jueves, 18 de marzo de 2021

Poetas en de Madrid / 3 / Alfredo Piquer





   Tiene dadas muestras repetidas el poeta Alfredo Piquer de su gusto por el mundo clásico. Buen conocedor de los mitos y afanes grecolatinos, sus primeros libros acunaban historias y paisajes en los ambientes homéricos, en sus restos, sus mares y sus prolongaciones. Por eso, cuando en enero del 20 durante su lectura en el Hogar de Ávila escuché los poemas que ofreció, noté un cambio de mirada, un temblor diferente y una nueva emoción. Un año después, aquel atrevimiento se ha concretado en papel. Lo ha editado Huerga y Fierro y responde al acertado título de Elegía. Lo tengo entre mis manos. Y es un libro amplio, donde no se ha olvidado la herencia. Olvidar a Ulises sería un desarraigo. Tampoco el libro deja a un lado las numerosas lecturas –predilectos los románticos alemanes e ingleses– que le acostumbran y enriquecen. Guarda el autor, además y sobre todo, una parte del tercer capítulo para recordar a los amigos idos: Alejandro y Fermín entre los comunes. El libro, el mismo autor lo previene en la nota inicial, no traiciona su origen poético, pero sí viene a añadir una nueva provocación, la de la memoria. La de la memoria familiar: padre, madre, casa pairal, infancia, fotografías, playa donde las ilusiones. Y esa es la parte que me interesa, esa la que justifica el título, esa la que escuché aquel enero, la que me emocionó entonces y me hizo ir a buscar el libro ahora, la que ofrecen las últimas páginas, la que mantiene su decisión de amor y homenaje intacta. Dos decenas de poemas en donde Alfredo Piquer derrama su persona, su intimidad de hijo, sus niñas imágenes y sepias, su descubrimiento actual de que amaba más de lo que entonces suponía. Son poemas de rigor, como acostumbra, pero en donde los adjetivos no buscan, como en otras ocasiones, vestir o florecer, ser accidente, sino que anhelan y exigen el papel de sustantivos, porque al recuerdo no importan tanto las cosas, los lugares, como los colores, los olores, los amores que son capaces de trasmitirnos. Es lo intangible, lo adjetivo del tiempo, su decir curvado, el que hace nacer el poema: Después de que una casa se derrumba/ se hace un hondo silencio, dice. Y es justo en ese instante de la nada cuando se abre ante el poeta el mundo irremediable de lo que fue, y que le habita, yo diría que frutalmente, hasta hacerle vomitar estos poemas finales que son verdad a la vez que estilo. Necesidad y testimonio escrito a veces en primera persona y en otras en un potente tú autorreferencial. Y siempre pálpito sostenido de conciencia.

El libro ha sido editado por Huerga y Fierro en la colección Graffiti, lo que le añade y tiñe del ambiente preciso. Y de elegancia. Poesía tierna y recia a un tiempo. Dolor y abrazo sin fisura. Lugar donde la ruina de lo pasado puede ser también refugio de lo futuro. Consuelo y fortaleza.


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Tenías tres o cuatro años a lo sumo
en la fotografía ante el estanque
de la Plaza de Oriente sin que nada supieras
aún de reyes barrocos montados a caballo
si no eran de juguete. Cada una de las niñas
un muñeco y el niño, una escopeta
pequeña de madera. Tan pequeño y con esa
expresión desamparada, con esa expresión triste.
Y hoy que ya te sé y puedo confirmarte
a ti como yo mismo, veo palpable
en tu gesto de niño desvalido
con claridad pintada tu vida en el futuro.
 
Qué te frustró tan pronto? Qué decepción,
qué injusto agravio puede caber a un niño
tan pequeño? Como si desde entonces
supieras ya que estabas condenado
a confundir el frío mortal de la belleza
con la promesa estéril del amor.
La vida un espejismo y quizás lo sabías;
tenías tres o cuatro como mucho
y tú ya lo sabías. Y transcurridos ahora
más de sesenta, cuando se ve la vida
desde el lado opuesto, aún te cabe
la misma expresión triste. Otros juguetes hubo,
fueron otros los reyes montados a caballo
y el desamor acaso vestido de belleza
confirmó tu inconsciente pronóstico
de niño. O tu apariencia triste se debía
a otra cosa trivial, propia de un niño
porque quizás era pronto para que tú supieras
que el tiempo ya no vuelve.
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Aquí te encuentro, padre.  
Tu voz en estos pájaros de blancura afilada,
tu memoria doliente
ya convertida en vuelo de gaviota
sobre esta larga playa como lanza de arena
donde vuelvo y regreso para buscar el alto
sentido de tu palabra plateada y blanca.
Aquí te siento como la sombra rauda
que sobrevuela mi vida en el silencio
perenne de la orilla;
aquí te rindo mi amor de hijo,
padre, cuando tú ya te has ido
y estos pájaros blancos son tu voz
que recoge en lo inmenso
incontables mis lágrimas.
 

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