sábado, 15 de septiembre de 2018

Poema: León Felipe y yo ante el polvo de un libro Losada



































































De qué sirven tus pliegos de cordel,
qué vas a redimir con tus palabras,
parlanchín caminante trasterrado,
España ya no esa
muchacha que pegaba su nariz
al húmedo cristal de tu ventana,
sino una triste
matriarca huera.

Qué bien que te murieses
hace ya tantos años,
cincuenta me recuerdan los que saben
de las celebraciones y de los camposantos,
dos hispánicos modos de loores
que en auge permanecen. 

Tenemos la palabra por fin y no sabemos,
poeta boticario de las barbas,
qué hacer con ella
cegados en la estúpida
manía de editar a miles y trasmiles
libros inútiles
que algunos nos devuelven –hoja a hoja­–
y con cuánta razón, reconvertidos
en pajaritas cursis de papel.

De qué nos sirven hoy el color indeciso
de tus páginas viejas, tus libros de Losada
comprados en el Rastro, devorados entonces,
–éste que limpio, por ejemplo–
que hace día bajé de su reposo
con la expresa intención de que dijeras.

Pero qué
podría preguntarte
yo a ti sin ser vergüenza, querido viejo lobo
del llanto solitario,
voceador de las necesidades,
antifranquista huraño y melancólico,
noble piedra de ruinas, príncipe de lo inconforme,
iniciático bardo de mi generación.

Qué nos queda de tanto que quisimos,
Qué nos queda del vino y sus canciones
Que no hagan callo –nos decías–
 las cosas en el alma ni en el cuerpo.

De qué pueden
servirnos a los dos
los versos efeméride que en esta noche escriba
para un libro homenaje
mientras ronda tu voz mi espalda de cautivo
sin sed, subvencionado;
de qué provecho
si no es el de mejor relacionar
todas y cada una de mis claudicaciones
a todas tus escritas, lloradas exigencias. 

Temo leerte.

Tal vez debiera
preguntar sólo al polvo que tu libro me ofrece,
tal vez debieras, León Felipe,
decirme que no escriba esta noche de ti,
decirme deja
que entre nosotros busque libre el aire.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Huida. Un poema de Manuel Cortijo Rodríguez



Manuel Cortijo Rodríguez
  
     Titula Manuel Cortijo Rodríguez con la palabra Estancias su tercer poemario. Los anteriores fueron Memoria de los usado (2012) y Los dones de la luz (2015). Estancias, lugares donde morar, donde el espíritu busca reconocerse y el cuerpo halla sosiego. Es Manuel Cortijo poeta de ritmo intenso y muy capaz de sostenerlo en la construcción del verso, durante el hacer del poema. Siempre lo ha sido, pero en este Estancias, editado por Huerga y Fierro, alcanza su cenit. Es imposible para un lector avisado no remitirse durante su lectura a lo mejor de Rosales, a Claudio e incluso a Eladio Cabañero como rumor lejano. Rumor que no estorba ni la claridad ni la frescura de su discurso. Pero el libro, dotado de enorme personalidad, es algo más que su atrayente forma constructiva, que su voz potente y definida. Su corpus aparece dividido en cuatro territorios: tras la palabra y el tiempo como escenario iniciai, el mar –paisaje vocación– conforma la segunda estancia; la tercera se articula alrededor de la casa recordada y perdida, para finalizar volcándose en el amor como redención, como justificación y destino.

      Una brisa elegíaca y al tiempo celebrativa recorre el poemario, en donde la primera persona del yo poético se convierte en un sujeto lírico poderoso: agente a veces, a veces contemplativo. Pero siempre dispuesto a entender la existencia como una debilidad consentida y una aventura fugaz, a las que sólo la autenticidad del vivir, a pesar de los daños cotidianos, la fe en la palabra como senda y la memoria como conspiración son capaces de ofrecer refugio íntimo, cobijo ante lo incierto y lo seguro de su horizonte final. Hay también la presencia del tiempo como juez inflexible, más evidente en las estancias en que el poeta, siempre deleble, se enfrenta con la seguridad del mar. Y hay un tiempo testigo que recuerda y vigila. Como cuando aquel niño, que ya es vida pretérita, aparece recogiendo sus últimos enseres en lo que fue su casa: vuelvo a entrar otra vez para buscarme/ en las ropas gastadas. Así mismo es posible encontrar –derramada con precisión en las páginas– una afinada percepción de lo intangible, algo muy propio de su enorme sensibilidad como poeta. Del mismo modo que, concentrada en los últimos poemas, la canción del amor golpea presentes, pasado y futuros: dos sueños rotos, no: un solo sueño, dice.  Una reposada lectura nos indica que la tentación de lo ardido, el afán de la luz más alta, la claridad que nos desvela apenas poseída y los devastados caminos que el tiempo ofrece, son cardinales indispensables en este habitar lo perdido y lo esperado que supone Estancias.

      Señalemos que nuestro autor dedica bastantes de los poemas a mujeres significativas para él, tanto por su amistad poética como personal. Así como el acierto de abrazar las citas, de poetas bien leídos, incorporándolas en el interior de los poemas, haciéndolas suyas, vividas. Por último, decir que el libro viene precedido por un magnífico prólogo de Juan Pedro Carrasco García en donde se señalan los senderos por los que caminar mejor y con más provecho el poemario.
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HUIDA         

Preciso me es salir, irme allí afuera,
irme un punto de mí
a decir lo que puede decir lo luminoso, 
el cristal que se cumple en unas lágrimas
no lloradas aún
por el dolor de todos mis pecados,
dar salida y escape y claridad
a unos ojos que piden
las más altas purezas de la luz.

Esta mañana salgo a la costumbre
de acercarme a la vida, y necesito
que mis ojos encuentren una visión más alta,
una visión de allí,
donde nada se oculta,
donde los versos no tienen escape,
no mudan en lo blanco
ni en lo negro se borran,                                
no como estos que parecen
tener fuego en los pies:
son más veloces hoy que de costumbre,
y no puedo alcanzarlos, ser en ellos
ese rastro de mí que se me pierde.
Corren los versos más que yo,
y aunque tengo su música se escapan,
me niegan la fortuna de atraparlos
a mí que tantas veces los tuve sin moverme
del sitio donde estaba
abierto entre lo abierto
mi corazón, tentando lo más puro
de una cierta armonía.

Preciso me es salir, irme allí afuera,
irme un punto de mí
a decir lo que puede 
decir lo luminoso, aún sin desbordarse,
el cristal que se cumple en unas lágrimas 
no lloradas aún por el dolor
de todos mis pecados,
persiguiendo unos versos muy veloces,
que parece no quieren entenderse conmigo,
que nada hacen por mí, me dan la espalda.

Esta mañana toda
mi alma se alimenta de codicia.

martes, 4 de septiembre de 2018

Poema: Cartografías (Al otro lado del verano)







Tras su vuelo voraz, tras su mirada,

el milano que lee y es agosto
advierte a los comunes
(traducir más de cien aves colegas)
de la cartografía en dron
que ha vigilado.

Al otro lado, dice, 
del río se levantan
la ciudad de las ciervas, inescritos
misterios, los instantes, lo inestable,
las cien amargas flautas, la sospecha
de los ritmos castrados,
de los adolescentes rizos,
y un diván donde esperan y desovan
los poetas futuros.

A este lado del aire,
sólo templos de estudio,
genuflexión y estatuas marchitas,
el fue inextinguido, las conmemoraciones
y las sobras completas, a este lado,
como voces talladas a buril
(no lean tetrapléjicas)
los poetas que pueblan hornacinas,
páginas de manuales.

Y en mitad de los mapas, aquí mismo,
la caudal, variopinta
corriente inagotable de los éditos,
las multitudinarias alamedas
de las presentaciones, de las dedicatorias,
el que busca o rechaza (se llama equis)
ser premioadicto,            
la voz sin voz de los que sueñan poco,
y adiosados chalets en donde moran
unos cuantos poetas satisfechos.


sábado, 1 de septiembre de 2018

Consejo de Redacción / septiembre y uno


      
      
     Viene el Jefe de un verano poco lector y demasiado visitador. Entretenido y disgustado como ha estado por el match Sánchez-Salvini y la pelota migratoria. He leído poco, ciertamente, pero creo que lo he aprovechado. De los ajetreos y soirées, les contaré a ustedes en privado. Este es nuestro primer Consejo de Redacción tras el estío, y lo espero provechoso. Por las últimas noticias, el curso comienza apretadamente y debemos estar muy dispuestos, muy ágiles. Tomen nota de estos apuntes que han ido surgiendo y que deben guiar su atención y su juicio. Ya sé que no acostumbran, que siempre roen por lo bajini, pero si alguien discrepa puede levantar la mano y decir. Este no es el cementerio famoso de Ángel González. Miren, comencemos por lo más rotundo: hacer poesía no es poetizar la expresión, atiendan a ese agujero engañabobos por donde tantos se nos cuelan. Dos: lo hermético es jerigonza de iniciados, no confundir con lo destilado, con lo enjuto, son dos fajas distintas y aprietan de distinta manera. Por último, la poesía es un cofre que duda, pero que esconde certezas; todo en ella es verdad insegura, tanteo; y siempre –salvo en Eloy– prefiere la penumbra al exceso de luz o a la descortesía de lo oscuro.  Tengan cuidado y no se dejen agredir ni engañar ahí afuera. Cada cable lleva un sitio. ¿Tienen algo que matizar o añadir?

     La becaría, que ha pasado el verano leyendo aforismos y/o resolviendo crucigramas, quiso saber si por fin se había descubierto qué es la poesía. Porque todo esto nos sería más fácil – añadió–, ya que nos libraríamos de contender con tantas y tantas… y tantas aproximaciones y negaciones. Hay demasiados intereses en este asunto –zanjó el Mandamás–, mientras  a Visor le vaya bien así, no esperes remedio por ese lado, mas no te aflijas en esa espera, piensa que aunque no sepamos todavía qué es un árbol siempre podremos disfrutar de su sombra. Tengan ustedes un buen cuso.


viernes, 10 de agosto de 2018

Soneto del inspector

















(Sobre un foto y un suceso acaecido en Soria 
y ciertos comentarios)

Un soneto me manda hacer Morante 
sobre aqueste inspector azul y apuesto.
Y ante Isabel y ante Mayusta, presto
quise hallar en los libros conso y nante.

Fernando Fiestas, siempre vigilante,
dice que el inspector está dispuesto
a ser George Clooney, y el vermut y el gesto
del pulgar en los labios, ele y gante.

Que todo esto pasó, porque esto es Soria,
y Lastura y amigos del feisbús
que se observan y retan como al mus.

Y por dejar constancia de la historia
-–y por si a algún mirón le diera envidia–
hice el soneto yo; la foto, Lidia.

sábado, 28 de julio de 2018

Vicente Martín, poeta y amigo


  

     Una luz serena en el fin del día. Una tristeza larga y un camino nunca antes hollado en el borde manchego de Madrid. Hace seis años despedíamos a uno de los poetas más nuestros. A Vicente Martín. Al hombre que conocimos en Piedrabuena con motivo del premio Nicolás del Hierro en el otoño de 2005. Apenas siete años tuvimos para fundar y levantar nuestra amistad personal y lírica. Emoción que guardo limpia, como un tesoro que se niega a huir. Tan reservado en el trato conversacional como derramado en su pasión: el oficio de reunir palabras, de levantar poemas. Era Vicente dueño de un lenguaje que sobrehilaba paradojas, que vestía la cotidianeidad con el color de las contradicciones, que confundía la Naturaleza con los sueños. Que reconocía en los pájaros y las encinas el amor y el amparo de una madre. Lector empedernido de Luis Rosales, fuerte y débil a un tiempo, la poesía le tomó de la mano para llevarle a los bosques en donde el tiempo esconde su verdad,  a las llanuras en donde la hierba se torna azul y habla, a los glaciares en donde el agua recuerda y el poeta se vuelve transparente. Vestido así, escribía.

     Recibió premios, editó libros y perfumó de sorpresa la poesía española. Hoy hace seis años que lo reclamó la tierra y se lo devolvimos. Hoy pienso que fue una alegría su amistad y su obra. Hoy agradezco a la vida, tan parca en ocasiones, la recompensa  de habernos conocido.

     Recuerdo a los lectores de Mientras la luz la existencia de un libro hermoso, Lo que de mi puedo contaros, editado por Huerga y Fierro, que recoge una selección extensa de su obra y sus últimos libros inéditos. Háganlo suyo.

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Aprovecho
que no suena el teléfono ni tienen
pulmonía las nubes y te escribo,
te escribo porque quiero evitar que las vigas de esta casa
sucumban de carcoma,
para hacer accesibles los silencios que no saben de música
y no existan rincones ni noviembres
que supuren al borde de la almohada.

¿Te he dicho que he llegado
a odiar hasta la tinta, que me muerdo las uñas y dibujo
tu nombre en carnes vivas?

Llevo siglos tratando de entender por qué han perdido
la sonrisa los árboles, por qué
sólo un año después de que te fuiste
ya no hay nadie en el mundo,
veo absurdos cadáveres con los muslos de arena
y huertos de alquiler sobre su sexo,
veo
campos de arroz que están sedientos, y desiertos
de una paz inservible.

Nuestros besos, el tacto,
las caricias pensadas, las noches y el deseo
hoy viajan sentados en distintos vagones de unos trenes
qué ignoran su destino, sin embargo
cuando todo el paisaje se reduce a palabras y los ojos
son un acto de fe
sé que estás y te pienso, sé que tienes
cansadas de volar las cicatrices.


jueves, 28 de junio de 2018

Soflama confesional (Autoanónimo, 2013)


Querido Vatetardo,
 los lectores de libros
que a costa de concursos imprimiste
nada saben de ti, preocupado
como estás en que nada
de nada transparenten
tus inanes y ebúrneos poemas,
esos metadelgados
ejercicios de estilo para el aire.

 ¿No has ido en autobús
dejándote sobar por otras gentes?
¿no has vivido con vómito?
¿no te ha cercado alguna vez la noche,
alguna vez el vértigo de no saber quien eres?
¿no has amado con riesgo,
aunque sea un instante? ¿no has sentido
la ruina de tu casa, las bombas sobre Irak,
la muerte de algún hijo, la injusticia
del olvido clavándose en tus trajes?
¿no le debes a nadie ciertas cartas?

¿De qué marfil escribes? ¿Para quién?
¿Por qué huyes abstracto entre recodos
de cuanto es evidente?
¿No es posible
que los demás te sepan, que conozcan
tu rostro y hallen
en él una verdad tranquila o curva?

Pregúntate por qué
insistes en obviar
el hecho de vivir, leyéndote pareces 
parodia, mueca ajena.
¿Es tu pan extranjero, tu sol marciano?
¿Por qué buscas y encuentras no encontrarte?

Escúchate y escucha, no te pido otra cosa,
atiéndele a la puta, atiéndele a la vida,
pisa su fango,
atiende y cuenta...   o calla.

sábado, 23 de junio de 2018

Un poema de Jesús del Real: Yace un Ícaro...




      Tal vez lo fuera siempre, no puedo asegurarlo, pero para el Jesús del Real que yo conozco, el de estos últimos años, la poesía es una necesidad. Una permanente insatisfacción provocadora. La entiende como un desafío dialogado, como reto que no abandona, que mantiene. Hemos hablado, caminando, muchas veces de Poesía. Es junto al Arte, en especial la Pintura, su mayor pasión intelectual y estética. El dominio del vértigo, aparecido recién en Huerga y Fierro, es su tercer poemario. Raíz y brote, el anterior, y ya queda lejos aquel Solaz de caricias de 2007. La portada actúa de manifiesto. Ha querido que sea obra de Daniel Canogar, de su montaje Ícaros, tema que pasea el libro. Y que refleja su modo de acercarse a las realidades y los abismos. El dominio del vértigo es un poemario sensual. La belleza –del mar, del cuerpo esperado, de la cultura clásica– desborda lo intelectual para asediar los sentidos. El poeta atiende a plenitudes de goce, que asume y celebra. Un libro rico en insinuaciones cómplices.  Y hay, por contraste, un lenguaje enjuto, comedido (salvo excepciones), escaso en adjetivaciones coloristas. Castellano, diríamos, como la naturaleza del autor. Jesús del Real, va dejando de ser observador atento para convertirse en agente del poema, en ara del poema. Velado a veces por ciertas transparencias, pero dueño de sí para el poema: de su infancia y sus gentes, de su huerto, de su pasión, de sus lecturas, de sus aguas y atardeceres, de sus esperas y culminaciones. No es poesía débil la suya, esa al uso que domina los principios del siglo, sino densa en el decir, una poesía que recorre los difíciles caminos que van desde los sentidos al concepto, desde los accidentes a la idea, desde el existir al ser.  Pero es la poesía que necesitan los avisados lectores. La que nos hace volver..    
.
________________________   

Yace un Ícaro en el acero y hormigón de cada
                                                                             [puente,
pero en su luz se trazan los sueños de las cimas:
lanzarse y deshacer la trayectoria del calendario
o esperar y aureolarse con nubes,
volar a pie firme sobre el tablero
sin mirar a las estrellas, como advirtió Dédalo:
solo batir alas al justo medio.
Rememora la hybris por si el orgullo
puede más que la ilusión y lleno de entusiasmo
te adentras en el tiempo del Olimpo.
La esperanza es una necesidad de la cordura,
aprende las artes de la pintura o del vino
desde aquel oscuro Pramnio de Icaria o de Lesbos.
En la memoria de esta isla llegarás a amar
y acercarte al vuelo de lo que un instante la belleza fue.



domingo, 3 de junio de 2018

Balance, un poema de Elvira Daudet

      Hoy que su cuerpo se consumirá de forma definitiva, quiero decir que pocas voces han sido capaces de transitar por y de trasmitir las emociones con la poderosa claridad de Elvira Daudet. Tenaz dentro de un físico frágil, encontró en la poesía, como también en los y las poetas, el bálsamo suficiente para revivir. Mujer enhiesta en dignidad, me honró permitiendo que la acompañara en la presentación de su Poesía Completa (Evohé, 2016) tarde, junto a tantas otras, en que fuimos felices juntos. El frío nunca volverá a ser violeta, doce rosas rojas te acompañan. Vuela Elvira. Puedes porque tú nos diste alas.


Todo está consumado, es hora del silencio.
Os di la entraña,
lo que tuve más mío y verdadero
en el extraño viaje
que me correspondió:
el frío violeta y el horror de la España
del grito sofocado por los ríos de sangre
que pudrieron mis ojos infantiles.
Los grumos del dolor inconcebible,
mis tres mejores versos, escritos al futuro
en la sangre más joven, más entera,
coagulada en las rosas fallidas del invierno.
Abrí sin compasión los labios de la herida
para mostrar el cráter de lavas destructoras,
la triste cordillera de cenizas
que invadieron la aorta y ahogaron el amor.
Es hora de callar, todo está dicho.

domingo, 27 de mayo de 2018

Mientras la feria. Consejo de redacción.





       En este mismo instante hay cinco poetas poniendo el punto final a un nuevo poemario, seguramente un par de ellos comenzarán a buscar certamen al que presentarlo, otro par lo tienen ya decidido y solo el quinto, que pretende estar por sobre los verdes azares, sopesa si tal vez, Seis poetas están esperando fallo, fallo que con seguridad entenderán injusto, banal, venal. Siete están acicalándose para firmar en la Feria del Libro, que este año se ha visto obligada a limitar la invasión, pero ni así. Ocho consultan la agenda –día y hora exacta- para solicitar rúbrica del amigo encasetado, y abrazar. Nueve viven ajenos al bullicio o despechados: si no firman no van al Retiro: basta de ser miranda y apoquine, proclaman. Diez se reparten entre escribir reseñas o esperarlas. Cuatro permanecen mustios, hace tiempo que no les ocurre cosa cierta y saben que su nombre deviene olvido, por eso piensan en publicar sus obras completas ya, ya, pero ya, tienen el dinero preparado. Tres conversan afanosos, han quedado a tomar algo por Lavapiés y traman una mutualidad de justificaciones o superioridades. Dos hace décadas que se apartaron -a lo Cabañero, a lo Sahagún- y observan acodados, labios prietos, desde la forja de la baranda. Hay uno que vive lejos, tal vez en Mallorca, que todavía cree en la poesía, porque a veces se llaman para salir juntos.  Todo esto dijo el Jefe en el pasado Consejo de Redacción. 

¿Y Gimferrer?, preguntó la becaria.  

martes, 15 de mayo de 2018

PIEDRABUENA: DOS CASTILLOS, DOS AMORES


       Tiene el Castillo de Mortara el color de la tierra feraz que lo rodea. Tierra buena nacida grano a grano de la piedra buena. Piedras de plomo oscuro, casi negras, duro basalto de la colada volcánica que lo soporta, rocas de espuma que la erupción detuvo en grados varios de solidez. Así el Castillo, levantado sobre el ligero cerro, ejerce de amante dominador de un pueblo que se extiende sereno a sus pies, y cuyo caserío se empina lentamente hasta abrazarlo. Su negritud y su cercanía es un reto constante a su rival el aguerrido y roquero Castillo de Miraflores, media legua alejado hacia poniente, solitario sobre la cresta de los montes primeros que cierran la vega. Dos castillos, dos leyendas de un origen. Oscuro uno, arena de sol el otro. Cristiano ( tal vez romano) se nombra el de Mortara, árabe o bereber habla al viento Miraflores. Tan cercanos, tan contrarios, tan distintos. Mutuos vigilantes de un destino de ruinas y esplendores contrapuestos. Hace más de novecientos años que se miran, que se miden, que mantienen levantado el desafío.

     Más confiado y más rural Mortara, vigía del agua subterránea y las tierras sernas, de los llanos y sus gentes. Sobre las peñas el guerrero Miraflores, tallado sobre cuarzo; de apretado y rubio mortero sus murallas. De cimientos más antiguos el primero, pero deshecho o incapaz de funciones defensivas, vio surgir arrogante a Miraflores en el comienzo del segundo milenio. Nacerá Miraflores más pequeño pero más inexpugnable, orgullosamente erguido sobre su bastión rocoso. La defensa de sus almenas cambiará de manos al compás de los avatares del tremendo siglo XII. Si primero manos sarracenas después fueron cristianas hasta llegar la terrible jornada de Alarcos y el desastre. Eran tiempos de razzias, de rabiosas cabalgadas belicosas. Ambos castillos vieron en 1196 la expedición almohade que volvía de Talavera; presenciaron - 6 de junio de 1212 - la llegada impresionante de las huestes de Alfonso VIII camino del Muradal; y aún en años posteriores nuevas incursiones mahometanas en busca, a través del puerto de Alhover (hoy del Milagro), de un imposible Toledo. Pronto llegaría el apaciguamiento de la zona y traería para los castillos destinos diferentes.

      Los primeros caballeros calatravos llegaron a mediados del siglo XII y ante la inseguridad, optaron por Miraflores, recio y fuerte. La recién nacida Petrabona necesitaba un baluarte tanto para su defensa como para la del camino toledano, por ello reforzaron sus dependencias y con un rastrillo la puerta abierta al septentrión. Pero los tiempos cambiaron con presteza. Llegaría el momento de la calma guerrera, de la lucha por la vida a través del ganado y la cosecha. Miraflores, el militar, el de los caminos escarpados, el amigo de las peñas, el más occidental de las castillos manchegos, es olvidado. Será el turno del castillo oscuro, del futuro Mortara. Hombres de cruz y hierro, los comendadores de Calatrava lo eligen para establecerse. Corren los siglos bajomedievales y el castillo de basalto conocerá su máximo esplendor como casa-fortaleza, como cabeza de la Encomienda de Piedrabuena, cobijo y residencia de sus comendadores. Hasta entonces humilde y enjuto siente como le crecen sucesivas piezas de bóvedas, esbeltos recintos en piedra tosca, cámaras y palacetes alrededor de la torre almenada, de la enhiesta altura que, mirando hacia levante, cubre la puerta y contempla las fértiles lomas preñadas del ansiado cereal. A sus pies la huerta, más allá las casas de tres tapias cada vez más numerosas, la humilde iglesia. Los adustos lienzos de sus murallas alivian el miedo a lo inseguro pero al tiempo advierten donde está el dominio, la fuerza y el poder. Su presencia, tan próxima a la tierra y a los hombres que se doblan sobre ella, proclama que es imposible ignorar el ansia medieval de pechos y gabelas.

      Es ahora Miraflores, allá en lo alto, quien resiste orgulloso el silencio y su abandono. Terminado su tiempo nadie recorre lo abrupto de un camino que acaba por borrarse, ya no llegan vecinos temerosos en anhelo de refugio, ni guerreros que precisen la seguridad de su abrigo. No cede por ello el vigor de sus murallas, su recio adarve, el nuevo y fresco aljibe de bóveda sellada, la descarnada cuarcita de su base. Sólo la torre se inclina desolada. Desde su altura, tal vez no ignore los tiempos faustos que vive su rival. Pero, olvidando el desdén, Miraflores, la pequeña alcazaba, se aferra a su existir. Ha descubierto un nuevo aliento para el apretado calicanto de sus muros y se opone a la ruina, señero y firme. Él es ahora el fiel baluarte de un paisaje, es el señor de los montes verdinegros que lo circundan, del valle que su vista alegra, de la suave ballesta machadiana que traza el Bullaque a su paso por la vega. Él es el guardián de la dehesa y el olivo. Suyo es el paisaje y a él se ofrece, a salvo para siempre de humanas contingencias. Dueño de sí, en espera de un digno y lejano bien morir.

      Algo más tardará la amenaza del final para Mortara. Perdido para la caballería calatrava antes de terminar los años mil y quinientos, comenzará un lento deterioro como residencia ocasional de los Mesa, Lences o Mortara, sus últimos señores tardofeudales. La ruina le llegará con pereza pero cierta e implacable. Caídas gran parte de su bóvedas, abatidos en su altura los muros que lo cierran, la magnitud de su olvido sólo será comparable a su avidez de futuro. Y como su rival, el dorado Miraflores,  va encontrar; salvación. Esta vez no en la naturaleza que lo circunda, sino en la voluntad y el ingenio de las gentes de Piedrabuena, las cuales, decididas y sagaces, convirtieron el recinto en lugar para uso público, y desde 1901 (117 años ahora) se celebran en su interior las fiestas de correr los toros. Mortara, el castillo oscuro que debe su nombre al Marqués del XVIII, no quiere morir. Resiste alegre y altivo, salvado y acompañado por los hombres, sus hermanos en la piedra buena. Para ellos guarda todavía en su seno algunos recintos, celosos restos de su pasado, ansioso de manos amigas que le han ido devolviendo dignidad. Piedrabuena: dos castillos, dos amores.


martes, 8 de mayo de 2018

Piedra y voz

El próximo sábado, 12 de mayo, a las 19:00 horas y en el recinto del Castillo de Miraflores (Piedrabuena) se presenta Piedra y voz. Castillos y poetas de Castilla-La Mancha, editado por la asociación Amigos de Piedrabuena y coordinado por Francisco Caro y Pedro A. González Moreno. Aparece en la colección Yedra once años después de ser concebido en el mismo lugar y con ánimo de recordar aquel instante. También de reparar una tardanza que tiene algunos culpables. Están convocados todos los poetas que participan, unos cuarenta, de los cuales unos veinte tienen confirmada su participación. Es una edición íntima para una fiesta íntima y abierta. A las doce de la noche en el cercano Castillo de Mortara continuará el acto con una actuación poética y musical. 

viernes, 6 de abril de 2018

Respuestas o repuestos


Norberto García Hernanz, profesor, segoviano, poeta y divulgador poético, mantiene un blog bajo el título Lo que opinan mis poetas desde el que propone el siguiente cuestionario. Ha tenido a bien solicitar las respuestas al responsable de Mientras la luz. Estas son.  


1 - ¿Cómo definirías tu poesía? ¿En qué proporción su temática y estilo surgen espontáneamente o son provocados?
Si todo intento de definir la poesía suele ser una acción fallida, acometerlo con la propia no hace sino acrecentar las dificultades.  Renuncio al reto mayor, pero... Como sabemos que la poesía no existe sin la construcción que permite sustentarla, léase el poema, me atrevo a decir que entiendo el poema como un acto de lenguaje en respuesta a una circunstancia emocional o a una provocación del mundo. Se levanta con palabras, pero el poema, si en realidad lo es, no es sólo las palabras que lo componen sino que funda su esencia en los vacíos que entre ellas fructifican. Y la tensión con que – palabras y vacíos– se odian o copulan. Creo que mis poemas participan en alguna manera de esa noción. Y no tienen una génesis única. A veces, para su inicio, me basta con escuchar una palabra. O con imaginar un pasado que pueda justificarme.

2 -  Así como los pintores de larga trayectoria se dice que pintan siempre el mismo cuadro ¿Crees que el poeta que escribe habitualmente está elaborando siempre el mismo poema? ¿Cuál es tu caso?
Escribir es firmar, retratarse. Es imposible escondernos detrás de lo escrito, usarlo de pantalla. Nos identifica. Pero ese sello indeleble, que debe ser entendido como voz propia o estilo, no significa repetición de lo dicho. El tiempo nos va cambiando, no somos la misma persona que éramos hace 20 años, ni nuestros poemas lo deben ser. Si así fuera significaría que el poeta no existe, que tras su máscara se esconde un servil escribiente. Pero tampoco somos otra persona opuesta. La poesía debe acompañar la vida, que es larga y además es lo que importa. Insistir en nosotros y variar con nosotros, hacer ambos verbos compatibles es el secreto. La sutileza de ser otro, de ser nuevo, sin dejar de ser uno mismo y su historia. No sé si lo consigo. Cada vez escribo más poemas en los que el hombre que ahora soy conversa con el que fui o con el que quise ser.  ¿Por qué?

3 - ¿En qué modo crees que tu poesía sirve o puede servir como terapia para tus lectores o para ti mismo/a?
Es sabido que a muchos y grandes poetas les ha servido la decisión de hacer poemas para combatir la soledad (Dickinson, Leopardi), que la escritura les ha salvado y acompañado. Que la escritura salva es un dicho repetido. No creo estar en ese modelo, en esa semejanza, pero reconozco que me ha aliviado durante algunos últimos trayectos del camino. Cosa que no es poco y que agradezco. No tengo la sensación de que mis poemas sean curativos para nadie. faltaría más. Lo que no empece para que en alguna ocasión algún lector haya compartido conmigo algún sanador abrazo comunicativo. A veces ha sucedido.  Con eso basta.

4 - ¿En qué modo el/la poeta debe, o no, tender a elaborar una poesía de la totalidad?
No sé si manejamos el mismo concepto de la totalidad en poesía. Creo que si por ello entendemos la capacidad del poeta para crear mundos cerrados, definibles y propios a su alrededor (Machado, Vallejo) esto solamente podemos apreciarlo a posteriori. Entender la búsqueda de la totalidad, o de la transcendencia, como propósito inicial puede llevar al ridículo o la frustración. O a la genialidad. En todo caso es algo que sólo al final se hace evidente o no, nunca puede ser premisa. El poeta debe intentar escribir poesía, llegar a su cercanía, dotar a sus poemas de ese aroma. No es poco si a veces lo consigue. Somos pavesas y búsqueda, lo que encontremos lo encontraremos por añadidura.

5 - Musicalidad (con o sin rima), contenido, lenguaje poético: ¿de cuál de estos tres pilares podría deshacerse un poema e incluso así, seguir teniendo calidad?
 Ya dije que el poema, como voluntad de expresión, como vómito o como camino hacia, es un acto de lenguaje. Esa actitud decidida de crear desde las palabras me parece condición sine qua non. Pero el poema, que es una intención, debe ser una tentación depurada. Me incomoda hallar en él desaliño o verborrea. Y me molesta la palabra que ocupa lugar y no trabaja. Vivimos en la época en que se llama poesía a lo que alguien dice que es poesía. Sea. No seré yo quien ponga normas a nadie, pero tengo para mí que sin cadencia en el decir, léase musicalidad, me cuesta levantar el poema, siento que me rehúye. No hablo de rebuscamientos, no hablo de línea clara o hermética, simplemente defiendo que en poesía la forma también es fondo. Y que escribir un poema es tensar el lenguaje, aunque no lo parezca. Me incomoda la obviedad, lo repetido. El lenguaje poético, naciendo del habla culta y/o coloquial, debe trascender lo establecido y provocar; debe dotar a las palabras y a los silencios que lo pueblan de nuevos significados, de sugerencias, de posibilidades. Recuerdo de mi infancia “estaba la mar en calma/ la luna estaba bravía”, pues eso, ese bravía dicho de la luna que me hacía mirarla de otra forma.

6 - ¿Hasta qué punto es deseable que un poema sea sencillo, desnudo, corto? ¿Es el paradigma del buen poema, conseguir delegar en el lector el mayor peso posible, a la hora de interpretarlo?
Las características físicas no presuponen la bondad del poema. Es preferible para mí, y en eso creo no ser original, la ausencia de oropeles lingüísticos, de retorcimientos, de chantajes emocionales. Respecto a su extensión digamos que ahora están muy en boga los aforismos, que en ocasiones son poemas cortos, esenciales, en otras esbozos de poemas con posibilidades, y en otras muchas simples ocurrencias que buscan la paradoja como escudo. Qué decir de la inundaciones producidas por los haikús occidentales. Cualquier forma es capaz de contener poesía. El problema no es ese. En general prefiero la sencillez ante lo simple, lo enjuto ante lo corrupto. Y suelo hacer caso al poema cuando este me pide terminar. Pienso en el lector al escribir y no deseo acumular obstáculos ni oscuridades. Tampoco los evito porque sí. Anhelo el coloquio con el lector que quiere ser interpelado, que busca. O cuando menos desea ser encontrado. ¿Paradigma del buen poema? Es difícil contestar, pero en ocasiones algún lector desearía haber escrito lo que termina de leer: para él es un buen poema. Tal vez estemos en el camino de su definición, aunque sea una opción teñida por la subjetividad. A mí me ha pasado recientemente leyendo al colombiano José Manuel Arango.

7 - ¿Favorece a la poesía actual la gran variedad de temáticas y la ausencia de monolitos generacionales como los del 98 o 27?
Ignoro si favorece o no. Tengo dicho en algún lugar que el panorama de la poesía española actual semeja una gran meseta, densa, muy poblada, de cierta altura, pero que carece de picos nevados visibles, de faros guías. Parece que nadie pide ni necesita maestro (a no ser anglosajones) en este territorio fértil, de enorme productividad editorial, que hoy  aparece atravesado por multitud de caminos, de medios con que recorrerlo. Aunque tal efervescencia conlleve dificultad al poeta para ser atendido o ser referencia social como antiguo sucedía. Propondría –es un juego– parar a un nombre corriente, de la calle, del trabajo, de la vida, y preguntarle por el nombre de un poeta español vivo, ¿sospechan la respuesta? Tal vez este estado de cosas no favorezca al poeta como bien social, pero sin lugar a dudas la poesía vive uno de sus momentos más rico, más libre, más ingenuo, más joven, más diverso. Las redes han dado un puñetazo en la mesa. Me gusta como está. Sólo faltan compradores no adolescentes.

8 - ¿En qué proporción el/la poeta deben vivir, más que escribir, o viceversa, para alcanzar un nivel elevado de calidad y honestidad en su creación?
La vida está para ser escrita y el poeta no puede escribir de otra cosa sino de la vida. La escritura o la vida, tituló Semprún., en donde la o es más identificación que disyuntiva. Las experiencias, las cosas del mundo, el tiempo y su ignorancia, el amar y su desasosiego, los otros, la muerte, el enigma de existir… ¿De qué diablos escribir si no? No sé vivir, escribo, dice uno de mis versos últimos. No sé escribir, vivo, tal vez sea uno de los que espero. El acto de escribir es posada, refugio en el sendero del vivir, también alternativa. En ocasiones están tan próximos que se confunden y los confundimos. La calidad y la honestidad de la creación poética son asuntos ajenos a esta realidad.

9 - Cuando creas poemas, ¿en qué medida lo haces con afán pedagógico?
En ninguna medida. Nunca me le he planteado. Es curiosa esta pregunta y esta respuesta que ahora me sorprende. Porque es el caso que tengo dos títulos –Cuaderno de Boccaccio y Locus Poetarum– donde reflexiono sobre el acto y el hecho de escribir, sobre modelos, sobre supuestas escuelas. Pero en ambos me veo como alumno que anota lo que aprendió y aprende de lo leído, de lo vivido, jamás como alguien que intenta remediar.
   
10 - ¿Cuál crees que es la clave para hacer que un recital poético sea atrayente (Música durante la recitación o entre poemas, cantidad de poemas a leer, número de presentadores o lectores, temporalización, cualquier otro complemento)?
Como todos, he leído en público en numerosas ocasiones, y en bastantes de ellas me he preguntado por la utilidad del acto para mí y para los oyentes. En unas pocas (que bien guarda mi memoria) he sentido un silencio denso y atento a mi alrededor. Casi nunca  se sabe qué es lo que ha producido ese unánime pálpito de conciencias. Otra cosa es lo del aparataje con que se circunda y visten las convocatorias, con el que se pretende evitar lo triste o aburrido, y a veces se consigue, pero la comunión comunicativa es otra cosa. En ocasiones se produce y en otras no. Afirmo, eso sí, que hay actos largos y/o tediosos, sin garra ni porqué que deberían evitarse: todos los hemos protagonizado o sufrido, y lo seguiremos haciendo.

11 – La famosa pregunta de escribir para uno mismo y/o para los demás.
Creo que escribo desde mí para mí y para los demás. Uno siempre espera entenderse, uno siempre espera prolongarse, aunque sea mínimamente. Estuve años sin publicar ¿debo suponer que escribía para mí? Después he publicado en demasía ¿escribo para los demás? Ya sé que el sentido de la pregunta no atiende al hecho o no de publicar, pero aprovecho para recordar lo que un buen amigo me advirtió (ante mis dudas sobre si dar a luz el primer libro): Publica si te hace ilusión, no pasará nada, pero recuerda que nadie espera un libro tuyo; ni de ti ni de otros, claro. Tenía razón. Parece evidente que los demás pueden vivir sin conocer nuestros poemas. Probemos a no editar y verán como no pasa nada. En un siglo caben muy pocos poetas necesarios. Este estado de cosas nos hace más libres en la opción, no menos responsables con la poesía.

12 – Si te apetece, hazte tú mismo/a esta pregunta final y contéstala (por supuesto).
¿Todo tiene un final?
Sí, y está bien que así sea.