción. Nunca. Dices "La nieve anida en tus párpados", y yo entiendo que el mundo es limpio y tal vez merezcamos alguno de sus refugios. No te conozco. Dices, Yolanda, que este es tu primer libro. Pero te conozco. Cómo no conocer a quien escribe "Tal vez seamos solo eso./ Pájaros salvajes librando/ su última batalla". Un combate que va hacia el amor irremediable, filial en este caso, pero que como en toda buena poesía se alza y se pregona hasta tornarse universal, deseoso de ser compartido, de derramarse. Se escribe poesía desde la tensión de querer escribirla, desde la necesidad de decir algo que importa a alguien que nos importa. A ti misma primero. Porque este libro está escrito para Marta, tu hija, pero antes que nada surge desde ti, desde tu ser necesario, para volver a ti. Como manantial, como desembocadura. Como un segundo parto. Está escrito para que vuele al lado de aquella que vuela libre y ves volar en los altos azules. Conoces la levedad y te complace, vives el trazo, sabes que el poema no necesita discurso, sino sugerencia, sino lo tenue, sino aquello que nace de una verdad, tan potente como tímida, que el lector –el buen lector– intuye, desbroza y abraza luego. Con qué delicadeza orfebre, y yo sé con cuánto oculto trabajo, buscas y consigues que el oficio de escribir no deje huella, presencia sudorosa. Con qué sencillez, con qué armonía serena logras que la palabra baje a buscarnos como un arroyo de agua cristal que juega y salpica, que canta y se ofrece. Con qué humilde economía procuras que sople la brisa compañera, esa que envuelve nuestro paso. Y es que leyéndote paseamos al lado de dos almas que dialogan en un presente que desearían infinito. Todavía no hay sombras, todavía no hay oscuros, aún los obstáculos descansan. La vida en tu libro es vida blanca y arcilla, Yolanda, es el don de la plenitud, el mundo a inaugurar. Qué alegría leer algo así. La vida como una fotografía que explosiona y tiñe de belleza.

 

Permíteme que tome dos poemas de tu libro, de su ambiente.

_____

 

En la diana

 

Fijas tu mirada.

No en mi rostro de sombra.

No en el animal triste que me acecha.

No en el dios blanco que castiga.

En mi pensamiento.

A veces solo existo

porque tú me ves.

_____

 

Estaban allí

 

Estaban allí, cerca de un muro,

el trigo presuntuoso y su océano dorado,

la luna y su sombra,

el mirlo que vigila,

el girasol marchito,

las manos que lo niegan.

Estaban allí.

No muy lejos de tu pelo.

 

 


sábado, 25 de marzo de 2023

Un poema: serie Roces. ¿Hacia qué...

 .











¿Hacia qué lugar que ignoro

vuelve la luz?, pregunta

la cal al muro

un instante después de rechazarla

 

como un rumor rugoso

que viene de las cosas

escucho las palabras: ¿hacia qué

lugar que ignoro

vuelve mi vida? traduzco

 

en la tarde obstinada,

bajo este almez anciano que soporta,

alguien –como una voz en roce– dice:

tal vez no debierais saberlo.

 


viernes, 17 de marzo de 2023

Duermevelas 8/X

 



     A veces mediosueño que no tiene el olmo ninguna necesidad de explicarse a sí mismo para saber que es un olmo. Que no es preciso que pare al caminante para pedirle que le reconozca como olmo, ni pasarse días, minutos, siglos analizando sus esencias sin llegar a encontrarlas jamás, pero regodeándose en la introspección. A veces me despierto creyendo que el olmo no precisa del metaolmo para nada. De buscarse, o dejar que otros le busquen, más allá del acto de ser en sí. A veces me da por creer que la poesía tampoco. Lo que no obsta para sean (seamos) legión lo que entretenemos nuestro hacer y nuestros desvelos en escribir de, sobre, para, por... la poesía, en un autoflagelarse masoquista que no tiene fin porque no tiene meta. Como si nos obsesionase el tema o fuera objeto de nuestra preocupación, cuando no es -eso pienso en mi duermevela- sino un señuelo escapista. Un oficio que produce (nos produce) cierto placer, cierta adicción. Miro ahora, que ya es tiempo de alba, desde ese balcón verde de la poesía que es mi patio, una realidad que me llevó incluso a publicar "Cuaderno de Boccaccio" y "Locus Poetarum", papeles que reunían una pequeña parte de mi aportación a este pantano sin salida que es la metapoesía. No me arrepiento ni siento orgullo, pero miro y me miro desde el balcón verde con ciertad piedad pretérita. Al olmo le basta mostrarse para existir y ser. Ni se explica ni necesita que lo expliquen para ser lo que es. La poesía es un olmo.



domingo, 5 de marzo de 2023

Un poema: Serie Roces: Peces muertos

 








Peces muertos, así llamaba Elvira
Daudet a los poemas
que buscan sin verdad entre lo inútil,
que solamente son bagaje estético,
un ejercicio estéril de lenguaje
 
escribir de la nada, para nada;
peces muertos, decía.