miércoles, 7 de noviembre de 2018

Siete poemas de Leopoldo Espínola: Haikus y tankas


       Vive en la Sierra Morena sevillana. En la maravilla coronada de castillo que es Alanís, la tierra de Juan de Castellanos. Mima la poesía y le dedica su hacer. Las fuentes de la luz, su último libro, recoge una selección de los poemas elaborados durante los últimos ocho años, los mismos que tiene su hija Alba, a quien dedica el libro. Leopoldo Espínola, ha dirigido durante muchos años la Asociación Cultural Alas de Alanís, de la que fue uno de los fundadores,. Esta es su tercera entrega.

        Repartido en tres estancias: No eternidad, Peldaños y Las fuentes de la luz, Leopoldo Espínola indaga en los interrogantes de su cercanía: en las gentes que le acompañan (Hoja de lectura) , en las que le sugieren ("El zapatero"), en los aconteceres de lo significativo ("El oficio de zahorí"), en las lecturas atendidas ("Luz"), pero sobre todo en los paisajes, las estaciones, los colores, los ruidos del campo, las aguas libres, los indefensos aires, las lluvias que humedecen las memorias, los corazones sorprendidos. Y si en los poemas de matriz tradicional resuelve con cierta tensión enérgica, con verbo rápido, con pinceladas que marcan los territorios de la elipsis, con capacidad en el diálogo entre la forma y el fondo del poema, es en los moldes del haiku y el tanka donde alcanza el sosiego discursivo necesario para decir con más precisa exactitud. La Naturaleza observada a través de los metros clásicos de la poesía japonesa tienen en él una magnifica posada. Frasea con precisión, evoca con sensibilidad. Los haikus se tiñen de una subjetividad tan leve y tan profunda que no solamente no anula la validez de lo observado sino que lo potencia. Y la transporta con suavidad. A veces camina muy próximo a la espiritualidad con que lo hace Jesús Aparicio. Y es que su asombro ante lo contemplado en muy parecido.  Sin duda que el poeta de Alanís se siente cómodo en ellos.  Es entonces poeta tranquilo. Momento en que el poema fluye sin que la necesidad de tensar el lenguaje, tentación propia de poeta, lo perturbe.
      Entrega esta en donde los poemas cortos, de impresión resuelta casi fotográficamente, se imponen a los que prefieren el relato. Son un don amable para el lector que se siente atrapado por lo sugerido, por las reflexiones o los paisajes interiores. Sin duda que los parajes de la serranía influyen en la manera en que las cosas y las acciones humanas –intuitivamente primero, intelectualmente después y con intención moral siempre­– se acercan a las intenciones poéticas de Leopoldo Espínola. Parecieran hechos a lo Claudio Rodríguez, en los paseos por entre torrentes y jarales.
  
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El fin de toda
senda comienza siempre
dentro del caminante.

 *
La voz que teme
surcar el mar se oxida
tras sus barrotes.

*
Guarda el ocaso
en la tierra la sombra
del buen amigo.

 *
Amola su hacha
el tiempo en la arenisca
del abandono.

La verdad forja
el poema. En el yunque
se aguza el verso.

*
Junto al arroyo
muere de sed la piedra
seca de orgullo.
Por no inclinarse al agua
traga su poso oscuro.

*
Colma el poeta
la fuente, en sus recuerdos
beben los años:
sacia la sed de un niño
que trepó hasta sus caños.


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