viernes, 4 de septiembre de 2015

Estampas con el poeta callado.

   Ha muerto Carlos Sahagún. He leído y agradecido la nota necrológica y apresurada de Prieto de Paula. Conocí a Carlos, presentado por José Luis Morales, en una de las tertulias poéticas de Montesinos, una tarde de enero de 2005. Para sorpresa de todos estuvimos, cara a cara, hablando casi hora y media sin parar. De poesía, de política. De ambas frustraciones. Recuerdo que entonces me previno sobre la insaciable voracidad catalana en su relación con el estado y de la ingenuidad de Zapatero –aquella frase, aquella frase- origen de tanta ciénaga. En las siguientes ocasiones, la figura de Eladio Cabañero ocupó nuestras palabras: conservaba como un tesoro grabaciones de Eladio leyendo poemas, me ofreció compartir dos: la de Los trenes y la de Antes, cuando la infancia, que siempre me impresionaron. En otra ocasión me dijo que repudiaba todo lo escrito y que lo borraría si pudiera. No me explicó las razones. La penúltima vez me hizo llorar escuchándole recitar en Majadahonda el legendario Biotz-Begietan de Blas de Otero. Me amonestó en la última por haber comprado Como si hubiera muerto un niño en la edición que Antonio Lucas epilogó para Bartleby. No nos volvimos a ver. 

   Murió en el mismo silencio de los últimos 35 años. Fue un niño (1938) vencido de la posguerra. Siempre se sintió sobreviviente. Prieto de Paula finalizaba su nota recordando estos versos desengañados: “los navíos no zarparán / las islas remotas no existen.” Un niño que puso demasiadas esperanzas en la transición, en la sociedad española. Tal vez eso explique demasiadas cosas.  Poeta nunca olvidado, amigos comunes me dicen que, aunque no demasiado, siguió escribiendo. Y que si no tomó la decisión de destruirlos, puede que existan inéditos para añadir a sus cuatro títulos publicados: Profecías del agua, Como si hubiera muerto un niño, Estar contigo, Primer y último oficio.

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Un poema

Este de Como si hubiera muerto un niño

Cosas inolvidables

Pero ante todo piensa en esta patria,
en estos hijos que serán un día
nuestros: el niño labrador, el niño
estudiante, los niños ciegos. Dime
qué será de ellos cuando crezcan, cuando
sean altos como yo y desamparados.
Por mí, por nuestro amor de cada día,
nunca olvides, te pido que no olvides.
Los dos nacimos con la guerra. Piensa
lo mal que estuvo aquella guerra para
los pobres. Nuestro amor pudo haber sido
bombardeado, pero no lo fue.
Nuestros padres pudieron haber muerto
y no murieron. ¡Alegría! Todo
se olvida. Es el amor. Pero no. Existen
cosas inolvidables: esos ojos
tuyos, aquella guerra triste, el tiempo
en que vendrán los pájaros, los niños.
Sucederá en España, en esta mala
tierra que tanto amé, que tanto quiero
que ames tú hasta llegar a odiarla. Te amo,
quisiera no acordarme de la patria,
dejar a un lado todo aquello. Pero
no podemos insolidariamente
vivir sin más, amarnos, donde un día
murieron tantos justos, tantos pobres.
Aun a pesar de nuestro amor, recuerda.

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Un retrato

Este de Antonio Hernández en 1978

   Tras mucho conversar con su poesía sólo dos veces he podido hablar personalmente con Carlos Sahagún. Puede decirse, sin embargo, que, a pesar de ese contacto fugaz, tampoco hablé con él. Callaba, como diría Vicente Aleixandre de Gerardo Diego, mientras hablaban sus nubes. Nubes renegridas, borrascosas, por la sombra de sus espesas cejas negras, en sus ojos llenos del temblor que da la tristeza de saber la injusticia gravitando sobre el mundo, cerniéndose sobre él como un aguda acuaciante, criminal y esquiva a su ejecución necesaria. Carlos Sahagún callaba como si aún llevara luto por el niño luminoso que se le murió en Almería entre la ruina de la guerra y la libertad tronchada, aquella tarde del Paseo del Prado o, después, cuando en la ruta de los mesones madrileños sólo abrió la boca para discutir acaloradamente con un alemán neonazi. Y era, como si en su silencio se hubiera concentrado el de la España que lo vio crecer, y se mostrara como un signo, como una señal de dolor, de impotencia y de pureza que nada más pudieran cobrar sus destinos accionados en el poema.
Cercano, pero borroso, lo veo en aquel momento de sus palabras empeñadas en quien apenas podía comprenderlo y deduzco que, quizás, sea ese su sino personal, a pesar de su conducta plenamente solidaria.
Hosco y como asediado, Carlos Sahagún era -es- el retrato puro de su patria acosada y proletaria.

2 comentarios:

JOSÉ LUIS MORANTE dijo...

Querido amigo, conocí a Carlos Sahagún en el café Gijón, y allí compartí algunas tertulias con el poeta y con otros escritores como Amparo Amorós. Tenía un escepticismo manifiesto por el ambiente literario. Le preocupaba más el barullo de El Rastro y su quincallería que la jerarquía poética. Y desde ese escepticismo fue trazando su propio olvido, aunque su generación, esa mágica generación del 50, sigue siendo el mejor referente para la poesía contemporánea. Un gran abrazo.

fcaro dijo...

Así es, buen amigo José Luis, ese escepticismo militante, linde con el pesimismo antropológico, es lo que yo detecté en mis escasos encuentros. Dueño de un verso sin concesiones, el desencanto le afectó también no tanto al hacer poético como al aspecto público de la poesía. Al poetiqueo, que se llama. Y lo que es peor para todos, a la edición. Para la historia queda estar junto a Blas, Claudio, Ángel, Jaime y cia. Con Eladio le mantenía una relación de hermandad, también que ambos dejaron de escribir alrededor de cumplir los 40 años.
Un fuerte abrazo.