sábado, 27 de junio de 2026

Un poema de 2026. Atlántida

 












Atlántida

 

Dijo Luis (Feria) que la infancia

era un lugar sin sombra

y días rojos

donde la urdimbre de la tierra hervía

 

Luis que anduvo en la vaina

de ser solo y poeta,

era lágrima oscura, oscura lágrima,

Luis soñaba la infancia

como celebración, como lo puro impuro

 

¿estaba

acaso en lo incierto? ¿en lo cierto?

 

la infancia es la luz niña, Luis,

la infancia es un vacío inagotable,

no saber que nacimos

ni moriremos,

el único presente al que creer,

lo que nos queda.

 

sábado, 30 de mayo de 2026

 SALTADOR DE PAESTUM

Por César R. de Sepúlveda 



No para ser admirada en un museo:
para la oscuridad
de una tumba
fue pintada esta escena.

Frente al cielo de yeso mortecino
nos compete soñar con el azul,
la hora de esplendor mediterráneo,
la vibración solar, el aire cálido.

No importa todo esto: es la gracia del cuerpo,
la tensión de los músculos,
la aceptación consciente y decidida,
ese signo que traza
en el aire,
lo que en verdad enciende nuestros ojos.

Sin entender —¿qué es entender, en arte?—,
sin poder afirmar si ha querido el artista
cantar la plenitud
de la vida,
o encomiar la serena aceptación
de quien,
desprendido de todo, baja inerme
hacia el mar encrespado,
la imagen nos concierne e interpela.

Sin saber explicar —¿para qué? ¡No hace falta!—
sabemos que, tan lejos
de aquel instante nítido y glorioso,
también nosotros, a
nuestra propia caída
podemos infundir cierta belleza,
dignidad y propósito.

miércoles, 1 de abril de 2026

Un poema de César R. de Sepúlveda


 (Viene el asunto de una lectura poética que Carmen Palomo Pinel realizó en la BP de Madrid "Vargas Llosa" el 26 de marzo (2026) y a la cual asistió el poeta César Rodríguez de Sepúlveda. De la impresión que en él causó la poesía de Carmen nació este poema que publicó en face. Yo lo traigo aquí porque fui testigo compañero en aquel acto y me parece que describe justamente lo que yo también sentí).



Para Carmen Palomo Pinel

 

𝑇𝑜𝑟𝑟𝑒𝑠, 𝑝𝑜𝑛𝑒𝑑 𝑎𝑙 𝑝𝑎𝑏𝑒𝑙𝑙𝑜́𝑛 𝑠𝑜𝑛𝑟𝑖𝑠𝑎

Rubén Darío

 

Con todo y la que está

                                             cayendo

en este mundo que boquea y muere;

con todo y el desplome de los precios

de la carne de niño en los mercados;

con el odio creciendo como un cáncer

en los telediarios;

con todo y con la vida

hecha una pura llaga insoportable,

qué suerte que alguien diga ahí está,

venid a ver conmigo,

dejaos traspasar, brote la luz

de la herida.

 

El ciervo vulnerado

por el otero asoma,

por ejemplo, esta tarde

de marzo

escuchando una voz también sonrisa.

 

No cura

—¿quién podría

sanarnos?—, pero deja

                                               entrever

que hay algo de esperanza

entre tanta ceniza.

 

Que la fragilidad es resistencia.

Que existe, oh maravilla,

con todo y la que está

cayendo, la promesa,

el corazón en llamas, el milagro.

 

Eso que algunos llaman poesía.

 

                                  26 / 03 / 26. En la Sala de Cristal.

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

El asedio. Un poema 2026











 

 

Todo poema acontece en sí mismo,
es en sí, para sí: acto que tiende
hacia la perfección,
edificio al encuentro con su felicidad
 
todo poema acontece en sí mismo,
es un útero,
es una ciudadela,
un cerrado fortín que desafía
 
¿y a nosotros —lo externo—,
qué nos es dado hacer?
 
¿asediar el poema?, ¿conseguir asaltarlo?
¿lograr el egoísmo de que entonces habite
en él nuestra emoción?
 

viernes, 2 de enero de 2026

Un poema: Latus en Melórica

 













por accidente hemos
arribado a la isla en donde
nos dijeron que vive Marco Polo,
no el viajero futuro, sino aquel
—botánico y poeta—
que urde con las palabras
altas transformaciones
 
no nos fue
posible hallarlo,
con afán le tuvimos en pregunta
y solo algunos
supieron en Melórica
darnos nueva:
que buscaba ser árbol,
tal su deseo;
que duda con tesón
de las realidades,
que no es habitual del ágora
 
después, alguien dijo que Circe
lo tenía alojado entre los invisibles.

viernes, 19 de diciembre de 2025

LATUS en Cnosos

 











En Cnosos conocí
la casa y un poeta al que nacían
árboles en los pasillos, y en las habitaciones
escondía gorriones y leopardos
a los que sustentaba con alpiste y sonetos


observé, sorprendido,
cómo hacían madeja, cómo enredos,
en sus pies las palabras rogando ser escritas
sobre su piel sin luego,
o empeñadas
en olvidar pasados,
en buscar aventura en su garganta
 
tenía la voz piedra, bien recuerdo,
no me dijo su nombre, pero aún hoy
lo reconocería.

jueves, 11 de diciembre de 2025

De las palabras, del poema, del poeta (II)

 


13

Saber escribir un poema jamás debe impulsarnos a hacerlo, solo la necesidad de escribirlo.

14

Lo que nace de lo oscuro y va hacia lo oscuro, ese tránsito iluminado. ¿O iluminador?

15

Es el desprecio escrito hacia lo obvio, hacia la mediocridad.

16

Ser poeta es estar siempre esperando.

17

El verso es un andamio que solo la música puede sostener.

18

Tan solo en la tiniebla, o en el silencio, o en lo subterráneo, encuentra el yo algo de libertad.

19

Toda palabra vive en el temor consciente de que alguien descubra su impostura, su fracaso.

20

Sustituir la luz por el enigma, trocar las cosas por su temblor, hacer de la materia alquimia, mudar la música en duradero instante.

21

Tanto dentro como fuera del bosque, tan solo el pájaro conoce los caminos del poema.

22

Como el tiempo, el verso es a la vez látigo y tedio.

23

No el fuego sino la poesía robaron, robamos, a los dioses.

24

Amontonar las piedras, lentamente alzar el muro, el mundo: ver crecer sobre la finitud la llama.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Poema: Este sol de diciembre

 

 

 

A este sol de diciembre

no le importan las grietas

verticales que llagan la pared

ni su cal diluida, 

año tras otro

la ha visto envejecer.

 

Conoce desde entonces

la piedad deste muro 

que levantó mi padre,

que fue refugio de ambos,

de sus conversaciones


desde entonces

regresa cada invierno,

y lo calienta aún esperando su espalda.

 

Que ya es la mía.


sábado, 15 de noviembre de 2025

De las palabras, del poema, del poeta

 



La poesía nos permite anudar las palabras a la luz; y en su misericordia, a veces desatarlas.

 *

El buen poeta debe lealtad al poema, y el buen poema viceversa.

 *

Poesía: el gozo de vivir que precede al silencio.

 *

Claro que un poema no es sino un artefacto con cuyas hebras pretendemos atrapar primero, para luego con sus rejas custodiar, al unicornio que algunos llaman poesía.

 *

Qué piedad o qué ambición precedieron a la creación de una palabra. Ese abismo futuro. El poeta debe sospecharlo, merodear.

 *

6 

A veces el poema nace en el poeta, a veces el poeta nace del poema. Hay entre ellos corriente ¿conciencia? alterna. No es posible distinguir los polos. Su meta, la procedencia.

 *

Las palabras en el poema: deben decir sin atender a los significados previos, establecidos.

 *

Poeta es el que sabe que de nada somos dueños, que todo le posee… y sin embargo mira, calla, canta.

 *

El poema tomó su forma cuando el crujido de la rama que se desgajó del árbol, y que alguien, luego, recuerda tras mucho tiempo de haberlo olvidado.

 *

10 

Restituir a las palabras del poema su sentido elemental es condenarlo al extravío.

 *

11 

Sabemos que un poema es verdadero cuando las palabras encuentran en él tanta libertad como amparo.

 *

12 

El poema es un vaso, pero la poesía es un líquido sin límite, caudal e inaprensible.


Ilustración: Alfredo J. Ramos 


martes, 21 de octubre de 2025

Un poema: Testimonio



Esa
palabra que es un hilo de algodón,
un hilván,
un hilván del taller de mi padre,
esa que es
una luz que soporta
solo lo leve,
y ama lo escondido,
y apenas si resiste la embestida  

esa que 
fácil quiebra y se desdice,
esa palabra, 
esa niebla que escucha
y es arcilla en el aire
o cristal de una llama
 
es la que no
me acude para ser escrita  

llevo meses que vivo
tan solo la pereza, la pobreza,
de lo tangible, de lo visible.
 


domingo, 12 de octubre de 2025

CALENDARIO con Teo Serna

 








 

Un olivar.
Pasa enero y pregunta,
las hojas callan.
*
Frío y febrero.
En la altiva leñera
fuego que duerme.
*
Sabe la tierra
el martirio del agua,
la lluvia en marzo.
 
 








 

Trigo en abril.
Envidia el sol que pasa
su prieto verde.
*
Mayo de teas.
Tener la voz tallada,
ser como el cardo.

*

Temen la calle
los ruidos de la casa                
que guarda junio.

            


 

Pasos en julio,
bordean el camino
maltrechos olmos.     
*
Habla a los pétalos
la luz enfurecida.
Doce de agosto.
*
Septiembre olvida
sobre el campo la muerte.
Amarillea.
 
 

 

Hilos de octubre,
sol que enreda mis manos,
en donde tejen.
*
Tiene el ciprés
una rama dañada,
noviembre gime.
*
Junto a lo oscuro
busca diciembre un lecho
tras las montañas.


Ilustraciones: TEO SERNA 

 
 

martes, 2 de septiembre de 2025

EL PAISAJE Y LOS TRENES: Eladio Cabañeo

 

        Bien conocido es que hombre y paisaje son dos realidades que confluyen, que tienden al vértice. Bien los saben los poetas que han nacido o habitan con amplitud el territorio Mancha, extensiones sobre las que ahora nos detenemos y ocupan. Es esta tierra de llanos cardinales, de anchos en donde el cielo completa su desnuda semiesfera, donde la luz no halla obstáculos y el hombre se resuelve en punto, en minúsculo centro. Un centro tan endeble en dimensiones como poderoso en su vertebración, centro en donde la conciencia del tiempo y el espacio logran junto lugar en donde residir. Digamos pronto que hasta el segundo tercio del siglo XX esta Mancha ciudadrealeña, desde donde escribo, no tuvo poeta cierto, y cuando lo tuvo —hablo de Juan Alcaide— hizo patente que nacía desde la antedicha necesidad recíproca del hombre y el paisaje. Aunque tal vez más como cantor de un paisaje idealizado que como elemento del mismo, tal vez más como mediador que como sujeto íntimo, pero con él quedó el conflicto levantado. La Mancha es un paisaje geográfico que necesita para su verdad hacerse carne tanto como papel escrito. Fue en esta llanura que une cuatro provincias, en este secarral en donde el agua debe elegir entre desaparecer camino de los vientres hondos o quedarse a crear el sosegado sollozo de sus lagunas, donde Cervantes vio y sintió la más alta excitación de la cordura. La más universal. De ahí que el mexicano Carlos Fuentes propusiera en Cartagena de Indias llamar Territorio Mancha al conjunto de los hablantes del castellano, a los hijos de Cervantes. El mayor país del mundo.

Tras el valdepeñero Juan Alcaide (1907-1951) vinieron otros poetas que del paisaje y sus modos crearon los horizontes hacia donde dirigir y organizar sus miradas, a más de saberlos tema para la preocupación indagatoria, dimensiones sobre las que preguntarse; en la advertencia que algunos de ellos fueron y han ido más allá: lo encontraron y lo encuentran en su latir, porque tanto lo han hecho íntimo que lo saben y sienten entraña, elemento constitutivo e irreductible. Sospecharon con acierto que paisaje y hombre no son sustancias distintas, aunque a veces se contrapongan o parezcan adversarias. Así, por citar solo a los contemporáneos, digo de Miguel Galanes y su Añil en donde se convierte en Guadiana descorazonado; de José Luis Morales que amalgama emociones, infancia y río Jabalón; de Pedro A. González Moreno cuando dicta y obliga que un hombre es su paisaje; de Teo Serna, incapaz de abandonarlo incluso físicamente o del Federico Gallego Ripoll que deja escrito: «Alguien parte al exilio // Y no sé si soy yo / el hombre que se va / o el país que se queda».

Pocas geografías como la manchega para la tensión espiritual, pocas cuya esencialidad resida en la pureza de los elementos lineales que la configuran. Aquí todo se fía tanto a la poderosa ausencia de verticales como a la exactitud serena de la horizontalidad, sus dos invisibles coordenadas: la del vacío, la de la latitud. Apenas alguna mota que se eleva, un cauce que se insinúa o la ondulación de un surco guardan el desvelo y la extrañeza de las curvas. Paisaje en donde la estatura la marca el individuo y la escasez del árbol. Llanos para larguísimos caminos, donde pasos y ruedas se obligan a lentos diálogos con las lejanías, a medirse en ellas. Tierras en liego que los años finales del XIX y las manos labradoras poblaron de viñas y cuevas excavadas. Suelos calizos, permeables, siempre dispuestos al sudor de los pozos y las frentes, al amor de los penosos trabajos y los arracimados frutos. Espartales que son hambre de agua. Territorios todos a los que Natividad Cepeda, poeta de y en Tomelloso, ha entregado su voz y su afán. Campos de donde Benjamín Palencia extrajo la cantora solidez de sus colores y Gregorio Prieto la línea, el gozo y la voluptuosidad. Lugares en los que vivió su niñez y desamparo Eladio Cabañero, a quien deseo llegar.

Tenía Eladio sus manos grandes, dicen. No llegué a conocer su persona. Tomellosero desde 1930, de niñez huérfana a causa de los fusilamientos y ayudador agrícola en sus infantiles años, tuvo una juventud obrera de andamios y albañiles. Dicen que llevaba el palustre y la llana de su esportillo en armónica revuelta con los libros de Machado. «Ya ves —cuentan que decía por entonces su madre—, con la ruina que tenemos en casa y a mi Eladio le ha dado por la poesía». Yo digo ahora que es el poeta que salvó a su tierra, a su anchurosa tierra, de un anciano abandono lírico y espiritual. Y lo digo porque él fue tierra y lenguaje al mismo tiempo, argamasa. Su verso jamás es descripción intencionada del paisaje sino desvelo, emoción, cuna y fraternidad con él. Dicen que durante su estancia madrileña (a donde le llevaron los amigos) nunca abandonó lo sentencioso, la nostalgia socarrona y el orgullo de la luz y del esfuerzo de sus paisanos. Es sabido que al mundo lo hizo Dios, pero a Tomelloso lo hicieron sus primeros pobladores, aquellos que a: «unas tierras sin fondo, plagadas de hitas y pedregales… convirtieron en menos de un siglo en un verdadero mar de hileras de viñas o de surcos de sembradío», escribió.

Fue poeta del sol y sus oestes, de palabra rotunda y conmovida, hombre terco y humilde, hecho al fluir del tiempo con retales de sí mismo, acarreados siempre desde la verdad de los recuerdos, de lo leído, de lo sentido. Traigo aquí las impresas primeras palabras de su libro inicial, Desde el sol y la anchura: «Con norte y sur, con este y con oeste / estoy aquí varado en mi llanura», huella de donde nunca se movió —ni aún estando en Madrid— porque él era la llanura cardinal, la tierra que sus enormes manos había acariciado y cribado.

Dijo de él su amigo Manuel Alcántara que tuvo una infancia terrible y un final en descuido, pero que en su mitad hubo momentos felices y que sus amigos le quisieron mucho y cuando le hizo falta lo protegieron. No escribió demasiado ni publicó en exceso. Al título citado siguieron Una señal de amor, Recordatorio y Marisa Sabia y otros poemas. Cuatro libros en total y algunos que otros poemas sueltos, como el impresionante «Autorretrato en segunda persona» escrito en 1970 y que puso fin declarado a su escritura. Se negó a seguir en ella a los cuarenta años. «Nadie me dijo — respondía a quienes le preguntaban— que escribiera, nadie que dejara de hacerlo».

Nada de la poesía ni de los poetas de La Mancha sería igual tras él. Hasta el viento lo recuerda. Yo le tuve bien leído antes de escribir mi primer verso. Decía Eladio que la poesía era para él “un rostro general y emocionante”. En consecuencia escribía. Al hilo de ello quiero traer aquí uno de los poemas en donde lo veo —y le veo— con más claridad. Habla el poema de un niño, biografía de nueve años, trabajador del campo, a cuyos ojos de desamparo y frío acuden mundos novedosos, trenes de esperanza. Ese contraste permanente que, como en este caso, sufre el hombre entre lo vivido y lo soñado puede ser y es germen intenso de poesía, sobre todo cuando la tierra es fértil y conoce la escarcha su lenguaje. Hablo del poema «Los trenes» que forma parte de Recordatorio y del que con Carlos Sahagún hablamos en ocasiones hasta recitárnoslo mutuamente.

 

LOS TRENES
 
 Aquel invierno estuve sarmentando
 la viña de mi abuelo, Eladio López,
 el que volvía del campo sin camisa
 y sin blusa por dar a los mendigos,
 pues él creía que el hombre bien merece
 ser hermano de todos, no otra cosa.
 ¿Qué más iba a decir?; aquel invierno
 estuve sarmentando aquella viña
 que era pequeña, y más de los ajenos,
 viendo brillar la escarcha de diciembre
 que era fría y hermosa y, tío Candelas,
 el podador, hermano de mi madre,
 con sus ojos de campo me observaba
 mirando el horizonte allá perdido
 por detrás de los pájaros volantes.
 Tenía yo nueve años. Trabajaba
 sin muchas fuerzas. Yo pensaba entonces
 en cosas como estas que ahora escribo:
 en lo estrecho de pecho que es el hombre
 en los tiempos de guerra y de venganza,
 cuando la gente aguanta las pezuñas
 con odio, acobardada, sin defensa;
 todo esto es verdad que lo pensaba
 mientras los trenes de Madrid-Valencia
 pitaban y yo ataba mis gavillas,
 helado y mal vestido, ya hace años…
 A pesar que el recuerdo llega turbio
 como un documental retrospectivo
 con las caras borrosas, todavía
 veo que me miraba tío Candelas
 atentamente, sí, que me ayudaba
 a valerme otras veces o citábame
 palabras de la Biblia entre aquel frío
del 40 y su hambre o que rimaba
 su coplilla octosílaba manchega:
 
 «Sobrino Eladio, te digo
 que no te entretengas tanto
 en mirar por Riozáncara
 los trenes que van pasando».
 
 Era que a dos kilómetros pasaban
 muchos desconocidos en los trenes,
 era que el mundo estaba en otra parte
 y nadie ve la vida ni se entera
 de casi nada, y era que las gentes
 mal se conocen entre sí ni se aman
 lejos unos de otros. Yo veía
 el tren muy negro y largo en la llanura,
 silbante, con su humo y sus bolliscas,
 pasar hacia otro mundo de esperanza,
 no de engaño y de luto, pues los pobres
 dan en creer en la milagrería,
 en que unas gentes vendrán a salvarles
 en un tren como aquellos que pasaban;
 dan en creer los pobres esas cosas
 cuando son niños, siempre trabajando
 y sin salir del pueblo para nada.
 

Y es que, como bien señala el poeta, por aquel anchurón de tierra parda y oscura, tomellosera, por aquellos cuerpos doblados sobre las gavillas —única posibilidad de vida y de calor— pasaba, lenta en sus gestos, humeante y sonora, la noticia de otros mundos posibles, aunque ajenos. La imagen de aquel niño mal vestido, juguete del paisaje, capaz de alzar los ojos y soñar, aquel niño que desde que terminase la guerra había vivido para el sudor, para ser tierra raíz, nunca se ha borrado de mi memoria poética y vital. Tal vez por eso, cuando apenas sospeché que ya sabía pergeñar los caminos del verso en el papel, me atreví a responder al poeta con algunas palabras que me hablasen. Así nació el poema «Antes de Eladio (Después de leer Los trenes)», levantado con tantas razones de deuda y paráfrasis como de ingenuidad, que no figura hasta hoy en ninguno de mis libros editados, y que dice:

 

ANTES DE ELADIO
(Después de leer «Los trenes»)
 
Antes de Eladio
antes de que su voz
descendiera y poblase, hubo un tiempo,
un invierno en que estuve atravesando
con mi tío los campos de La Mancha.
 
Bajábamos en tren hacia Valencia,
y era el caso que amaba yo esa tierra
que entonces nadie amaba
y a los trigos oscuros
que guardan su calor. Eran
paisaje frío y viñas, gentes
que apenas destacaban de las cepas,
los míseros gañanes en camisa,
libres bajo la luz, que ensarmentaban
esqueletos y brotes,
rencor de guerra.
 
Cruzábamos en tren aquel invierno,
y eran las tierras anchas, ateridas,
pasiva indiferencia. Eran campos
de mujeres en pie que con pañuelos
ocultaban su pelo y la abundancia
de los vientres henchidos; duras vidas,
viento largo de sueños.
Por olvido humillados, seca brasa
los varones, repartidos y serios
por los ajenos trozos,
con gleba y alfabetos calizos en los labios
aunque a veces cantasen
intenciones y coplas.
 
Yo veía las sombras
ciertas, que atrás dejábamos;
tal vez fueran de gentes que habitaran
quieta, serenamente,
las casas que antes fueron de sus padres,
que con afán colmaran las galeras,
que en sus patios
bajo aleros dejasen vivir las golondrinas,
que rezaran felices
cuando al mediar el sol
pusieran pan
en la mesa desnuda y agua clara.
Y es que yo era tan solo doce edades
y algo propenso a la milagrería
del tiempo, a creer que no era tierra
que debiera morir, ni sus canciones,
que no era mundo
para estar sin poetas.
 
Era, que antes de Eladio
la gente reducía su esperanza,
que negros y largos,
en los años de invierno,
los trenes iban lentos por La Mancha
a la espera, quizás, que algún muchacho,
cetrino, sin un padre,
en el trigo perdido o en las viñas
levantase los ojos y mirara.
 

Y tal vez y porque en ese mundo de redondos litorales, en esa tierra de donde el cardo y el pájaro hablan del paraíso y los infiernos, en este lugar donde la luz comienza y termina, en ese paisaje literario y vital que es La Mancha, en esa agrimensura de diástoles y vacíos, suena —a mí me sueña todavía— la voz, la cirujana delicadeza de la voz de Eladio, su poeta. Valga


 

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