SEMBLANZA Y CRÍTICAS

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TEXTOS SOBRE LOCUS POETARUM
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LOCUS POETARUM, de Francisco Caro. Texto de        presentación.

Por Rafael Soler 
                                                                             
    “Un poeta es un hombre como cualquier otro, pero con la cualidad de sentirse testigo de las emociones, de las angustias, de las alegrías suyas y de los demás. Y que se siente obligado a dejar testimonio de verdad y belleza”, sencillas y muy contundentes palabras de Francisco Caro en la misa funeral celebrada por nuestro llorado y querido Nicolás del Hierro en Piedrabuena el pasado 15 de enero, y al que dedica el libro que hoy presentamos: “Para la memoria de Nicolás del Hierro, poeta con quien fui”. Nuestro recuerdo y abrazo al poeta de ancha sonrisa azul y corazón acogedor. Y, también, palabras muy al hilo de Locus poetarum, que nos habla en voz baja y con acertada dicción del poeta, sus afanes y su mundo. Poetas en formación de combate verso en ristre que piden sitio, reconocimiento, una palmada afectuosa al menos en este noble asunto de los versos, para así establecerse en su lugar porque alguno habrá.

Y sí, el lugar de los poetas es un lugar al sol donde las sombras mandan, es un susurro, es un presagio y la tos de los humildes, música de fondo para ese entreacto que algunos llaman vida. El lugar de los poetas es, como bien dice nuestro autor en Denuncia, “un amante sin dudas / en los brazos sin dudas de lo amado”. El lugar de los poetas es, así se afirma en el mismo poema, “el final de una juerga, / las mitades del vientre, sus enigmas, / lo fértil de vivir tan de prestado”. El lugar de los poetas es esa palabra que muy pocos transitan desde su imposible anhelo, moneda de cambio para el cambio que nunca lleva cambio. El lugar de los poetas, ay, es un escaparate donde otra mosca camina tras la pluma que escribe. El lugar de los poetas, y no termino, es el círculo concéntrico de los volcanes mudos, allí donde Cirlot, y Juan Ramón, y el sirio Adonis, acompañan a Rubén junto a su muerte. El lugar de los poetas es una casa de salud mental, un frenopático con perros que ladran siete veces y en todas confiesa Panero su dolor.

Locus poetarum, lugar de los poetas, es, como muy bien dice José Cereijo en su atinado prólogo, “el lugar que le es propio, el lugar de la poesía, que quiere ser también el de la vida en su radical desnudez y autenticidad”. Y desde ese lugar, que son todos los lugares empezando por el propio, el de cada uno de nosotros, vates ilusionadamente ilusos, ha escrito Paco Caro estos apuntes y ejercicios de clase, un curso hermoso organizado por trimestres, como debe ser, con lecturas recomendadas, sabias reflexiones que nacen del hondón de su experiencia, el ciego Latus siempre cerca y la voz del Maestro escanciando los consejos justos. Libro, pues, para alumnos con vocación de permanencia en esta enfermedad que nuestro autor confiesa haber adquirido  por contagio en su Academia de la madrileña calle de Atocha, donde perpetró humildes papeles de vario contenido que ahora alumbra nuestro infatigable y riguroso Juan José Martín Ramos en Polibea, colección de ilustres que sin pestañear sigue sumando a su anaquel títulos imprescindibles en la poesía española contemporánea.

Afirma Vicente Huidobro, tras advertirnos con  desparpajo de genio humilde, que estamos en el ciclo de los nervios, y que el músculo cuelga, como recuerdo, en los museos: “El poeta es un pequeño Dios”. Discrepo del maestro. El poeta, cualquier poeta que se precie de tal, es un tartamudo bienintencionado, un predador en expectativa de destino, el ciego que busca escaparates y a ellos se asoma como otros a un burdel de cinco estrellas. El poeta, bien lo sabe Paco Caro, es un tipo desvalido que aspira a ser tipazo, y para él, tan poca cosa, tan dedos contadores a la caza imposible de un verso que no llega, ha escrito este tratado de buenas prácticas, manual que debe transitarse con la humildad del autor al escribirlo.

Tengo dicho que Paco Caro no sirve pizza al corte haciendo de la vida su parodia, y que su respeto por cuanto la Palabra dice y calla, y su talento de poeta grande le llevan siempre a ese vivero, inaccesible para muchos, donde aguarda el pueblo de sus padres, el desencanto bien llevado y mejor vivido, la tronante amistad. Tengo dicho también que no estamos ante un vate placebo que dicta al contado cuanto pasa, porque cada verso de Paco tiene un raro sosiego, fruto de su pelea con el lenguaje para decir lo justo, porque todos los poemas de Paco tienen su tiempo de cocción, y nunca salen a la calle de trapillo (y aquí, una oportuna nota a pie de página: diez años bien contados, diez, han sido necesarios para dar forma a este libro).  Y tengo dicho que algunos le llaman metapoeta pues es la Poesía asunto central de su quehacer. Así que, para no repetirme, añadiré ahora  a lo dicho que de su buen hacer da cuenta y razón este libro que generoso dedica a  sus compañeros de Academia, a los aquí presentes y a los allí ausentes, poetas de voluntad y poetas verdaderos pues todos tienen derecho a compartir ilusiones y pupitre. Que se levante el que haya escrito, de madrugada o en la mitad de un viaje, ese poema redondo por rotundo que lleva persiguiendo media vida y lo que te rondaré morena. Todo está por venir, y bien nos lo dice Paco Caro en este libro, y bien lo sabemos todos: Tintada o fónica, / el poema es materia, / un fenómeno físico, medible. / La poesía nunca.

Hablaba antes del andamiaje que sustenta y organiza los sesenta y dos poemas del libro, organizados para mejor sosiego del lector en una confesión previa, una “Prueba de ingreso”, y los tres capítulos dedicados a otros tantos pacíficos trimestres. Manual, pues, para dar algo de luz a vates necesitados y curiosos, pero también, y antes, y sobre todo, cuaderno vital donde reciben los ilustres de Paco su homenaje – Pavese, Pizarnik, Juan Ramón salva sea la distancia, inmenso Cirlot, ardiente Anne Sexton, Federico y sus cuchillos, Blas de Otero, José Agustín y don Francisco de Quevedo. Un cuaderno donde confiesa que, de todas las palabras que en el Verbo han sido, él reclama en absoluta propiedad la palabra nieve, que por hermosa y suya mansamente inunda sus poemas más logrados. Sería el caso del que abre su potente libro Cuerpo, casa partida, reconocido con el premio Leonor, bajo el título de “Son blancas aves”: Sin ninguna urgencia caen, como losas ingraves caen, son blancas aves tristes, pedazos de la piel que me creciera en los días de espuma // y caen, calmada como está al fin su rebeldía // son el vuelo,  son lo ceremonioso, caen y en su liturgia fingen la verticalidad o la desidia fingen. // Quiero decir que nievo desordenadamente que desde una habitada leprosería, nieva este nueve de enero”. Y en “De la voz como estela”,  poema que encontrarán en el Tercer Trimestre: “Sabed que no es la nieve / ni el camino, / sino la forma / del camino en la nieve”, ahí queda eso. Y por si fuera poco, en un guiño muy suyo, el colofón de este libro nos dice que se empezó a imprimir el 9 de enero del año en curso, qué casualidad, el mismo día del mismo mes en que don Francisco viniera al mundo, sin ser consultado y para bien de todos.

Dice nuestro autor que el poeta verdadero, a diferencia de los poetas de voluntad, sabe reconocer los silencios, el lugar donde guardan, que lo advierte por la sumisión, por el temblor, de las palabras que los flanquean, y que el silencio anotado puede resultar oculto al futuro lector, pero que confía en su lectura atenta, en el placer que supone su desciframiento, porque el poeta verdadero no debe oscurecer ni oscurecerse, simplemente saber que no es posible destruir los silencios. Amén.

Libro escrito a corazón abierto, con temple, con esa rara sabiduría que adorna a quienes saben hacer un viaje de ida cuando ya todo es regreso: “escribir / poesía es también y desde Homero / un acto de legítima defensa”, nos dice en un poema del segundo trimestre.  Y antes, en el primero: “Porque acostumbra / a los oficios más insospechados, / a veces / la poesía es / un carcelero ciego”.

Termino, que ya es hora. Confieso que he disfrutado mucho con este curso a la vieja usanza, y que repetiré en todos los septiembres que la matrícula permita en busca siempre de nuevas luces para transitar, a ser posible indemne, por este negocio abominable y hermoso de los versos.


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FRANCISCO CARO. LOCUS POETARUM. COL. EL LEVITADOR. EDITORIAL POLIBEA, 2017
Por Carlos Alcorta
    La solapa de este libro —Locus poetarum, el lugar del poeta— recoge una información en exceso somera sobre el autor, Francisco Caro: solo el lugar y la fecha de nacimiento (Piedrabuena. Ciudad Real, 1947, respectivamente). Sin embargo, nuestro autor ha publicado un buen número de poemarios, y me parece de toda justicia resaltarlo, como Mientras la luz (2007), Lecciones de cosas (2008), Cuaderno de Boccaccio (2009) o Paisaje (en tercera persona) y goza de un amplio reconocimiento: ha obtenido premios como el Ateneo de Jovellanos o el José Hierro., y esto no conviene hurtárselo al lector, aunque sea por humildad.
El libro que comentamos está flanqueado por dos subtítulos, «Apuntes y ejercicios de clase» y «Lecturas recomendadas» que revelan su pretensión didáctica, una intención a la vista que comienza con la sección «Prueba de ingreso» en cuyo primer poema, «La fragua de Ángel» se desvelan los maestros que guiarán la educación, el aprendizaje del poeta: Neruda, Vallejo, Aleixandre, Diego, Dámaso, Hernández, etc. Poco después, en otro poema, Francisco Caro confiesa, con una aversión solo aparente que, «Me gustaba leer/ despacio a los poetas que me amaban,/ me hicieron tanto mal/ que sin piedad ni furia, ni esperanza,/ sabedlo, los denuncio». Entre esos poetas se encuentran Jaime Gil de Biedma o Claudio Rodríguez, de quienes escribe: «el calor y sus versos me ganaron/ hasta el favor del solitario vicio,/ al público secreto que a nadie confesaba/ de masturbar palabras y veranos»: La vocación poética de Caro se alimenta de autores como los mencionados (y de otros muchos que irán apareciendo a lo largo del libro, como Bécquer, Cernuda, Dylan Thomas, Juan Ramón, Valente, Andrade, Elytis —la lista es muy amplia—. Ellos son los que contribuyen a que ese vicio se asiente y vaya ganando espacio en su vida. Uno de esos maestros, tal vez de los que más influencia ejercieron, fue el creador del ultraísmo, Vicente Huidobro: «lo aprendiste primero/ (y después lo olvidaste)/ en la casa y la lluvia de un chileno». De ellos ha aprendido el valor del lenguaje, el mimo con el que hay que trabajar a la palabra, siempre escurridiza cuando se trata de expresar, definir, de definir emociones y sentimientos: «El poema —escribe José Cereijo en el prólogo— es una lucha: con las palabras que lo componen en primer lugar, pero también con la realidad misma de la que parte y aspira a desnudar, a revelar». Francisco Caro lo constata en poemas como los titulados «Monedas», «Arroyo» o «Contra la indefensión» del que rescato estos versos: «Yo sé de sus recelos, yo sé cómo/ entre ellas se observan,/ miden y temen/ hasta llegar a odiarse// por eso,/ para esconder su agobio, / las palabras nos buscan, nos alquilan,/ nos abrazan y ciñen/ hasta lograr,/ aunque no lo pretendan, que parezcamos torpes,/ angustiados o débiles», y es consciente, además, de esa imposibilidad, motor, por otra parte del poema, porque son los sucesivos fracasos los que provocan un nuevo intento. Y es misión del poeta no desfallecer, cargar con el peso de la piedra del sentido por la pendiente, como un nuevo Sísifo. Dentro de lo que el autor ha llamado «Lecturas recomendadas», podemos encuadrar muchos de los poemas homenajes (A Ann Sexton a Pizarnik, a Auden, a Pessoa, a Rilke, a Ungaretti o a Ángel Crespo, por ejemplo). Francisco Caro recrea pasajes vitales de estos poetas no siempre sujetos a una realidad biográfica; en muchos casos esa realidad es emocional, es decir, se nutre de expectativas, de deducciones, de experiencias surgidas desde la particular lectura que Caro de ellos., tal vez porque «Sólo el poema puede/ penetrar,/ bisturí, la verdad/ y no romperla// alojarse en su vientre,/ dejarla en confusión,/ embarazarla».
Un ritmo perfectamente trabajado a base de versos de métrica impar, trisílabos, heptasílabos, endecasílabos hace de este manual un sugerente recorrido por la poesía contemporánea y trasmite al lector la devoción y el respeto con el que nuestro autor se enfrenta a la poesía, algo que no conviene olvidar en estos momentos en los que las listas de ventas están encabezadas por desahogos sentimentaloides enfocados hacia un determinado público adolescente, ese que suele coger el rábano por las hojas. Para recordar lo que es poesía —y no es preciso adjetivarla—sirven libros como este. Ojala encuentre también su público.
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Francisco Caro
Por  Vicente Barberá


         Curioso libro de mi buen amigo Francisco Caro al que tuve el gusto de conocer hace casi un año con motivo de un encuentro de poetas españoles en el Monasterio del Santo Espíritu de Gilet (Valencia). Entonces me dedicó Cuerpo, casa partida, ganador del premio LEONOR de 2013. En esta ocasión me dedica Locus Poetarum. Si el primer libro es una maravilla, este es un derroche de creatividad que llama poderosamente la atención por su tema, a veces confuso, y por su originalidad. Se trata de un aprendiz de poeta que recibe clases en la “Academia” de un “Maestro” que, según Francisco, vive, vivió en un piso madrileño de Atocha. El curso duró menos de un año (del 13 de septiembre hasta  junio). Así enfermó de fiebre, herido profundamente por la palabra, de la que todavía arrastra las secuelas.
            Tremendo libro que se pasea por el jardín inmenso de la palabra con ese amor que enferma a sus amantes. Durante la lectura del libro, que hice en un día mientras acudí a dos consultas médicas –todos sabéis que a veces las esperas pueden ser interminables-, pude disfrutar no sólo de su riqueza expresiva y léxica, suprimiendo los signo de puntuación en algunos poemas y citando a muchos poetas, lo que sirve para despertar nuestra memoria, sino que, además, pude gozar de la música, del continuado ritmo que permite leer sin ganas de terminar la lectura.
            Subrayé numerosos versos y estrofas. Transcribo estas dos:

(…)
no hallarás su lugar, su territorio, (se refiere a la sencillez)
hasta que escribas solo,
vacío de ambición y para nadie,
como si hubieras muerto.

&&&&&

SÓLO el poema puede
penetrar,
bisturí, la verdad
y no romperla
(...)

            La enhorabuena, amigo. Seguiré disfrutando con nuevas lecturas seguro de encontrar en cada una de ellas nuevos motivos de admiración.

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 Sobre LOCUS POETARUM (de Francisco Caro)

Por Antonia Álvarez Álvarez
            
        El título, en latín, ya nos dice muchas cosas: Locus poetarum, lugar de los poetas. El libro comienza con un breve exordio en el que se nos habla de un Maestro, de una Academia, de papeles humildes y manuscritos callados de la carpeta azul…, exordio sin ánimo de captatio benevolentiae, porque ni falta que le hace al poemario. Esta primera declaración de vida, seguramente ficticia, “lazarillesca”, plena de genialidad, ya despierta nuestro interés de inmediato.

             Entramos luego en la cuestión de la inventio o heuresis. El tema del libro es la poesía, la  poesía propia a la que se incorpora la de otros poetas que Caro admira, y, a su vez, esos mismos poetas, en espiral  fecunda y contagiosa, se incorporan de modo magistral al decir del autor. Hay una simbiosis perfecta y pareciera que fácil, pero esta tarea que se propuso Francisco Caro no es fácil en absoluto: hay que tener una inteligencia, una sensibilidad, un saber hacer poético que están al alcance de muy pocos. Poetas imprescindibles y queridos para nuestro autor (Blas de Otero, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Huidobro, Girondo, Valente, Colinas, Ángel González, Lorca, Anne Sexton, Cirlot, Rubén, Vallejo…) ascienden en vórtice  imparable, junto con la voz personalísima del poeta que los convoca, a la tercera rueda donde habitan los enamorados de la Poesía, así, con mayúsculas. En ese ascenso nos vemos arrastrados también los lectores, víctimas de un delirio de palabras y de música; y allí, en valles floridos y sombríos  reservados a los que ascendieron con ellos , sobrecogidos por el temblor de lo poético, callamos, sentimos, nos extasiamos, ebrios de luz, de voz y de misterio.

         Y esto lo consigue Francisco Caro haciendo uso de una  elocutio acertadísima: la  concisión, ese conceptismo particular que caracteriza a su poesía, lo logra haciendo poco uso del adjetivo, adelgazando el verso, eliminando los elementos superfluos, lo cual genera un estilo que se caracteriza por la sugerencia, la desnudez, la esencialidad y la elocuencia de los silencios.  Algunos de sus poemas son verdaderos símbolos disémicos; hay bellísimas aliteraciones, conseguidas metáforas, hipérbatos no violentos, pero siempre sorpresivos, originales neologismos  (heptasílabamente), hipálages, encabalgamientos léxicos… Los recursos estilísticos están manejados con maestría. Y siempre, la intertextualidad. Prescindo de ejemplos porque sería dilatarme en extremo, e invito al lector a descubrir por sí mismo toda la riqueza que en este sentido encierra cada poema.

                    En cuanto a la dispositio, después del exordio, el libro parece seguir un ordo naturalis, un orden cronológico:  prueba de ingreso (“ya en la primera clase el maestro nos hizo una advertencia”), primer trimestre, segundo trimestre, tercer trimestre. El poemario está perfectamente estructurado, nada sobra, nada falta.

             Analizar, desmenuzar un texto, aunque sea sucintamente, dicen que lo desvirtúa, y quizá tengan razón. A su lectura me remito. No defraudará a los amantes de la poesía porque en Locus poetarum lo que de verdad tenemos, aventando todo lo demás, es música, estremecimiento poético,  emoción, sabiduría, creación…, el vértigo de la verdadera poesía, esa poesía que en palabras de María Zambrano “es un abrirse del ser hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y ver en la oscuridad. “La música callada, la soledad sonora”… “Un encontrarse entero por haberse enteramente dado”.  


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PACO CARO EN ARCO POÉTICO  (Palabras de presentación)

Por Rafael Soler



   Hace unos días, de forma un tanto inesperada, y con el logrado propósito de mantenerme alerta y al quite, Lucía me dio las buenas noches escanciando esta pregunta al apagar la luz: “¿cómo llevas lo de Paco?”. ”¿Lo de Paco?”, di yo un respingo entre las sábanas. No hace falta por obvio precisar que “lo de Paco” era el acto que hoy reúne aquí a sus fieles incondicionales, que son muchos, y a cercanos que están deseando escuchar a este poeta siempre pendiente de cuanto hacen sus afines, una tropa creciente y entusiasta dispuesta al abordaje de presentaciones y lecturas. Mi respuesta quiso ser lacónica y contundente. “pues bien, Paco es mucho Paco, y ahí estoy, dándole vueltas”. Pero Lucía, cuando quiere, y quiere muchas veces, es implacable. “¿solo bien? pues tú verás lo que haces”. Consiguió desvelarme.

   Toca hoy, y ya es hora, escuchar a Paco Caro, que merecidamente recibe el tratamiento de “caro Paco” por quienes le frecuentan, en merecido tributo a su cercanía y bondad sin límites. Y digo que ya es hora porque Paco no es pródigo en lecturas propias: prefiere escuchar, recogiendo en su capazo cuanto perpetran sus colegas. Como sabéis, el capazo de Paco se llama Mientras la luz, en él cabemos todos, y cuenta con una infatigable becaria, una fotógrafa muy resolutiva y una asesora de contenidos e imagen, y que atienden las tres, casualidades de la vida, por el santo y compartido nombre  de Mari Carmen.

    “A Paco Caro -nos cuenta el nuevamente laureado y siempre rotundo Pedro A. González Moreno- uno se lo encuentra a menudo por las tertulias madrileñas, pero su mirada siempre viene de un antaño molinero donde las cosas tenían aún el color puro de la harina. Va por la ciudad de café en café, de librería en librería o de taberna en taberna, pero sus pasos siempre tienen esas añoranza olivarera de un vareador de sueños”. Ahí queda eso, y qué razón tiene Pedro A, porque Paco no es un vate de neón edulcorado, discreto cantarín que asola con sus versos los salones. Paco llega, sonríe, ocupa asiento fuera de los focos, toma nota, interviene si no queda otro remedio, brinda con vino blanco por los presentes y por los otros con gintonic, se marcha el penúltimo con Maxi sin mirar nunca el reloj, y bien de mañana rompe a escribir, a escribirse y a escribirnos. Y lo hace bien, rigurosamente bien, porque cuando escribe, y vamos tocando médula, Paco Caro no sirve pizza al corte haciendo de la vida su parodia, y su respeto por cuanto la Palabra dice y calla, y su talento de poeta grande le llevan siempre a ese vivero, inaccesible para muchos, donde aguarda la nieve, el pueblo de sus padres, los remeros ciegos, el desencanto bien llevado y mejor vivido, la tronante amistad, el país imposible donde quisiera enterrar sus poemas, esa desolación que a veces nos embarga y es, afortunadamente, un billete de ida para sus versos y otro de vuelta para el lector aterido que luego deja el libro en la mesilla, y desentraña en lecturas sucesivas el hondo significado que albergan libros irrepetibles como Paisaje (en tercera persona), y cito solo uno sin demérito del resto. Paco Caro y su parar apacible, y su manera de escribir con difícil sencillez para que todos sepan.

   A estas alturas del partido, tras su modesta y casi silenciosa irrupción en nómina con la publicación en 2.006  de su primera entrega poética, “Salvo de tí”, son muchos los que, con más autoridad que quien os habla, han puesto acento y reflexión a su ya amplio y riguroso trabajo: ocho libros publicados desde entonces, que se dice pronto, y otro en prensa con el título de Cuerpo, casa partida, flamante y recientísimo trigésimo segundo premio Leonor en limpia diputa con otros 189 candidatos, y que verá la luz el próximo febrero, haciendo buenas las palabras que pronuncié no hace mucho, con motivo de una de sus raras lecturas; “… decía transparencia, y ahora digo poeta. Y empezando por el final afirmaré que  Paco Caro es un poeta muy excepcional, un artesano del verso cuya obra nace y se expande en poemas memorables que rezuman amor por la palabra Y hago estas rotundas afirmaciones con la seguridad del que conoce toda su obra publicada, tan extensa como intensa, y algunos de los inéditos que guardan turno en su carpeta, y que el día menos pensado llegarán a sus lectores en forma de un nuevo libro, que muchos estamos ya esperando”. Nuevo libro, pues, nuevo premio de prestigio en su haber. Y hablando de premios aprovecho aquí para dejar claro que nuestro poeta, en su humildad militante, insiste en que no gana premios y sí reconocimientos, sorprendente matiz de quien desea transitar de puntillas y sin molestar a terceros por el bulevar del éxito.

   Ocho libros publicados, “y en todos ellos, como hijos de la misma voz, las mismas pautas: sobriedad, pureza, concisión, parquedad casi, desnudez, sutileza, simbolismo traslúcido y elocuentes silencios”, tiene dicho nuestro común y muy poco común José Luis Morales, que añade: “andad atentos a su voz, que a nada le teme tanto el poeta Francisco Caro, como a lo abundante, a lo que crece sin mesura y se expande sin pudor, pues la demasía siempre estorba”.

   Paco Caro sabe, y le cito textualmente, que “sin lenguaje poético es imposible que la poesía aparezca”, y que “la única manera de quedarse en ella, y ella contigo, es respetar esa norma”. Lúcida reflexión, y piedra angular de su escritura, porque no estamos ante un vate placebo que dicta al contado cuanto pasa, y su poema de hoy es el Poema. Cada verso de Paco tiene un raro sosiego, una inconfundible y muy personal arquitectura, fruto de su pelea con el lenguaje para decir lo justo, que muchas veces es demasiado. Los poemas de Paco, todos los poemas de Paco, tienen su tiempo de cocción, cohabitan con los demás en su carpeta, y nunca salen a la calle de trapillo. ¿Metapoeta, como algunos gustan llamarle? Pues sí, metapoeta. Pero también, y antes, y sobre todo, si me permitís la desmesura, megapoeta, poeta grande, honesto, exigente, en un viaje ya sin retorno al encuentro de cuanto habita en su corazón; pues allí nacen siempre los poemas de Paco, aunque con maestría nos hable algunas veces desde un corazón transparente que desea interpuesto y que siempre, al final, es solo suyo.

   Y que nadie se preocupe por su futuro. Paco mantiene una relación tan intensa como discreta con Massimo Novello,  y en soledad de dos comparten las enseñanzas del maestro Boccaccio de Certaldo: dí breve, deja / que busque quien te lea / que adultos seguidores / de tus escritos hallen / placer en el hallazgo / que añadan a la tuya / también su vanidad. Y por si fuera poco, nuestro poeta recibió de manos del no menos ilustre colega Paco Marquina el  Frasco del Elixir Poético, acontecimiento del que fui testigo, con otros privilegiados, en una tarde memorable en Libertad Ocho. Poco sabemos de su exacta composición, y mucho a estas alturas de sus efectos, si tales pueden medirse, y es el caso, por la hondura, talento y precisión con que sigue escribiendo este joven zascandil del heptasílabo, afable notario de las andanzas de la peña,  amigo intenso, como él suele llamar a sus primeros. Tenemos poeta para rato, como bien podréis comprobar con su lectura.

Gracias, amigazo, enhorabuena, y a por todas que esto acaba de empezar:

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TEXTOS SOBRE "PAISAJE (EN TERCERA PERSONA)"
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PALABRAS EN EL BOSQUE

Por José Luis Morante
    
  

 Mea culpa. En el discurrir del tiempo, soy un lector tardío de Francisco Caro;  conocía muy poco el afán creador del poeta, aunque estábamos cerca: tenemos amigos comunes, los dos hemos dejado muchos años de nuestra vida desempolvando el pasado como profesores de Historia y me asomo con frecuencia a su blog. Así que, deuda obliga, emprendo de inmediato la lectura del poemario Paisaje (en tercera persona) reconocido con el Premio “José Hierro”.

   El poema umbral ya establece los primeros códigos reconocibles: una composición breve que vela el yo mediante un narrador interpuesto y una temática reflexiva sobre la vida y la literatura, dos temas esenciales de la poesía de cualquier tiempo: "Como la playa ociosa/ a final de septiembre, allí/ donde la luz asume que su vigor caduca/ ajeno a la existencia de los otros,/ así contempla el hombre/ mansa y leve su mano, la herramienta/ con la que atesorara/ el esplendor azul de cada instante"

   El prisma del paisaje se difunde desde dos vértices. Por un lado, lo geográfico, el espacio físico que habla con los sentidos para dejar en la memoria sus elementos singulares; aquellos que preservan las imágenes del recuerdo: los senderos de Tejera Negra, las estribaciones de Gredos, Albarracín, Hervás… nombres propios de una geografía espiritual y física en la que el yo encuentra el reflejo transparente del agua.

   El otro vértice es el paisaje de la biblioteca, la cartografía de palabras que van testificando realidad y sueño. “La misericordia de lo ágrafo" no cuestiona el sentido de la escritura inventando senderos metaliterarios sino proporciona a la sensibilidad del yo un frágil reducto de permanencia que hace más habitable la soledad.

  En los dos senderos que bifurcan el libro habita el paisaje emocional –el que casi siempre origina la empatía del lector- donde la palabra testimonia  los llanos y cerros de la existencia, siempre llena de interrogaciones tras cada recodo. De esas machadianas galerías interiores habla uno de los mejores textos del libro, el poema que abre "Carretera cortada", un texto narrativo, especular, lleno de sugerentes matices: los días del mañana no son sino las curvas de un recorrido que acaba sin más.


  Paisaje (en tercera persona) entremezcla la observación real y activa del entorno cotidiano y particular, visto como un dibujo detallista, con la mirada interior que desvela evocaciones y recuerdos en el latido manso de los calendarios. Poemas de ida y vuelta que difunden espacios de una realidad recuperada por la memoria y ese extrañamiento del hombre que recoge palabras en el bosque para encender las llamas de lo diario.

(Publicado en el blog Puentes de papel)
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CANTO DESNUDO DE LA EDAD

Por Antonio Daganzo

   El caso de Francisco Caro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1947) se cuenta entre los más singulares de nuestras letras recientes. Resulta verdaderamente extraordinario asistir a la poderosa irrupción de una voz capaz de aunar, en un mismo lance, la madurez vital y la lírica, como si tal conjunción fuese fruto de una larga carrera de publicaciones y decantaciones. Bien al contrario, en apenas un lustro el autor ha demostrado que lo suyo era venero silencioso, cuyo caudal aumentaba en el secreto de las lecturas, la experiencia sin ambages y un sentido innato de la depuración, hasta el desbordamiento de los ocho libros –Salvo de ti, Mientras la luz, Las sílabas de noche, Lecciones de cosas, Calygrafías, Desnudo de pronombre, Cuaderno de Boccaccio, y al cabo Paisaje (en tercera persona)- que, desde 2006 hasta aquí, le han situado de un plumazo no sólo en el grupo de cabeza de la poesía manchega –con la que comparte un mismo tono sereno, un regusto clásico actualizado y una intimidad austeramente estremecida, cifrada en la esencialidad del paisaje–, sino también entre lo más interesante de la poesía española actual, entre lo más genuinamente granado, consideración que va mucho más allá de los notables premios que, en creciente abanico, han hecho posible la publicación y difusión de su obra. Además, y a mi juicio, Francisco Caro –capaz de vivir en la poesía con su sencillez y humildad proverbiales- es un “metapoeta” de una pieza, hoy quizá el de mayor finura e ingenio, como su penúltimo libro hasta ahora, Cuaderno de Boccaccio (Premio “Ciudad de Alcalá” 2009), se ha encargado de poner de manifiesto, preciosa reconstrucción filológica-historicista mediante.

Su octavo poemario –último por el momento- es este Paisaje (en tercera persona) que aquí se glosa, y que ha visto la luz tras serle concedido el XXI Premio Nacional de Poesía “José Hierro”, prestigioso galardón que ha venido a reconocer como nunca la inherente calidad de la escritura del autor. Escritura, composición donde la armonía formal sigue constituyéndose en seña de identidad inmarcesible, preponderando los versos endecasílabos, heptasílabos, también pentasílabos, suavemente forjados con el ritmo sincero de quien ha olvidado ya los rosarios y sus cuentas para hacer de la métrica latente un hilván sucesivo, sutilísimo, susceptible siempre de encontrar las combinaciones adecuadas en la construcción minuciosa de cada poema, de su prosodia íntima. Desde esa flexibilidad, el autor permanece fiel igualmente a su divisa de brillantez, que en su caso no nace del preciosismo musical y la imaginería desbordada –herramientas tan legítimas, tan necesarias y tan bellas cuando se las sabe manejar-, sino de un particular sentido de la concentración expresiva que, a mi modo de ver, se ha ido acendrando a cada nuevo libro suyo, incluso sin temerle al vértigo sintáctico: a la alta sugerencia, en puridad –véase el poema “(Solo en) Albarracín”-. Desnudez sobremanera oportuna en una poesía, o mejor, en una poética como la de Caro, cuyo sujeto lírico busca perpetuamente conocerse y conocer, y en un libro como Paisaje (en tercera persona), donde ese tiempo tan nuestro como huidizo que llamamos edad, su peso y su poso, lleva al hombre a mirarse desde afuera para cantar la justa experiencia trascendida.

Encabezada por unos breves y elocuentes versos de introducción – ya la “mansa y leve” mano del hombre se antoja aquí “playa ociosa a final de septiembre”-, la obra se estructura en tres partes, siendo la segunda su corazón en forma de poema extenso y único, “Carretera cortada”, de gran fuerza simbólica –el futuro hecho presente y convertido en una “simple / carretera en desuso”-, donde el autor se permite un mayor desarrollo, e incluso el regreso de alguna elocuente imagen preñada de significación, a la manera wagneriana. Antes y después, sendas secciones de veinte poemas cada una –poemas sobrios, vibrantes y certeros- nos adentran en un universo desolado, cuya clara conciencia del desgaste y el acabamiento existencial (“Tiene frío / y está despidiendo la vida”; “…la obligada, la obediente pereza / y adulta de vivir”) adquiere tintes de patetismo como nunca hasta ahora en la producción de Francisco Caro. Para comprobarlo basta remitirse a dos composiciones pertenecientes a la primera parte –posiblemente la mejor del libro-: “Huecos”, de sorprendentes resonancias baudelerianas (“El tiempo está en los ojos / de aquella calavera / blanquísima de perro”) y el estremecedor “Pinar de Aguilafuente”, quizá el texto de mayor desgarro y gravedad de cuantos su autor haya dado a la imprenta. Pero esa mirada externa, no desde el “yo” sino desde la tercera persona a la que alude el título de la obra –“el hombre”- aborta cualquier lastimera tentación, y acierta a encerrar el dolor en la esfera del conocimiento, de las palabras que el poeta maduro, “mendigo” y “no profeta”, recoge “como si fueran leña en el bosque”, pronunciándolas “con el mismo temor con que leía / cuando niño los ojos a los ciegos.” Y de ahí que, para conjurar el peligro de un postrero desengaño incluso en la comprensión del mundo (“¿Hallar equivocados / nombres a cada cosa?”), trate de “buscar la exactitud / escueta del paisaje, del instante, / escribirla, fijarla”, y llevarlo a cabo en los diferentes lugares, más o menos concretos, de la geografía española que le sirven de necesario marco para “hacer / de la contemplación / de los instantes / el repetido curso de la vida”. Estirpe indudablemente machadiana de la que proceden poemas como el citado “(Solo en) Albarracín”, o el mágico “Robles en Hervás”, de una pureza extrema.

“Siente que sólo / le queda como herencia la piedad”, escribe “el hombre” para el que ya “vivir es equilibrio, solamente equilibrio”. Quizá sea precisamente esa misericordia íntima la que incluso le niegue una falsa esperanza, final, consoladora. Y, sin embargo, la lectura de Paisaje (en tercera persona) no deja en el espíritu una especial amargura: como si la resignación por lo inevitable hubiera alcanzado una pasmosa, sanadora sazón de lucidez, donde el final de la pasión por vivir no es drama sino ley abarcable, ruina admisible, canto desnudo de la edad que Francisco Caro, con su indeclinable buen hacer, coloca –junto a particulares hitos como Salvo de ti, Mientras la luz o, por supuesto, Cuaderno de Boccaccio- entre los mejores logros de su producción.

(Publicado en NAYAGUA nº 13)
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PAISAJE (EN TERCERA PERSONA)

Por Eugenio Arce Lérida

   En este tiempo cálido, el estío nos regala pedazos de sombra, huecos en las horas donde alumbrar el tiempo necesario para leer un poema y, después, pensar, meditar en lo leído y atreverse a seguir internándose en la fronda poética, internamente lúcida y consoladora, del libro que alguien nos regaló como una señal inequívoca de amistad. Este libro se llama: “Paisaje (en tercera persona)”, del poeta de Piedrabuena Francisco Caro que en 2010 obtuvo el Premio Nacional de Poesía “José Hierro” que convoca el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes.

   Si la poesía habla de emociones y sentimientos, en este libro está la magia lírica a flor de versos. El título pretende establecer un cierto distanciamiento entre el autor y el lector, pero a poco que se observe el juego literario uno aprecia que tal alejamiento es menos real de lo que a primera vista parece.

   Ya dije en una ocasión –con motivo de la intervención de Paco Caro en la séptima edición del Recital de Poesía de Santa Cruz de Mudela (año 2009)- que este poeta era un explorador del lenguaje que ofrecía sutiles perspectivas literarias. Hoy, dos años y tres libros después, lo sigue siendo. En este afán de exploración, no sólo del lenguaje sino de nuevos paisajes sintácticos, este poeta ha ido discurriendo por diversas fases comunicativas q ue le avalan como un renovador del hecho poético. Sólo los verdaderos artistas se niegan a caminar por caminos trillados y Paco Caro en pocos años (su primer libro: “Salvo de ti” es de 2006) ha sabido labrarse una voz personal y distinta al resto de la numerosa pléyade de poetas que pueblan el suelo patrio.

   En “Paisaje (en tercera persona)” el poeta nos propone una correlación sutil entre los paisajes exteriores que pueblas el libro: Albarracín, Gredos, Águilafuente, sin olvidar su tierra: los montes de Luciana o de Almadén, y los paisajes interiores que atormentan o iluminan –según los casos- el quehacer, a veces, el afán de vivir. Es esta correlación de sentimientos lo que llama la atención del lector, pero, además, no se olvida el autor de plasmar otros hechos, otras vivencias: la soledad, la lectura, la escritura, las estampas bucólicas del pueblo, el fuego como misterio, etc.

   En una leve muestra de sus versos se aprecia la riqueza de registros emocionales que se plasman en el libro. Por ejemplo, de “Nocturno en el refugio” se dice: “El corazón del hombre/ observa el fuego/..../como las llamas gime/..../aún no acepta/ que todos sus afanes/ los latidos/ los deseos que viven en el ápice,/ en los dedos de cada llamarada,/ se resuelvan en humo”. En el poema “Sierpe” hay una bonita reflexión (otra vez la correlación naturaleza-hombre) sobre la “camisa” abandonada por una serpiente: “El hombre duda,/ sospecha que sus dedos la desharían/..../mas necesita/ saber si la serpiente/ a la dureza de los soles también abandonó/ en esa vieja piel a su memoria”/.

   Francisco Caro vuelve con este libro, que es el noveno de su obra si no recuerdo mal, a bucear en el corazón de quien se atreva a leerlo. A veces, es necesario una relectura atenta de los poemas. Es una de sus marcas: el oficio misterioso del lenguaje poético nos lleva por caminos insospechados, pero siempre nos iluminan sobre la compleja tarea de vivir, sobre todo si quien reflexiona tiene sensibilidad y este poeta de Piedrabuena la derrama a versos llenos en todos sus libros. Su paisaje es nuestro paisaje en más ocasiones de las que uno sospecha. Enhorabuena.

(Publicado en LANZA, 7 de julio 2011) 
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LA ESENCIA SENTIMENTAL DE UN PAISAJE


Por Manuel Cortijo Rodríguez

   He aquí un apretadísimo y singular racimo melancólico de vivencias próximas o distantes, reales o figuradas -pasado al fin-, que constituye el nudo temático y la veta sentimental fundamentada en este libro, con el que el poeta de Piedrabuena, Francisco Caro, se ha alzado como ganador del Premio Nacional de Poesía José Hierro, convocado por el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes.
El poeta, fielmente recogido en las vivencias de una vida consagrada a la observación interior del paisaje que el tiempo le ha invitado a mirar, nos va presentando la sustancia señalera y emotiva de estos lugares que los años se han ido encargando de podar. La leña resultante de la tala cumplida, que el hombre desea agavillar, la lleva bajo el brazo, como un sarmentador de la llanura, la necesita el hombre, la precisa porque busca calor…, porque este hombre, mirador de bosques y leñador circunstancial, consciente de su estado: “Tiene frío y está/despidiendo la vida”.

   El hombre fraternal se deja una porción enorme de vida en cada paso, en cada avance por su paisaje habitual. Descubre que, en su andadura sentimental, el vacío y la soledad le acompañan y son su pensamiento. Caminante versado en frondosidades y elevaciones luminosas, cargado con el peso de tanto ya perdido, Camina al borde/de las aguas que pasan todavía y él contempla, les hace un sitio definitivo en sus ojos, desde los que el hombre vuelve a mirar a la gente/el hambre de sus pasos. Y sigue de su viaje mira a veces una naturaleza impasible, amenazada como él: marcada por el aspa, por el rojo,/teñido con la agria/tristeza con que tintan/los sicarios. Anda sólo y La nieve le permite/contar sus pasos. La caminata es larga y él lo sabe, conoce palmo a palmo la orografía accidentada de una vida: el trayecto del ritmo y la palabra donde él se reconoce.

   Sí, él sabe que se busca en el poema, se quiere en el lugar de la palabra abierta, de la mirada abierta del espíritu, la misma que le ha traído a este lugar, donde se queda y promueve una resonancia sentimental que actúa como eje revelador del contenido temático del libro: Este es el territorio que buscabas…, verso primero del poema CARRETERA CORTADA. Será en este poema, pleno de ideaciones de gran fuerza simbólica, donde el poeta ordenará su archivo sentimental, pondrá en claro las claves que desenlazan esta excursión derramada en lances de humanísima solidaridad. CARRETERA CORTADA resulta un conmovedor escalofrío de quien sabe que sólo desde allí puede dar las noticias más ciertas de su vida, porque no tiene duda de este poema es, éste es el poema… Cierto es que el poema a que nos estamos refiriendo, resulta inevitable en este libro, si queremos llegar a ver la esencia de este paisaje deshojado, de esta agridulce resignación, este naufragio sentimental que genera un estado de llamativa aflicción.

   Ya en el primero poema de la parte III y última del poemario, el hombre se refugia en esa soledad extraviada del cuarto o estudio donde escribe, donde tantas veces armó la densidad y la exigencia de sus poemas. Lo primero que ve es Sobre la mesa dos/lapiceros sin alas. Acaso aquí duele con más intensidad la llaga del destino presente, y el hombre –el poeta- se plantea incluso la mudez: No desea volver/ a escribir./Por lo menos ahora. No desea esconderse.

   En tal manifestación sentimental, se encubre una ponderación melancólica de tinte desolado, un registro de madurez que es necesario ver en el poema ”REFUGIO” .

   Sobrepasados los instantes duros del planteamiento antedicho, pronto se consagra al goce redentor de la escritura: Quisiera ser palabras/deslizándose, signos, bajo un puente… Se diría que se ha restablecido la voluntad de ser y estar atento al resplandor acuciante de la palabra, por si llega. Y en este libro llega siempre como una tentativa redentora e imperecedera, aunque el poeta sabe que los días/se suceden avaros, que atacan lobos muy cercanos,/cada vez más cercanos.

   Así asistimos a todo el recorrido por estos paisajes (mirados y leídos en tercera persona), abordado en tres partes diferenciadas, representativas de este circuito emocional que engendra los crepúsculos propios y el cansancio del atardecer: un circuito que se nos antoja esencial en la obra poética de Francisco Caro, que le pone grandeza lírica a su nueva calle escrita, le conduce a la última estación de parada de este formidable libro, desde cuyo andén Intuye que debiera/bajar los ojos, mirar el mar.

Francisco Caro nos ofrece en libro muestras de su evidente madurez, el canon de una estética vigente, sus plenitudes y sus capacidades creativas, su poderosa verdad, expuesta con indudable maestría para desenvolverse en cualquier presupuesto estilístico. Nos invita a mirar su intemperie interiorizada entre el paisaje entorno y el dolor de la soledad acompañada. Estamos, pues, ante un poeta fundamental, imprescindible, ante una voz hecha, a tener muy en cuenta en la literatura española de este momento.

(Publicado en Calicanto nº 22)
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SOBRE PAISAJE


Por Jorge de Arco

  El XXI premio de poesía José Hierro recayó, en su última convocatoria, en el poemario Paisaje (en tercera persona) de Francisco Caro. Nacido en Piedrabuena, Ciudad Real, en 1947, su obra lírica se inició de manera tardía, pero en apenas seis años ha cosechado un buen número de galardones: Juan Alcaide, Ciudad de Zaragoza, Ateneo Jovellanos, Ciudad de Alcalá… Su naturaleza poética viene signada por un discurso preciso y pleno de coherencia, que sabe aunar una virtuosa sensibilidad y una materia temática de natural humanismo.

   En esta nueva entrega – editada en la colección literaria Universidad Popular que patrocina el Ayuntamiento madrileño de San Sebastián de los Reyes- el vate manchego sitúa el yo poético en una tercera persona, que le permite pasear su mirada desde los ojos de “el hombre” solitario, nostálgico, cómplice del pasado y del futuro que habita en los más hondo de su ser. Porque a sabiendas de que “el tiempo esta en los ojos” y que en la delgada sombra que atraviesa por sus párpados anida un sinfín de estampas de cuanto fue y será, su incesante caminar va tiñendo los paisajes de un aroma a irrepetible juventud: “busca/ para su día el hombre/ una luz que no hubiera/ sido jamás adjetivada,/ un olvido inconsciente/ al tesón de las voces”. Cobijado tras la lumbre que le otorgan los escenarios familiares de antaño, el hombre “siente que sólo/ le queda como herencia la piedad”. Mas, aún así, se recompone y se sostiene erguido, mientras contempla la terca audacia de las estaciones sobrevolando las heridas de su corazón: “Nadie con él y todavía/ no sabe si está solo/ definitivamente solo”. Y permanece fiel en la constante búsqueda de aquellas palabras “culpables, cómplices o puras” que le hagan despedirse de la vida con la fe intacta en su propio cántico.

   Libro, en suma, que nace de un larguísimo periodo de reflexión y que traspasa el umbral del alma lectora, porque sabe dialogar con un paisaje áspero y melancólico, pero a su vez tentador y necesario: “Desde el acantilado/ azul, observa el cielo,/ el sol: azor que le vigila./ Nada dice. Le duele cuando calla/ “han pasado los años, sigues vivo”/ Intuye que debiera/ bajar los ojos/ mirar el mar”.

(Publicado en Granada Cultural)
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DEL DÍA, LA VIDA Y LA ESCRITURA EN FRANCISCO CARO

Por Ángel Luis Luján

   El poeta ciudadrealeño Francisco Caro, que empezó a publicar algo tardíamente (su primer libro, Salvo de ti, es de 2006), pero que desde entonces cuenta con una trayectoria sólida avalada por varios premios que reconocen la calidad de su escritura, nos presenta en Paisaje (en tercera persona) un libro crepuscular, una instantánea verbal de todos los finales: del día, de la vida, de la escritura.

   El paisaje al que se refiere el título es una suma de paisajes reales (Albarracín, Gredos, Mora, Hervás, Almadén…) que forman un solo escenario de encuentro con la ausencia que es uno mismo (p. 25). Ello nos revela la raíz simbolista del poemario, su inspiración finisecular para un siglo que empieza. Como los autores en el tránsito del XIX al XX, Francisco Caro levanta espejismos verbales que son en verdad “paisajes interiores”. De hecho, algunos tienen gran afinidad con las estampas del atardecer mágico en los campos del primer Juan Ramón Jiménez, incluido un guiño a la bucólica clásica en esos pastores que se retiran al final de la jornada (p. 56).

   No deja lugar a dudas la referencia a Rubén Darío para situar este libro en la estela de un Modernismo pasado por todos los existencialismos y posmodernismos del siglo XX: “(Él sospecha que toda / —le llegó por el cauce de Darío— / la poesía nace de lo triste.)” (p. 33).

   De este extraño y logrado equilibrio surge una voz muy personal y honda. El poeta, en lugar de entregarse a la desnudez o ficción descarnada del yo que caracterizaba a los simbolistas, adopta una técnica más propia de la poesía española de los años 50: la enunciación en tercera persona, como indica la parte del título entre paréntesis, y donde alcanza pleno sentido al referencia a Blas de Otero que aparece en la página 27. Este pudor, que hace retroceder ante el desbordamiento del yo (estudiado por Carlos Bousoño), y la búsqueda de otro tipo de desnudez, la de la objetividad de una mirada imposible deben bastante al Francisco Brines de Las brasas, con cuyo recuerdo se cierra el libro.

   La uniformidad enunciativa de la 3ª persona se quiebra en el poema “Carretera cortada” (pp. 45-49), que ocupa toda la segunda parte del libro y constituye un intermedio y una singularidad, por su longitud y por su voz en 2ª persona, otro expediente poético para rehuir la efusión del yo. El protagonista poemático recibe tres apelaciones: la suya propia, la de las cosas y la de su cuerpo, que le impelen a cantar un mundo decaído, finalizado, asfáltico y plástico, pero no para salvarlo de su propia desolación sino para reconocerla, pues las palabras solo guardan ya “los aromas / del poeta sin himno, del que ya no celebra” (p. 48).

El fondo alegórico de este poema es indudable y en él resuena una parte de la poesía de Baudelaire, cuya influencia más directa se aprecia en la aparición en dos ocasiones (pp. 28 y 49) de la calavera de perro cuya mirada vacía simboliza el tiempo, recuerdo de “Une charogne” del autor francés, a lo que se puede añadir alguna otra expresión propia del malditismo: las palabras como sanguijuelas (p. 69).

   El sostenido fondo alegórico del volumen, que no oscurece la capacidad plástica del verso de Francisco Caro, se desarrolla principalmente en una continua fusión entre el paisaje y la escritura. Toda la realidad no es más que un entramado de palabras: el poema como recinto (p. 34), la calle hecha de palabras (pp. 73-74). El poemario entero se despliega como una pugna entre la expresión y el silencio (pp. 21, 43, 60-61), que nos lleva hacia una desasosegante añoranza de la nada, “nihil” (pp. 65-66). Ello explica la constante presencia de la nieve, como blancura absoluta y simbólica, que también puede ser la página en blanco a través de la cual el hombre-poeta “sabe que una partida / de lobos continúa / tras su huella” (p. 41).

Bajo una aparente simplicidad y serenidad de la forma, creada a base de versos breves y sutiles pinceladas, late un profundo barroquismo de contenidos: la fugacidad de la vida, la realidad como engaño, el imposible refugio para la existencia, “todo desecho”, que aflora en expresiones de gran fuerza expresiva: “de todo lo anunciado / es la luz / el primer deterioro (p. 28); “cerrar los ojos, ver, / ver pasar el cadáver / enésimo de Dios” (p. 66).

(Publicado en Lanza 16/05/2011)
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LA RAÍZ DEL CANTO: EL DIÁLOGO POÉTICO DE FRANCISCO CARO


Por Rafael Morales Barba

   La poesía española viene desde hace mucho tiempo enhebrada a discursos que no es razón repetir ahora, sino brevemente. Poesía esencial y fragmentada, poesía realista y nuevosentimental, y surcadas todas por vetas de un nihilismo afín o de un acusado sentido del paso del tiempo, cuando no de cierta actitud taciturna o pensativa… incluso en algunos casos contados surgen desolados flirteos con el metapoema, que tal y como es sabido tiene origen moderno en el poeta norteamericano Wallance Stevens (traducido por primera vez por la colección Adonáis en 1970), desarrollados por Méndez Rubio de forma radical, de la misma manera que Lorenzo Oliván ha sabido dotar a su propuesta de un mayor clasicismo. Lo que realmente hacía tiempo no veíamos en nuestro panorama era un culturalismo de calidad, erudito pero sin el viejo exhibicionismo de datos que convertía al poema en un tratado donde Guillermo Carnero campeó con cierto éxito y cierta sequedad nominalista, hasta que Ostende le confirmó en buena medida. Los jóvenes abandonaron pronto aquella deriva denominada por Juan Goytisolo como de los cien mil hijos de Cavafis, aunque realmente la cuestión no llegó a tanto. Sin embargo la evolución de Carnero hacia una poesía mucho más desnuda (Jardín de Médicis), pensativa y reflexiva, parece tener ya compañeros de viaje en esta renovación y en estupendo poemario, Cuaderno de Bocaccio, de Francisco Caro.

   Plantea el escritor de Piedrabuena un juego académico entre Giovanni Bocaccio de Certaldo y sus discípulos que narra uno de ellos, Máximo Novello. Un homenaje sin duda a la academia renacentista y a tantos tratados, fundamentalmente ingleses, en defensa de la poesía que supongo extraídos de La vida de Dante o de Genealogiae deorum gentilium libri. Estos discípulos, como los muertos vivientes de Edgar Lee Masters, nos narran toda esa poética del maestro florentino, revisitada por un lector actual, que incluye sin que lo parezca su voz entre las de los discípulos. Hay pues en esta defensa un escritor de nuestro siglo entreverando su verbo desde Jean Paul Sartre, pera demostrarnos sus filias y antipatías, su enfrentamiento contra los falsos filósofos sartrianos de la nada…y desde ahí, con esa anfibología o voz sumergida nos va filtrando un entretenidísimo libro lleno de sopesadas reflexiones sobre su poética y la poesía. Sin duda el de Piedrabuena ha sabido entender la raíz del canto desde el comienzo. El quejido o la herida. Y no está sólo en ello. Hace unos años Francisco Brines me comentó que él sólo escribía cuando llegaban los fantasmas, porque cuando todo discurría plácidamente sin malestar, prefería vivir. Parece obvio. La escritura como terapia, como la que Giovanni Bocaccio-Francisco Caro proponen en parte, y donde recomiendan a los futuros escritores su ejercicio cuando sea amarga su sed.algara de las melancolías, pero también la profesión (y la rebelión). La individualidad de cuantos se alejan de la comuna y dejan la vestimenta o alquicel sobre la yerba para hacer posible el canto. Una desnudez cercana al hueso, decía José Ángel Valente, de Caro ahora (que no es un valentista), desde esa contención expresiva con que muestra su tratado sobre la gaya ciencia. Brevedad, no argumentar o contarlo todo para que perviva el misterio, ése que sabe traernos con un imaginario lleno de una espléndida tropología, las palabras o vencejos tristes que no deben confundirse con el hilo que las sostiene. Esos escribir o arar en luz, con imaginería no usada y que nos habla de la hondura de la propuesta de quien no versifica, sino investiga en los tropos, como Bocaccio, en el horadar con la palabra, descubrir y ser prospectivos. Explicar y sugerir. Qué bien se cuentan esos versos Sobre el acto de escribir, sobre eso que algunos llaman angustia de las influencias tras Harold Bloom, y vemos en esa negación del preceptor lírico de la mano de los buenos poetas con oficio que Bocaccio-Caro proponen… esos que también hablan con tristeza de la fragilidad de las palabras de cartón y de todos, melancólicas, aun cuando quieran atesorar los aromas con una sencillez profunda, como todas las grandes calidades de lo sabio y sencillo. O donde se propone desde una desnudez nada ácima, enamorada y sabia, moral. Reveladora de lo cotidiano, los afanes, las horas, la ciudad de los hombres y de quienes orinan el dolor, con la mesura y asombro del interrogante junto a Bocaccio (o Claudio Rodríguez) ¿de quién será (…) la palabra que cubra tanto azul infinito?... Dispone así una verdad compartida desde donde deben amar la

   Evidentemente toda esa polifonía de discípulos puesta al servicio de la verdad de una poética de la desnudez y de quien narra la aventura intelectual de un renacentista y un hombre de nuestro siglo, de quienes creen en el futuro rastreando (o aprendiendo) en fieles pergaminos, demuestra originalidad en la propuesta y saber hacer en tiempos de filosofías del saber decir. Que también, para proponernos una poética de la aventura y de la duda en el camino, de la incertidumbre sobre la exactitud del camino, es decir, una expectación gnoseológica de quien tras los velos didascálicos de los discípulos narrando al maestro, guarda su propia inquietud sin amo. La poesía de Francisco Caro se adentra hacia el silencio, pero lo cuenta, no lo demuestra desde lo sucinto chiuso, lo narra contenidamente, porque no es hermético ni es hijo, nieto ya, de las poéticas radicales del minimalismo nihilista esencial. Una sobriedad trabada en la textura de su callado decir, prendida de los nervios del poema, que nos entrega sin mentira ni delación, sin impostura, con aquello que los aristotélicos llamaban en la crítica, verosimilitud. Con ella y su aventura humilde porque, en efecto ¿de quién será (…) la palabra que cubra tanto azul infinito?...

(Publicado en Cuadernos del Matemático)

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SEMBLANZA Y PEREGRINAJE
POÉTICO Y VITAL
DE FRANCISCO CARO

Por Pedro A. González Moreno


En las orillas de la Tabla de la Yedra, un niño llamado Paco Caro aprendió el ruido del agua, la magia de su música. Y la magia y el ruido de aquellas aguas se le transformaron, pasado el tiempo, en una sed oscura: la sed de la palabra, que es una sed que no se sacia nunca. Desde entonces, él sabe que el poema tiene memoria, que es la memoria escrita de la carne; sabe que “el poema es un ascua que recuerda”, una brasa muy leve pero que nunca ha dejado de arderle desde el instante en que sintió, por primera vez, su quemadura. Ya sea en la primera adolescencia o en la penúltima madurez, cuando uno decide cruzar el puente que lleva hacia la orilla del poema, se queda allí atrapado y nunca más consigue regresar.

Dicen – y él mismo lo confiesa- que la suya es una poética de la levedad, que escribe con “tiza leve”, igual que un grafitero que tuviese mucha prisa y poco tiempo para decir lo que quiere. Sin embargo, otras veces se recrea en la lentitud, y parece entregarse a la tarea de la escritura con ese mimo y con esa paciencia de quien sube a la cámara y alinea unos higos, y pone “palabras a secar para los versos”.

A Francisco Caro uno se lo encuentra a menudo por las tertulias madrileñas, pero su mirada siempre viene de un antaño molinero donde las cosas tenían aún el color puro de la harina. Va por la ciudad de café en café, de librería en librería o de taberna en taberna, pero sus pasos siempre tienen esa añoranza olivarera de un vareador de sueños.

En las antiguas fraguas de su pueblo oyó el ruido de la forja y soñó que alguna vez tendría brazos de herrero para darle forma al metal de los poemas, que también necesitan, para ser cincelados, arder en ascua viva. En sus pasos tranquilos de merodeador urbanita, Francisco Caro lleva siempre un andariego de rañas, un caminante de sendas que huelen a jara y a cantueso. Y aunque se asoma mucho a las tertulias de la ciudad, donde él vive verdaderamente asomado es a una calle con cal y a un patio con macetas.

Con la ilusión o con el frenesí de quien no se ha desgastado todavía, entra y sale, organiza, callejea, va de presentación en presentación y disfruta haciéndolo porque sabe que la literatura tiene su escila y su caribdis, es decir, tiene sus ratos de silencio y soledad, pero también sus ratos de ruido y compañía. Escila y Caribdis que, dicho en otras palabras, constituyen el ser y el estar de la literatura: las dos conjugaciones primarias de la lírica.

Dicen – y él lo asegura- que escribe versos porque un buen día se lo propuso, como si la poesía fuese sólo una cuestión de voluntad. Pero en realidad, aunque no se atreva a confesarlo, cada poema suyo es una búsqueda, o tal vez una duda: ¿Por qué escribir y para qué escribir, incluso para quién escribir? - se pregunta a veces mirándose al espejo. Y el espejo tan sólo le responde: tú no dices tu canción sino a quien contigo va.

Y entonces comprende que cada verso suyo es como una puntada de hilo con que pretende coser los huecos de su historia. Y comprende que cada uno de sus libros es como una pieza más de ese traje de piel con el que quisiera vestirse; un traje muy íntimo, hecho sólo por él y para él, y a su medida. Porque no en vano, desde niño, se acostumbró al misterio de esos hilos con los que su padre quiso enseñarle la verdad tejedora del tiempo. Por eso, cuando un buen día Francisco Caro, el hombre ya maduro, se puso a escribir, no fue sólo por voluntad ni por afán mimético, ni por hacer un sano ejercicio de retórica. Fue porque había comprendido, en aquella sastrería de su infancia, que sólo las palabras iban a ser esas hebras con las que podría atar los cabos sueltos de su vida.

Este grandullón del verso que se llama Paco Caro, tiene los hombros recios y las espaldas anchas, tal vez para soportar mejor los desengaños. Por fuera, este piedrabuenero parece hecho con la basáltica materia del volcán de la Arzallosa, pero en su interior hay siempre, escondido, un coleccionista de afectos, un guardián de recuerdos y paisajes antiguos. Y por eso tiene también la flema y la serenidad de aquellas aguas donde el Bullaque se ensancha para formar la Tabla de la Yedra. Tiene los hombros anchos porque, desde niño, aprendió a cargar sacos de luz para alumbrar las noches de su casa. Tiene el mirar escéptico, porque aprendió a contemplar el mundo desde lo alto, desde las torres desmochadas del castillo de Miraflores.

Y también desde allí, desde los montes de su tierra, aprendió que la poesía no está sólo en el acto de escribir sino más bien en el acto de mirar. Por eso, él llevaba dentro la poesía desde entonces, y sólo mucho más tarde, transcurridos los años, se puso a caligrafiarla.

Dicen que Francisco Caro escribe versos, pero cada palabra suya es una búsqueda, una nueva hebra con la que, ilusionadamente, va tejiendo el traje de sus propias dudas y de su propio tiempo. En los títulos de su bibliografía hay pronombres y cales, hay luces y noches, hay sílabas y cuadernos donde guardar lecciones de vida y de poética. Pero dentro de esos títulos y dentro de esos cuadernos, lo que él realmente va guardando, con paciencia de coleccionista, son los aromas de los montes de su infancia, los brillos de la cal antigua de su pueblo, el rumor de las aguas quietas de su río.

 (Abril, 2010)

Fotografía: Cristina F. Zambrano

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FRANCISCO CARO O LA LUJURIA DE LA INTELIGENCIA (Palabras de Presentación)

Por José Luis Morales


Según consta en los anales de esta Tertulia milenaria, tan exhaustivamente documentados por Rafael César Montesinos y Marisa Calvo, yo leí por primera vez en la anterior sede, en el antiguo ICI, un 14 de noviembre de 1995. Oficiaba de alguacilillo y Jefe de Lidia, como siempre, Rafael Montesinos padre, el sevillano lacónico, paladín de los fumadores de pipa y catedrático de moderadores, al que aún se echa de menos en esta maestranza. Actuó como avalista y presentador, mi paisano, mentor, maestro y, sin embargo, amigo, Miguel Galanes, que me dio la alternativa.

Hoy, 15 años después, me corresponde a mí dársela a Francisco Caro, poeta que ya actuó en una terna, bien que como sobresaliente, y al que hoy le toca templar, mandar y matar. Mi tarea es dar el primer quite. Vayamos a ello, pues.

De Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) hay que resaltar tres cosas: que es manchego de orígenes y fundamento, y se le nota; que es profesor de pretéritos –Historia la llaman algunos grandilocuentes– y sin duda se le nota; y que es poeta de futuros –media docena de títulos en el último lustro, y aumentando–, y también se le nota, vaya si se le nota. Leeros, cuando podáis, Cuaderno de Boccaccio, último y casi recién nacido hijo de su ingenio, pues se presentó en Alcalá a finales de abril, y luego hablamos.

Dicen las lenguas que Francisco Caro llegó tarde a la poesía. Yo me permito dudarlo, porque creo más en los tiempos de curación que en los idus del calendario y lo cierto, lo evidente, lo innegable, es que Paco Caro llegó a la poesía con el punto justo de madurez, en espléndida sazón. Sus primeros libros, Salvo de ti, canto de amor y dulces lejanías y Mientras la luz, primer ensayo general de ficción histórico-poética, salieron de su pluma y de su cabeza, como Atenea de la de Zeus, adultos ya, con muy pocos balbuceos de novicio. En los años siguientes, Las sílabas de noche, Calygrafías, Desnudo de pronombre, y las plaquettes Locus poetarum y Lecciones de cosas, han ido apareciendo de continuo, uno tras otro, con bullaqueña prodigalidad, atropellándose casi.

En todos ellos, como hijos de la misma voz, las mismas pautas: sobriedad, pureza, concisión, parquedad casi, desnudez, sutileza, simbolismo traslúcido y elocuentes silencios. Juntos forman un corpus lírico, un universo poético, tan pródigo en cantidad como notable en calidad, tan denso por la relación volumen/tiempo como por la ecuación búsqueda/hallazgos.

Pero, como no quiero que estas palabras parezcan una laudatio protocolaria y gratuita, procederé a demostrarlo, siguiendo la estela que Cuaderno de Boccaccio deja en el alma navegada, por somera que sea su lectura.

Afirma Pedro A. González Moreno que Cuaderno de Boccaccio es “síntesis y culminación” de la lírica de Francisco Caro, volviendo en él a lo que la literatura tiene de juego. Suscribo esta opinión. En realidad comparto cuanto Pedro Antonio dice en el prólogo, aunque yo no hablaría de un “juego de espejos”, sino de la “danza de los siete velos”, pues el autor, escondido tras Massimo Novello, su heterónimo de hoy como ayer lo fue Elia, no juega con la luz y los azogues a una ocultación devenida de la multiplicación de los gemelos, sino que, con la complicidad del lector –sin la que este juego metaliterario no tendría sentido–, finge ocultarse tras el vagoroso tul de los tiempos idos, los textos rescatados y las voces ajenas. Es la parada nupcial de la literatura, que ha de oponer a la urgencia del amante, los siete baluartes del pudor, antes de consentir y ser llevada –desnuda, pura y “sin estériles aliños”–, al tálamo de la palabra, donde “el ansia perfecta / de un instante” se materializará al fin en poema, hijo del éxtasis efímero pero definitivo, al que accedemos por la lujuria de la inteligencia.

Porque me atrevería a afirmar que ésta, la inteligencia, es la más notable y más visible de las notas que caracterizan la trayectoria lírica de Francisco Caro: el uso constante y pedagógico de la inteligencia, como sólido sillar, en la arquitectura del frágil castillo de luz que es un poema, al tiempo que puente levadizo tendido sobre el foso de las sombras, como estrategia de complicidad con su lector.

Como ocurre con Juan Ramón, o con Salinas, por hablar sólo de los nuestros, no hay mejor acceso a la lírica de Francisco Caro que la inteligencia: a su íntima mudez o a sus mensajes irónicos o cáusticos, a su penumbra de aljibe o su frescor de manantial, a sus notas chispeantes de pífano jubiloso que revolotea zigzagueante por la abierta llanura o a su rumor lejano de ocarina y égloga, casi oculto en los sotos del Bullaque. Pocas veces nos deja ver, aunque la tiene, la memoria melancólica de su infancia manchega, anclada para siempre –como íntima saudade– en los viejos nenúfares inmóviles que florecían sobre el cristal fluyente de la Tabla de la Yedra.

La poesía de Francisco Caro, tardía o no, melancólica, críptica o iluminada, es juego, ironía, fogonazo, disfraz, celebración, intriga, porque es lujuria; y es recato, pudor, misterio, parquedad, desnudez, hondura, rumor, silencio… porque es inteligencia. Paradojas, ya sé, oxímorones incluso. Pero la lírica de Francisco Caro es así, posee esa naturaleza, aparentemente enigmática y contradictoria, que parece levantar empalizadas –y, en realidad, lo son para los necios– usando las mismas pértigas con las que tiende sus puentes.

Parece ser que hoy hará un rápido recorrido –apenas una cata por libro– de su breve, pero intensa trayectoria; se detendrá, sin sentar reales, en Cuaderno de Boccaccio y cerrará con algunos inéditos.

Andad atentos a su voz, que a nada le teme tanto el poeta Francisco Caro, como a lo prolijo, a lo abundante, a lo que crece sin mesura y se expande sin pudor, pues la demasía siempre estorba. Y es que, aun siendo el agua para la tierra lo más necesario –como la voz para la poesía–, el exceso, la riada, ni apaga su sed ni la fecunda, sino que la enloda, la confunde, la desbarata. Por eso recomienda el maestro de Certaldo a sus discípulos brevedad y sutileza: “no contéis la evidencia / ni develéis lo oculto…”

Y es que el poeta que hoy sienta cátedra de matador en esta plaza, como os dije al principio, es manchego, es decir, honesto, llano, conciso, socarrón a la vez que tierno, insistente pero parco, y en sus versos se le nota.

Y es profesor de pretéritos, estudioso de lo antiguo y de lo moderno, siempre que su interés lo merezca, condensador de lo esencial, pues la leña menuda arde con brío, chisporrotea y ahúma, pero no deja brasa, y lo que Francisco Caro pretende de sus versos es que dejen rescoldo, que calienten el alma del lector desde el gozo de la meditación serena y la sutileza del discernimiento; pues no hay mayor osadía que la verdad cuando es bella, o la belleza si cierta. Ni mayor satisfacción que compartir con los demás los hallazgos de nuestra pluma, desde la claridad de la palabra justa y la exposición amena. Ya os dije al principio que Francisco Caro era profesor, y se le nota.

También os dije que es poeta de futuros, poeta que dejará tras de sí veredas marcadas en la piel de la llanura, de su llanura, culebreantes y fugaces, como las cicatrices que el relámpago abre en el vientre oscuro de la noche, pavorosas pero imprescindibles para transformar los bochornos del aire detenido en brisa y en frescura, la sofocante saturación del vapor, en agua. Por eso la poesía de Francisco Caro, un letraherido maduro y ya sin prisas, apela a la inteligencia más que al sentimiento, a la reflexión más que a la pasión, a la penumbra íntima que da solaz, más que a los cegadores flashes de la pasarela, a la capacidad de sugestión y de comunicación que tienen la palabra y el silencio, más que al retumbar de su percusión, e incluso al fraseo de sus músicas… Y esa es la verdadera argamasa de la perdurabilidad, el único mortero capaz de vencer los embates del olvido.

Por eso la poesía de Paco Caro tenía que venir aquí, a la Tertulia Hispanoamericana “Rafael Montesinos”, y enriquecer con su voz y sus silencios el ya inmenso caudal lírico que desde esta mesa y desde este estrado se va vertiendo cada martes a la atmósfera de un Madrid que siempre apreció –aunque no siempre lo demuestre– el valor de una voz propia y la inteligencia de su palabra.

Y sólo por si el asunto del pudor, de la humildad y de la inteligencia de nuestro poeta no hubiera quedado suficientemente manifiesto, os leeré el poema titulado “De lo breve”: 14 versos de arte menor, 48 palabras, de las que 27 tienen carga semántica propia, 19 son conectores y sólo dos adjetivos calificativos, y, a lo mejor no por casualidad, uno es “joven” y otro “adultos”. Poema que contiene en fórmula de condensación absoluta –con esos datos, no puede haberla mayor– las notas esenciales de la poética de nuestro autor: inteligencia abierta a la participación, brevedad y silencios; o sea, Francisco Caro en estado puro. El poema dice así:

De lo breve

Aconsejaba así
Boccaccio de Certaldo
al aspirante joven:
para que se ejerciten
bien los ingenios
no deben escribirse
las cosas totalmente
di breve, deja
que busque quien te lea,
que adultos seguidores
de tus escritos hallen
placer en el hallazgo
que añadan a la tuya
también su vanidad.

Por si quedaban dudas.

Gracias por estos versos, Paco. Y gracias a vosotros por vuestra paciencia. Buenas tardes.

(Fotografía de Aníbal de la Beldad)


3

LECCIÓN DE MADUREZ

Por Carlos Javier Morales


Después de leer un libro como el que tengo ahora en mis manos, Cuaderno de Boccaccio, Premio Ciudad de Alcalá 2009, del poeta Francisco Caro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1947), cualquier dicotomía entre cultura y vida salta por los aires. Hace doce o trece años que tal dilema fue planteado en un suplemento literario por un poeta "novísimo" que ya no lo era tanto. Cabe entender aquella supuesta polémica como un reclamo periodístico para que distintos autores hablaran de su cultura y de su vida, es decir, de su poesía. Tal vez fue también un modo de justificar la validez de la poesía culturalista que durante años practicó el autor del reportaje, y que fue una gran poesía, sin duda. Y es que el culturalismo, si de verdad nace de la incidencia que la obra artística de los mayores deja en la vida del poeta actual —en su modo de iluminarla, de examinarla, de contrastarla con otros ejemplos de la cultura—, deja de ser un gesto de pedantería para convertirse en un diálogo máximamente sincero y fecundo del autor con esos interlocutores excepcionales que son los grandes poetas y artistas de la Historia.

Esto es lo que practica Francisco Caro en su nuevo libro, el sexto de los suyos, aunque todos ellos hayan visto la luz en el estrecho plazo de cuatro años: de 2006 al actual. Hago esta observación porque, aun desconociendo personalmente al poeta, y a la vista de estas fechas, tengo la impresión de que Francisco Caro, novísimo por edad y por su probable educación sentimental, está publicando los libros que pacientemente ha ido escribiendo a lo largo de su vida, sin ninguna prisa por figurar en la nómina generacional y con el honesto criterio de exponer a la definitiva prueba del tiempo toda su escritura poética, que a día de hoy se corona majestuosamente con este Cuaderno de Boccaccio.

El título designa con precisión lo que en él se contiene: los apuntes conservados por el viejo mercader Massimo Novello sobre las lecciones que en sucesivos jueves del año 1373 impartiera el ya anciano Boccaccio de Certaldo, en su amada Florencia, a cinco jóvenes voraces de sabiduría y de plenitud vital, entre los que se encontraba Novello, quien exhuma y comenta esos apuntes en 1432, el hoy de la escritura de un Novello ya también anciano. Aunque pudiera parecer un recurso literario para desdoblarse en varios personajes (¿qué poeta verdadero no tiene sus recursos, además de ser poeta?), este marco histórico-cultural resulta especialmente idóneo, pues nos permite contemplar cómo los consejos poéticos de un auténtico maestro, transcritos con la máxima fidelidad, siguen desentrañando una verdad actualísima y muy necesaria para el lector situado a más de seis siglos de distancia. Y ello es posible porque la verdad y la belleza, que de un modo más o menos perfectible se hacen realidad en cada poema humano, son realidades imperecederas. He aquí la cuestión medular que nos plantea cada composición de este libro, aunque siempre de un modo distinto y sorprendente. Nos encontramos, sí, ante una obra enteramente metapoética que, a la vez, rebosa intensidad vital por todos los poros.

Y es que la poesía, sin dejar de ser una construcción humana, una escritura hecha con todo el esfuerzo del poeta, no tiene como misión informar sobre un hecho particular, ni tampoco dar constancia de un mero sentimiento, por noble y puro que sea. Su meta es mucho más alta y totalizadora, porque, sin pretenderlo, el poema es un texto compuesto de fragmentos de ese gran texto inabarcable que es el Universo, según una concepción romántico-simbolista que Boccaccio no pudo aprender ni enseñar en su tiempo: sólo transmitirla involuntariamente a través de la entereza poética de su obra, que es siempre imprevisible en su alcance de verdad y en su vigencia. Pero, siguiendo la ficción de nuestro libro, Boccaccio reconoce ese origen divino que hay inserto en la construcción humana del poema:

¡qué sutil estrategia de los dioses!
tan sólo cómplices nosotros
de su juego, debemos rebuscar
despojos de aquel libro: palabras, intuir
en los fragmentos luz, recomponer

los poemas son restos, sólo restos
hallados entre el polvo
de cañadas,
emociones, sospechas,
que apenas si, confusos, ordenamos. (p. 67)

Y aunque el poema sea un conjunto de fragmentos de ese lenguaje invisible y divino que es el Mundo, en cuanto que es construcción libre del poeta, el poema es también un acto humano, realizado con un deseo tan personal como irrenunciable. Un acto que, siendo el más libre de todos, es el más necesario para la vida del poeta y de la Humanidad en su conjunto, pues en él se revela toda la verdad esencial para nuestro camino. De manera que la poesía sólo es ficción y artificio en apariencia, visto desde el lado de acá, el lado humano, porque, visto desde la omnipresente mirada divina, si eso fuera posible en este mundo, el poema es transmisor de una verdad suprema. Hablando de los poetas, afirma el maestro: no viven del embuste / amanuense / sino en la virgen fábula / —Boccacccio de Certaldo se dolía— / de la exacta verdad. (p. 52)

Considerada como acto humano y libérrimo, la poesía es una construcción tan duradera en su verdad y en sus frutos como el amor erótico, el acto más sincero y trascendente de la naturaleza humana. En efecto: como el amor erótico, la poesía penetra en lo más hondo de la persona, en lo más escondido de su carne, aun a sabiendas de que esa carne, por ser cuerpo humano, es portadora de un misterio de valor insondable: escribir es cavar —insinuante / Boccaccio de Certaldo— / sin rubor en los cuerpos, / en el blando misterio de su nieve. (p. 42). La poesía se erige así en texto duradero y fecundo por ese poder maravilloso que, como el del amor erótico, es capaz de consustanciar en unas pocas palabras la Verdad, el Amor y la Belleza, las máximas aspiraciones de todo hombre. Tanta realidad condensada en palabras resiste a todos los embates del tiempo, de la debilidad y aun de la maldad humanas: por ello, mis futuros, fiad en la poética / palabra como daga, / pues conserva ad calendas / agudo su poder sobre el hastío // su filo permanece, vive lento, / la belleza lo guarda de erosiones // vendrán deshechos siglos y celestes, / y un poeta / —ya sin ira, vencido— escribirá: / hieren / los cisnes más que los aceros. (pp. 63-64. Respeto la tipografía del autor)

Además, puesto que se trata de la revelación más fiel de la condición humana y del esplendor del mundo, la poesía puede tratar de los asuntos más cotidianos y banales, sin que por ello quede incapacitada para abordar las mayores ambiciones del hombre: también es un poema / la cúpula imposible, / sueño núbil y abierto en el Duomo del Fiore // ¿de quién será / —ofrecía Boccaccio— / la palabra que cubra tanto azul infinito? (p. 56)

El único cabo que no encuentro bien atado se refiere a la estructura externa, a la división del marco global en cinco secciones, correspondientes a los cinco discípulos que asistieron a las lecciones de Boccaccio (Filippo, Alessandro, Paolo, Luca y Massimo), pues las dos únicas voces que escuchamos a lo largo del libro son la del Maestro y la del alumno superviviente, Massimo Novello, que rememora aquellos jueves juveniles donde adquirió la máxima sabiduría de la vida. De todos ellos se dice que sólo Paolo llegó a ser poeta, pues acceder a esta categoría no es sólo fruto del aprendizaje intelectual ni del empeño humano, sino de una especial capacidad creadora que Novello, tal vez en su modestia, tampoco cree tener, como la mayoría de sus condiscípulos; aunque, en realidad, como autor explícito de algunos poemas enteros del Cuaderno, Novello es tan gran poeta como el autor real, Francisco Caro. En cualquier caso, según enseña el Maestro al comienzo de sus lecciones, todo lector de poesía será capaz de llegar con ella a una altura del Mundo que jamás había sospechado:

seguid,
levantad vuestra voz, dejad temores
—Boccaccio de Certaldo nos guiaba—
alzad en coro,
leed, llenad el aire,
llegad conmigo al canto

volad, volemos juntos,
dad al viento (p. 15)

Y, en efecto, con un lenguaje totalmente despojado de sonoridades preciosistas y de juegos imaginativos, por culturalista que sea el libro (siempre en el mejor sentido de la palabra), Francisco Caro parece haber llegado a la cima del decir, que es también la profundidad del saber.

(Publicado en Poesía Digital, junio 2010)







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