martes, 30 de junio de 2020

Manera de decir adiós




C
omo el que observa
que apunta con pistola el calor a su sien,
y amenazado acude
a cerrar con presteza las ventanas,
la del blog, la de face,
y encuentra en la penumbra que sucede
la quietud y el refugio,
y agradece el frescor de los silencios
mientras la luz recorre
con sus carros de lumbre
los altos territorios 
de Leo, del estío, olvidada de él,
libre en otros quehaceres

así intento burlar con poco daño
los profundos agobios y los días
mesidores de julio,
lo extenso de un agosto 
que vendrá irremediable,
armado con sus hoces, sahariano...

que así escondido yo,
así secreto,
aguardará mi afán, sosegado en callada
conjura con las siestas y la sombra,
lo benigno y la dicha
del regreso que trae
                                          cada septiembre.



domingo, 28 de junio de 2020

Un soneto para don Juan (o para Pedro Torres)

            



          El próximo día 2 y en Almagro se presenta un libro singular Las enseñanzas de don Juan. Viene editado por la colección Añil que bien dirige Alfonso González-Calero, y curiosamente en su portada no luce el nombre del autor. Un libro singular porque trata de los mundos que nos soban y abarcan. Tanto en el antes y el después del tiempo como en cercano-lejano de los territorios. Trata de mucho con mucha sabiduría. Es el asunto que sus páginas recogen una selección de las charlas, casi tertulias, que un grupo de ciudadanos almagreños mantienen los domingos por la tarde en cualquier bar de su noble ciudad en torno de don Juan Rojo Almagro. Qué pronto se conoce su calidad de seudónimo. Don Juan, renovando un senequismo manchego trufado de ironía y calma, se serena aplicándose a la piadosa manera de enseñar con deleite. Hombre de vasta cultura, con afición aguda a los asuntos de la lengua, buen lector, escéptico, pero no desengañado de los asuntos que atañen a la res pública, amante de un Almagro sin máscaras ni trueques, rebelde ante los abusos eclesiales, como buen resistente, y muy en devanarse el seso con los poetas... mantiene una corte variopinta en sus alrededores mientras degusta, degustan, la vida y el vino a iguales tragos. Se charla a calzón quitado, con látigo y sonrisa. Uno de los contertulios, Pedro Torres, nombre calderoniano donde los haya, solía tomar notas de lo dicho y de los dichos. Con ellas entretenía un blog que entretenía y se buscaba. Cinco años duró lo que era delicia de muchos. Cuéntenme entre ellos, aunque llegase un poco tarde a la tabla. 
      Mas hete aquí que, como entre mis aficiones se encuentra la de enmarañarme en trasgos sonetiles, un domingo del diciembre pasado decidí fustigar al tal don Juan (a través del tal don Pedro Torres) con uno de ellos que le afectaba. Tanto le afectó que el domingo siguiente el blog anunció su final y don Juan, por traslado, clausuró sus charlas ¿tabernarias, tabernícolas? Me sentí culpable. Tanto más cuando, editado ahora el libro que recoge aquellas sabrosidades, me encuentro el soneto al inicio del mismo. Tate. Explico todo esto  aquí, entiéndase, para expiación. Con el añadido que pienso estar, y lo proclamo, el jueves 2 de julio próximo, tapabocado, distanciado, a las 19,30 horas, en el Marqués -bar airoso de la Plaza de Almagro- para dar la cara ante don Juan y ante Pedro Torres. Y ante quien convenga. Mientras, os agrego el cuerpo del delito. Sostenella, que decían.

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INFINITIVOS
A DON JUAN ROJO ALMAGRO

Hablar desde las torres de la vida,
ser almagro por rojo, ser senado
vespertino, plural, endomingado,
ser ciudad en sus blancos detenida

huir de cuanto fue, de la podrida
política banal, leer callado
a poetas que dicen, ir al lado
de todos y con nadie; cuando pida

un latín su lugar ceder el labio,
abjurar de banderas, reír poco,
corregir al balduendo, callar sabio,
pasar menos por sancho que por loco

y hacer de lo que reste tranco suave,
ese es don Juan, quien lo leyó lo sabe.


viernes, 26 de junio de 2020

Carta pública a y dos poemas de Federico Gallego Ripoll






Carta pública a Federico Gallego Ripoll

Por Las travesías.



       Querido Federico, he dudado si escribirte. Por lo menos de forma pública con motivo de la gentileza y la lectura de Las travesías. Es el caso que he recorrido, escudriñado, los anteriores textos sobre ti que pueblan Mientras la luz, y creo haber dicho de tu poesía cuanto de ella percibo y me hace sentir. Posos que vienen de lejos, y que este libro no ha hecho sino remover. Acrecentando. Tienes la virtud de no extender tus modos de acercarte a rodear la poesía, sino la de hacerlos más intensos, más profundos, más significativos. Incluso más despojados. Con la edad los poetas se vuelven vagabundos. Tú también. Saben que los adornos, los lujos y las muecas, las exhibiciones y los compungimientos no ayudan a conservar la memoria del paisaje, sino que lo desvirtúan. Y qué otra cosa es un hombre sino su sombra y por tanto su paisaje. Esa dilatada llanura en donde la sorpresa es siempre – y todavía– asunto esperable. Cuando se atisban, desde un balcón sereno, los territorios puros de la melancolía, tiene el hombre que fuimos obligación de no engañar. Y tampoco engañarse. Saber que la sorpresa y la ruina nos conforman. Hoy decía a Raúl que escribir poesía (de leerte y leerte lo aprendí) no es entrar en los abismos –Dante lo hizo por todos–, sino acercarse con tiento a ellos, escuchar sus reflejos, mirarlos cara a cara en sus rugidos, degustar sus olores. Y saberlos. Escribir es remarcar con tiza sus bordes, porque se sepa que somos testigos, porque se sepa que sabemos que las cosas están a punto de inaugurarse, pero que conocemos lo pronto que llegará la lluvia para borrarlo todo. Escribir poesía es hacer lo que haces. Es ser y sentirse fungible, vagabundo paciente, y por lo tanto dueño y siervo de las cosas a las que rescatas. Es disponer las agujas, las palabras que bordan, sin otro anhelo que la propia belleza de lo bordado. Qué es el poeta sino ese bastidor que atusa la tela. Ese tiempo pacífico, casi en silencio, casi frescor de patio, en donde sólo lo que importa importa. Y es entonces, casi a las ocho de una tarde de verano, cuando alguien comienza a cantar la copla antigua: Diez bosques son un ángel. Y un coro que responde tras el medianil del patio: Diez ángeles, un niño. ¿De dónde a dónde la travesía, Las travesías? Cuando hayan pasado todos los barcos en busca de todos los soles, cuando todos los tiempos y todas las agujas hayan atravesado todas las lenguas –¿recuerdas el poema de Ángel Crespo?–, alguien, en algún rincón, sobre un papel que muerde, escribirá un poema. Tendrá al lado un plato con los restos de la sal, de todas las sales del mundo, con que secar la tinta. De lo que venga después no quedará memoria, Federico. No quedará. La única travesía cierta será la del amor gastado. 
Por quieta. Por la permanencia fugaz con que nos acompaña.

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Dedicatoria

Así en la tierra como en tu cuerpo
hágase la voluntad de los amantes.

Así en el miedo como en la espera
crezca la flor azul de la cumbre prometida.

Así en la plenitud como en el tedio
no se extingan los besos de las madres.

Así en el mar oscuro como en el fuego blanco
sobreviva la luz a la tormenta.

Así en la tempestad como en tus ojos
amanezca la esperanza
y el canto de los pájaros persista.

Así en tus horas lentas como en los ríos altos
sea la espuma azúcar para los labios tristes.

Así en tu corazón como en mi alcoba
no huya el amor al alba.

Y en el mundo que hereden nuestros hijos
no persevere la sequía
ni se expanda ningún dolor inútil,
y la paz recupere la memoria,
y se callen los hombres si no dicen verdad.
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La quieta travesía

Es bajo el agua que el agua mueve el mundo.

Su fuerza está en su móvil paradoja,
cuando en verdad regresa mientras va.

La espuma pone música a ese gesto de avance,
pero es bajo la ola que el mar vuelve a su origen,

a su silencio, al nuestro,
al silencio,

una y otra vez,
interminable.

Quién pudiera sentir, en medio de esta duda
que nos alza la tienda y nos cobija,
la cierta claridad de su memoria.

La memoria del agua:
de ahí venimos todos, mientras vamos.

miércoles, 24 de junio de 2020

Un poema: El cine de Antonio

















Era un cine, sin más, al aire libre,
un viejo corralón enjalbegado
de cal y una pantalla que a las once
ardía sobre el tedio castellano.

Confieso que no sé 
los años –cuánto tiempo– que cerraron
sus divergentes luces y las sombras
que habitaran el serio y solitario
sentido del deber en Gary Cooper,
las sillas de madera, yo asombrado
del arte de expulsar en Lauren Bacall
el humo del tabaco,
y el olor de dondiegos en la noche
sobre el suelo de un tímido empedrado,
un escéptico Bogart que dispara,
que gruñe masticando,
los roncos altavoces, Brigadoom
y Duelo al Sol, los limpios puñetazos
de un Eddie Constantine insuperable,
un Gassman desgarbado,
Marabuntas feroces de recuerdos,
o de hormigas, de un tiempo que he guardado
cerca del corazón, como si fueran
a volver los amigos y el milagro
de una infancia feliz, al aire libre,
y a las once en el cine de un verano.


lunes, 22 de junio de 2020

Carta pública a y dos poemas de Mª Luisa Mora




Carta pública a María Luisa Mora Alameda

Por Los frutos siderales


        Una isla es lo más parecido a un universo. Una isla puede contener todas las emociones erizadas. En una isla cabe una mujer y un hombre que se buscan. Y la ocupan plenamente. Una isla son ellos: el amor y sus cuerpos. Leer tu libro Los frutos siderales (que Torremozas, a donde vuelves, ha editado con justeza) es llegar en barca hasta una de sus playas, la de más doradas arenas. Y saber del milagro. Pienso que los poemas con que arquitectas el libro  te arañaban, te pedían con urgencia salir al aire, construirse su propia casa. Se negaban a habitar habitaciones prestadas. En ellos respiran pájaros y deseo, cuencos y terremotos, cúspides y avaricias. Hay una mujer desnuda que espera. Hay una mujer desnuda que cuenta. Hay una poeta en excitación. Si algo fresco cunde por los escaparates poéticos del siglo es la desinhibición de la mujer para contarse en las apetencias del pubis, en las venas poderosas, en la manta tibia de las caderas. Tu libro, que has tenido a bien hacerme llegar, es un cántico, un salmo continuado al goce de amar en cuerpos y alma. Para eso existe la noche –la noche es de los amantes–, para eso existen las islas de a dos. Tu libro es grafiti. Tu libro es publicar la fiesta de los sexos. Decir que es bella, que es la culminación de todas las expectativas, la llama que convierte la ceniza en leña, la cotidiana sed, la hierba húmeda. Has querido dividir el libro en tres etapas, en tres fogaces maneras. La del descubrimiento y el éxtasis, la de la madurez frutal y dilatada, la que resiste y no se deja vencer. Y en todas tres, el deseo del cuerpo amado explosiona hasta romper metáforas y comparaciones, hasta verterse y hacer jugo del poema. Has escrito en ocasiones de la vida con pasión, has escrito de penas, de la infancia, de la muerte más fiera, la que vino desde abajo, era preciso abrir ahora la espita de la celebración, enarbolar la bandera del goce como plenitud que sana y limpia de impurezas. Las ingles, los sueños anchos que penetran, la pulpa de los dedos tibios, los desasosiegos de la ausencia, los caminos del pulso compañero, los vientos raros que detuvieron las pasiones, el ardor y el temor, el juego nunca igual de las caricias y las nucas. Todo en Los frutos siderales es vegetación que nos aroma  Todo en esta isla que te habita, y a la que dejas hablar con palabra pausada y cálida, es licor que llena los arroyos, licor que embriaga. No es posible leerte sin saber de tu libertad, sin saber de tu valentía, sin saber de tu pulso mantenido, mirada frente a mirada, con la poesía, con el amor. No cejes, María Luisa, en tanto empeño. La realidad, la felicidad que a veces en ella se refugia, sólo pueden ser contadas desde la emoción del poema, desde el pecho en flor de una poeta como tú. Quiero decirte que tu libro ha sido una sorpresa. Y su lectura un campo de almendros en mitad de los secanos, un aldabón que reparte sus sonidos por todas las etapas de la vida. Bien sabemos de la necesidad de amar y ser amado, algo que en nada encuentra tanta verdad como en el instante de dos cuerpos tan hondamente unidos que solamente quepa entre ellos el filo de un poema. 
Y tú lo escribes. En y desde tu isla

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Amapolas rusticas

Penetra dentro de mí.
Camina con mi cuerpo
igual como lo hacías
con ese fuego abrasador de esponja
que templa al mismo tiempo la cabeza.

Y llora de alegría entre mis brazos.
Yérguete sobre esta enorme cama
en la que se refugia
la soledad de nuestros cuerpos.
Que fue dura
                           lo sé 
                                    la primavera,
el extraño teatro de esta vida
en la que el mundo suele
delatarse claramente ante su pena.

Porque no está perdida
                                          para siempre
                                                     la esperanza.

No se acaba tampoco nuestra pasión.
En nuestros campos crecen
las amapolas rústicas.
Y en la cóncava plenitud de nuestras venas
vibra la radiante campana del amor eterno.

Todo
puede volver a ser incendio caudaloso,
río de lava infinita que desciende
hasta mi pubis.

Todo
puede volver a ser tan hermoso
como entonces,
                               antes
de que llegara el mes de julio
                                                           y su tristeza.
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El camino de tus piernas


Paladeo la pulpa de tu pecho núbil.
Desciendo por el camino de tus piernas.
Vago en pos de ese delirio en el que suelen
navegar tus pupilas,
                                          incendiando
aún más la luz del norte,
                                                  el fuego fatuo
que desconoce aún el origen
exacto de su esplendor.

Tengo en mi vientre un poco de tu vientre
y siento una especie de rayo caudaloso
en el interior de mi garganta,
que me impulsa a pronunciar
frases auténticas,
olvidarme de batallas grises
y penetrar contigo en un planeta hermoso
en el que la pasión es más inmensa que la luna.

sábado, 20 de junio de 2020

Un poema: No me des tregua ni me perdones















En alguna ocasión
conversé con el hombre
que unos siglos después
se llamaría Ezra.

¿Cuál es tu oficio? –preguntó.

Ninguno –respondí–,
no tengo habilidades que conozca,
hablo con los ancianos,
alguna vez escribo.

¿Conoces –replicó–
que quien escribe miente y se describe?

(Versión K) 

Se sostenía
porque estaba agarrado
al vaso donde el bourbon, 
al borde de la barra 
y, parsimonia, 
alzó el rostro, me miró 
con voz muy  baja: Hola, ¿cuál es tu oficio? 

Carezco, contesté, 
no tengo habilidades que conozca, 
paseo y hablo 
con ancianos y pobres, 
alguna vez escribo. 

Me llamo Ezra, -prosiguió, 
ya vi que estaba solo, que buscaba- 
¿sabes 
que quien escribe miente y se describe?


(Del inédito: Necesita testigos

                                                                     Foto: Mercedes E. Victoria

miércoles, 17 de junio de 2020

Un poema: Después de Albania (variación)













Alguna vez la vida,
será como el vacío que esperamos:
un inmóvil lugar
sin verdades ni sendas.

No volverán
a reventar los días en granadas,
no habrá incendios que cubran estos fríos
de la vida y del norte:
hace algunos estadios
que celosos guardianes 
clausuraron las puertas de la aurora.

Los días desde entonces son secretos. 

Sospecho que la nada
que sucede al amor se hará evidente.

Muy pronto no vendrán
los pájaros que nombran, que convocas, 
muy pronto y sola
                                      sonará la lluvia.



Foto: Jorge Mato

lunes, 15 de junio de 2020

Carta pública a y dos poemas de Ezequías Blanco







Carta pública a Ezequías Blanco

Por Tierra de luz blanda


  
Querido Ezequías: Bien sabes que no es nuevo lo de conformar como núcleo de poemario una experiencia hospitalaria. Bien sea propia, bien cercana. Tan en juego está la vida. No nos importe su falta de novedad, no hay tema sin huella en poesía: llevamos mucho leído, aprendido y olvidado. Tú más que nadie. Lo que importa es lo sagaz, la intención al acercarse y cercar, los modos, la mirada elegida, la selección de experiencias, el pacto que el lenguaje pueda establecer con el cuerpo que sufre. Y los geranios. Te enfrentaste a un reto. Tuviste el coraje, bien lo recuerdo, de enviarnos tu rostro minutos antes de ser expuesto en el ara. No debe ser fácil intervenir a un poeta, no debe ser fácil soportar su consciente conciencia, ni sencillo conseguir que el intenso dolor no doblegue sus labios. Porque hay dolor que nace y crece en Tierra de luz blanda, ese difuso blanco de luz con que pretenden difuminarlo en los hospitales. Así has titulado este libro que una editorial de riesgo, como es Libros del Mississippi, no ha dudado en exigirte y publicar. Y porque crece el dolor, crece también en él, y en la voz del poeta, la profunda serenidad con que dejarlo dicho. Con que derramar en papel los miedos y las sospechas, lo ralo o lo denso de las esperanzas, los futuros ineludibles, la decidida no-compasión. Es tierra de Zamora, generosa y sufrida, esta en donde se levanta tu luz blanda, tu palabra, tu poesía. Porque tú, suelto prosista, has querido que fuesen los pies de los poemas quienes anduviesen el camino que se debía recorrer. El asunto era, iba, en serio. Y había que domarlo, sujetarlo. Lo supiste cuando la camilla recorría pasillos, serpenteaba esquinas. Lo supiste al ver en el techo las garras de las águilas esperando. Los sucesos son lineales. Y los recuerdas: quirófanos, ventanas vacías, las ciudades ásperas, los sentidos callados, los candiles queriendo alumbrar túneles. Tú solo con la herida a solas, la que ellos escribieron en tu espalda. También el tiempo de las esperas, de las sábanas, de la incomodidad de los que acuden a comer de tu ruina y los goteros ahuyentan. El alma –dices–  hecha metal incandescente. Lo que fuera aventura se convierte en tensión. Tus versos se hacen fuertes, se repliegan, aceptan encargarse de tu cuerpo como una vía más de las que buscan vena. Para eso, para reconstruirte, te buscó la poesía, la buscaste. Ambos necesitabais morada. Necesitabas, y así lo dices, que la seca herida besara el rojo corazón. Leerte es un pizárniko ejercicio de compañía, saber que es posible hacer tinta del mal, encontrar sabor en los bombones sucios, imaginar que la ficción nos espera vírgenes de rencor y de lamentaciones. Fuiste poeta seriamente enfermo, eres poeta. Esencia sin accidente. Poema en encarnación. Este Tierra de luz blanda, aparte del pañuelo pirata de su cubierta, está lleno de tatuajes. Cada poema es un trozo de piel escrito por un buril, mapa para las islas de los cien tesoros, un portulano de bancos y de parques, de caminos. Una convocatoria. Volviste a caminar mucho más fuerte que antes, tal vez porque eres heredero, no lo dudes, de un poderoso orgullo campesino.
Ah, la tierra, los huesos.

Por repetir el abrazo, te la envío.

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Volver a caminar


Todo lo que tiene una historia
y ha sufrido algún daño
se vuelve más hermoso
en algunas culturas orientales.

No ocultes tus defectos ni tus grietas.
Haz lo mismo que los campos
recónditos e inciertos.
Celébralos porque se han convertido
en la parte más fuerte que hay en ti.

Y así como en la cerámica rota
reparada con polvo de oro y sellada
con laca de oro y plata
el japonés aprecia más belleza
así considérate más bello por haber
estado roto y por haber sido reparado.

Eres mucho más fuerte que antes
y tu valor ha crecido
al regresar al corazón oscuro del tiempo
donde comenzó el ansia del hombre
y su deseo inmenso de camino.

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Balance

Por delante la tristeza y por detrás la niebla.
Y no hace falta ya que muera nadie.
Eso ha sido la vida en esta estancia:
trenes vacíos con estaciones sin destino.

Desde entonces conoces mejor la soledad
y ese pavor que tienes
a los días llenos de medicinas
ya cobra su sentido primigenio.

Esto sucede cuando un corazón
sin arrugas llora con ansia
por un dolor imponderable
(el dolor del planeta)
del que nadie sabe sus orígenes.