sábado, 8 de julio de 2017

Federico en Urueña: Quien dice sombra

      Las murallas de Urueña contemplaron la celebración. Vino Federico Gallego Ripoll a recoger el premio Villa del Libro, tan premioso en su hacer que han pasado dos años desde su convocatoria hasta su entrega, y lo trasformó en gozo. Aquello, lo que había sido previsto como trámite institucional, quebró. Y por las rendijas de la serena tarde castellana apareció la poesía, quiero decir Federico, para hacerse cargo de todo. Primero en el acto de entrega, con sus palabras de aceptación, pero sobre todo en la lectura al aire libre, al sol vencido, a la sorpresa caliza de junto a la muralla. 

      La voz, el potente matiz de la voz del poeta, hizo de su vuelo búsqueda. Nos recordó que siempre ha entendido la poesía como destino, como lugar de encuentro. El poeta de la mirada múltiple, el poeta proteico por su capacidad de ser lo que canta, el poeta atento al pájaro del instante leyó para todos. Y todos escuchábamos sin tiempo. Hasta el aplauso del temblor final. Salvo en el poema que dedica a su madre, recién desaparecida, en todos los demás su lectura estuvo acompañada por el susurro musical –celestial– de Suria Pombo y Raúl Balbuena. Dos músicos que supieron captar y servir, que jamás ocultaron las palabras. Los poemas de Quien dice sombra, tal es el título de libro de poemas editado en la colección Maravilla Concretas, se abren con la cita de Paul Celan "Dice verdad quien dice sombra". Federico encuentra la verdad tras cada sensación, tras cada negación de lo abstracto o lo concreto. O de la lógica. O de la narración. Sus textos se levantan en el sendero inestable que conduce desde lo visto a lo sentido. Es en ese camino de excitación donde su voz halla posada, donde su yo ve a los otros. Cada poema -no hay gritos- es una llamada. No es posible sentir solo, parecen exigirnos, es preciso compartir el misterio, lo inexplicable, lo que atrae e inquieta. Porque así se construye un poema en Federico: nace de lo cierto, de lo aparentemente cierto, para explorar lo que de enigma encierra la verdad, el pálpito inconcreto que conduce hacia los interrogantes. En pocas lecturas como en esta fue tan evidente. Federico no excava, ni siquiera escarba, tan solo araña la piel de su pronombre para hablar y escuchar a otros pronombres que siente próximos. No escribe para ser leído en años, en siglos futuros, sino ahora, ya. Convocando. Hay en él desprecio a la trascendencia, a lo grandilocuente, tanto como al coloquialismo. Hay en su decir, en su lenguaje una distancia perfecta entre poeta y lector,  pero sobre todo consigo mismo, con lo que pide y espera de su mirada. El árbol, la luz, las aves, los ruidos… con las cosas, entre tantas, que atento vigila, porque sabe que ahí sucederá. Y todo ocurre tan natural en su hacer, ocurría tan natural en su lectura, que Federico no nos parece entonces un poeta, sino un hombre desnudo a quien los alrededores visten.  Y él se deja porque desea contárnoslo. Todo esto sucedió, 5 de julio, en la lectura de Quien dice sombra. En Urueña de Valladolid. Junto a un sol vesperal, piadoso y ocre, por entre los milagros sonoros de Raúl y Suria, ante la escucha atenta de los paisanos, y con la amiga de poetas como Carlos Aganzo y Fermín Herrero. Estuvimos allí.

      Quiso el poeta cerrar el acto nombrando la reciente edición de Cardinales. Ocho poetas y con la lectura de cuatro de los poemas suyos que contiene.

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                                                (Frágil)

Es todo tan sencillo.
El mundo está al alcance de tu mano,
sólo existe lo que puedes tocar, gustar, oír…

(aunque también camines al borde de la espada,
el plomo o la cicuta).

La existencia depende del lugar:
yo recuerdo,
tú olvidas.

La frontera se rasga como una tela vieja.

***

                                                  (Rito)

Sólo los árboles me dan la mano,
ellos entienden mi danza.
En el claro del bosque, cuando la luna deletrea
nuestros nombres y nos da a beber
leche de vocales de lenguas ignotas,
vienen los árboles a mostrar su aura desnuda
y a cantar con nosotros
las antiguas cantigas de ausencia.

Son necesarias muchas vidas hasta volver en árbol.
Hay que olvidar todas las leyes,
el uso de todas las armas,
el camino de todas las fronteras.

Sólo entonces
puede ser que el alma del hombre
se haga alma de árbol.