lunes, 15 de junio de 2020

Carta pública a y dos poemas de Ezequías Blanco







Carta pública a Ezequías Blanco

Por Tierra de luz blanda


  
Querido Ezequías: Bien sabes que no es nuevo lo de conformar como núcleo de poemario una experiencia hospitalaria. Bien sea propia, bien cercana. Tan en juego está la vida. No nos importe su falta de novedad, no hay tema sin huella en poesía: llevamos mucho leído, aprendido y olvidado. Tú más que nadie. Lo que importa es lo sagaz, la intención al acercarse y cercar, los modos, la mirada elegida, la selección de experiencias, el pacto que el lenguaje pueda establecer con el cuerpo que sufre. Y los geranios. Te enfrentaste a un reto. Tuviste el coraje, bien lo recuerdo, de enviarnos tu rostro minutos antes de ser expuesto en el ara. No debe ser fácil intervenir a un poeta, no debe ser fácil soportar su consciente conciencia, ni sencillo conseguir que el intenso dolor no doblegue sus labios. Porque hay dolor que nace y crece en Tierra de luz blanda, ese difuso blanco de luz con que pretenden difuminarlo en los hospitales. Así has titulado este libro que una editorial de riesgo, como es Libros del Mississippi, no ha dudado en exigirte y publicar. Y porque crece el dolor, crece también en él, y en la voz del poeta, la profunda serenidad con que dejarlo dicho. Con que derramar en papel los miedos y las sospechas, lo ralo o lo denso de las esperanzas, los futuros ineludibles, la decidida no-compasión. Es tierra de Zamora, generosa y sufrida, esta en donde se levanta tu luz blanda, tu palabra, tu poesía. Porque tú, suelto prosista, has querido que fuesen los pies de los poemas quienes anduviesen el camino que se debía recorrer. El asunto era, iba, en serio. Y había que domarlo, sujetarlo. Lo supiste cuando la camilla recorría pasillos, serpenteaba esquinas. Lo supiste al ver en el techo las garras de las águilas esperando. Los sucesos son lineales. Y los recuerdas: quirófanos, ventanas vacías, las ciudades ásperas, los sentidos callados, los candiles queriendo alumbrar túneles. Tú solo con la herida a solas, la que ellos escribieron en tu espalda. También el tiempo de las esperas, de las sábanas, de la incomodidad de los que acuden a comer de tu ruina y los goteros ahuyentan. El alma –dices–  hecha metal incandescente. Lo que fuera aventura se convierte en tensión. Tus versos se hacen fuertes, se repliegan, aceptan encargarse de tu cuerpo como una vía más de las que buscan vena. Para eso, para reconstruirte, te buscó la poesía, la buscaste. Ambos necesitabais morada. Necesitabas, y así lo dices, que la seca herida besara el rojo corazón. Leerte es un pizárniko ejercicio de compañía, saber que es posible hacer tinta del mal, encontrar sabor en los bombones sucios, imaginar que la ficción nos espera vírgenes de rencor y de lamentaciones. Fuiste poeta seriamente enfermo, eres poeta. Esencia sin accidente. Poema en encarnación. Este Tierra de luz blanda, aparte del pañuelo pirata de su cubierta, está lleno de tatuajes. Cada poema es un trozo de piel escrito por un buril, mapa para las islas de los cien tesoros, un portulano de bancos y de parques, de caminos. Una convocatoria. Volviste a caminar mucho más fuerte que antes, tal vez porque eres heredero, no lo dudes, de un poderoso orgullo campesino.
Ah, la tierra, los huesos.

Por repetir el abrazo, te la envío.

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Volver a caminar


Todo lo que tiene una historia
y ha sufrido algún daño
se vuelve más hermoso
en algunas culturas orientales.

No ocultes tus defectos ni tus grietas.
Haz lo mismo que los campos
recónditos e inciertos.
Celébralos porque se han convertido
en la parte más fuerte que hay en ti.

Y así como en la cerámica rota
reparada con polvo de oro y sellada
con laca de oro y plata
el japonés aprecia más belleza
así considérate más bello por haber
estado roto y por haber sido reparado.

Eres mucho más fuerte que antes
y tu valor ha crecido
al regresar al corazón oscuro del tiempo
donde comenzó el ansia del hombre
y su deseo inmenso de camino.

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Balance

Por delante la tristeza y por detrás la niebla.
Y no hace falta ya que muera nadie.
Eso ha sido la vida en esta estancia:
trenes vacíos con estaciones sin destino.

Desde entonces conoces mejor la soledad
y ese pavor que tienes
a los días llenos de medicinas
ya cobra su sentido primigenio.

Esto sucede cuando un corazón
sin arrugas llora con ansia
por un dolor imponderable
(el dolor del planeta)
del que nadie sabe sus orígenes.

sábado, 13 de junio de 2020

Inédito de Rafael Soler

Vida y muerte en la frontera, ese paisaje que tanto atrae. Y que no está tan definido ni es tan definitivo como algunos suponen. Quien recuerde "No eres nadie..". o "Ácido almíbar", saben como lo camina Rafael Soler.


Notará en los comienzos
un desplome maxilar
frío en el costado

y el borboteo
que todo adiós provoca

vendrá luego
signada ya de calamar la frente
una apatía de su lengua

la otra cara del miedo
que dejará en la suya
un aire a dejá vu

un nos vemos a la vuelta
por si hay vuelta

para pedir perdón no se demore

toca ahora descender
los peldaños que conducen
a su nueva residencia

paradoja
del cabalmente consumido

para ser al fin indestructible
dicen

caldo inmortal
veremos.

Foto: Javier I. Sanchís

viernes, 12 de junio de 2020

Poema: Lo que sé de ellas



Para el poeta José Luis Morante, 
que celebra sus 30 años en la poesía 
con una antología  
Ahora que es tarde, 
en La Garúa.

      Las palabras son techo
                    José L. Morante



Amigo José Luis,
no conozco palabra que no abrigue,
mas tampoco ninguna
que no desnude, nos desnude,
a fin de que podamos reconocer el frío.

Sé que nacen de algún temblor fugaz,
y hay días que sospecho
la razón porque acuden a nosotros
para guardarse hondas,
a fin de que podamos reconocer la vida.

Y que después aguardan
el tranco de una voz para volver al aire,
para volver al mundo,                                           
a fin de que podamos
aventar nuestras ansias, nuestros miedos


miércoles, 10 de junio de 2020

Carta pública a y dos poemas de Luis Miguel Rabanal

Luis Miguel Rabanal
Foto: Diario de León






Carta pública a Luis Miguel Rabanal

Por Que llueva siempre


        Querido Luis Miguel, como en tantos, no nos hemos tratado personalmente. Tan sólo a través de estas ventanas maravillosas que tanto bien pueden hacer. Conocí de esta manera tu poesía, también por algunas lecturas públicas de algunos amigos comunes en Madrid. Sé de tu estado. Ahora nos llega este Que llueva siempre (Huerga&Fierro), en una colección de empuje, Rayo Azul, que vienes anunciando como cierre de tu producción édita. No sé si es un rapto emocional o una voluntad meditada. Pero sí, todo el libro, sobre todo en los principios y en los finales destila un sabor a hortensias en flor y en despedida. Es un texto sembrado de coraje, pero también de desaliento. Hubo y hay razones para escribir, no dudes eso nunca. Y las habrá. Dónde si no se hubieran alojado los labios y las blusas, la memoria de los montes, la desazón de la nieve; qué otro arroyo sino el papel para tus risas, para el sufrimiento. Llueves desde un lenguaje poderoso, sin velos, ni atajos. Viertes, desde las raíces, la oscuridad que esperas, que esperamos. No estás solo. Ni en el alcohol ni en las espumas. Sólo que en ti crecen con más ahínco los rincones de la infancia, las esquinas de una juventud que alguien detuvo. Por eso, en el centro del libro, entre las amenazas y los abismos que a mitades buscas y abandonas, hierven los poemas a los que más he vuelto. Esos que hablan de lo que fuiste y sigues siendo, de los prados y los riscos, de la noches y las chicas abrazadas, del porvenir, de los amigos, de la ilusión en alza, de cuanto te visita saltándose fronteras. Dices en un primer verso Deja que la noche te abrase la memoria. Ojalá y te leyeran todos los poetas de nuestra lengua, ojalá y aprendiéramos a decir lo que importa, ojalá y llegásemos como tú a la desembocadura en donde los poemas ya no pueden volver, mentir ni traicionarse. Escribes desde ese Olleir de hierro y mar donde resides. La dureza de un presente tan continuado no puede con los montes de blanco, aunque esta primavera tan extraña haga que los neveros comiencen su deshora. Quiero decirte desde Mientras la luz que es imposible no volver, no regresar a tus poemas, a tu libro –que las “nuevas amazonas” me trajeron–, a tu fiebre y tu dicha. A nuestra fiebre y dicha. El libro, con el que cierras la serie Postrimerías, hace del ayer un presente instantáneo, gozoso y dolorido, picaporte de una puerta que deja entrar en lo que fuimos y seremos. Tan sólo tiempo, no otra cosa. Lo no borrable mientras seamos hombres. Ni siquiera con aquellas MILAN, de mansedumbre al tacto, que poblaron nuestra escuela. Sólo tiempo. Tú y tu libro estáis allí, estáis aquí, en el preciso instante en el que el miedo y los deseos copulan, algo que no pueden ocultar las distorsiones pronominales –yo, tú, el– con que acostumbras. En algún lugar dices que haber vivido mucho es como soñar muchachas en las noches de junio. Es junio, y es la apetencia serena de los días nuevos. Solo decirte que tu Que llueva siempre es poesía tendida sobre el lenguaje, como sobre una cama deshecha que conoce los rastros del 
amor.

Recibe, Luis Miguel, el abrazo que desde aquí te envío

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En las eras de C

Mira las brumas que envuelve, como un ogro
la pradera sin críos, los frutales
cargados y afable tiempo por venir.
Mira este mundo y se confunde, la misma ropa
repasada, el mismo perro que se deja coger,
el mismo hermano que solloza amargamente
porque se hace, de súbito, de noche.
Mira las últimas casas y hay fuego en ellas,
o es un resplandor que engaña
y después se debilita como sucede
con todos los cariños, mira mira mira
también la soledad que tuvo.
Allá lejos se insinúan abrazos
y se descifra complejamente el sufrimiento,
un hombre con sangre manando de su cabeza
y muy abiertos los ojos.
Mira el invierno que pasa como pasan lobeznos,
con destreza aprendida, por esta calle solemne
y silenciosa de marzo.
Y apenas si ve nada, un niño amortajado
sin deberes, las eras que se agostan,
las ancianas de negro y la iglesia vacía,
o el cuerpo que fue suyo,
con piernas que corrían, sobre la nieve,
en Montecorral.
Muy poquitas cosas que reescribir con gozo.

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Y nunca volver

Bajo este cielo frío se le encoge el corazón
una última vez y es discurso apagado
el amor, a menos el cuerpo que llamaba al amor
por su cordura, y es celebrado ahora lo inevitable
del recuerdo, tantas blancas camisas de puños
devorados por algas
tantos labios arrancados de golpe
por el extranjero que vive hoy a su amparo.
Nada es preciso cuando el adiós es alguien
que solloza permanentemente en una silla
con ruedas prestada al destino,
su misma culpa de los mismos muchachos,
y nos espía la zozobra de abandonar
el monte de la Otrora, allí
donde fuimos niños sin quererlo
un verano o a lo sumo una vida.
Bajo este cielo helado el hombre se adelanta
a partir a ningún sitio, le exige al tiempo
más usura y recoge su puñado
de tierra en los frascos con óxido.
Todo ha sido dicho.
Todo contemplado con los ojos de la angustia
como el estafador que huyese, pero hacia atrás,
hacia su propio origen y su muerte descrita.
Sin ninguna piedad, es cierto.


viernes, 5 de junio de 2020

Un poema de Gabino-Alejandro Carriedo: Informando

          


           Dice Amador Palacios, su biógrafo en apócrifo: Lo cierto es que la poesía de Carriedo contiene hondura, profusión rítmica, elección de una sintaxis bien rotunda y de un léxico muy resonante; unos significantes dominados por un claro significado temático que es asumido cómodamente por el lector. Lo dijo con ocasión de la publicación de sus completas por la Fundación Jorge Guillén en 2006. Gabino-Alejandro Carriedo (1923-1981), tildado con justicia de postista –Ory, Chicharro, Crespo–, movimiento al que se entregó, es algo más que esa coyuntura. Oteó lo social y las vanguardias. Es un poeta de andadura, a no olvidar. Dueño de ciertos secretos del lenguaje como son el ritmo y el color, basó en ellos su acto creador. A más del elegante uso de la elipsis. Del que este poema nos advierte con finura. En Del mal, el menos (1952)


INFORMANDO

Por la mañana vino a parar este señor,
a preguntar por usted,
a llevarse su libro,
a llevarse las cosas que había encima de la mesa
donde puso la carta escrita anoche,
donde estaba el tintero,
la pluma estilográfica, el llavero,
y donde vagos recuerdos de amigo había
y la fotografía de una mujer
que dijo servían de prueba.

Ha venido por sus pasos al patio,
entró hasta en el comedor,
se detuvo mirando los tapices,
lo registraba todo
y después ha vuelto nuevamente al despacho
donde había montones de papeles,
montones de carpetas,
montones de notas sospechosas como de negocios
(nunca me advirtió usted nada).

Más tarde ha preguntado por su madre,
la pobrecita apenas tenerse puede en pie
y ni siquiera pudo hablar.

A mí me ha dicho que si era yo algo suyo,
que cuánto tiempo hacía de una cosa
y qué visitas recibió.

Después de concluido el atestado
se han llevado el cadáver de usted en la ambulancia.
Había demasiada gente en el portal.
Daba tristeza, puede creerlo.
Yo estoy roto de llorar y no sé qué hacer.

miércoles, 3 de junio de 2020

Carta pública a y dos poemas de Valentín Martín

Valentín Martín (Foto MA Yusta)



Carta Pública 
    a Valentín Martín

     Por El gen inviolable

         Al fin querido Val, visto los sucesivos aplazamientos del acto de presentación, nuestra común Lastura, procedió –a petición mía– a enviarme el libro a Piedrabuena en cuanto Correos comenzó a funcionar. Y me acompaña.

          Ese gen que parece no sufrir mutaciones es el tuyo. Indudablemente. Este gen no se deja avasallar, no admite sugerencias improcedentes, no cambia tu postura ante lo dado: es el tuyo. Defiende una de las corrientes de la crítica literaria, yo no soy crítico, que los libros no deben abordarse desde la biografía del autor, sino desde su ausencia. Ojalá pudiera, pero tengo la desgracia/fortuna de saberte, de conocer las sumas de la vida que has querido contarme. No es el caso ahora, ya hablamos un poco de eso en el prólogo de tu libro de crónicas “Vermut y leche de teta”, pero es que, en esta entrega, tu gen reaparece con fuerza después del pasado “Paliques de paloma” en que decidiste un espléndido ejercicio de estilo. Escribe Barbot en este prólogo que tú sigues siendo Santa Inés, estés donde estés. Y desde allí, el vuelo. Y desde allí, el águila que avizora, anota, entiende y cuenta. Tus delicias jupiterinas en el digital de Salamanca lo atestiguan ante notario.  Quiero decirte que he disfrutado con tus salmos, mejor antisalmos –también con el que tienes la delicadeza de dedicarme desde el título–, aunque especialmente con ese “Evangelio según los poetas” hay quien dice que el enfado de Dios proviene/ de cuando los hombres descubrieron los números, en el cual adviertes de los males que los acosan, para luego postular en su defensa. O con el que titulas “El ojo biónico”, verdadera muestra del decir sinuoso y fértil, anarquista y ángel, acrónico y provocador; ese que es la cima de tu decir poético. Y en todo el papel, la lujuria de vivir sobre los trigos carnales, sobre lo difuso de la actualidad, pistolero que eres contra las injusticias. Y en todo el papel de sus casi 100 páginas, la cuna y la memoria, los dones de la infancia, la jungla de la adolescencia, la mesa tablajera de la juventud con que la vida obsequia a un hijo de noviembre. Y el rincón de luz que habita la compañera que la lluvia te dio. Son poemas donde transitas tanto por la fe en el hombre erguido como por el descreimiento en las verdades reveladas. Formalmente, son el elixir, el frasco diminuto, enfrentado a sable al desparrame de tu prosa. Qué bien distingues al escribir, que alto concepto de la poesía tienes. Pero todo esto, siendo verdad, no es sino para darme tiempo, para hacer dedos a lo que quiero decir. El libro explota en la suite final, en esa “Elegía general de los nuestros” en donde te crece el maíz de la vida por los ojos cada vez que reseñas una muerte en Santa Inés. Te han pasado tan cerca las balas de la vida que has palpado en tu cuerpo las llagas de los cuerpos cercanos, cercados, cercenados de los tuyos, de los otros: de Julián, de Isidro, de Laura o Eloy…. no quiero seguir. Si la poesía tiene algo de duelo y algo de ternura en mix, algo de con-pasión, está en estas páginas que he deletreado, paladeado. Porque aquí estás tú de vigilia centinela prolongando la voz de alerta está. Tienen el aroma infinito de un canto intenso a algo que fue y que terminará cuando ellos terminen. Aquella aventura que los hizo hermanos en los años cincuenta y que el tiempo se encarga de difuminar. Si no fuera porque una voz poeta se empeña en el no. Rehumanización de la poesía dicen cuando hablan del post 27 los que estudian y hacen tesis: aquí está el hombre que tose, el que cuida vacas y riega, el que lucha cuerpo a cuerpo y muere, con Blas, con Vallejo, contigo, Valentín. 

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Compañera


Un año más la vida se desmocha
 y no se cumplen las advertencias
de la serpiente, por que aquella
calle del Desengaño era mentira
como tantas que acompañaron
el tragaluz de los púlpitos fofos.

Si tú escaseas
queda una cerita inmóvil
que no encenderá ya nadie.

Quemada por las balas
yo he visto tus heridas
la noche que murió la muerte
–doce días duró el sueño–
del primogénito aquel 89.
He vivido tu corazón obrero
tu pecho una torcaz almohada
para que descansara el hambre
de tantos que pedían pámpanos.

He sido testigo a la hora
de agotar tu tinaja de dulces
para girar el sueño de un niño
abolir zarzas, ortigas, ruinas
construir un castillo de lucernas
hacer de ese hogar una vigilia
para el respirar de un poeta
que fue tras de tus pasos un día
y ahora que murieron veranos
es feliz porque le dejaste estar
y estuvo donde tú quisiste.

Con la voz, con las manos
sin bajar tus banderas nunca
porque tu sangre nos se vende
así te he visto vivir tu vida
junto a la mía encendida de ti.
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X

Como un río al que le robaron los juncos
como un tronco partido por un hacha
como un mar que se quedó sin orillas
así se nos fue Isidro el de Francisco.

De pronto no bastaron para sostenerle
ese tornado de juramentos y palabras
y la disciplina devota de sus Isidrines
que han pasado de marinos a timones.

Y hay un nuevo adiós que masticar
entre tantos de los nuestros desterrados.

lunes, 1 de junio de 2020

Consejo de redacción de junio: El poema objetivista


Foto: McBarri





    Feliz fase epidémica esta que nos permite dejar la pantalla y vernos, aunque tapabocados, buenos días –dijo el jefe y en continuidad–, por contraste con el afán subjetivista, ya saben, la excesiva implicación del yo en el poema, y en respuesta a los que consideran génesis de los mismos las tormentas emotivas, me dicen que el poema objetivista trata de refugiarse: 
a) en una observación casi neutra de afectos,
b) en la contemplación incisiva de los actos y/o las cosas, 
c) en el cuido de una destilada descripción.
 Añadan, en paralelo a esos intentos, el uso mínimo, hasta procurar su desaparición, de recursos lingüísticos y retóricos habituales, de manera que la narración no se vea alterada, o lo sea en mínimos. Negación de los símbolos, negación de las metáforas. Incluso limitar el número de adjetivos al preciso para no dejar gris, sin ningún colorido, el discurso. Lo contemplado debe ser trasmitido en su pureza, sin que inoportunos calificativos lo desvirtúen. El poeta aparece fuera del poema. El poeta fotografía. La belleza está en su exterior y no puede ser alterada ni aprehendida, sólo mirada, sólo contada. Los ángulos, las luces, los encuadres, los fragmentos, los enfoques, la profundidad de campo, adquieren todo el protagonismo. El poema está fuera del poeta. Nace en él, pero inmediatamente busca el camino –y se convierte en camino– del objeto, de la acción. El hálito poético, sin el cual no hay poema, debe impregnar como aroma apenas insinuado, el cual se procura gracias a una tensión perceptible, pero nunca agobiante ni castradora, entre palabras y silencios. Añadamos para aquel que desee internarse –como lector, como escribidor, en este paraje– que debe renunciar a la lección moral, al final trascendente, al verso develador: las cosas, los hechos, sencillamente son­. Cierto es que a veces alguna moraleja acude, concedamos, pero lo hace a la manera de un vapor apenas perceptible.  
Habló el novato y preguntó: Parece hablar usted, Jefe, de haikus extendidos, de poemas horros de conciencia. ¿Y cómo sabemos que eso es poesía, porque acostumbrados a…? El Jefe y sus atrevimientos no se amilanan nunca, ellos lo saben. En estas circunstancias -responde raudo-, quien se adentra debe saber que la claridad del trazo, el ritmo en el decir, lo preciso de la observación, el juego del rigor y la caricia en el contar, la creación de un ambiente que recoja y ofrezca lo que pueda tener de celebración o hallazgo –o de contradicciones– y la ausencia de desaliño se convierten en elementos más precisos y atendibles que nunca. Es en ellos y en su armonía interna donde debe residir lo que el poema pueda tener de poesía.
Todo ello escuchaba y mascullaba escéptico, despacio, el redactor-colmillo, que mientras la perorata inmisericorde tecleaba impaciente el tablero de la mesa. Después espetó: Bueno, yo digo lo que el Gallo: tendrá que ser así. Ojalá y en el atrevimiento estos jóvenes no confundan lo sencillo y la simpleza. Qué sin emoción. Y no quiso decir más. Lea usted a Ortega –le recomendó el Jefe–, la pureza del arte no debe buscar su complacencia en nuestro pecho o vientre, eso es un truco, un subterfugio, una forma inferior del arte, un melodrama. No debemos esperar el viaje de fuera a adentro sino al contrario, que la búsqueda surja de nuestro interior y vaya hacia. 
La becaria sí tenía ganas, va en su instinto. Por lo que nos ha contado, Jefe, creo que el poema objetivista es algo más que prescindir del simbolismo o que la presencia de lo objetivo en poesía. Camino arriesgado, a mi entender, se trata de pasar del sujeto al objeto, y trasladar los criterios con que se aborda el fondo también a la forma. Es hacer objetivo el artefacto que llamamos poema, tanto en intenciones como en recorrido, despojándolo de su tentación de escaparate, de vector, de foco de atracción. Lo cual es dejarlo muy desnudo, desvalido casi, sin asideros. Es situarlo en el borde del no ser. Quiso precisar el Jefe: Alguien dijo que arropar el poema oculta la poesía. Viene de lejos, de JRJ y él lo tomó de otros. Si el poema disminuye su fulgor puede que no deslumbre, pero ilumine. 
La becaria, siempre a lo práctico: Yo conozco un poeta muy enamorado de este modo de hacer, al que se aplica con excelentes resultados. Y yo otro –irrumpió el Jefe, deseoso de no quedar atrás en nada, qué cruz–, hablaremos con los dos, si es que no son el mismo, no hay tantos. Se hizo un receso. Se hicieron gestiones. Jefe y becaria aportaron sus modelos. Que se añadan al acta ­–dijo–, que se valoren, que se cierre la sesión.

Modelo 1  /  Autor: José Luis M.

EL MANTERO

A veces pasan cosas que no importan a nadie,
pero tú las escribes.
Cosas como un olvido o como una farola
golpeada y a oscuras. Cosas sin más. Apenas
menudencias sin eco. Sucesos invisibles
para quien sólo atiende sus afanes.

Cosas como una mancha 
de sangre, fresca aún, en el asfalto
o como la sonrisa luminosa
del mantero angoleño que atravesó la calle
a la vez que el camión.

Cosas como un descuido
o una fatalidad. Pero tú las escribes.

No puedes hacer nada. Estás allí.
Lo ves. Lo apuntas. Sabes
que ningún transeúnte apresurado
va a tener malos sueños por unas gafas rotas
y unos vuittones falsos. 
                                      (El conductor tampoco
se lo explica, no lleva
todavía diez horas al volante.)

No es que tenga importancia. Algunas cosas
pasan porque es así, porque tenían
que pasar. Y tú estabas
allí. Y las escribes.


Modelo 2  /  Autor: J. L. Morales

EL OFICIO

HACE tiempo renunció a los discursos
lirilocuentes. Este
poeta enuncia seco, escribe claro.
Para decir amor dice amor; para llorar
su dolor usa lágrimas. Apenas
utiliza figuras retóricas, imágenes
o el estilo indirecto.
Pone las cosas tal como las ve: perfiles,
siluetas, quietud o movimiento, masas
sin identificar; o rostros, ojos, cuerpos.
No inventa, no maquilla, no confunde.
Este poeta sabe
que el oficio consiste en encontrar su voz,
en hallar su mirada.
Necesita herramientas, es verdad,
palabras y silencios. No otra cosa. Por tanto
casi siempre le sobran
adjetivos, circunloquios, metáforas.
Y además es consciente
de su fugacidad. Por eso
escribe poco. O calla.