jueves, 27 de abril de 2017

Poemas nuevos de Jesús Aparicio

      Lo he dicho alguna vez, no sé si en público, en privado o si de forma tan rotunda: Jesús Aparicio es el único poeta español capaz de ser un haiku. Porque vive y escribe a flor abierta las sensaciones que el instante y el entorno le provocan. No es su afán tanto el de construir poemas como la necesidad de contarse y contar a cuanto le rodea las emociones que las cosas le sugieren. Poco, mínimo, pequeño. Es un poeta sin ojos para lo mayúsculo. Una silla, un hoyo en el patio, el color de las hojas, una gota de lluvia, las abejas (que son, dice, el reloj del mundo). Sabe que la vida se resuelve muy cerca de él. Cuando no pasa nada –escribe– es que algo sucede sin nosotros. Es un poeta en alma. Arqueología de un milagro, que ha publicado el sello Ruleta Rusa, es un libro levantado a pasitos. Para no molestar. Dispuesto como un arroyo que fluye continuo y delgado, sin capítulos, sin apartados. Todo es uno, todo es común en esta poesía de verde y viento. Aquí no hay elegía, sino música del presente y esperanza. Hay mucho de oriental, de rumor zen que niega la impostura. La piedra es tan fugaz como la nube. Y el poeta que es Jesús Aparicio escribe con las manos del alfarero que espera el alba. Se renace del barro, se vuelve de la muerte, porque el mundo no es sino una constante recreación. Un ser es otro. Poesía de ojos limpios, apenas sin metáforas, que procura el concilio con su propia forma. Tanto así, que el poeta busca descansar de cuando en vez, sin abuso, en la arquitectura convenida del haiku. Se va la araña/ sobre la tela muerta/ brota otra flor. Todos los poemas respiran momento y Naturaleza, y en pocos asoma la superioridad moral que los humanos acostumbramos a exhibir, más bien al contrario. Hay en el poeta Jesús Aparicio un hombre que teme el grito, pero que anhela ser con, la tentación de fusionarse y la voluntad de andar al unísono con cuanto vive sin ruido. Los gorriones, como lugar de lo débil, de lo humilde, de lo diminuto, son el símbolo del gozo que su poesía aventa. Tanto en aquel donde se engendra como en aquellos que la reciben, que la esperan, con el pecho en saja.

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Predicciones

Anteayer, hoy nevaba.
Ayer decía lluvia.
Ahora el sol nos deja fríamente
su última palabra
y tú no sabes nada del mañana.
….
Justicia

De la rama del árbol que sustenta
a gorriones y avispas
arranco un manzana y la reparto
con las hormigas de jardín.
….
Memoria de un inquilino

En mi casa hay un  nido
de golondrina
que sobrevive
a todos los inviernos;
cuando ella vuelve
y me mira a los ojos
se extraña y duda y no
me reconoce.

jueves, 20 de abril de 2017

Un poema de Raúl Nieto de la Torre: Enséñame...

      

      Los poetas no viven en una ampolla de cristal. Digo algunos. Los poetas andan las rúas atropellados por multitudes. Y en otras ocasiones calles de par en par vacías. Hay poetas que buscan lo bienhechor de la soledad y la soledad se les aparece con las fauces abiertas. Hacen faltas zapatos apropiados para sendas sin guía. Los senderos que te arropan y los del viento helador. Lo digo por Raúl Nieto de la Torre, poeta que nos ha sorprendido con un libro tejido de hombre solo y de desconfianza, de ternura triste y débiles amparos. Un libro diferente al decir que acostumbraba. Hierro candente a la doma, selva que desbrozar. No suelen transitar por ahí los poetas espectáculo, eso que buscan construir sobre la paradoja y lo sobreentendido, sobre la complicidad de los socio-político o para el búcaro sospechoso de la emoción. Es difícil escribir desde el individuo tomado en armas por la soledad. Ese vaho agrio. He leído Leopardo, el poemario editado recién por Tigres de Papel. Y no hablo de un poema, aunque uno comparta, hablo del color, del bronce sin eco, de un voz que regresa a su origen apenas emitida. No es un libro escrito con las tripas. No hay contención, pero tampoco desborde. No es un desahogo. Es un libro para saberse sin disimulos, para hablarse sombra frente a sombra. Escrito por un poeta que sabe que la poesía existe porque ha conversado con ella. Y porque se juraron no traicionarse nunca.

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Enséñame a aprender lo muerto.
La vida es una piedra que se convierte en mariposa
o cae al suelo.
Enséñame a que no caigamos, a que no sea
la vida un cuerpo mudo en un pasillo.   

Pero has de saber
que la primera piedra
había salido de mi mano
antes de que llegáramos al mundo.    

jueves, 6 de abril de 2017

Consejo de redacción: abril y ¿qué hacer?


Ilustración de José Caballero para
 "Caballo verde para la poesía"
      

      Mis queridos – dijo el jefe con voz que presagiaba disturbio interior– la tribu vive asediada. Mientras estuvimos ocultos en el subte, nuestra invisibilidad nos protegía de pestes y alimañas, pero ha bastado que algunos de nosotros se hayan infiltrado por las alcantarillas de las pasarelas, o que otros hayan procurado hacerse notar alargando el cuello, para que acudan con colmillos a nuestros alrededores. Una plana del diario El Mundo, la que intentaba mostrar que la poesía sirve para el medro entre la jet, ha venido a levantar cien costras. Y ahora todos se atreven. Cursis o fracasados sin remedio son calificativos que se usan como astillas. ¿Debemos defendernos? ¿Contraatacar? ¿Volver a la caverna? ¿Hacernos el rajoy, quiero decir seguir como si no nos enteráramos?  Aquí sobre la mesa –y lo puso ante los ojos en miel de la becaria- les dejo este escrito firmado por Alejandro Zambra (chileno y novelista) que apesta a renegado de la causa. En un par de horas quiero otro, de similar extensión, que organice una respuesta coherente. A las armas. Punto por punto.

Contra los poetas

"A los veinte años ya acumulan experiencias importantes: han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres, han escrito artículos para anuarios escolares y quizá han concedido una o dos precoces entrevistas. Ya tienen listos sus primeros libros, que están a punto de aparecer en editoriales emergentes. Son libros muy malos, pero por ahora eso no importa. Sus poemas son largos y sentenciosos, abusan de los gerundios, de los signos de exclamación y de los puntos suspensivos. Leen a Vicente Huidobro, a Delmira Agustini y a Oliverio Girondo, pero sobre todo se leen los unos a los otros, en interminables sesiones sólo a veces amistosas.

A los veinticinco años ya han renegado de esos primeros poemas, que consideran lejanos pecados de juventud. Esperan encontrar pronto la madurez como poetas, que a ellos les importa mucho más que la madurez como personas. El segundo libro cumple con creces el objetivo: no es bueno, pero indudablemente es mejor que el primero. Dicen estar todavía buscando una voz propia y mientras tanto planean antologías que incluyen a todo el grupo, pero nadie quiere escribir el prólogo, pues nadie desea correr el riesgo de convertirse en crítico literario.

A los treinta años ya han sufrido varios desengaños. Han sido incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo. Por momentos escriben solamente para demostrar cuán arbitrarias han sido esas exclusiones. Han publicado, a esta altura, tres libros de poesía. Han fundado dos editoriales y cuatro revistas literarias. En sus reseñas biográficas se afirma que han participado en más de trece –en catorce– encuentros de poetas y que sus libros han sido parcialmente traducidos al italiano. En realidad les han traducido solamente un poema, pero da lo mismo: los han traducido, eso ya es mérito suficiente.

Recién a los treinta y cinco años comienzan a incomodarse cuando los presentan como poetas jóvenes. Ahora dictan talleres en los que aconsejan a sus alumnos que eviten los gerundios, que cuiden los adjetivos, que declaren la guerra a los puntos suspensivos y a los signos de exclamación. Les inculcan la suprema libertad creadora, pero les prohíben una lista bastante larga de palabras: vacío, angustia, desolación, desesperación, crepúsculo, ocaso, alma, espíritu, corazón, vagina. Les hablan de melopoeia, de fanopoeia y de logopoeia, pero se enredan un poco en la explicación. Se enamoran de poetas de dieciséis años y las comparan con Alejandra Pizarnik, pero nunca han visto una foto de Alejandra Pizarnik.

A los cuarenta años a nadie se le ocurre presentarlos como poetas jóvenes, pues sus caras y sus barrigas han cambiado de forma tal vez irreversible. Los poetas experimentan con mayor sufrimiento que el común de la gente la llamada crisis de los cuarenta. No decidieron ser poetas para tener cuarenta años. De ahora en adelante todo será decadencia. Se han vuelto inofensivos. Es más fácil incluirlos, pedirles prólogos, invitarlos a los recitales y aplaudirlos sin énfasis, respetuosamente. Son, en otras palabras, verdaderos fracasados.

Para que el fracaso se cumpla es necesario que reciban, de vez en cuando, señales equívocas. A los cincuenta, a los sesenta, a los setenta años los poetas ganarán dos o tres premios menores; tímidos estudiantes de pregrado y quizás alguna bella doctora norteamericana analizarán sus libros, que tal vez serán traducidos al francés, al alemán, al griego o al menos al argentino. Por lo demás, siempre habrá alguna editorial emergente interesada en rescatarlos del olvido.
Da lástima verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, de una pensión del gobierno, de un homenaje, de un viajecito al sur, lo que sea. Parecen niños asustados, y en el fondo eso son: niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse. A veces algún reportero compasivo les pregunta para qué sirve la poesía en este mundo deshumanizado y consumista. Ellos suspiran y responden lo que han respondido siempre: que sólo la poesía salvará al mundo, que hay que buscar, en medio de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón."


domingo, 2 de abril de 2017

Inédito de Rafael Soler

Gamonada y Soler / enero y Granada (Nicaragua)
Foto::LC


      Sin duda es nuestro hombre en América. Del año pasado en el Festival de Lima, se trajo abrillantado el tono a lo Vallejo, que ya poseía, de la deslocalización cubista en el poema. Este año y junto a Gamoneda, enero en Nicaragua, la luz añeja del Flor de Caña y los voceos en púlpito por las esquinas de Granada. Febrero fue San Cruz, Bolivia y altiplanicie, a donde acudió reclamado. Y fue recoger del empedrado el pavor cochabambino de Blanca Gárnica, la gran voz boliviana. Ahora, me dicen en Iberia, se halla en Quito, otra vez con Gamoneda.. Poeta doble, agente, nuestro hombre en América. Y feliz porque aquí en Madrid, ha recuperado –qué enorme inversión­– su asiento en El Comercial. Reabierto nuevo, mejor y auténtico. Dicen que el avión es para él una mesa de escritorio. Dice, me dice, que allí surgió este poema de versos comensales, aristas cómplices y brisa irónica con que ha querido avisar de lo que pasa a Mientras la luz. Con él iniciamos una nueva sección, la de inéditos. Disfrútenlo. 
   
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Cuanto anoche callé al derramar el vino

La poesía ha de ser contemplativa
una suerte de búsqueda discreta
en el corazón del tiempo
allí donde reposa la verdad

eso dije antes del brindis
con entonación alta costura
para embeleso del maitre
que a tu derecha
asentía bivalvo con sus pinzas

permiso
fue tu única respuesta al levantarte
guardando en el bolso
los cubiertos del pescado

tan liviana
que al alcanzar la puerta
estabas ya en nuestro año favorito

mil novecientos sesenta y seis
descalzos frente al mar en Pepe Mero

y esa brisa bienvenida
que ahora levanta con furia
el bisoñé del comensal vecino
nuestro mantel y sus esquinas

platos al aire desolación del piso
estrépito y ajuar por la ventana

¿la poesía otra vez?
sale el chef de su escondite

¡otra vez!
resopla en su perchero el maître
la poesía asiento yo
contemplando el asiento vacío
de tu asiento.

miércoles, 22 de marzo de 2017

¿Público versus lectores?

Del blog de José Luis Martín


      Está el ambiente madrileño de homenajes poéticos. Y Gloria Fuertes arrasa. Tiene pinta de ser tan popular y tan extendido como el de Miguel Hernandez de hace siete años. No es fácil ser un poeta extendido, una poeta extendida. Pero Gloria y Miguel lo son. En esa alegría estamos todos. Público y lectores. Como está por Madrid, de paso y vuelta a/de Sevilla, el vasco Karmelo C. Iribarren y no nos fue posible ir a escucharle. Su poesía en distensión está muy de moda. Dice El País. Y eso ha cabreado a muchos. Y ha enervado los ánimos. José Luis Martín incluido. Público versus lectores. El reportaje a toda página del diario de Cebrián duele a quien no lo tiene. Pero los poemas de Karmelo, tan amables, tan casi sin esfuerzo, no son mejores que antes tras el desparrame. Tampoco peores, no sean malos.


Foto de José Luis Torrego

      Nosotros estuvimos escuchando a Miguel Ángel Curiel, un poeta fértil, que a veces baja desde su retiro lucense. La cita fue en Enclave, marzo y 15. Hasta él, que es español nacido en Alemania hijo de extremeños, llega la generosidad inclusiva de la Editora Regional de Extremadura que ahora maneja Eduardo Moga. Allí le han impreso El nadador. Y vino a presentarlo a Madrid. Siempre lo hace. De forma simultánea Amargord daba a luz sus Luminarias II, conjunto de apuntes a modo de dietario en donde el poeta coquetea con la sugerencia del poema, sin atreverse a fijarlo. O tal vez sí. Porque la poesía, si es conciencia del mundo, habita donde encuentra calor, independiente siempre del habitáculo que le preparemos. Cuántos poemas canónicos han escuchado sus pasos -los de la poesía, digo- alejándose. Me lo recordaba, ya en la calle y con los fumadores, el poeta Raúl Nieto de la Torre, que pronto presenta.  Allí, en la calle Relatores, voceaba José Luis Reina Palazón su traducción de la poesía suiza contemporánea, que pronto tendrá lanzamiento. Antes, en el interior, Paloma Corrales, un puntito azorada, pero tremenda en su decir, leía un texto de presentación que enaltece esta actividad. Restallante. Un fulgor. Un texto cuidado que venía a jugar, cartas contra cartas, con la poesía de Curiel. Un reto de pisadas complementarias. Un elogio a la locura de ser poeta.

Foto de MCBarri




      Poekas quiere decir poetas de/en Vallekas. Así, sin más. A sus tertulias habituales suelen invitar a un poeta de referencia. El jueves 16 estuvo allí Elvira Daudet. Qué distinta la lectura cuando se realiza sin escenarios rigodones sino a la misma altura, cara a cara y sin micrófono. Encerrados todos con un único juguete, el del temblor que la palabra pueda convocar. Elvira es frágil de cuerpo y de acero su decir. Se ha ganado pulso a pulso el reconocimiento presente. Leyó poco, no suele leer más de seis o siete poemas, largos, de los suyos. Esta vez evitó el desamor como pretexto. Eso da muestra de su alegría actual, y de su belleza. Los oyentes colaboraron con lecturas alternativas y/o dramatizadas. Pronto será nombrada de forma pública poeta de referencia en el barrio y se editarán, por Bartleby, 1500 ejemplares de la antología que le preparó Lastura hace unos años. Porque se difunda. Porque el lector se convierta en público. Y viceversa. Que nunca viene mal en este oficio con voluntad -a veces- de secta exclusiva.

jueves, 9 de marzo de 2017

Último sol de febrero

Con saliva buscada, y entre dudas,
aquel que abandonaste
escribió con las albas
de este patio y su sueño
los primeros poemas

 recuérdalo esta tarde,
cuando la voz te brota
del temblor que ahora eres.

Aquel
adolescente y tú,
dos orillas en aspa, dos espejos
que enfrentados se miran, dos que extrañan 
los otros hombres
que con el tiempo fuisteis

y el amor o el hastío que habitaron.

Piensas que todo está
callado en ti (y en él)
y que nadie sabrá de lo pretérito
si en este
febrero -que te inquieta, que te inquiere-
nada dices ni escribes.

Dudas. Miras la tarde,
alta y sol, y los ves
pasar indiferentes, en voz baja pronuncias:
Ni siquiera los pájaros
sospechan el secreto.

miércoles, 1 de marzo de 2017

La sien, el pulso

      No ha estado la redacción ociosa en visitas, ociosa en poner el dedo corazón sobre la sien, sobre las venas de la sien que marcan como pocas los latidos. Es preciso prevenir las arritmias advirtiéndolas a tiempo. Otra cosa ha sido el trauma que ha imposibilitado la escritura. el acto de plasmar en un  electrocardio lo sentido,lo escuchado. El acto de traerlo a este papel virtual.
No obstante, he aquí algunos rasguños, Algunos momentos. 



      Lo hicimos tomando el aperitivo con Ángel Petisme, el ángel mañorokero que presentó en la matutina del sábado 4 del 2, Enclave, su El dinero es un perro que no pide caricias, con que ganó un premio en su tierra. Es un poemario compuesto de poemas largos, rebeldes a su modo, sarcásticos siempre. Su estilo. Teresa Agustín, poeta turolense leyó un texto bastante aclaratorio y Manuel Vilas, que la siguió en el uso, desbocó su río irónico, cómplice y malevo. Ángel Petisme, 30 años de poeta público, leyó dos poemas. Largos. El libro tiene seis. Lo volvimos a hacer escuchando a Julieta Valero y a Olenka leerse en público para leérnoslas las postales que durante un año se fueron remitiendo cada semana y que la sensibilidad de Mara Troublant y Paco Moral han convertido en  La  nostalgia es una revuelta ( no un error), delicia que puso en nuestras manos su Tigres de papel. Qué buenos nuevos editores están surgiendo. Una Julieta mucho más cerca de los afectos y del pálpito que del cerebro y una Olenka venezolana en París, imaginativa y en desparpajo, hicieron vibrar a la champañería de Las Vistillas. Por cierto: anoto que faltan champañerías en Madrid. Y unos días antes, el 15 de febrero para más señas, la mano en la sien para escuchar la daga del lenguaje de Tomás Sánchez Santiago en una lectura como hacía tiempo, seria y sin concesiones, como su edificio poético levantado con sosiego y lleno de intenciones. Hablo de Pérdida del ahí, que ha editado con prisas Amargord. Hay poetas de talla. Quedan. Y es placer escharlos, no cabe duda.


      El lunes 27 y en la Alberti, fue tiempo para Amalia Iglesias. Ahora parece que en Salamanca y desmelenada en publicaciones tras diez años en silencio. Remarcó mucho su procedencia agraria. Y leyó un magnífico poema nostálgico recordando cuando su padre mojaba el trigo para simiente, con con agua azul de cristales azules machacados. Y que su madre le explicaba que eran para matar la niebla, los granos encizañados. Para mí que era sulfato de cobre, alias el fungicida, pero esa es otra de las labores de la poesía: Vestir el mundo con otra mirada. A lo Juarroz. Y Amalia lo consigue, con esa rara naturalidad que camina siempre en el borde elegante de lo sensible. Presentó dos libros. Uno que viene de lejos,Totem espatapájaros, que ha editado con primor Abada, en la que los poemas, blancos sobre negro, adquieren formas de perfilados de dioses de piedra, De él habló, a folio extendido, extendido, y con cordura Clara Janés. El otro, el de los rumores campesinos se titula La sed del río y fue presentado con ingenio y glamour por Ángel Gabilondo, incluso con humor al asegurar que los libros de poesía no pueden presentarse y él no lo haría. Ambos poemarios hablan de la memoria como manantial de emociones, como asidero de los vientos, como el infinitivo de todas las cicatrices. Escribir, se dijo por allí, es una lucha entre la libertad y el recuerdo. Y cada día es umbral. Y cada día es abismo.


Tótem I
Entre
tótem y
autómata,
una zozobra
de marioneta,
virutas de tiempo
invisibles hilos
de oro tiran
de ti hacia
los bosques
sagrados de los druidas. Desde los serbales milenarios,
el muérdago llega hasta tus brazos, se hace resina y ritual
para ahuyentar a la muerte. Entre
tótem y autómata la puerta propicia
para cambiar de ángel, el gigante de Cerne
Abbas tumbado en el campo de Dorset,
las cabezas vigilantes de los Moáis
en Rapa Nui, los cuerpos silueteados
al abrigo de las rocas, los monigotes
de la infancia y la caverna, y los
robots que aprenden a mirarte.
Entre tótem y autómata el
espantapájaros crucificado en el
inmenso mar de trigo, el que siempre
te espera allí donde todo lo modela
el viento y tus pasos de niña no se
apagan. Dentro de ti, tu icono y
escondite y madriguera.
De “Tótem espantapájaros”.
   

domingo, 26 de febrero de 2017

Un editorial algo sosca

     
      
      Son los últimos versos de Ciudades, la antología que el poeta granadino malagueño Antonio Jiménez Millán ha publicado con Renacimiento, dicen así: “Ahora todo está mucho más claro:/ en la vida y en la literatura/ hay que saber guardar distancias,/ no creerse los fuegos de artificios”. Y me parece bien la advertencia, dijo el Jefe. Es tal el aluvión que nos invade que es necesario un buen harnero, un activo cedazo con que discriminar grano y granzas. No es cuestión de ir con lupa recolectora por el sembrado, por supuesto, pero tampoco tragar con garganta de ganso. Les recomiendo el editorial del último número de la revista Cuadernos del Matemático. Y nos dejó sobre la mesa el ejemplar y un buen número de fotocopias. No escarmienta.

Pues sí. Regresaba yo un viernes de la Casa de Fieras. De un acto poético. De una casa habitada antaño por fieras abocadas a la mansedumbre de los límites. Atravesaba yo el Retiro madrileño y pensaba en la correspondencia entre su antigua ocupación y la actual. Puede, pensaba yo, que pase con los poetas como pasó con los toros bravos en la década de los sesenta, que fueron perdiendo casta por exceso de cultivo. ¡Dios hizo demasiados, Buk…! En mitad del camino acudió a mi memoria una conocida cita de Steiner –es fácil recordar citas desde que existe Face–, aquella donde confiesa: Hice poesía, pero me di cuenta que lo que estaba haciendo eran versos, y el verso es el mayor enemigo de la poesía. No le faltaba razón. ¡Cómo le puede faltar razón a Steiner! El verso, si se individualiza, hace a la poesía el mismo daño que el buenismo a la política. Mezcla a escribidores con poetas. Y por ese camino van tantos, pensaba yo, esculpiendo árboles bonitos para poblar desaliñados bosques. ¿He dicho tantos? Tantos es poco. Multitudes antaño ágrafas vuelcan hoy su caudal en el inmenso río de lo que viene en llamarse hacer poético. Incontables editoriales, pequeñas y solícitas, esperan las dádivas de su trabajo. Editar en la era de la revolución digital se resuelve en algo sencillo. Y tal vez rentable para ellas. Todo este totum revolutum pensaba yo mientras cruzaba el Retiro. Pero siguen existiendo los poetas, me consolaba. Sofocados, como en la parábola del sembrador, confundidos tal vez, pero poetas del ciento por uno. Voces que se alzan necesarias. Por verdaderas. La poesía sigue viva, doy fe. Recluida en las covachas de su escasa presencia social, pero viva. Yo he visto, he leído, he escuchado a los elegidos que la cultivan, repetía mi monólogo interior. Todo esto me esforzaba en creer caminando entre sombras vegetales.

Otra. Volvía yo un martes de la Alberti, y en la pausa sedente del metro, después de los reparadores vinos, divagaba por aquello que se decía de los poetas de necesidad y de los poetas de circunstancias, de los exigidos y de los voluntariosos, de los puros y de los hibridados (a más de los puramente impuros). De los poetas de masas frida y de los escindidos. De los que escriben joven y de los que escriben para parecerlo. De los enjutos, de los celebrativos, de los atrapados en el pozo de la edad y sus desolaciones. De los paisajistas subjetivos. De los insatisfechos con la realidad y de los extasiados ante el estilo. Y los claros, claro, que no se me olviden, tan orgullosos ellos de que se les entienda. Qué inmensa ciudad. Qué jungla de voces consonantes. Todos –o casi, seamos justos– en perenne agitación de brazos y pañuelos, en postura de náufragos polinesios que esperan rescate. O aguardando la columna dórica de cualquier cultural que dé fe, ante la tribu, de su valor y singularidad. Jamás hubo tal número de poetas éditos como hay ahora. ¿O sí? Eso pensaba yo en el subte y su sofoco. Qué diría en 2016 Lope Tomé de Burguillos si comparase sus tiempos con los actuales. Nunca una meseta tan poblada, tan premiada. Y nunca con tan escasas cumbres, con tan parpadeantes faros. En cuanto a esto, me preguntaba yo: si detuviéramos a un hombre corriente, a un hombre de la calle cansado de ser hombre, bien en el metro, bien en el Retiro, y le preguntásemos por el nombre de un poeta español vivo, ¿cuál nos diría? ¿sospechan la respuesta? Lo mismo ocurriría si la pregunta ¿Dígannos el nombre de un poeta español de referencia y actual? se realizase en Londres en París, en Nueva York, a un grupo de críticos literarios. ¿Cuál nombrarían? Todos imaginamos.

            Mas no ajemos esperanzas. Ejemplos hay para todo. El mito del gran poeta oculto sigue vigente. Entre tantos que se afanan con ambición secreta puede aparecer un nuevo Fernando Pessoa, recuerden aquel fragmento de su desasosiego: Entre todo se salva algún que otro poeta. Ojalá quedara alguna frase mía, algo de lo que se dijese:¡Bien dicho!, como los números que voy escribiendo, copiándolos, en el libro de toda mi vida. Algún Fonollosa debe existir entre los que hoy, apartados del ruido, escriben. Seguro. Pero que esa esperanza no nos alivie en exceso. Existen también los que han entendido ya –o entenderán en un momento exacto de su vida– que basta del engaño y de engañarse, que basta ya del ejercicio melancólico, que se terminó para ellos la mala literatura en que deviene la poesía de a diario. La sin porqué. Y abandonan sin más la fiesta. Resueltos, definitivos, Heureux qui, comme Ulysse, a fait un beau voyage. No piensen en Rimbaud y su tráfico de armas. Los hay mucho más cercanos, más a pie de obra. Los Cabañero, los Sahagún, los Gil de Biedma, los Brines de turno, Esos que, parodiando a Manuel -hace tiempo que no escribo lo que dicen que escribía- llegan al dolor y a la conciencia del instante en que deben callarse. Y obsequian a todos con su silencio, por lo menos en público. Cuántos en su misma situación no lo perciben de forma suficiente –los otros, los que les rodean, sí– y persisten sudorosos, sin desmayos. Como si fuera oficio de alimento la poesía.

Pues sí, amables lectores, para todos se edita Cuadernos del Matemático. Para los descreídos, para los entusiastas. Para los que la intentan como remedio. Para quienes la convocan como destino. Valga.