jueves, 28 de junio de 2018

Soflama confesional (Autoanónimo, 2013)


Querido Vatetardo,
 los lectores de libros
que a costa de concursos imprimiste
nada saben de ti, preocupado
como estás en que nada
de nada transparenten
tus inanes y ebúrneos poemas,
esos metadelgados
ejercicios de estilo para el aire.

 ¿No has ido en autobús
dejándote sobar por otras gentes?
¿no has vivido con vómito?
¿no te ha cercado alguna vez la noche,
alguna vez el vértigo de no saber quien eres?
¿no has amado con riesgo,
aunque sea un instante? ¿no has sentido
la ruina de tu casa, las bombas sobre Irak,
la muerte de algún hijo, la injusticia
del olvido clavándose en tus trajes?
¿no le debes a nadie ciertas cartas?

¿De qué marfil escribes? ¿Para quién?
¿Por qué huyes abstracto entre recodos
de cuanto es evidente?
¿No es posible
que los demás te sepan, que conozcan
tu rostro y hallen
en él una verdad tranquila o curva?

Pregúntate por qué
insistes en obviar
el hecho de vivir, leyéndote pareces 
parodia, mueca ajena.
¿Es tu pan extranjero, tu sol marciano?
¿Por qué buscas y encuentras no encontrarte?

Escúchate y escucha, no te pido otra cosa,
atiéndele a la puta, atiéndele a la vida,
pisa su fango,
atiende y cuenta...   o calla.

sábado, 23 de junio de 2018

Un poema de Jesús del Real: Yace un Ícaro...




      Tal vez lo fuera siempre, no puedo asegurarlo, pero para el Jesús del Real que yo conozco, el de estos últimos años, la poesía es una necesidad. Una permanente insatisfacción provocadora. La entiende como un desafío dialogado, como reto que no abandona, que mantiene. Hemos hablado, caminando, muchas veces de Poesía. Es junto al Arte, en especial la Pintura, su mayor pasión intelectual y estética. El dominio del vértigo, aparecido recién en Huerga y Fierro, es su tercer poemario. Raíz y brote, el anterior, y ya queda lejos aquel Solaz de caricias de 2007. La portada actúa de manifiesto. Ha querido que sea obra de Daniel Canogar, de su montaje Ícaros, tema que pasea el libro. Y que refleja su modo de acercarse a las realidades y los abismos. El dominio del vértigo es un poemario sensual. La belleza –del mar, del cuerpo esperado, de la cultura clásica– desborda lo intelectual para asediar los sentidos. El poeta atiende a plenitudes de goce, que asume y celebra. Un libro rico en insinuaciones cómplices.  Y hay, por contraste, un lenguaje enjuto, comedido (salvo excepciones), escaso en adjetivaciones coloristas. Castellano, diríamos, como la naturaleza del autor. Jesús del Real, va dejando de ser observador atento para convertirse en agente del poema, en ara del poema. Velado a veces por ciertas transparencias, pero dueño de sí para el poema: de su infancia y sus gentes, de su huerto, de su pasión, de sus lecturas, de sus aguas y atardeceres, de sus esperas y culminaciones. No es poesía débil la suya, esa al uso que domina los principios del siglo, sino densa en el decir, una poesía que recorre los difíciles caminos que van desde los sentidos al concepto, desde los accidentes a la idea, desde el existir al ser.  Pero es la poesía que necesitan los avisados lectores. La que nos hace volver..    
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Yace un Ícaro en el acero y hormigón de cada
                                                                             [puente,
pero en su luz se trazan los sueños de las cimas:
lanzarse y deshacer la trayectoria del calendario
o esperar y aureolarse con nubes,
volar a pie firme sobre el tablero
sin mirar a las estrellas, como advirtió Dédalo:
solo batir alas al justo medio.
Rememora la hybris por si el orgullo
puede más que la ilusión y lleno de entusiasmo
te adentras en el tiempo del Olimpo.
La esperanza es una necesidad de la cordura,
aprende las artes de la pintura o del vino
desde aquel oscuro Pramnio de Icaria o de Lesbos.
En la memoria de esta isla llegarás a amar
y acercarte al vuelo de lo que un instante la belleza fue.



lunes, 11 de junio de 2018

Un poema: Tarde en junio


Aquel andar, la tarde aquella
de tan escasa luz

andábamos a solas,
sin edad ni destino,
vestidos con el fuego de lo que no germina

nos sentíamos
tan solamente dos
seres inútiles, secretos

volvíamos descalzos, sin certezas,
de un tiempo al otro lado de las cosas

hace tiempo que callas, dije,
y el aire se hizo hueco entre nosotros

caminábamos

siento el poema 
como una delación, me respondiste.



domingo, 3 de junio de 2018

Balance, un poema de Elvira Daudet

      Hoy que su cuerpo se consumirá de forma definitiva, quiero decir que pocas voces han sido capaces de transitar por y de trasmitir las emociones con la poderosa claridad de Elvira Daudet. Tenaz dentro de un físico frágil, encontró en la poesía, como también en los y las poetas, el bálsamo suficiente para revivir. Mujer enhiesta en dignidad, me honró permitiendo que la acompañara en la presentación de su Poesía Completa (Evohé, 2016) tarde, junto a tantas otras, en que fuimos felices juntos. El frío nunca volverá a ser violeta, doce rosas rojas te acompañan. Vuela Elvira. Puedes porque tú nos diste alas.


Todo está consumado, es hora del silencio.
Os di la entraña,
lo que tuve más mío y verdadero
en el extraño viaje
que me correspondió:
el frío violeta y el horror de la España
del grito sofocado por los ríos de sangre
que pudrieron mis ojos infantiles.
Los grumos del dolor inconcebible,
mis tres mejores versos, escritos al futuro
en la sangre más joven, más entera,
coagulada en las rosas fallidas del invierno.
Abrí sin compasión los labios de la herida
para mostrar el cráter de lavas destructoras,
la triste cordillera de cenizas
que invadieron la aorta y ahogaron el amor.
Es hora de callar, todo está dicho.

domingo, 27 de mayo de 2018

Mientras la feria. Consejo de redacción.





       En este mismo instante hay cinco poetas poniendo el punto final a un nuevo poemario, seguramente un par de ellos comenzarán a buscar certamen al que presentarlo, otro par lo tienen ya decidido y solo el quinto, que pretende estar por sobre los verdes azares, sopesa si tal vez, Seis poetas están esperando fallo, fallo que con seguridad entenderán injusto, banal, venal. Siete están acicalándose para firmar en la Feria del Libro, que este año se ha visto obligada a limitar la invasión, pero ni así. Ocho consultan la agenda –día y hora exacta- para solicitar rúbrica del amigo encasetado, y abrazar. Nueve viven ajenos al bullicio o despechados: si no firman no van al Retiro: basta de ser miranda y apoquine, proclaman. Diez se reparten entre escribir reseñas o esperarlas. Cuatro permanecen mustios, hace tiempo que no les ocurre cosa cierta y saben que su nombre deviene olvido, por eso piensan en publicar sus obras completas ya, ya, pero ya, tienen el dinero preparado. Tres conversan afanosos, han quedado a tomar algo por Lavapiés y traman una mutualidad de justificaciones o superioridades. Dos hace décadas que se apartaron -a lo Cabañero, a lo Sahagún- y observan acodados, labios prietos, desde la forja de la baranda. Hay uno que vive lejos, tal vez en Mallorca, que todavía cree en la poesía, porque a veces se llaman para salir juntos.  Todo esto dijo el Jefe en el pasado Consejo de Redacción. 

¿Y Gimferrer?, preguntó la becaria.  

martes, 15 de mayo de 2018

PIEDRABUENA: DOS CASTILLOS, DOS AMORES


       Tiene el Castillo de Mortara el color de la tierra feraz que lo rodea. Tierra buena nacida grano a grano de la piedra buena. Piedras de plomo oscuro, casi negras, duro basalto de la colada volcánica que lo soporta, rocas de espuma que la erupción detuvo en grados varios de solidez. Así el Castillo, levantado sobre el ligero cerro, ejerce de amante dominador de un pueblo que se extiende sereno a sus pies, y cuyo caserío se empina lentamente hasta abrazarlo. Su negritud y su cercanía es un reto constante a su rival el aguerrido y roquero Castillo de Miraflores, media legua alejado hacia poniente, solitario sobre la cresta de los montes primeros que cierran la vega. Dos castillos, dos leyendas de un origen. Oscuro uno, arena de sol el otro. Cristiano ( tal vez romano) se nombra el de Mortara, árabe o bereber habla al viento Miraflores. Tan cercanos, tan contrarios, tan distintos. Mutuos vigilantes de un destino de ruinas y esplendores contrapuestos. Hace más de novecientos años que se miran, que se miden, que mantienen levantado el desafío.

     Más confiado y más rural Mortara, vigía del agua subterránea y las tierras sernas, de los llanos y sus gentes. Sobre las peñas el guerrero Miraflores, tallado sobre cuarzo; de apretado y rubio mortero sus murallas. De cimientos más antiguos el primero, pero deshecho o incapaz de funciones defensivas, vio surgir arrogante a Miraflores en el comienzo del segundo milenio. Nacerá Miraflores más pequeño pero más inexpugnable, orgullosamente erguido sobre su bastión rocoso. La defensa de sus almenas cambiará de manos al compás de los avatares del tremendo siglo XII. Si primero manos sarracenas después fueron cristianas hasta llegar la terrible jornada de Alarcos y el desastre. Eran tiempos de razzias, de rabiosas cabalgadas belicosas. Ambos castillos vieron en 1196 la expedición almohade que volvía de Talavera; presenciaron - 6 de junio de 1212 - la llegada impresionante de las huestes de Alfonso VIII camino del Muradal; y aún en años posteriores nuevas incursiones mahometanas en busca, a través del puerto de Alhover (hoy del Milagro), de un imposible Toledo. Pronto llegaría el apaciguamiento de la zona y traería para los castillos destinos diferentes.

      Los primeros caballeros calatravos llegaron a mediados del siglo XII y ante la inseguridad, optaron por Miraflores, recio y fuerte. La recién nacida Petrabona necesitaba un baluarte tanto para su defensa como para la del camino toledano, por ello reforzaron sus dependencias y con un rastrillo la puerta abierta al septentrión. Pero los tiempos cambiaron con presteza. Llegaría el momento de la calma guerrera, de la lucha por la vida a través del ganado y la cosecha. Miraflores, el militar, el de los caminos escarpados, el amigo de las peñas, el más occidental de las castillos manchegos, es olvidado. Será el turno del castillo oscuro, del futuro Mortara. Hombres de cruz y hierro, los comendadores de Calatrava lo eligen para establecerse. Corren los siglos bajomedievales y el castillo de basalto conocerá su máximo esplendor como casa-fortaleza, como cabeza de la Encomienda de Piedrabuena, cobijo y residencia de sus comendadores. Hasta entonces humilde y enjuto siente como le crecen sucesivas piezas de bóvedas, esbeltos recintos en piedra tosca, cámaras y palacetes alrededor de la torre almenada, de la enhiesta altura que, mirando hacia levante, cubre la puerta y contempla las fértiles lomas preñadas del ansiado cereal. A sus pies la huerta, más allá las casas de tres tapias cada vez más numerosas, la humilde iglesia. Los adustos lienzos de sus murallas alivian el miedo a lo inseguro pero al tiempo advierten donde está el dominio, la fuerza y el poder. Su presencia, tan próxima a la tierra y a los hombres que se doblan sobre ella, proclama que es imposible ignorar el ansia medieval de pechos y gabelas.

      Es ahora Miraflores, allá en lo alto, quien resiste orgulloso el silencio y su abandono. Terminado su tiempo nadie recorre lo abrupto de un camino que acaba por borrarse, ya no llegan vecinos temerosos en anhelo de refugio, ni guerreros que precisen la seguridad de su abrigo. No cede por ello el vigor de sus murallas, su recio adarve, el nuevo y fresco aljibe de bóveda sellada, la descarnada cuarcita de su base. Sólo la torre se inclina desolada. Desde su altura, tal vez no ignore los tiempos faustos que vive su rival. Pero, olvidando el desdén, Miraflores, la pequeña alcazaba, se aferra a su existir. Ha descubierto un nuevo aliento para el apretado calicanto de sus muros y se opone a la ruina, señero y firme. Él es ahora el fiel baluarte de un paisaje, es el señor de los montes verdinegros que lo circundan, del valle que su vista alegra, de la suave ballesta machadiana que traza el Bullaque a su paso por la vega. Él es el guardián de la dehesa y el olivo. Suyo es el paisaje y a él se ofrece, a salvo para siempre de humanas contingencias. Dueño de sí, en espera de un digno y lejano bien morir.

      Algo más tardará la amenaza del final para Mortara. Perdido para la caballería calatrava antes de terminar los años mil y quinientos, comenzará un lento deterioro como residencia ocasional de los Mesa, Lences o Mortara, sus últimos señores tardofeudales. La ruina le llegará con pereza pero cierta e implacable. Caídas gran parte de su bóvedas, abatidos en su altura los muros que lo cierran, la magnitud de su olvido sólo será comparable a su avidez de futuro. Y como su rival, el dorado Miraflores,  va encontrar; salvación. Esta vez no en la naturaleza que lo circunda, sino en la voluntad y el ingenio de las gentes de Piedrabuena, las cuales, decididas y sagaces, convirtieron el recinto en lugar para uso público, y desde 1901 (117 años ahora) se celebran en su interior las fiestas de correr los toros. Mortara, el castillo oscuro que debe su nombre al Marqués del XVIII, no quiere morir. Resiste alegre y altivo, salvado y acompañado por los hombres, sus hermanos en la piedra buena. Para ellos guarda todavía en su seno algunos recintos, celosos restos de su pasado, ansioso de manos amigas que le han ido devolviendo dignidad. Piedrabuena: dos castillos, dos amores.


martes, 8 de mayo de 2018

Piedra y voz

El próximo sábado, 12 de mayo, a las 19:00 horas y en el recinto del Castillo de Miraflores (Piedrabuena) se presenta Piedra y voz. Castillos y poetas de Castilla-La Mancha, editado por la asociación Amigos de Piedrabuena y coordinado por Francisco Caro y Pedro A. González Moreno. Aparece en la colección Yedra once años después de ser concebido en el mismo lugar y con ánimo de recordar aquel instante. También de reparar una tardanza que tiene algunos culpables. Están convocados todos los poetas que participan, unos cuarenta, de los cuales unos veinte tienen confirmada su participación. Es una edición íntima para una fiesta íntima y abierta. A las doce de la noche en el cercano Castillo de Mortara continuará el acto con una actuación poética y musical. 

jueves, 19 de abril de 2018

Poema: Nocturno


Tras soportar la vacua
claridad de los días, esa terca
extensión de la luz que tanto eludo,
acepto sin soborno acudir a las noches

aunque en ellas, y siempre,
tema la densidad de su grisura,
su aroma a desaliento,
los dientes hondos

porque es entonces cuando suelo
levantar en lo oscuro los andamios,
y disponer las sogas, las palabras,
los metros y escaleras  

por donde subo para
vivir en otra ruina, lo estéril de intentar
construir con tanteos
de memoria y adobes
poemas que precisan de exacta arquitectura.

viernes, 6 de abril de 2018

Respuestas o repuestos


Norberto García Hernanz, profesor, segoviano, poeta y divulgador poético, mantiene un blog bajo el título Lo que opinan mis poetas desde el que propone el siguiente cuestionario. Ha tenido a bien solicitar las respuestas al responsable de Mientras la luz. Estas son.  


1 - ¿Cómo definirías tu poesía? ¿En qué proporción su temática y estilo surgen espontáneamente o son provocados?
Si todo intento de definir la poesía suele ser una acción fallida, acometerlo con la propia no hace sino acrecentar las dificultades.  Renuncio al reto mayor, pero... Como sabemos que la poesía no existe sin la construcción que permite sustentarla, léase el poema, me atrevo a decir que entiendo el poema como un acto de lenguaje en respuesta a una circunstancia emocional o a una provocación del mundo. Se levanta con palabras, pero el poema, si en realidad lo es, no es sólo las palabras que lo componen sino que funda su esencia en los vacíos que entre ellas fructifican. Y la tensión con que – palabras y vacíos– se odian o copulan. Creo que mis poemas participan en alguna manera de esa noción. Y no tienen una génesis única. A veces, para su inicio, me basta con escuchar una palabra. O con imaginar un pasado que pueda justificarme.

2 -  Así como los pintores de larga trayectoria se dice que pintan siempre el mismo cuadro ¿Crees que el poeta que escribe habitualmente está elaborando siempre el mismo poema? ¿Cuál es tu caso?
Escribir es firmar, retratarse. Es imposible escondernos detrás de lo escrito, usarlo de pantalla. Nos identifica. Pero ese sello indeleble, que debe ser entendido como voz propia o estilo, no significa repetición de lo dicho. El tiempo nos va cambiando, no somos la misma persona que éramos hace 20 años, ni nuestros poemas lo deben ser. Si así fuera significaría que el poeta no existe, que tras su máscara se esconde un servil escribiente. Pero tampoco somos otra persona opuesta. La poesía debe acompañar la vida, que es larga y además es lo que importa. Insistir en nosotros y variar con nosotros, hacer ambos verbos compatibles es el secreto. La sutileza de ser otro, de ser nuevo, sin dejar de ser uno mismo y su historia. No sé si lo consigo. Cada vez escribo más poemas en los que el hombre que ahora soy conversa con el que fui o con el que quise ser.  ¿Por qué?

3 - ¿En qué modo crees que tu poesía sirve o puede servir como terapia para tus lectores o para ti mismo/a?
Es sabido que a muchos y grandes poetas les ha servido la decisión de hacer poemas para combatir la soledad (Dickinson, Leopardi), que la escritura les ha salvado y acompañado. Que la escritura salva es un dicho repetido. No creo estar en ese modelo, en esa semejanza, pero reconozco que me ha aliviado durante algunos últimos trayectos del camino. Cosa que no es poco y que agradezco. No tengo la sensación de que mis poemas sean curativos para nadie. faltaría más. Lo que no empece para que en alguna ocasión algún lector haya compartido conmigo algún sanador abrazo comunicativo. A veces ha sucedido.  Con eso basta.

4 - ¿En qué modo el/la poeta debe, o no, tender a elaborar una poesía de la totalidad?
No sé si manejamos el mismo concepto de la totalidad en poesía. Creo que si por ello entendemos la capacidad del poeta para crear mundos cerrados, definibles y propios a su alrededor (Machado, Vallejo) esto solamente podemos apreciarlo a posteriori. Entender la búsqueda de la totalidad, o de la transcendencia, como propósito inicial puede llevar al ridículo o la frustración. O a la genialidad. En todo caso es algo que sólo al final se hace evidente o no, nunca puede ser premisa. El poeta debe intentar escribir poesía, llegar a su cercanía, dotar a sus poemas de ese aroma. No es poco si a veces lo consigue. Somos pavesas y búsqueda, lo que encontremos lo encontraremos por añadidura.

5 - Musicalidad (con o sin rima), contenido, lenguaje poético: ¿de cuál de estos tres pilares podría deshacerse un poema e incluso así, seguir teniendo calidad?
 Ya dije que el poema, como voluntad de expresión, como vómito o como camino hacia, es un acto de lenguaje. Esa actitud decidida de crear desde las palabras me parece condición sine qua non. Pero el poema, que es una intención, debe ser una tentación depurada. Me incomoda hallar en él desaliño o verborrea. Y me molesta la palabra que ocupa lugar y no trabaja. Vivimos en la época en que se llama poesía a lo que alguien dice que es poesía. Sea. No seré yo quien ponga normas a nadie, pero tengo para mí que sin cadencia en el decir, léase musicalidad, me cuesta levantar el poema, siento que me rehúye. No hablo de rebuscamientos, no hablo de línea clara o hermética, simplemente defiendo que en poesía la forma también es fondo. Y que escribir un poema es tensar el lenguaje, aunque no lo parezca. Me incomoda la obviedad, lo repetido. El lenguaje poético, naciendo del habla culta y/o coloquial, debe trascender lo establecido y provocar; debe dotar a las palabras y a los silencios que lo pueblan de nuevos significados, de sugerencias, de posibilidades. Recuerdo de mi infancia “estaba la mar en calma/ la luna estaba bravía”, pues eso, ese bravía dicho de la luna que me hacía mirarla de otra forma.

6 - ¿Hasta qué punto es deseable que un poema sea sencillo, desnudo, corto? ¿Es el paradigma del buen poema, conseguir delegar en el lector el mayor peso posible, a la hora de interpretarlo?
Las características físicas no presuponen la bondad del poema. Es preferible para mí, y en eso creo no ser original, la ausencia de oropeles lingüísticos, de retorcimientos, de chantajes emocionales. Respecto a su extensión digamos que ahora están muy en boga los aforismos, que en ocasiones son poemas cortos, esenciales, en otras esbozos de poemas con posibilidades, y en otras muchas simples ocurrencias que buscan la paradoja como escudo. Qué decir de la inundaciones producidas por los haikús occidentales. Cualquier forma es capaz de contener poesía. El problema no es ese. En general prefiero la sencillez ante lo simple, lo enjuto ante lo corrupto. Y suelo hacer caso al poema cuando este me pide terminar. Pienso en el lector al escribir y no deseo acumular obstáculos ni oscuridades. Tampoco los evito porque sí. Anhelo el coloquio con el lector que quiere ser interpelado, que busca. O cuando menos desea ser encontrado. ¿Paradigma del buen poema? Es difícil contestar, pero en ocasiones algún lector desearía haber escrito lo que termina de leer: para él es un buen poema. Tal vez estemos en el camino de su definición, aunque sea una opción teñida por la subjetividad. A mí me ha pasado recientemente leyendo al colombiano José Manuel Arango.

7 - ¿Favorece a la poesía actual la gran variedad de temáticas y la ausencia de monolitos generacionales como los del 98 o 27?
Ignoro si favorece o no. Tengo dicho en algún lugar que el panorama de la poesía española actual semeja una gran meseta, densa, muy poblada, de cierta altura, pero que carece de picos nevados visibles, de faros guías. Parece que nadie pide ni necesita maestro (a no ser anglosajones) en este territorio fértil, de enorme productividad editorial, que hoy  aparece atravesado por multitud de caminos, de medios con que recorrerlo. Aunque tal efervescencia conlleve dificultad al poeta para ser atendido o ser referencia social como antiguo sucedía. Propondría –es un juego– parar a un nombre corriente, de la calle, del trabajo, de la vida, y preguntarle por el nombre de un poeta español vivo, ¿sospechan la respuesta? Tal vez este estado de cosas no favorezca al poeta como bien social, pero sin lugar a dudas la poesía vive uno de sus momentos más rico, más libre, más ingenuo, más joven, más diverso. Las redes han dado un puñetazo en la mesa. Me gusta como está. Sólo faltan compradores no adolescentes.

8 - ¿En qué proporción el/la poeta deben vivir, más que escribir, o viceversa, para alcanzar un nivel elevado de calidad y honestidad en su creación?
La vida está para ser escrita y el poeta no puede escribir de otra cosa sino de la vida. La escritura o la vida, tituló Semprún., en donde la o es más identificación que disyuntiva. Las experiencias, las cosas del mundo, el tiempo y su ignorancia, el amar y su desasosiego, los otros, la muerte, el enigma de existir… ¿De qué diablos escribir si no? No sé vivir, escribo, dice uno de mis versos últimos. No sé escribir, vivo, tal vez sea uno de los que espero. El acto de escribir es posada, refugio en el sendero del vivir, también alternativa. En ocasiones están tan próximos que se confunden y los confundimos. La calidad y la honestidad de la creación poética son asuntos ajenos a esta realidad.

9 - Cuando creas poemas, ¿en qué medida lo haces con afán pedagógico?
En ninguna medida. Nunca me le he planteado. Es curiosa esta pregunta y esta respuesta que ahora me sorprende. Porque es el caso que tengo dos títulos –Cuaderno de Boccaccio y Locus Poetarum– donde reflexiono sobre el acto y el hecho de escribir, sobre modelos, sobre supuestas escuelas. Pero en ambos me veo como alumno que anota lo que aprendió y aprende de lo leído, de lo vivido, jamás como alguien que intenta remediar.
   
10 - ¿Cuál crees que es la clave para hacer que un recital poético sea atrayente (Música durante la recitación o entre poemas, cantidad de poemas a leer, número de presentadores o lectores, temporalización, cualquier otro complemento)?
Como todos, he leído en público en numerosas ocasiones, y en bastantes de ellas me he preguntado por la utilidad del acto para mí y para los oyentes. En unas pocas (que bien guarda mi memoria) he sentido un silencio denso y atento a mi alrededor. Casi nunca  se sabe qué es lo que ha producido ese unánime pálpito de conciencias. Otra cosa es lo del aparataje con que se circunda y visten las convocatorias, con el que se pretende evitar lo triste o aburrido, y a veces se consigue, pero la comunión comunicativa es otra cosa. En ocasiones se produce y en otras no. Afirmo, eso sí, que hay actos largos y/o tediosos, sin garra ni porqué que deberían evitarse: todos los hemos protagonizado o sufrido, y lo seguiremos haciendo.

11 – La famosa pregunta de escribir para uno mismo y/o para los demás.
Creo que escribo desde mí para mí y para los demás. Uno siempre espera entenderse, uno siempre espera prolongarse, aunque sea mínimamente. Estuve años sin publicar ¿debo suponer que escribía para mí? Después he publicado en demasía ¿escribo para los demás? Ya sé que el sentido de la pregunta no atiende al hecho o no de publicar, pero aprovecho para recordar lo que un buen amigo me advirtió (ante mis dudas sobre si dar a luz el primer libro): Publica si te hace ilusión, no pasará nada, pero recuerda que nadie espera un libro tuyo; ni de ti ni de otros, claro. Tenía razón. Parece evidente que los demás pueden vivir sin conocer nuestros poemas. Probemos a no editar y verán como no pasa nada. En un siglo caben muy pocos poetas necesarios. Este estado de cosas nos hace más libres en la opción, no menos responsables con la poesía.

12 – Si te apetece, hazte tú mismo/a esta pregunta final y contéstala (por supuesto).
¿Todo tiene un final?
Sí, y está bien que así sea.

domingo, 25 de marzo de 2018

Un poema: Volver en la memoria (Domingo de Ramos)

El pueblo donde
fuiste, fui,
y las primeras gotas que se anuncian,
yo contigo por entre
aquellas calles blancas,
por recuerdos, por entre 
las puertas entornadas y la conversación

mas hoy siento tus dedos,
la curva de tus dedos, apretar mi antebrazo

quieres decirme para, calla
y me detienes

deseas no escuchar,
la voz de este domingo, no atender
a esa hoz inestable que alguien llamó
alguna vez memoria

esa voracidad, me dicen tus
fierros dedos curvados en mi piel, esa
lluvia antigua,
esa oscura arboleda que no se basta en sí,
que horada cuando busca
en aquellos deseos que jamás peleaste

y que tú, hoy, desearías, cual testigo de cargo,
ver callada

¿qué codicias? ¿qué temes?
el presente es también una ficción, te digo.

lunes, 19 de marzo de 2018

Los americanos y Rosillo en Madrid. Crónica



      Desde hace un tiempo las pequeñas editoriales poéticas españolas le están haciendo un hueco en sus catálogos a la poesía americana, sea de habla castellana o no. Así lo hacen Eme, Valparaiso, Liliputienes y Polibea. Visor ya está instalada en ello hasta el punto de buscarle sitio seguro en los premios Loewe. También Pre-Textos, desde tiempo. En este suceder, José María Cumbreño (Liliputienses) presentó hace unos días en Casa de América su colección con cuatro poetas de los allendes, de los preocupados por el neobarroco y la vida diaria. Allí estuvimos.  Nuria Ruiz de Viñaspre hizo lo propio con una antología de poetas mujeres colombianas para Eme. Y Verónica Aranda no cesa de convocar poetas de allá para su colección Toda la noche se oyeron pájaros (de Polibea). Sin olvidar la conocida Trasatlántica de Amargord. Algo varada últimamente. 
En estos aconteceres, el pasado jueves 15 de marzo, se presentó otro refugio que atiende a lo americano. Promovido por la voluntariosa Eolas, de León. Está dirigida por Tomás Sánchez Santiago, poeta cardinal. Sucedió en la Biblioteca Iván de Vargas, pleno barrio de los Austrias. Intervino José Mª Castrillón que ha elaborado una antología del colombiano José Manuel Arango bajo el título La sien en el puño. Poesía de precisión lingüística, esbelta, reflexiva, limpia, hecha desde el hombre para el hombre. Habló luego Tomás de Y el lugar era agua. Antología poética. de Lorine Niedecker. Poeta norteamericana poco conocida, poco publicitada, una Emily Dickinson del siglo XX, se llegó a decir. Poseedora de una enorme fuerza interior, fue mujer que supo contar su íntimo cocer del mundo desde su único lugar habitado en plenitud: un cabaña en los marjales de Wisconsin. Un acto pleno de poesía, de los que justifican desafiar la lluvia, su pertinaz cariño de marzo.

Eloy Sánchez Rosillo en la Librería Alberti.
Foto MCBarri


     El viernes 16, semejante a fiesta mayor. Vino a Madrid, con escala el jueves en Talavera, el murciano Eloy Sánchez Rosillo, candidato a ocupar puesto de nombre referencia en el panorama español actual, cuya poética –claridad y celebración– identifica cualquier avisado. Sucedió en la Alberti, y se llenó de escuchantes la escalera tribuna del fondo.  No hubo novedad en la presentación titubeante que de él hizo Juan Marqués. Ni se esperaba. Apenas apuntó al título La vida como bisagra de su hacer. Sánchez Rosillo tiene ya apariencia patriarcal. Y tiene poemas que se han instalado desde tiempo en el glosar del instante, en una sensación emocionada de canto al mundo y a cuanto el mundo ofrece a los que miran con buena voluntad. Poeta sin necesidad de metáforas ni metáfora.  Poeta de lo conforme dicen algunos. Poeta de lenguaje sin recovecos dicen casi todos. Y de venta segura, asegura Tusquets. Me impresionaron sus manos longilíneas sorteando el azar de las páginas, prestas en buscar el poema. Leyó generoso. Y leyó tembloroso el poema final dedicado al encuentro con la madre. Público de poetas y atentos. Pepe Cereijo, Javier Lostalé, José Luis Morante, Constantino Molina nos cercaron.  Hubo disfrute del poeta y hubo comunión entregada. Digamos que Eloy habló, en los intersticios, de su infancia, de sus noches al raso ante cielos cuajados, de que escribe más cortos los poemas de ahora, de su afanes. Tuvo tiempo de proclamarse feliz con la existencia de Las cosas como fueron. Poesía reunida (1974-2017). Remarcó que esta obra justifica la intención de su vida, que le hacía dichoso. El volumen agrupa el contenido de sus diez libros. Desde Maneras de estar solo a Quién lo diría, y añade tres poemas inéditos. Señalemos la espléndida edición de Tusquets, a 24 euros. Buen precio para los tiempos que corren y su calidad física y estética.
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XVLI  DESMEMBRACIÓN

su corazón arrojado al mar 
para que las olas no cesen 

sus ojos enterrados bajo los pinos

su cráneo junto a la nuez de la fuente 
para que el agua brote sagrada 

su vientre para los cóndores de la noche 

sus senos un figura 
de estrellas

                              José Manuel Arango

miércoles, 14 de marzo de 2018

Un poema de Javier Díaz Gil. De "Regresar de Chile"


     

     Conozco a Javier Díaz Gil desde diciembre del año 2001 en que acudió a Piedrabuena a recoger el premio Nicolás del Hierro. Premio otorgado por el libro Hallazgo de la visión. Digo esto porque desde aquel día me es imposible disociar persona y poeta. Creo que a él también. Vive con y por. Mantiene en Madrid la tertulia Rascamán donde enseña y aprende. Nos vemos. Es un poeta y un hombre de genio tranquilo, pero rápido y sagaz en la mirada, en la palabra. Ha editado poco y tarde –¿tímido? ¿sosegado?–, pero ha dado a luz un libro que le contiene: Regresar a Chile, que Lastura, con su mimo, ha puesto en el mercado. Libro limpio de trazo, de palabra precisa, de esa que no se advierte ni detona. Le sirve para contar su recorrido por los lugares que le atrajeron del país austral. De los físicos y de aquellos que nuestro corazón no esconde. Atacama, Neruda, Mapocho, la cordillera, Allende, la lluvia, la luz helada, los nombres de los desaparecidos, Pascua, su enigma de espaldas al mar, las otras estrellas. Hay en todo temblor sincero, de claridad que no deslumbra ni es deslumbrada. Los poemas son las huellas del que regresa a un lugar en el que nunca estuvo. Y tienen la capacidad de hacerte cómplice. No es fácil no mirar con el poeta, no sentir con el poeta, no dolerse juntos ante la inmensa belleza de lo natural. O ante la norma natural de la injusticia social y política. El libro entero es un poema continuado de 53 estancias. Qué suerte que existan poetas que escriben desde tanta serenidad, desde tanta sensibilidad, desde tanta franqueza. Y que los conozca.

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Aquí está la infancia de la Tierra,
en los lugares excavados por el hielo,
en la voluntad dulce
del agua,
en la paciencia del glaciar
que acoge el valle.

Ante esta pared desgarrada,
muro añíl,
muro blanco, y gris y tierra,
ante esta pared aprendo
que el tiempo no existe,
que el dolor del hielo
no es el fin,
que el grito del frío
es contemplación,
y que creer significa saber

que esta luz detenida

ha de convertirse en agua.


sábado, 10 de marzo de 2018

Un poema: A ti digo



Luego de aquellas
madrugadas de lumbres y de invierno
en las que fui la infancia, en las que supe
del oro cuento y suponía
nuestros nombres y fuerzas en los héroes,
alguna vez creí contigo
la verdad de la herida llamada adolescencia:
que al hacer el amor se encendían los hielos
y que sólo los necios amaban ser esclavos.

Porque después
en graves daños y otros
de malhadada juventud y brecha abierta
nos hicimos sincera compañía
y recorrimos juntos
los años clandestinos de inútiles afanes, porque
creyendo que vivíamos,
hemos cruzado unidos la planicie
de las horas sin fin y lo conforme mientras
sin decirnos hablábamos, y sin hablar creímos
ser uno y su verdad:
digo en alto que así hemos existido, resistido.

Hasta el día en que tú
sin permiso ni pacto decidiste
ser solo en el lenguaje, decidiste
ensamblar con tu miedo arquitecturas
(verbales, eso sí) como una forma
de equivocarte solo, y desde entonces
le parece a la vida
que ya no estamos juntos en el andén del tiempo.

¿Por qué nunca quisiste vomitar
a dos el dulce
o el agrio doble fondo que supone
los restos del vivir, los posos del vivir:
ese harapo almanaque
residuo de antiguas rebeldías?

Nunca supimos, reconoce,
si elegir ser sagaces o ser puros,  jamás hicimos  
en ello apuesta firme, hasta que tú… ahora.

Mas a pesar de todo digo
-porque sepas- que tras
de tus palabras recias y contadas,
de tus tapias poema,
no es posible esconderte ni esconderme,
no es posible salvarme ni salvarte.

Basta de simulacro: ¡calla!
y digo más, ¿escuchas?, digo
que solamente somos aquello que no fuimos,
lo que queda por ser,
dos que guardan, pues viven, escondidas
una misma esperanza y unas nubes de octubre

dos que esperan mirándose a que paren
de fríos o pereza los relojes.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Un poema de Carlos Javier Morales: Jueves Santo

Carlos Javier Morales en Madrid
Librería La Fábrica
Foto: MCBarri  

     
      Carlos Javier Morales es un poeta y profesor tinerfeño que durante muchos tiempo residió en Madrid. Es conocido por su dedicación esencial y comprometida en el mantenimiento y dirección de la página Poesía Digital. Dominio que se recuerda por su rigor, buen gusto y diversidad. Aquello pasó, aunque la página siga existiendo (inactiva). Volvió a Madrid hace unas semanas. Contó que sigue trabajando por y para la poesía, fundamentalmente la de otros. Que él escribe con lentitud y en ello está tranquilo. Es el caso que Renacimiento, editorial con la que colabora, ha editado en su colección Calle del aire una antología suya que titula Una luz en el tiempo. Asegura que prefirió esta colección a la clásica de rayas por motivos de edad y futuro. José Cereijo se encargó de comentarla en el momento de la presentación, 13 de febrero. Carlos Javier es dueño de un modo de hacer condicionado por la emoción, por la sencillez amable de las formas y por su alejamiento de las metáforas abstractas. Un poeta directo para un lector con las puertas abiertas. La poesía como comunicación, como temblor. Autor de siete poemarios éditos –desde La cuenta atrás hasta El paisaje total- en esta entrega incorpora algunos poemas de nueva impresión. De entre ellos escogemos este. Que leyó.

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Jueves Santo

Por las calles del pueblo,
por las calles eternas de mi pueblo,
oigo cómo me siguen los pasos de mi madre.

Allí, en el cementerio, no los oigo:
su lápida y mi oído son dos mundos diversos.

Y si miro hacia el mar, mi mar de siempre,
hoy sólo siento miedo por tanta inmensidad inaccesible.
La isla es un isla es una isla.

Camino por el pueblo como por una tumba
un instante tras otro verdecida.

Camino por el pueblo y sólo se oyen
los pasos familiares de mi madre.
No sé de dónde vienen ni hacia dónde.

Tampoco sé si vienen a abrazarme
(¡cómo recuerdo, madre, tus abrazos!)
o a reprocharme el rumbo de mi vida.  

domingo, 4 de marzo de 2018

Consejo de redacción: marzo 2018


Parafraseaba ayer Soledad Gallego Díaz la frase de Gertrude Stein: Rosa es una rosa es una rosa es una rosa, que popularizó Mecano. Pues bien sigamos con la paráfrasis y digamos que blog es un blog, es un blog, es un blog.  Y que a algunos les afecta de vez en cuando la melancolía de los días sin luz y posiblemente la astenia propia de los primaverales. Los blogs andan en lívida decadencia –tan elegante, por cierto– ante la inmediatez de la redes y su toma y daca. Cuajados de onanistas o propagandistas, atraviesan un momento de desasosiego desconcertado. Y es preocupante. ¿O no? Lo veo en esta casa, en vuestros ojos, tan acostumbrados antes a escarbar en las migajas líricas de las tardes, a propiciar el encuentro con poetas amigos o con poetas, a filtrar alguna novedad o dar cuenta del estado de la cuestión. Esté blog, tómenle el pulso, también está enfermo en dudas. No sabe si es una rosa o una antigualla. O si alguien lo espera. Por eso este Consejo de Redacción en marzo. No sabemos lo que el destino trama, pero si alguno de ustedes encuentra trabajo –escribidor o lector– en la competencia, en las nuevas revistas-seta digitales, acéptenlo. Nos será difícil evitar el ere, estamos sobredimensionados para tan escasa productividad. Por menos llueve. Dijo el Jefe por el plasma. Sigue en Torrevieja.    

miércoles, 21 de febrero de 2018

Ha muerto Aurora Auñón

     
  
     Ha muerto suave, como vivía desde que la conocí. Una mujer como pocas. Enamorada del hecho poético. Aprendió a recitar antes que a leer. Maestra, narradora, ensayista, poeta, mujer. Crítica con una sociedad que se alejaba de los valores cristianos. Que ella confesaba defender. Los de la justicia, los de la hermandad, los del hombre y su posibilidad. La conocí recitando a Bécquer un tarde en Arganda. Y desde entonces. Desde entonces su presencia amiga, su presencia pan, su armonía. Escribía y no publicaba. Nos hablaba de una novela que esperaba tinta, nos hablaba de Albalate de la Nogueras, nos hablaba de su casa, levantada en el XVIII, y de la que se sentía depositaria. Habitual asistente a las jornadas de poesía de Priego, allí trabó amistad con los poetas que ella consideraba maestros. Escribía. Editó con Vitruvio su primer libro Techo y raíces que incluye el poema XXVI, “Los alimoches”, poema que basta para saber de ella. Para saber de su amor a las gentes, a los olores y las costumbres de su tierra. Después, en la primavera del 2013, aparecería Los trabajos y los días, un friso hermoso de lo rural. Implacable en su certeza. Mujer y escritora de luz verdad, era posible reconocerla en la transparencia de sus escritos. Y era compañía horno, pensamiento, amparadora en su figura débil. Austera de costumbres, ajena al agua como bebida, frutal en las conversaciones, entendía el acto de vivir como solidaridad y búsqueda de la belleza. Era fácil encontrarla al reclamo de lo teatral, actividad de su entusiasmo. Digo también que en los últimos tiempos se ilusionó con los aires de renovación político-social que cundían circulares por el país. Aportó tesón y ganas. Por eso escribía, por eso el afán de su gran amigo Raúl Nieto de la Torre y la generosidad personal y editorial de Lidia López Miguel pusieron veloz empeño en que pudiera ver editado Tiempo en el tiempo, su última entrega. Poesía y reflexión. Justo esta mañana -21 y febrero- lo entregó la imprenta, justo esta tarde se fue. No pudo. La tristeza y la alegría de haberla conocido. De haber sido con ella comunidad. Cómo no haberla querido. Cómo no quererla siempre. Tendrá un acto recuerdo donde podamos reunirnos sus amigos, los del barrio, los de la poesía. Donde podamos reunir los afectos que ella repartió. Aurora. Aurora Auñón.