miércoles, 9 de septiembre de 2015

Poema: La verdad





Sólo el poema puede
penetrar,
bisturí, la verdad
y no romperla

alojarse en su vientre,
dejarla en confusión,
embarazarla.



(De Locus poetarum)

viernes, 4 de septiembre de 2015

Estampas con el poeta callado.

   Ha muerto Carlos Sahagún. He leído y agradecido la nota necrológica y apresurada de Prieto de Paula. Conocí a Carlos, presentado por José Luis Morales, en una de las tertulias poéticas de Montesinos, una tarde de enero de 2005. Para sorpresa de todos estuvimos, cara a cara, hablando casi hora y media sin parar. De poesía, de política. De ambas frustraciones. Recuerdo que entonces me previno sobre la insaciable voracidad catalana en su relación con el estado y de la ingenuidad de Zapatero –aquella frase, aquella frase- origen de tanta ciénaga. En las siguientes ocasiones, la figura de Eladio Cabañero ocupó nuestras palabras: conservaba como un tesoro grabaciones de Eladio leyendo poemas, me ofreció compartir dos: la de Los trenes y la de Antes, cuando la infancia, que siempre me impresionaron. En otra ocasión me dijo que repudiaba todo lo escrito y que lo borraría si pudiera. No me explicó las razones. La penúltima vez me hizo llorar escuchándole recitar en Majadahonda el legendario Biotz-Begietan de Blas de Otero. Me amonestó en la última por haber comprado Como si hubiera muerto un niño en la edición que Antonio Lucas epilogó para Bartleby. No nos volvimos a ver. 

   Murió en el mismo silencio de los últimos 35 años. Fue un niño (1938) vencido de la posguerra. Siempre se sintió sobreviviente. Prieto de Paula finalizaba su nota recordando estos versos desengañados: “los navíos no zarparán / las islas remotas no existen.” Un niño que puso demasiadas esperanzas en la transición, en la sociedad española. Tal vez eso explique demasiadas cosas.  Poeta nunca olvidado, amigos comunes me dicen que, aunque no demasiado, siguió escribiendo. Y que si no tomó la decisión de destruirlos, puede que existan inéditos para añadir a sus cuatro títulos publicados: Profecías del agua, Como si hubiera muerto un niño, Estar contigo, Primer y último oficio.

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Un poema

Este de Como si hubiera muerto un niño

Cosas inolvidables

Pero ante todo piensa en esta patria,
en estos hijos que serán un día
nuestros: el niño labrador, el niño
estudiante, los niños ciegos. Dime
qué será de ellos cuando crezcan, cuando
sean altos como yo y desamparados.
Por mí, por nuestro amor de cada día,
nunca olvides, te pido que no olvides.
Los dos nacimos con la guerra. Piensa
lo mal que estuvo aquella guerra para
los pobres. Nuestro amor pudo haber sido
bombardeado, pero no lo fue.
Nuestros padres pudieron haber muerto
y no murieron. ¡Alegría! Todo
se olvida. Es el amor. Pero no. Existen
cosas inolvidables: esos ojos
tuyos, aquella guerra triste, el tiempo
en que vendrán los pájaros, los niños.
Sucederá en España, en esta mala
tierra que tanto amé, que tanto quiero
que ames tú hasta llegar a odiarla. Te amo,
quisiera no acordarme de la patria,
dejar a un lado todo aquello. Pero
no podemos insolidariamente
vivir sin más, amarnos, donde un día
murieron tantos justos, tantos pobres.
Aun a pesar de nuestro amor, recuerda.

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Un retrato

Este de Antonio Hernández en 1978

   Tras mucho conversar con su poesía sólo dos veces he podido hablar personalmente con Carlos Sahagún. Puede decirse, sin embargo, que, a pesar de ese contacto fugaz, tampoco hablé con él. Callaba, como diría Vicente Aleixandre de Gerardo Diego, mientras hablaban sus nubes. Nubes renegridas, borrascosas, por la sombra de sus espesas cejas negras, en sus ojos llenos del temblor que da la tristeza de saber la injusticia gravitando sobre el mundo, cerniéndose sobre él como un aguda acuaciante, criminal y esquiva a su ejecución necesaria. Carlos Sahagún callaba como si aún llevara luto por el niño luminoso que se le murió en Almería entre la ruina de la guerra y la libertad tronchada, aquella tarde del Paseo del Prado o, después, cuando en la ruta de los mesones madrileños sólo abrió la boca para discutir acaloradamente con un alemán neonazi. Y era, como si en su silencio se hubiera concentrado el de la España que lo vio crecer, y se mostrara como un signo, como una señal de dolor, de impotencia y de pureza que nada más pudieran cobrar sus destinos accionados en el poema.
Cercano, pero borroso, lo veo en aquel momento de sus palabras empeñadas en quien apenas podía comprenderlo y deduzco que, quizás, sea ese su sino personal, a pesar de su conducta plenamente solidaria.
Hosco y como asediado, Carlos Sahagún era -es- el retrato puro de su patria acosada y proletaria.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Las palabras que se desconocen


Primer consejo de redacción. Acta


Bien hallados, -–escueto el Jefe para abrir la temporada– pienso que sea cual sea la causa que lo provocó y sea quien sea aquel que lo fijó, al final de todo solamente queda el poema. Y solo. Lo demás es, o debería ser, accesorio, consecuencia. Venía bravo al parecer, rellenito de sol, lecturas y consideraciones. 40  días a 40 grados no habían mellado su compromiso, su obcecación. La gente callaba. Ajena, la becaría repartía sonrisas tras coleccionar felicitaciones: había rebajado en casi tres kilos su arquitectura durante el agobio africano.

Pero el jefe seguía con la bien aprendida matraca: Dicen que W. Stevens aseguraba que los entrechocados bordes de dos palabras pueden producir la muerte. Y que Lorca sospechó que dos palabras que no se conocen están disponibles para el esplendor lírico. Caminando por estos territorios es lícito pensar, escribir, que el hecho de obligar a que se amen palabras que se odian a muerte produce excitación, Y que de ese roce salta la chispa de la sugerencia.

¿Y eso por qué? -preguntó el novato ante la mirada inquisitorial de los del colmillo. Agradezco tu pregunta, –y continuó frenético– porque ambas deben entonces desvestirse de sus significados, perder su orgullo de ser y verse obligadas a reptar entre los entresijos del lenguaje para encontrar sitio, lugar en donde hallar cobijo primero, desde donde gritar después. Y sucede que en todo este juego, en todo este drama, el poeta no puede sino favorecer semejante remuéveda, sino dejar fluir a su través. El poeta es entonces mediador, mediero responsable. Quiero decir sensible y consciente. Porque es a él en exclusiva a quien hay que pedir cuentas de los filtros y ritmos escogidos parar cerner el enigma que las palabras se/le han plateado. Su oportunidad como medium valdrá tanto como su capacidad para que el conflicto de la fricción ofrecida por génesis se transforme en texto auténtico, en auténtico poema.

Piensen en esto cuando asistan a lecturas, cuando redacten crónicas. ¿Alguna pregunta? Los pisotones proponiendo quietud labial se sucedían bajo la mesa. El profundo silencio no le arrendró. Y aunque para discurso de inauguración parecía suficiente, todos sabían que continuaría. Y lo hizo. Es el poeta, por tanto, cauce obligado desde las señas con que el mundo nos advierte hasta llegar al fruto desconocido. Y senda que lleva desde lo que nos perturbó hacia lo que debe perturbar. No es poco, pero tampoco debe estimarse en demasía. Humilde cauce-senda que a veces le permite conocerse y en otras asombrarse. Y también artefacto para provocar al lector, quiero decir para trasladarle de forma reconocible –el poeta es el dueño del orden, de los peldaños, de los huecos– la sugerencia de aquella bautismal excitación de las palabras que se desconocían. Y todo porque las palabras no son sino los flecos visibles de conmociones vitales –realidades, experiencias, sueños, deseos…_ extrañas unas de otras, contrapuestas, que chocan al mirarse, ignorando cuántas veces atrayéndose, cuántas con recelo.


¿Y el poema?-–se preguntó a sí mismo sin esperar a razones ni desbandadas–. El poema auténtico es por lo mismo fruto único, llegada y fonda. Testigo perdurable. Irrepetible. Inexplicable en el misterio por y para el que ha sido levantado. Según Juarroz, el poema auténtico se reconoce porque tiene la capacidad de alterar lo establecido, de inaugurar mundos. O por ser el hacha que rompe, según Kafka, la capa de hielo que nos cerca. Y formalmente porque no se puede separar de él ningún elemento, ni palabras ni pausas, sin negarlo, sin destruirlo. Por estas cualidades, entre otras, es posible distinguirlo de los textos que adoptan las formas del poema, y carecen. Y es que al final, alejados del accidente que motivó su creación, su concreción, sólo existen el poema y su realidad visible, trasmisible, de objeto para todos.  Sin él no existirían poetas ni poesía. Sin los poemas de Claudio Rodríguez no existiría el poeta Claudio Rodríguez. Ni existiría su poesía. 

Parece obvio -musitaba entre dientes la becaria. Y lo es -susurró alguien cercano-, buena nos espera.



martes, 28 de julio de 2015

Tres años sin Vicente Martín





Un día como hoy de 2012, mediada la tarde y en su pueblo último, Torrejón de la Calzada, despedimos el cuerpo del poeta Vicente Martín, del amigo Vicente Martín. Sigue en nuestro recuerdo y en el de todos aquellos que lo conocieron y conocieron su obra. Sirva este poema suyo para renovarnos.



¿A quién se le ocurrió este cielo azul
sin una nube,
esta luz en las calles cuando acecha la noche
y es mirarte un prodigio?

Algún día
te escribiré un poema en que no hable de fuentes ni de pájaros
y sólo huela a ti y a este fulgor
de claridad primera que nace si te nombro.

No temeré a la noche
mientras nazcan las sombras del fondo de los mares,
la noche es humedad, sudor de cuerpos,
paraninfo al que acuden los filósofos tristes
rezumando lujuria,
pero la noche, amiga, también es el refugio
de un amor imposible y sólo éste,
el amor imposible,
se hace eterno,
ama sin esperar, no desfallece
y no sabe de rutas que lleven al olvido.

¿Será este tipo de amor del que me habla
esta bóveda azul
sin una nube?

jueves, 2 de julio de 2015

"Los dones de la luz" de Manuel Cortijo


 
Manuel Cortijo
 



   El albaceteño residente en Madrid, Manuel Cortijo Rodríguez (La Roda 1950), nos ha ofrecido en este mes de junio pasado y coincidiendo con la Feria del Libro madrileña su segundo libro, el titulado Los dones de la luz. Manuel es poeta amplio en el tiempo. Comenzó a dar a conocer sus poemas durante los años finales de la década de los setenta, en plena transición política, aunque luego, según suele reconocer, se recluyó en un silencio editorial, que no creativo, el cual redujo al conocimiento de su círculo más intimo los frutos de su producción. Hasta que en 2012 rompiera el molde con la edición de Memoria de lo usado, que editado por la Diputación de Albacete agotó sus dos ediciones. De aquella su primera entrega, de aquel territorio elegíaco y necesario, se hizo eco en su momento Mientras la luz.

   Editado por la joven, agresiva y castellano-manchega editorial Lastura, el libro viene prologado por la profesora Rocío Alarcón, que disecciona con cirujana sencillez los elementos formales y de intención que configuran este nuevo libro del poeta rodense. Un prólogo que dignifica el ejercicio, un prólogo que explicita la arquitectura de la propuesta, y que describe el aliento que lo aroma. Un preliminar que nos incita a la lectura del texto. Pero digamos pronto que su lectura necesita sosiego, por lo menos el mismo con el que los poemas han sido escritos. Nada más equivocado que leer Los dones de la luz con prisas o desatenciones, porque su apariencia reflexiva puede llevarnos a entenderlo con cierta limitación. Es un libro himno, es un libro oda y canto, es un libro de búsqueda gozosa, es un libro que, sin forzadas exaltaciones, camina los senderos donde se aguarda. Dividido en dos partes, el poeta quiere fijar en la primera su deslumbramiento por la belleza, por la luz que la funda, es por ello que lleva el mismo título del libro; en la segunda -Palabras para ser- cunde la sensación de que la belleza encontrada, germen de la felicidad, solo existe en la palabra, en la palabra que sirve al poema, en la que eleva alzándonos desde el suelo de los aconteceres, en aquella capaz de construir el edificio-cielo en donde hallarse y estar. Que no es otro que el de la auténtica poesía.

   El libro, escrito con el cuidado al extremo con el que trata el lenguaje Manuel Cortijo, parece haber sido levantado en estado de trance por el pálpito místico que lo sostiene. Hay en él la estructura clásica de los místicos del XVI. Empeñados estos en la búsqueda individual del conocimiento y encarnamiento con Dios, con el Amado, y  arrebatado nuestro autor en la sensaciones que le permiten la unión con la Amada, con la Poesía, con lo Bello como religiosa serenidad. Véanse los símbolos: primero la luz como vía purgativa, como esperanza, como deslumbramiento que señala el camino de la verdad, el desapego de las cosas que no están al servicio de la búsqueda emprendida; luego la palabra como vía iluminativa, como fe, como consciente y única herramienta capaz del contacto con el ser superior que espera, y por último la vía unitiva, la caridad que supone la anulación de la voluntad propia para la pureza de la unión con la Amada, con la poesía entendida como culmen de belleza, como territorio de gozo, como alcance y fin.

   Los dones de la luz es por todo ello un libro sorprendente, que vuela en limpidez, extraño en una literatura, como la española actual, anclada en la desolación, la queja, lo paradójico o lo prosaico. Un libro como un baño en altos manantiales, un libro en busca de almas gemelas a la del autor, aquellas que todo lo esperan de la Poesía, de los dones de la palabra. Salvadora, vivificante, reparadora de lo vivido. Los poemas caminan siempre por senderos que no se conforman con la beatitud de la claridad. Los poemas exigen -nos exigen- el esfuerzo de pureza, personal y de lenguaje, que nos lleve hasta el auténtico deslumbramiento transformador. Hasta el martirio por. Tentación y esfuerzo de innegable tensión literaria y espiritual, los cuales revelan lo que la poesía, y su ejercicio,
significa para los auténticos poetas. Que no son otros sino aquellos que al escribir pretenden ser en la poesía. Vivir lo que ella viva, lo que se viva en ella. Lean ustedes Manuel Cortijo.

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Entrar en las palabras

                            A Victoria Díaz


Entrar en un sentir como se entra en un sueño
que pudo o que no pudo suceder,
como se entra en una nube
a por agua precisa,
a un fluir que nos da su lluvia o lo que quema,
lo escapado del aire,
lo que suena y es aire en el que estamos
queriendo ser nosotros
tan propios al hacer de la sintaxis.

Así sólo podremos alguna vez decirnos,
alguna vez oírnos tan sólo en lo que puede
caer desde el idioma y ser semilla,
entrar en las palabras y crecer,
dejar que lo sembrado nos pronuncie
en la otra claridad, la única
que no niega su origen, ni aún el nuestro,
la que ahora nos lleva a contemplar
el misterio que alienta en toda luz
como si cada
luz fuese nueva y nueva su pureza.

Así puede saberse
donde va la emoción a arrodillarse
hasta llegar a hacerse lumbre,
paraíso de fuego en el poema,
fiebre alta del poema, pero
¿dónde va la emoción si no hay palabras
que encontrar en la luz?
                                                 ¿Acaso sólo
pueden ser las palabras como flores
nacidas en la Muerte que cantó Mallarmé
pour le poète las que la vie étiole?

Si yo supiese ahora qué alianza,
qué luz tomar para decir que estoy
empezando a nacer en lo que escribo,
entrar en las palabras y quedarme
sus sílabas de luz, las de allí dentro,
aún podría ser
que mi vida valiese lo que vale
la vida de un poema.      

sábado, 27 de junio de 2015

Junio de Libros: "Arquitectura o sueño" de Rubén Martín Díaz




 El incansable divulgador de la cultura manchega impresa, Alfonso G. Calero, dice en un artículo reciente en ABC que el núcleo surgido en Albacete en los últimos años es una señal tan potente como renovadora en el hacer poético de la región. Por la calidad de su producción y por la seriedad con la que encaran sus entregas, tan auténticas como libres. Aparte del bien estructurado grupo que, alrededor de Frutos Soriano, cultiva el haiku, y junto al nombre de Andrés García Cerdán, que sirve de enlace con la generación anterior, aparecen con luz limpia en la isla urbana que es Albacete los  actuales Antonio Rodríguez Jiménez (1978), Rubén Martín Díaz (1980) y Constantino Molina (1985). Estos dos últimos premios Adonais 2010 y 2014 respectivamente. Nombres llamados a la permanencia, y obras que nos exigen atención, imán de seguimiento. Sin duda que el faro no abatido de Barcarola (Juan Bravo y José M. Martínez Cano) sigue excitando.

   Ha llegado a Mientras la luz, Arquitectura o sueño, de Rubén Martín Díaz, editado por La isla de Siltolá, que a la espera del próximo y ya anunciado Fracturas, supone un territorio abierto para la exploración. El gimferriano título ya indica que nos movemos por ese espejo en penumbra que supone la ficción de la realidad o la materialización del sueño, en ese vuelo en curva que mueve sus alas desde la visión y el tacto a lo ingrávidamente reflexivo. Entre la belleza de la piedra y el dolor moral, entre el recuerdo como necesidad y la provocación de cuanto se contempla. De lo lejano a lo vivo: de lo vivo a lo soñado. Son 50 textos de prosa cuidadísima. Con el esmero preciso, con la exactitud para que sea prosa, para que sea poesía, ambas en puridad, separadas y al tiempo. Inmersas en su esencia. No es fácil -y Rubén lo consigue- salir del extendido autoengaño: unos aprosan sus poemas ya confeccionados en busca de modernidades, otros llenan de heptas y endecas sus prosas para que parezcan poéticas. Aquí hay 50 textos limpios y escritos con las punzantes urgencias de la necesidad y el riesgo, algo que se palpa en cada uno de ellos y que hablan del rigor formal del poeta. El mismo poeta que con El minuto interior dio el aldabonazo preciso para levantar al Adonais de la confusión que le arrastra por el adoquinado del tercer milenio. 

   Dotado todo él de un color ligeramente culturalista, como si al poeta le fuera necesario sacudirse el barniz celebrativo y naturalista con que algunos pretende fijarlo, en Arquitectura o sueño los textos provienen fundamentalmente de los repetidos golpes que sus ojos-conciencia reciben sin piedad de las piedras, las aguas y la luz parisina. Mas no es ese el único manantial. A ese viajero perturbado por la belleza histórica, por lo cementerios de París, por sus parques y gárgolas, por sus puentes, afluyen los arroyos de lecturas pasadas, la persistencia de fragmentos de Valente o Juarroz, incitaciones estéticas y/o vitales, la necesidad de la creación como instrumento para ordenar el mundo. Y todo sin que el hombre poeta pierda nunca la voluntad antigua y salvadora de ser lluvia, noche, viento, objeto con las cosas, vida que le observa. Suelo sobre el que sostenerse. El poeta y la realidad participan de la misma aspiración: ambos se ofrecen para comprender, para comprenderse y ser comprendidos. Para ser instante con Matisse, con Gutiérrez Román y con Satriani.  Arquitectura y sueño no es un libro de viajes, no es un dietario. Ni camino ni notas: es la escritura.

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Amanece

Amanece bajo un frío metálico. La ciudad se templa con el paso de las gentes y lo coches por las calles y el aire se cuaja de símbolos terribles, pero bellos. Esta mañana he guardado en la retina el vuelo secreto de las aves nocturnas. Parece que el sueño nunca deja de ocurrir, que es presente continuo en lo real de un pasado perpetuo en la ficción, Pero ¿acaso la vida no obedece siempre a esta mecánica? ¿Dónde acaba el sueño y da comienzo la arquitectura que obra el día y su lucidez? ¿Dónde el alma o el cuerpo, la razón y la palabra, lo ficticio y lo real? Para que exista el objeto material deberá existir también el vacío que lo niega. Fusión de los contrarios, lo llaman. Yo, por lo tanto, estoy adentro del sueño, que es afuera. Y, simplemente, sucedo.

jueves, 25 de junio de 2015

Junio de libros: “Piel disidente” de José Luis Torrego



  

   Si nos dejamos llevar por la lectura de las citas previas – Pedro Salinas. Sándor Márai y José Luis Morales- no hay duda que nos encontramos ante un libro sobre el amor, para el amor. José Luis Torrego, el decidido poeta segoviano, encara su poemario sin titubeos incluyendo en el título de su primer poema el que tiene previsto para todo el conjunto: Piel disidente. Algo que repetirá al final. Piel que necesita del azar de la conquista, piel ante el recelo, piel que cuestiona el tacto y su amenaza, pero piel al fin que cede, aunque insegura. El tono del primer poema imprime carácter a cuanto vendrá después. Convertida la disidencia en aceptación, los poemas se enredan y levantan, como recia yedra, alrededor de los amantes. Al crescendo que conduce al éxtasis de los ocho primeros poemas, sucede en los siguientes el silencio de una piel armada de distancia, embarrada por la duda. Luego vendrán los poemas en donde la soledad del amante reflexiona sobre la naturaleza y la valía de lo vivido. Sobre el riesgo de amar al borde de los abismos o los muros. Y hay en todo ello una ordenación clásica –recuerdo aquí a Ausiàs March- una manera de distribuir, de levantar el libro que habla mucho y bien de su conocimiento de la poesía amorosa.

    Editado por Lastura, es este el segundo poemario de José Luis Torrego, hombre y poeta activísimo. Enamorado también de la fotografía, ha colaborado en ocasiones en Mientras la luz con sus imágenes. Su primer poemario, Levantas los párpados y amanece, tuvo un importante éxito de público con presentaciones en varias ciudades europeas, algo que ya ha comenzado a suceder también con Piel disidente. Si en aquel primero existían vacilaciones en la construcción del verso, no olvidemos que José Luis es poeta semitardío (sic), hay en este una apuesta decidida, un ejercicio de autoafirmación a través del cual el autor se nos muestra muy consciente de su voz. Voz en la que, a veces, las palabras buscadamente poéticas se imponen al verso como elemento primario de construcción. Es su modo. Nos parece por tanto un libro meditado, un texto sobre el que ya es posible sospechar la altura de su autor como poeta. Respecto a esto último, el también poeta y profesor José Luis Morales, buen conocedor de los vientos que nos cruzan, lo ha situado con justeza dentro del panorama español actual en el acto de presentación realizado en la madrileña Casa del Lector.

    Los rótulos y las citas con que se abre la segunda parte del libro señalan a la poesía como nada sonora hacia el misterio o como gran fracaso del amor. Y a favor de ello o a su pesar, José Luis Torrego aprovecha los poemas de esta sección para enfrentarse, como poeta esencial, a tantos de los enigmas existenciales como cercan al hombre y que se han convertido en universales de la poesía: la voluntad de existir y su fatalidad, la muerte como posada y aceptación, la sensación frontera con que percibimos el paso del tiempo, o el desatino del vivir como fuga. (Caminos que han llevado a algunos a situar a la filosofía como la gran ramera de la poesía, o al contrario, a la poesía como un error de la filosofía.) Hay en el fondo de toda esta segunda parte un sincero susurro machadiano; no tanto en las formas. Digamos que los poemas vienen rodeados de numerosas citas. Novalis, Quevedo, Eliot, Alberti, Rousseau, Landero… que ofrecen pistas sobre sus preocupaciones lectoras. Sorprende, por no habitual, que José Luis Torrego, cierre su libro con triple llave. Una para la segunda parte (poema que ofrecemos), otra para la totalidad del discurso bajo el titulo de “Nada aniquilará” y una tercera, como un añadido emocionado, para homenajear a Elvira Daudet, mujer y poeta, en el texto que clausura el libro.  


Piel disidente

  (...) Desafía mares de siglos, siglos de tinieblas
                                              tu inocencia desnuda.
                                                                    Salinas

Fragata soy sin pabellón alguno,
Al viento ondea mi libertad tan solo,
Tensada, al frente y anhelante
De proar hacia islas aún ignotas.

Viví entre órdenes de mundo y clero,
Entre fórmulas, lindes, llamar a filas,
Nada menos soy ni más que nadie. Nada
En el hombre vale más que su ser hombre.

Sufrí la dictadura de lo humano
Doctrinando lo divino. ¿Puede un alma
Ser inmortal y una piel barro,
Si los creó, al fin, el mismo Dios, la misma mano?

Desnudo de coronas y lealtades,
Sin el pasado lastre de unos huesos,
Largo al viento mi piel leve en mesana,
Soy solo piel, piel disidente.
    

martes, 23 de junio de 2015

Junio de libros: "Calle del Reloj", de Ignacio Sánchez

Ignacio Sánches
Foto: Vitruvio
  

   Vienen en llamar Poetas de la Transición a aquellos que nacidos tras 1975 comenzaron a entregar alrededor del cambio de milenio. Y a los que pronto, casi a la carrera, se les dedicaron antologías que fijasen sus nombres (y el de los antólogos que los buscaron). Los que llegaron más tarde con su primer libro a la edición han quedado fuera de ser revelaciones repetidas. Lo afirma Pedro A. González Moreno en el prólogo a Calle del Reloj, de Ignacio Sánchez (1978). Es lo que sucede a nuestro autor de hoy, que coetáneo de tantos de aquellos se halla en un reciente segundo paso editorial, paso que nos llega con la negra y austera cubierta de los vitruvios. De quien es gentileza. Nos aseguran que su tercera entrega ya está anunciada.

    Es el caso que cuando se elige bien a un prologuista y este hace bien su trabajo resulta difícil para los que llegan después encontrar ranuras nuevas por donde entrar en la obra y argumentar sin daño. Efectivamente, confirmamos que Calle del Reloj se afana por vivir en los alrededores de los inasibles. Concretamente de dos: de la luz y la memoria, inasibles a los que el autor enlaza y hace danzar al ritmo de una música que no puede ser otra que la suspensión del tiempo para una limpia contemplación. Ignacio, absorto su verso en tal melodía, procura que nada disturbe la pureza del acto; el camino místico hacia la unión que ambas se procuran. Dueño de unas formas que proclaman sus numerosas lecturas, habitan sus versos una cadencia y un ritmo desacostumbrado en los tiempos y las edades que nos cercan. Lejos de las desarmonías con que muchos desprecian la tradición, hay un cuido exquisito en el decir. De tal manera que el deslumbramiento que, como aura, acompaña el discurso de todos y cada uno de los poemas, encuentra su marco natural. Y lo potencia. 

    Duda el poeta en los paisajes. Si el título nos remite a un escenario urbano, que luego apenas esboza, es en el monte abierto, tan de san Juan, donde la aparición del alba alcanza su máxima expresión develadora: el temblor de los posibles acontecimientos. Libro íntimo. Libro de mirada y de sosiego. Libro de búsqueda, hacia el encuentro, del yo personal memoria y del yo poético luz.  Sin presencia de otros ni de otra realidad. No hay en él cómplices ni enemigos. El poeta está solo ante la luz que llega, solo ante la memoria de la luz, solo ante la salvación que presiente. Poesía de corte sereno, sin apenas presencia de metáforas, en donde la sugerencia de las comparaciones se muestran suficientes para elevar el poema hasta la altura de un poema. Es Ignacio un poeta novedosamente clásico y claudiamente celebrativo. Un autor que pretende asomarse sin hacer ruido al tráfago de la tinta y los escaparates. Ignacio Sánchez pisa la luz que espera con la misma levedad humilde que tiene su sonrisa. Tal vez crea que la poesía debe servir primero a uno mismo y después, si es posible. a los demás. Y puede que no esté equivocado.    

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El aire se vacía de memoria
y todos los espejos
se apagan en la tarde.

Hay nombres que enmudecen
como un brocal sin agua,
y días ya caídos
que el viento ha dispersado.

Vivir es ordenar lo que ya no tenemos.

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Ya solamente queda
la turbia luz del aire tras la lluvia.

El día tiene ahora este color
enfermo de periódico
mojado y ya inservible.

Déjame algún recuerdo
con que vestir tu ausencia