miércoles, 13 de enero de 2021

En 100 palabras: Pergaminos

 








   Una conversación amena y culta. Con ese tono, y pasión, cuenta Irene Vallejo la historia del libro. Esa maravilla que nos civilizó. No es extraño que su El infinito en un junco se convierta en éxito mundial. Merecido. Pero un capítulo me ha llenado de malos sueños. El que habla de los pergaminos. Esa piel encalada y raspada, destilada luego en caligrafías y miniaturas. Cuenta de animales, millones, sacrificados para el scriptorium. Durante la noche he visto a ejércitos de animalistas gozosos en busca de justicia histórica saqueando monasterios, quemando manuscritos. Como reparación. Ay estos tiempos de libros fáciles, kleenex. 

jueves, 7 de enero de 2021

Un poema: Otro nueve de enero

 


No el oculto sonar 

que las hojas devuelven

ni la umbría


no el dibujo borroso

en el mapa que trazan

los futuros

 

sino los árboles, las horas, 

los rastros que anduvimos,  

los que aún.

 

Por el bosque del tiempo,

tú y yo 

despacio, 

solos,

dos amantes a pie mientras la nieve.

lunes, 4 de enero de 2021

Ha muerto Juanjo Alcolea

 


 

      Pedí Paz y Esperanzas al 2021 y su inicio me responde recordando la esencia de la vida. Somos para la nada. Sin tiempo de respirar tras la muerte de Lupe, recibo la llamada de Ana Garrido, desolada, rota, comunicándome tu muerte, Juanjo. No querría escribirte en pasado, sí decirte que ya no recuerdo el último día en que nos vimos, ha pasado tanto tiempo y distancia de casi todo. Sí que guardo nítido el recuerdo de cuando nos conocimos. Villamanrique, septiembre y 2003. Junto a un estrafalario dosel de fiestas. Nos entregaban una distinción. Yo no era nadie y tú viniste al abrazo ofreciéndome casa y amistad. Desde entonces. Me dicen amigos comunes que andabas poniendo al día y en orden tus cosas. Por si las moscas, avisabas. Fruto de ese afán recibí el primero de los tomos que recogerán tu obra. Antología de supervivencia I la llamaste. Qué paradoja. Dice de ti tu amiga Ana Garrido en el prólogo “ha sido siempre –se ha cansado de repetirlo– un poeta tardío, un hombre al que la Poesía vino a sacar de su silencio para júbilo de los que aún estábamos por llegar”. Nada más cierto. Y tu entusiasmo con las cosas y las gentes, y tu labor en Verbo Azul, del que eras seña y honda. Pienso en María Jesús, en su dulzura y su voz, pienso en lo ingrato de ciertos aconteceres. Y sé cómo la Poesía grande te ha salvado. Has escrito mucho y bien, con tinta roja. Déjame que te vuelva a aquel azacaneo tuyo y mío para publicar Cuaderno de Socuéllamos, cuando reclamaste mi opinión. Aquel diario de tus días a meses cuidando la ancianidad de tu padre solo, al que levantabas desde el dolor al vuelo. Mira Juanjo, siempre has escrito de la muerte creyendo que al nombrarla conjurabas el riesgo, que te convertía en espectador. Lo imposible. Tu gabán, tu sombrero, tus ganas de compartir, tu Hoja azul en blanco. Ahora estás callado, hoy estás recogiendo en tu cuerpo callado todo el cariño, la bondad y el desvelo que cultivaste. Llévalo a la tierra como presente. Te vas con las manos llenas. Te vas con el tesoro intacto de todo lo que repartiste. Y a mí me cuesta no poder acompañar tu adiós, malditos tiempos, como hicimos con Vicente, con Nicolás, con Aurora: cultivando los abrazos doloridos que tanto consuelan. Te vas del excesivo corazón, como se fue nuestro Maxi. Nos toca vivir ¿Tiene la vida nombre?

domingo, 3 de enero de 2021

Consejo de Redacción, enero: Guadalupe Grande

 









Ha convocado de urgencia el Jefe. Domingo y tres de enero. Ayer, como de pólvora, se extendió por nuestro pequeño mundo la noticia de la muerte de Guadalupe Grande. Rápida, terrible. Ella, tan en sí, tan de la pelea, de la justicia. Con todo el peso detrás de una herencia y una historia que llevaba digna y sola. Qué será de la calle Alenza, de esa casa en donde Paca Aguirre vigilaba el sueño de la niña y de Félix mientras ascendía escribiendo trescientos escalones. Poeta de luz precisa. La recuerdo en Valdepeñas acompañando a su madre, acompañando a un padre ya señalado por la mano de Dios, demacrado y feble. Ella como sostén del mundo y sostenida. La recuerdo presentando a Crespo Massieu, amigo de la casa, en su lectura de la impresionante Elegía en Portbou que los recreaba. La recuerdo en Sanse como mantenedora del acto en que recibí el Pepehierro de 2010 y, esa misma noche, sentada junto a Félix en el frío y el banco de la plaza, esperando el taxi que los llevase al velatorio de Morente. O, en otras ocasiones, volviendo con ella en coche a Madrid. Impenetrable, atenta y tierna. Indecisa a veces. Poeta. No fui del círculo de sus íntimos, muchos de ellos buenos amigos comunes, pero supo distinguirme con su sonrisa, con su amistad y su elegancia. De los momentos juntos y justos que vivimos, la guardo en pie, enhiesta, clara, leyendo en la sesión primera –junio 2017– de la tertulia Poesía en el Bulevar, levantando un poema inmenso y lento a la memoria de su padre. ¿Con qué silencio, con qué palabras despedirla? ¿Es esto la vida?  ¿Cómo nombrarla?

lunes, 28 de diciembre de 2020

Carta pública a y dos poemas de Manuel Cortijo




  Querido Manuel Cortijo: quien escribe ama aquello que nombra, no otra cosa es el secreto de la hacienda poética. No sé si explícita o implícitamente me lo dijiste muchas veces en aquellos albores, cuando yo nacía y vosotros ejercíais. He terminado de leer de nuevo tu Cuando quiera la noche, cuarto de tus libros entregados, y bastaría detenerse en las palabras, sólo en las palabras usadas, para conocer tus afectos poéticos, tus tensiones, tus fronteras. Dices en él que perteneces a la noche, pero yo te advierto que tan sólo porque vienes del camino de la luz, porque has andado los decididos senderos del canto, los abismos de la voz; porque has descerrajado los poemas y amado a los poetas. Tu vicio es la armonía del lenguaje, tu opción la arquitectura del poema. Si en libros anteriores has levantado edificios para albergar infancias, amor, paisaje cielos, en este atreves tu decir a convocar sin congojas ni temor la noche que nos ronda. A suponer en ella, a rastrear en ella las últimas y mínimas claridades. Claridad, palabra tan querida, tan atada. Hablas de la noche y con la noche para disputarle la luz que nos roba, consciente de lo imposible, pero el poeta que eres todavía conserva entre las manos la ceniza de lo ardido, como dices en el poema. Hay un destino en lo oscuro que el hombre acepta y el poeta rechaza y desde esa dialéctica se levanta Cuando quiera la noche, libro que has tenido la voluntad de editar en una editorial joven y cercana, y getafense: Luceat, colección “Isla de Delos”. Dijo Vicente Núñez que solo puede averiguarse lo que está escrito, y en ello reside tu decisión. Has dedicado tantos de tus poemas a pregonar la luz, el canto en los aires, el resplandor de la palabra, que te era preciso este internarse en la noche convocada. Ni la sombra ni la oscuridad aparecen en ella como símbolos de acabamiento, sino de territorio a explorar, porque –y son tus versos– De nada sirve el agua si en la noche no hay cimientos de sed. Desde el peso del ayer hasta el mañana presentido, jamás renunciaremos a buscarnos. Y la noche nos permite, te permite, la intimidad de recorrerla sola, de recorrernos solos. Es tanta la quietud de su idioma, tanto su anonimato, que no es preciso huir de los otros ni de nosotros. Quiero que sepas que admiro de ti la capacidad para elaborar poemas sin páramos, poemas que no alejan de su discurso al lector, poemas sin descuidos formales, poemas de selectísima cadencia. Recuerdo tu lectura en Santa Cruz de Mudela y la exactitud emocionada de tu decir. Tal vez el momento en que más asocié tu persona con tu obra. El silencio habla en ti a su pesar. Escribes ahora de esa costumbre tuya de perseguir lo que se aleja y me parece que ese es el secreto de la buena poesía, esa ambigüedad de las certezas, ese tacto sutil de ciego con que calibrar las emociones. Quiero decirte que en esa avaricia está escrito tu libro. En ese convencimiento. Por eso te escribo.


Has hecho muy bien en dejar que te hable la noche, que te hable durante cuarenta noches, durante otros tantos poemas. La noche, esa vieja hoja del mundo.

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Confirmación
 
Pertenezco a la noche, me recojo
en ella para oírme
respirar y quedarme
en el canto triunfal de tantas noches
que ya fueron en mí, por mí una sola
pronunciación de un todo que confirma
que no podré ser yo sin otra luz y guía.
 
Pertenezco a la noche, ahora lo sé,
a la noche de Juan en noche oscura,
la que se va y que vuelve
con ansias de amores, inflamada,
la que viaja no sabe
a qué silencios,
a qué hondos miradores de lo oscuro.
 
La tengo en su lugar, donde me quedo
a oírla en piedra o lágrima,
oírla como puede
sonar como si fuera campo solo,
música sola sosteniendo el aire
que da a la noche el sueño y la inmovilidad.
 
Pertenezco a la noche que va en mí
allí donde yo voy,
allí donde me oigo y soy en todas
las palabras de Juan en noche oscura.
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Ofrenda


Para encender la noche
–lo mismo que un poema– no hace falta
sino que llegue a tiempo una emoción,
una emoción que tenga lo que debe
tener, si está queriendo temblar en el poema,
si el poeta ha buscado un agua limpia,
sabe por dónde va
y viene lo que alumbra.
 
No hace falta más luces que el saber
que la noche se basta por sí misma
para dar en ofrenda a cualquier pecho
el aroma en acción
de las palabras,
y lo dice en apenas un sollozo,
como lágrima suya
que hace más claro el resplandor del llanto.
 
Así la noche puede iluminarnos,
alumbrar las palabras
donde somos.


jueves, 24 de diciembre de 2020

Un poema: Como el que escribe



C
omo el que escribe y oye
caer el agua anónima, serena,
sobre los agotados campos,
y escucha su bondad, y al percibir
el ritmo y el instante
de la lluvia abandona
el lápiz que sostiene, sus papeles aparta
y ajeno a la escritura en donde residía
acude a contemplar
cómo la tierra empapa y oscurece,
y atreve una palabra
pequeña por sus labios,
y dice gracias
porque sabe que en este
soplo de vida,
en esta sencillez que nada pide,
habita la humildad de la belleza.



domingo, 20 de diciembre de 2020

Carta pública a y dos poemas de Jesús Aparicio

 




Querido amigo Jesús,
 cuánto agradezco, y muchos conmigo, que mires y escribas. En este tendedero de vanidades con que habitamos la terraza de la poesía, tu palabra es el pañuelo blanco, la humildad de Asís, lo povero, lo que no grita ni discute su existir ante nadie, lo que no pide perdón porque a nadie ofende, lo que extiende la alegría de ser para los otros. Sé que eres lector frutal del Evangelio, que lo practicas a diario como gesto de amor prolongado. Y que escribes porque escuchas los silencios con que hablan –y los motivos porque callan– las cosas pobres a las que nadie atiende. Como todo en el mundo, las palabras también buscan su acomodo. Y te buscan. Sé que las palabras te acuden en hileras, hormigas laboriosas, y se elevan en voz hasta tu oído, porque te saben cerca de aquello que perdura sin molestar, son palabras que ignoran que el ruido del vivir pretende dividirnos en víctimas y verdugos. Escribo esto porque en tu Lirios, última de tus entregas en Ars Poética, avanzas hacia la quintaesencia de los espíritus depurados. Tu mirada y tu lápiz sanan y salvan. Nos advierten que la poesía puede nacer de manantial sereno y de almas puras. Y lo hace para que lo enfermo, lo desvalido, lo casi nada, el llanto, el barro de los tristes, todo lo que la palabra camilla es capaz de soportar, pueden ser en la palabra y en la vida el fermento de donde nazca la esperanza: tal es la esencia de tu decir, la esencia de tu poesía: para eso vives y escribes. Qué bien haces extendiendo estos poemas-povero, qué bien haces poniéndolos a secar a la vista de todos, qué bien haces. Sé que no buscas otra cosa sino el sosiego de tu corazón y el concilio con otras almas. Quienes te leemos sabemos que, más allá de las justas ambiciones mediáticas o estéticas, la palanca que nos anima a construir un poema debe ser el diálogo, íntimo, justo y tenso, entre el yo que soportamos y la voluntad del mundo. Ser capaz, como tú, de dotarlo de verdad y belleza, añade armonía a lo necesario. Y unas gotas de paz sobre la herida. Cuánto agradezco, y muchos más conmigo, que existas y escribas, Jesús. Cristo, tu luz, refuerce tu fortaleza. Permíteme un breve paseo por tu vocabulario: piedra, espiga, grano, agua, pan, leche, sal, brasa, esperanza, hombre, hojas, lluvia, orilla, ángel, asombro, mendigo, arena… Has reforzado en Lirios tu visión humanista de la Naturaleza añadiendole el compromiso del hombre con los próximos, con los prójimos, como señal auténtica de humanidad. Y lo haces sin olvidar el decidido lazo con el que atas la plenitud del hombre al respeto minucioso de lo creado. En la vida pequeña, en los pequeños gestos, encuentra la inmensidad el poeta que eres.

Poesía franciscana, dirían algunos con razón. Poesía, digo. Lo franciscano habita en tu mirada, que es tu modo de estar.

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Tus ojos
 
El paño con que limpias las tinieblas
despierta a ese sol que llevas dentro.
 
En silencio nombra esa luz
que te hace crecer,
te conduce y recuerda
que tu vida será
lo que te diga el ojo.
 
Vela porque tu ojo
sea sencillo.
 
Espera que tu ojo
sea amable.
 
Trabaja porque tu ojo
toque el ser sin herir.
 
Tu ojo es esa lámpara
que dará forma al mundo
en el que se asienta
tu mirada.
 
La manera en que ves
ilumina ese pozo
en el que bebes.

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La camilla
 
Portada por los brazos y los hombros
de hombres que no miran
ni color ni certeza de tus huéspedes,
cirineos que ofrecen
tiempo y sudor al desvalido.
 
Conducida por sendas empedradas
de miedo, oscuridad y desesperación,
acoges al herido
del constante tropiezo que es vivir,
soportas como un ángel
el alarido del enfermo
pide para
sí la atención de los cielos,
la salida de todos sus infiernos,
y acompañas el llanto
del que ha olvidado
el asombro diario
que ayer les regalaba la esperanza.
 
¡Bendita seas!,
por la paciencia con la que has cargado
el barro de los tristes.
¡Gloria a ti!,
nada te rompe y cansa
y en tu tela reposa
todo el dolor del mundo.