martes, 27 de junio de 2017

Dos poemas de Alfonso González-Calero

      Ay de los poetas tardíos, gemía el Eclesiastés. Los que luego fueron ignorados en la jornada del monte de las bienaventuranzas. Un libro reciente, La musa a la deriva, de Pedro A. González Moreno, se ocupa de ellos con justeza. Son más abundantes de lo que se cree. Algunos fueron de vocación temprana y han necesitado el paso del tiempo para vencer el pudor de mostrar. Conozco el tema. Por ello comprendo la tardanza y la decisión de Alfonso Conzález-Calero García: el periodista, el promotor editorial, el agitador de espíritus, el hombre siempre al servicio de la cultura castellano-manchega, en dar a la luz su producción poética (1985-2015) que ha agrupado bajo el título de Ida y vuelta, aparecida recientemente en Biblioteca Añil Literaria. Poeta tardío sólo en apariencia.


      La excesiva amplitud cronológica de la muestra podría indicarnos una voluntad antológica de obras anteriores, pero quienes conocemos la persona y la labor de Alfonso, sabemos que no es así, sino que es libro que nace por acumulación, por desborde, por la incapacidad de su autor para sostener en el redil lo que pugnaba por ser aventado. Es un libro amplio, a pesar de la purga que el autor ha debido someter a lo que vivía remansado, y distribuido en seis apartados. Los poemas, sin título, no respetan escrupulosamente el orden de creación, sino que buscan agruparse por intereses comunes. Vienen dominados por la reflexión sobre la aventura del vivir, sobre el enigma de la existencia, sobre la violencia o no del destino. “¿De qué estás hecho – dice el poema final de la tercera parte-  de tu propio orgullo/ de obras de los otros/ de despojos/ y del leve cariño de unos cuantos.” Y es que el hombre deviene en soledad aunque no la busque; y es que el hombre se pregunta por el significado de la palabra mañana, cuando la palabra ayer aún no ha sido entendida. Poesía de la existencia, más que de la edad, que también: los primeros poemas fueron escritos con el autor en 34 años. Digamos que el libro se construye con poemas fechados y con citas provocadoras No son meros adornos, como en ocasiones sucede. Citas a las que en general responden los poemas, y fechas significativas de estados límites de emoción que nos conducen siempre hacia la introspección, hacia el adentro del hombre exacto que sostiene al poeta. Son en general poemas breves, como apuntes, como dardos. “En una sola frase/ captas/ sabes/ conoces/ lo que se te ha ocultado/ en muchos años”. La violenta mansedumbre que lo habita, hace gozosa la lectura de este Ida y vuelta en donde cualquier hombre puede sentirse reconocido, interpelado, buscado. Fieramente humano, por emplear el término de Blas, pero escrito con el sosiego del que se sabe íntimo, sin deseos de provocar ni provocarse sino con la ambición de poder decirse,, escarbarse, aunque sea mínimamente. Y dejar nota sobre lo hallado. Alfonso titula Para dudar que vivo el primer apartado, y esa duda, la de qué significa vivir, es la que tiñe cualquier pared, cualquier página, de este poemario, que si no fuera por lo desgastado del uso, uno lo tildaría de honesto, solamente por la sinceridad desde la que está levantado. Y es que vivir, aún sin saber para qué sirve, terminará costándonos la vida. Un gasto inútil a veces. Un ida y vuelta al que nos es difícil, salvo en precisos instantes, encontrarle sentido. Aquí el poeta que es Alfonso, cuando decide ejercer su madurez como tal, lo hace siempre traspasado por las incógnitas, instalado en la frontera entre lo decible y lo indecible.  Yo creo que tanto en el trasluz como en la zozobra de Alfonso González-Calero es posible encontrarse. Encontrarme.

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NUEVE
 
La lluvia oculta el cielo
Adelanta la noche
Siembra el ruido de mil furias
Contra la tierra,
Parece querer borrar nuestros contornos

Y me preguntas, ¿Cuándo terminará?
Nadie lo sabe
Sólo sabemos que abandona,
Pero no cuando.

            Tavernes  14/09/02

ONCE

Tienes que decirlo,
En dos palabras.
Evita rodeos.
Sobran los vacíos adjetivos.
Los circunloquios opara bienpensantes.
Los eufemismos para los miedosos.

Tienes ya que decirlo
En dos o tres plabras,
Sin retótica:
La vida duele.

           Madrid  12/11/02  Metro   


viernes, 16 de junio de 2017

Ramón Palmeral. Paisano en Alicante

Autoretrato
(Ramón Palmeral)
     

     Nacimos a cuatro meses y cien metros de tiempo y distancia. Sus padres estaban de verde tránsito laboral por Piedrabuena. Eran aquellos tiempos de la paz forzada y ganarse el pan con esfuerzo. Apenas niño abandonó el pueblo para no volver jamás. Digo físicamente, porque jamás se ha ido de la luz de su nacer. Ramón Palmeral, poeta, crítico, divulgador y pintor vive en Alicante, en donde lo conocí y traté brevemente con motivo de una lectura, a la que él se acercó con gentileza. Y difundió. Desde aquel entonces hemos sabido uno del otro con cierta fugacidad, frugalidad. Hasta este año.  Es el caso que Ramón (Fernández) Palmeral admiraba y seguía la obra de un paisano común, de Nicolás del Hierro, y ha sido el hecho doloroso del fallecimiento de Nicolás lo que ha acrecentado nuestra relación.

Retrato de M. Hernández
(Ramón Palmeral)
      Es sabido que Ramón Palmeral ha dedicado su vida a la pintura – tiene óleos cedidos en el Museo López Villaseñor de Ciudad Real– y a estudiar y divulgar la obra del oriolano. Un dibujo a plumilla que adjunto y le llena de orgullo, cómo no, ha podido servir para una estampa de correos conmemorativa de los 75 años de la muerte de Miguel. Dibujo que le solicité para poder compartir con mis lectores.  En fin, dos afanes que han unido sus intenciones y se han concretado en el sello. Un orgullo que comparto. También es bloguero de pro. En Nuevo impulso, que así se llama su bitácora, da cuenta de la agitación cultural alicantina en donde no se priva de sostener opciones en su opinión crítica. También sé que es lector habitual de esta casa, donde espera..

      Digo todo lo anterior porque es el caso que en este 2017 preñado de hechos, la labor poética de Ramón Palmeral se ha concretado en dos publicaciones, una en enero, La cólera de Aquiles, y otra en mayo.  Con el primero, un largo poema épico dividido en 19 cantos, Ramón Palmeral, con una técnica que merodea el versículo y coquetea con la prosa, se baña en los mitos homéricos para atravesar el Mediterráneo, desde Troya a Tarsis, de Agamenón a Argantonio, con una sintaxis tan melancólica y trabada como audaz. Poesía épica llena de coraje, reivindicadora de los orígenes, buceadora en las genealogías  que buscan el Hades desde los amaneceres. Así comienza el canto dedicado a Heracles

Mi lazarillo me anuncia que el ocaso
tiene un cielo herido de luz
suspendida en sí misma,
en el ocaso se puede ver
la verdad en mi piel,
se trasluce el violeta de mis venas,
se puede cantar en mis carnes mis sueños y pesadillas.
El arte de la poesía es la única forma de vencer la vida,
instinto de magnificar el héroe…  

Apunte sobre Nicolás del Hierro
(Ramón Palmeral)
      El libro de mayo, Lágrimas ebrias de melancolía, es un recipiente donde se mezclan ansiedades, amores, esperanzas y desvelos. Hay en todo él una tensión vital que desborda el cuidado de las formas. A Ramón Palmeral le importa más el qué decir, la urgencia de decir, la voz interna de la conciencia en ascuas, que los límites que las formalidades imponen. Todo el libro es un desgarro con homenajes a aquellos que ha sido su norte: progenitores, compañera vital, amigos. Un libro de la voluntad de vida para la vida. Así escribe Ramón Palmeral en el poema con que recuerda a Nicolás del Hierro.

Quiero reencarnarme
en cigüeña y volar
por todos los campanarios de La Mancha
y tocar un réquiem de conjuro
entre las jaras,
cambrones
y los romeros tristes.

     Para él, para este manchego de nacimiento, andaluz de origen y alicantino de adopción, como se titula, y con enorme cariño, hay también un hueco en Mientras la luz. Casa grande que aún es.


lunes, 12 de junio de 2017

Un poema: Valmayor y junio



Porque es la vida
el daño y permanece,
aquí, frente a esta sierra
de voz sellada,
con el aire invadido
por furiosos jarales
y equívocas umbrías,
frente a esta sierra,
alto cuarzo sin nieve,
desenhebrada luz, para poder
vivir de nuevo
he querido que lleguen hasta mí
uno a uno los días,
solitarios,
antiguos,
tan sólo por sentir
más pura la certeza de mi origen.





Aquí,
frente a la cumbre erguida
de Valmayor
y sus sienes de bronce,
mientras miro en sosiego cómo inunda
el cansancio del sol
el junio extenso,
dorado de las rañas,
escarbo en su color 
hago
recuento de esperanzas y de pérdidas,
de las sombras que aguardan,
de lo ardido,
como si todo, todo
lo que viví, lo andado entre las gentes
y lo escrito,
hubiera sido bello alguna vez,
verdad.


miércoles, 7 de junio de 2017

Hilario Barrero, renacido y nocturno

Hilario Barrero y José Luis  Morante
tras la lectura, por la calle Segovia,
buscando un bar de cañas.
     
      Llamado por la tierra, por la poesía, por los editores… y en llamas. Así acude cada año, desde su particular y observado Brooklyn, Hilario Barrero a la meseta. Este blog sigue ha tiempo sus actividades, sus esperados diarios, sus ojos tras sus pasos, su hacer poético. En este viaje 2017 quedó para el final su lectura madrileña. Al día siguiente volvería a las costas de allá, de enfrente. Acompañado por José Luis Morante, voz señera de la crítica poética, acudió a la biblioteca Iván de Vargas –sitio a considerar– el miércoles 31 de mayo para presentar su antología a rayas. La de Renacimiento, ya saben. La rotulada Educación nocturna. Título tal vez elegido por resonancias del oficio, tal vez por otra cuestión. Algo que no se aclaró en la conversación con que Hilario y José Luis abrieron el acto. Dos buenos amigos, y amigos cómplices ambos de José Luis García Martín, autor de prólogo y edición. Hablaron de los resquicios por donde el aire de sus poemas circula. La trascendencia de lo cotidiano, lo transitivo entre el yo y los otros, lo biográfico, la circunstancia como semilla del poema, la ausencia de lecciones morales, la presencia del deseo como máquina. Todo eso iba yo anotando, no sé si con acierto. También de la mirada reflexiva que conoce la melancolía y la bordea. Hay en la poesía de Hilario una búsqueda identitaria sin agobios, sin ansias. Una indagación, en tentación sostenida, por lugares y personas.  Y es que la voluntad inquisitiva de saberse aparece como una corriente poderosa y pacífica, terca: no abandona, no deja de atravesar palabras y poros. Con ella vive reconciliado, y en combate con el tiempo y su amenaza. Voz que se concreta con afanes lejanos a lo experimental. La noté forjada en los manantiales del 50, en aquellos maestros a los que tantos debemos tanto. Voz que no logró desdibujar siquiera la tensa premura con que leyó los siete poemas elegidos. Sepan que él, Hilario, dibuja objetos y obsesiones. Y los reparte, bien de forma exenta, bien como detalle sugeridor en las publicaciones –plaquettes, revistas- con que su generosidad mantiene lazos, cultiva afectos. 
       Es un libro, este Educación nocturna, para lectores necesitados. Todo dice en él. Todo nos dice. En todo se nota origen y destino. Todo atiende a lo urgente, quiero decir al hombre v. la soledad. Todo en él explica por qué la poesía salva. Y escribir es devolver a la vida algo de sus dones. De sus miserias.

Léase este poema.   

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Geografía

En Barcelona fuimos una hoguera
aquel verano del setenta y uno
ardiendo sin llegar a la ceniza. 
Después vino una lluvia inadvertida
e inundó el cobertizo donde estaba la leña.

En Nueva York bajamos al abismo
y estuvimos a punto de ser carbonizados.
Crecieron unas sombras en la alcoba
insistiendo en mezclar su sangre con la nuestra,
pero nos protegimos con la muerte
que era todo lo que aún nos quedaba.

Anoche en Alexandria, junto a ti,
dominados por la dudosa satisfacción
del que llega a la meta, éramos dos rescoldos
caminando despacio hasta el hotel
para dormir en camas separadas
sabiendo que al crecer la luz primera
vendrías a mi lado a despertarme.

martes, 30 de mayo de 2017

El cuarto No Madrileños. Una celebración


     Qué bien lo que tan bien termina. Intensa fiesta de la poesía el jueves 25 de mayo en la sala Trovador. Completaba su círculo la convocatoria, cuarta de No Madrileños, con la que este humilde blog ha querido celebrar, por cuarta vez, su quinto aniversario.  


Del septentrión peninsular llegaron la coruñesa, afincada en Nueva York, Marta López Luaces y el zamorano de nación y leonés de residencia Tomás Sánchez Santiago. Dos poetas, dos voces tan sugerentes como distintas. Faltó la persona de José Luis Morales, convaleciente aún, pero no sus textos introductorios, que en esta ocasión se escucharon a través de la voz de Rafael Soler y Francisco Gª Marquina

Fueron, las de los poetas, lecturas amplias, generosas, al gusto habitual de este ciclo. Una sala repleta, con matizada luz, devolvía a los poetas la magia, la devoción. Mezcla de lenguas en el decir de Marta, algo que comienza a ser habitual, para una poesía en desvelo de modernidad, donde el desasosiego y el ansia de plenitud se mezclan, se alteran. Y la voz pausada y serena de Tomás para contar la proximidad de las cosas, de las gentes, y el amparo que supone conversar con ellas, caminar con ellas, saberse parte, y gozo, y celebración con ellas.  


       Fue un rotundo final para una aventura que iniciaron en abril de 2014 Federico Gallego Ripoll y Vicente Gallego; que en 2015 continuaron Basilio Sánchez y Mª Ángeles Pérez López, y el año recién pasado prolongaron Isabel Bono y Joaquín Pérez Azaústre. Ocho voces, ocho vientos que ahora se recogen en un libro: Cardinales, que verá su luz primera (no se lo pierdan) el viernes 2 de junio en la Feria del Libro de Madrid. Porque quede –también en papel- memoria de algo que tanto ha significado en la agitación poética madrileña.

La tarde terminó como acostumbran los asistentes, con tiempo para el abrazo alimenticio, para la caridad del vino y la excitación de las conversaciones. Todo ello antes de la animación que procuran amigos tan claros y habituales como David Morello, Carmen Bermejo, Luisa García Ochoa y Ana Bella López Biedma. . Tesoros que siempre acompañaron. Las fotos son del poeta José Luis Torrego.

Tan sólo por la existencia de estas cuatro celebraciones ha merecido escribir este blog, este Mientras la luz metido en dudas. Gracias a todos. Siempre.

_____________________
De Tomás Sánchez Santiago

ÁRBOLES

Tala general. Zamora. Margen izquierda del Duero.

Todo se lo han dejado hacer: nidos arriba, manchas obscenas y tachaduras sobre nombres ya aborrecidos.

Pasión silenciosa la de los árboles.
Pero hay un ritmo interior que nadie sabe. El juego ciego de las elaboraciones:
hojas, flores, vainas, frutos.

Y, luego, es que no se defienden. Se entregan a las usurpaciones como animales quietos.

¡Y que nada consiga defraudarlos…!

Caen sobre su entereza
manos, uñas, hachas, órdenes.

Pero no hay idioma en ellos que delate ese dolor de los arrancamientos.

Nadie, nadie sabe a qué suena la voz pasiva de los árboles.



______________________
De Marta Lopez Luaces

NÓMADA

En las largas mesas del tiempo 
beben los cántaros de Dios.
Beben hasta el fondo los ojos
de los videntes y los ojos de
los ciegos, los corazones de las 
sombrasimperantes, la mejilla
de la tarde.
Paul Celan

Vengo de un pueblo condenado
a errar por tierras extrañas.
Tres días caminaron
a la sombra de Babel.
Heredo de ese tiempo           
un mapa y un cielo.

De mi raza
el rasgo de la ausencia me delata
y una certeza:

antes de la tormenta
de las sequías
de tu mirada
de mi orfandad
de aquellos fuegos
y antes de las sombras que les precedieron
había un antes
que la memoria me pide, rescate

Pero he llegado tarde
las lluvias han pasado
los ríos regresan a su cauce
se alzan las ciudades en el horizonte
y se me prohíbe la entrada

Aquí, a sus puertas
espero
la resurrección del recuerdo
del yo que era

Sus heraldos exigen que renuncie
      a mis nombres
       mi sangre
mi heredad
y que disfrace la voz
y  jure
por la fe de su idioma


(mi raza sigue en busca de la lengua
perdida
antes de la infancia).

miércoles, 17 de mayo de 2017

Jorge Guillén para un Homenaje

      (La becaria está que trina, el que a veces actúa como Jefe le ha pedido hacer de negra. No tiene ganas ni tiempo, le dijo, para escribir unas líneas con que presentar una sencilla lectura de dos poemas de Guillén (Jorge) en un homenaje que el Ateneo dedica a los 90 años de la Generación del 27. No sé a quien se le habrá ocurrido, farfulla, si terminan de hacer dos a Gloria Fuertes y otro a la Generación, están que no paran con este asunto. Un redactor le ha escogido los poemas y la becaria le entrega esto por si le sirve. Pero sigue por lo bajo: no es mi papel, no es mi papel)

(esto)

Jorge Guillén es el mío, ese poeta enjuto de voz y carnes, que viene en los libros de texto y al que a veces nos hemos acercado para jamás volver. El abstracto, el irónico por inteligente, el poeta-profesor, el del lenguaje geométrico. Bien. Ya no se lleva. Sabéis bien que no se lleva, que pasó su tiempo, el clamor de los homenajes. Recuerdo, os recuerdo que Wikipedia dice que fue el primer premio Cervantes, en 1976.  Ya lo habíais olvidado. Ahora lo más que se le ocurre al español ilustrado que escuche su nombre es escribir un signo igual entre Guillén y poesía pura. Pero él, sabedlo, aseguraba ya en 1934 que un poema debe contener un tanto de poesía y un tanto de ruido humano. Fue poeta en asombro por la realidad, por el júbilo de la luz. Por la perfección de las cosas y la tensión entre palabras. Cualquier poema que de él os lea no lo reconoceréis, si no fuere el del sillón beatus, que no va ser.  He traído para el caso esta edición primorosa de Barrral, hecha en 1979, impresa en offset, mantiene el papel sin decolorar por la luz y que debió ser gigantesca porque se sigue vendiendo en librerías y puestos de ocasión a dos euros. Sic transit gloria mundi. Serán dos poemas cortos. Pertenecen a Aire nuestro, en su producción final: 

(poemas)

1

Más allá. ¿Dónde? Donde tú concluyes 
y principia ese mundo que te ciñe 
por todas partes. En el aire cosas 
que la luz te descubre y son las metas 
de tu poder. ¿Te angustia el mundo? Mira 
ese mundo es amigo necesario. 
¿Misterioso, versátil? Sí, difícil. 
Rechaza el miedo y ríndete al asombro 
si te das cuenta bien de tu aventura, 
formidable.

 *
Mi jardín está en medio de la vida, 
de la ciudad, del mundo, de los roces 
con esas asperezas verdaderas 
del diario vivir, que es el de todos. 
¿Paraiso, muy lejos? No. Jardín 
a tu alcance, por entre tanto fárrago. 
Y un hombre en su minuto, al fin sereno. 

2

"Perdido entre tanta gente..."

"Gente", también "otredad", 
lóbrega palabra fea 
que solamente va 
de docto en docto saltando 
para siempre resonar 
como dicha por embudo 
gracioso en un carnaval 
de máscaras que jugasen 
a dar pavor... 
                           ¡La otredad!

sábado, 13 de mayo de 2017

Un poema de Javier Díaz Gil




      No es un poeta de obra extensa. Ni sus poemas se derraman. La poesía y la persona de Javier son amigas de la contención. Obtuvo el premio Nicolás del Hierro en el 2000 con Hallazgo de la visión y desde entonces apenas alguna plaquette, poemarios cortos, como Vivo extramuros y El Ángel prometido, que unió en una publicación de 2011. Recientemente, y con Ruleta Rusa –¡ay!–, ha aparecido La palabra y la carne de donde extraemos el poema. Dedica parte de su tiempo a moderar una tertulia poética que ahora reside en los bajos de la cafetería Santander. Pero todo eso es literatura adherente. Javier es en realidad una persona donde la poesía escarba, excava. Donde la poesía es presente continuo. La palabra y la carne, libro delgado y tenso, no es sino la encarnación del hombre entre la emoción y la materia, entre la idea y el tacto, entre lo atisbado y la cicatriz. Poemas breves y plenos de densidades para decir el amor, para decir el asombro. Poemas como "puentes de luz" para cruzar las carnes erizadas. Y las carnes huidas. Poemas que eligen el roce detenido, la piel en pálpito, la realidad fungible. La entrega y la consumación. Se levantan para la verdad de lo finito, y junto al tiempo en tasa, desde esa parcela mínima del mundo que algún dios –tan generoso como malvado– ha tenido a bien concedernos. Lo que para algunos puede ser angustia, desasosiego, para el poeta Javier Díaz Gil es constatación primero y después necesidad de amparo. El no regreso, la sangre que nos desnuda, las sombras y sus verbos, la anorexia y su cera consumida, el cáliz de los inviernos: de todo ello anota el poeta. De todo teme. Pero Javier Díaz Gil es un ángel de mano trémula que conoce cómo un cuerpo puede ser refugio, ara de salvación, o hielo donde se estrellen las palabras. De ambas realidades trata este libro, escrito desde dentro y hacia adentro. Voz que sale para volverse. Siempre pura. Decía Jorge Guillén que un poema debe contener un tanto de poesía y un tanto de ruido humano. Pues eso. Aquí.    

18

Es en tu piel secreta
–la que se esconde
bajo tu blusa–
donde quiero morir.

En una gota de sudor
me encarnaré
–tras los primeros estertores–.

Resbalaré
–como la punta de una lengua
golosa–
desde tu nuca.
Barreré tu hombro y tu cuello,
Transitaré,
–puente de luz–
      por el inicio
      vertiginoso de tu pecho,
            la oscuridad de tus pezones,
                el salto mortal de tu vientre.
Serán
mis diez dedos agua
                                  atravesando
               tu cuerpo.

La sal,
una sombra en tu blusa:
silencio.

martes, 2 de mayo de 2017

Un poema: En El Comercial




El Comercial

También sucede en este
calmo refugio, en esta
cafetería love
de la ciudad que ignora

entre papeles,
junto al alto cristal,
por un instante
ciertos y uno
mi ayer y yo, desalojados
de tropeles sombríos,
de las gentes,
del afán con que cruzan
yo sé que hacia la nada, veo
en las líneas que escribe
la vida que no supe

la que demando aún
para que expulse el frío
y la duda de dentro de mi boca

aquella que
jamás creció sobre los años
en los que fui deseo,
cuerpo a tientas

la que tardía-
mente espero
la ocasión en que pase
tras un cristal, 
                             y se detenga,
y buscándome mire.

jueves, 27 de abril de 2017

Poemas nuevos de Jesús Aparicio

      Lo he dicho alguna vez, no sé si en público, en privado o si de forma tan rotunda: Jesús Aparicio es el único poeta español capaz de ser un haiku. Porque vive y escribe a flor abierta las sensaciones que el instante y el entorno le provocan. No es su afán tanto el de construir poemas como la necesidad de contarse y contar a cuanto le rodea las emociones que las cosas le sugieren. Poco, mínimo, pequeño. Es un poeta sin ojos para lo mayúsculo. Una silla, un hoyo en el patio, el color de las hojas, una gota de lluvia, las abejas (que son, dice, el reloj del mundo). Sabe que la vida se resuelve muy cerca de él. Cuando no pasa nada –escribe– es que algo sucede sin nosotros. Es un poeta en alma. Arqueología de un milagro, que ha publicado el sello Ruleta Rusa, es un libro levantado a pasitos. Para no molestar. Dispuesto como un arroyo que fluye continuo y delgado, sin capítulos, sin apartados. Todo es uno, todo es común en esta poesía de verde y viento. Aquí no hay elegía, sino música del presente y esperanza. Hay mucho de oriental, de rumor zen que niega la impostura. La piedra es tan fugaz como la nube. Y el poeta que es Jesús Aparicio escribe con las manos del alfarero que espera el alba. Se renace del barro, se vuelve de la muerte, porque el mundo no es sino una constante recreación. Un ser es otro. Poesía de ojos limpios, apenas sin metáforas, que procura el concilio con su propia forma. Tanto así, que el poeta busca descansar de cuando en vez, sin abuso, en la arquitectura convenida del haiku. Se va la araña/ sobre la tela muerta/ brota otra flor. Todos los poemas respiran momento y Naturaleza, y en pocos asoma la superioridad moral que los humanos acostumbramos a exhibir, más bien al contrario. Hay en el poeta Jesús Aparicio un hombre que teme el grito, pero que anhela ser con, la tentación de fusionarse y la voluntad de andar al unísono con cuanto vive sin ruido. Los gorriones, como lugar de lo débil, de lo humilde, de lo diminuto, son el símbolo del gozo que su poesía aventa. Tanto en aquel donde se engendra como en aquellos que la reciben, que la esperan, con el pecho en saja.

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Predicciones

Anteayer, hoy nevaba.
Ayer decía lluvia.
Ahora el sol nos deja fríamente
su última palabra
y tú no sabes nada del mañana.
….
Justicia

De la rama del árbol que sustenta
a gorriones y avispas
arranco un manzana y la reparto
con las hormigas de jardín.
….
Memoria de un inquilino

En mi casa hay un  nido
de golondrina
que sobrevive
a todos los inviernos;
cuando ella vuelve
y me mira a los ojos
se extraña y duda y no
me reconoce.

jueves, 20 de abril de 2017

Un poema de Raúl Nieto de la Torre: Enséñame...

      

      Los poetas no viven en una ampolla de cristal. Digo algunos. Los poetas andan las rúas atropellados por multitudes. Y en otras ocasiones calles de par en par vacías. Hay poetas que buscan lo bienhechor de la soledad y la soledad se les aparece con las fauces abiertas. Hacen faltas zapatos apropiados para sendas sin guía. Los senderos que te arropan y los del viento helador. Lo digo por Raúl Nieto de la Torre, poeta que nos ha sorprendido con un libro tejido de hombre solo y de desconfianza, de ternura triste y débiles amparos. Un libro diferente al decir que acostumbraba. Hierro candente a la doma, selva que desbrozar. No suelen transitar por ahí los poetas espectáculo, eso que buscan construir sobre la paradoja y lo sobreentendido, sobre la complicidad de los socio-político o para el búcaro sospechoso de la emoción. Es difícil escribir desde el individuo tomado en armas por la soledad. Ese vaho agrio. He leído Leopardo, el poemario editado recién por Tigres de Papel. Y no hablo de un poema, aunque uno comparta, hablo del color, del bronce sin eco, de un voz que regresa a su origen apenas emitida. No es un libro escrito con las tripas. No hay contención, pero tampoco desborde. No es un desahogo. Es un libro para saberse sin disimulos, para hablarse sombra frente a sombra. Escrito por un poeta que sabe que la poesía existe porque ha conversado con ella. Y porque se juraron no traicionarse nunca.

__________________

Enséñame a aprender lo muerto.
La vida es una piedra que se convierte en mariposa
o cae al suelo.
Enséñame a que no caigamos, a que no sea
la vida un cuerpo mudo en un pasillo.   

Pero has de saber
que la primera piedra
había salido de mi mano
antes de que llegáramos al mundo.    

jueves, 6 de abril de 2017

Consejo de redacción: abril y ¿qué hacer?


Ilustración de José Caballero para
 "Caballo verde para la poesía"
      

      Mis queridos – dijo el jefe con voz que presagiaba disturbio interior– la tribu vive asediada. Mientras estuvimos ocultos en el subte, nuestra invisibilidad nos protegía de pestes y alimañas, pero ha bastado que algunos de nosotros se hayan infiltrado por las alcantarillas de las pasarelas, o que otros hayan procurado hacerse notar alargando el cuello, para que acudan con colmillos a nuestros alrededores. Una plana del diario El Mundo, la que intentaba mostrar que la poesía sirve para el medro entre la jet, ha venido a levantar cien costras. Y ahora todos se atreven. Cursis o fracasados sin remedio son calificativos que se usan como astillas. ¿Debemos defendernos? ¿Contraatacar? ¿Volver a la caverna? ¿Hacernos el rajoy, quiero decir seguir como si no nos enteráramos?  Aquí sobre la mesa –y lo puso ante los ojos en miel de la becaria- les dejo este escrito firmado por Alejandro Zambra (chileno y novelista) que apesta a renegado de la causa. En un par de horas quiero otro, de similar extensión, que organice una respuesta coherente. A las armas. Punto por punto.

Contra los poetas

"A los veinte años ya acumulan experiencias importantes: han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres, han escrito artículos para anuarios escolares y quizá han concedido una o dos precoces entrevistas. Ya tienen listos sus primeros libros, que están a punto de aparecer en editoriales emergentes. Son libros muy malos, pero por ahora eso no importa. Sus poemas son largos y sentenciosos, abusan de los gerundios, de los signos de exclamación y de los puntos suspensivos. Leen a Vicente Huidobro, a Delmira Agustini y a Oliverio Girondo, pero sobre todo se leen los unos a los otros, en interminables sesiones sólo a veces amistosas.

A los veinticinco años ya han renegado de esos primeros poemas, que consideran lejanos pecados de juventud. Esperan encontrar pronto la madurez como poetas, que a ellos les importa mucho más que la madurez como personas. El segundo libro cumple con creces el objetivo: no es bueno, pero indudablemente es mejor que el primero. Dicen estar todavía buscando una voz propia y mientras tanto planean antologías que incluyen a todo el grupo, pero nadie quiere escribir el prólogo, pues nadie desea correr el riesgo de convertirse en crítico literario.

A los treinta años ya han sufrido varios desengaños. Han sido incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo. Por momentos escriben solamente para demostrar cuán arbitrarias han sido esas exclusiones. Han publicado, a esta altura, tres libros de poesía. Han fundado dos editoriales y cuatro revistas literarias. En sus reseñas biográficas se afirma que han participado en más de trece –en catorce– encuentros de poetas y que sus libros han sido parcialmente traducidos al italiano. En realidad les han traducido solamente un poema, pero da lo mismo: los han traducido, eso ya es mérito suficiente.

Recién a los treinta y cinco años comienzan a incomodarse cuando los presentan como poetas jóvenes. Ahora dictan talleres en los que aconsejan a sus alumnos que eviten los gerundios, que cuiden los adjetivos, que declaren la guerra a los puntos suspensivos y a los signos de exclamación. Les inculcan la suprema libertad creadora, pero les prohíben una lista bastante larga de palabras: vacío, angustia, desolación, desesperación, crepúsculo, ocaso, alma, espíritu, corazón, vagina. Les hablan de melopoeia, de fanopoeia y de logopoeia, pero se enredan un poco en la explicación. Se enamoran de poetas de dieciséis años y las comparan con Alejandra Pizarnik, pero nunca han visto una foto de Alejandra Pizarnik.

A los cuarenta años a nadie se le ocurre presentarlos como poetas jóvenes, pues sus caras y sus barrigas han cambiado de forma tal vez irreversible. Los poetas experimentan con mayor sufrimiento que el común de la gente la llamada crisis de los cuarenta. No decidieron ser poetas para tener cuarenta años. De ahora en adelante todo será decadencia. Se han vuelto inofensivos. Es más fácil incluirlos, pedirles prólogos, invitarlos a los recitales y aplaudirlos sin énfasis, respetuosamente. Son, en otras palabras, verdaderos fracasados.

Para que el fracaso se cumpla es necesario que reciban, de vez en cuando, señales equívocas. A los cincuenta, a los sesenta, a los setenta años los poetas ganarán dos o tres premios menores; tímidos estudiantes de pregrado y quizás alguna bella doctora norteamericana analizarán sus libros, que tal vez serán traducidos al francés, al alemán, al griego o al menos al argentino. Por lo demás, siempre habrá alguna editorial emergente interesada en rescatarlos del olvido.
Da lástima verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, de una pensión del gobierno, de un homenaje, de un viajecito al sur, lo que sea. Parecen niños asustados, y en el fondo eso son: niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse. A veces algún reportero compasivo les pregunta para qué sirve la poesía en este mundo deshumanizado y consumista. Ellos suspiran y responden lo que han respondido siempre: que sólo la poesía salvará al mundo, que hay que buscar, en medio de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón."