miércoles, 16 de octubre de 2013

Vestida de ciudad. Un poema de Sagrario Hernández

Sagrario Hernández es una poeta barcelonesa nacida en Piedrabuena (Ciudad Real).. Inédita aún en papel, mantiene una activa presencia en la red. Sus poemas, elaborados desde la inquebrantable fidelidad a la línea clara, huyen de la pureza. Siempre ha querido ensuciarlos con la lluvia de los sentimientos, con la arcilla de las emociones, Construye desde lo humano hacia lo humano. Sin desesperación, pero con la rabia precisa para dotar a lo escrito de la oportuna densidad. Hay en su obra tanta nostalgia de una infancia intenta y vivida de cara a los aires y los vientos, como desazón y esperanza de los rumores urbanos que le toca vivir. Escribe a medio camino entre una vida que se va y otra que tiene el río por delante. De ella hemos querido traer este poema, este paseo por la calle de su mirada, de su ciudad.

Vestida de ciudad
paseo por los ojos y me llevo 
tres mendigos del brazo.

A esas horas en que la tarde
se suicida en cualquier plaza,
abundan las palomas 
sin patas y las putas con las medias rotas.
En las calles estrechas,
solamente flautistas sin niños encantados,
y en las avenidas
cientos o miles de caballos rugiendo
entre toses y picores de ojos
no acostumbrados al nuevo orden.

Lo asombroso son los gorriones
con visado de indiferencia
que recogen migajas aceitosas
entre las piernas de los porteadores
de ajenos sueños.

Vestida de ciudad
salgo al veneno de la calle.
Respiro hondo,
desafiando a mis pulmones
decido colaborar con el domesticador del viento,
el que hace restañar su látigo
para atraer la mirada 
de turistas a punto de emigrar
de un vaso de sangría
al caos de lo ebrio
mientras buscan
las últimas monedas en la cartera y juran
que el próximo año
dejarán sus vómitos y divisas en otra
ciudad más económica
y más acogedora,
aunque sin vistas a la mar.

Un día de estos
yo también emigraré
a un lugar donde los tigres
todavía tienen el lomo a rayas
y ofrecen los colmillos afilados.
Al lugar en donde las ciudades
ni tan siquiera han sido imaginadas
y los muertos saben morirse sin rencor,
con tiempo necesario 
para saberse muertos.

jueves, 10 de octubre de 2013

Dos distintos

1

Theodoro meditando en los Andes
(De su web oficial)
Nunca fuera caballero de laudes tan bien servido. Le sucedió al chileno y poeta Theodoro Elssaca cuando de Rumanía vino. Allí participó en el festival poético que se acostumbra. Sucedió en el Ateneo de Madrid, viernes 4, en el salón clásico de la Cacharrería. Completos sus lugares. Allí habló Miguel Losada, encomiando, allí Pablo Méndez editor atareado y complacido, allí Sergio Macías, subrayando lo subrayable, allí Ángel Guinda, autor del prólogo, corto y directo, que destacó la aversión de Elssaca por el tabaco, y allí Antonio Daganzo, ya casi chileno, que pudo discurrir, por fin, con inteligencia por la obra escrita de Theodoro.  Todo lo escuchó el araucano con calma tensa. Le llegó el turno, le llegó. Agradeció y eligió leer de pie, en pie, parte de su obra contenida en la antología Travesía del relámpago que le ha editado Vitruvio. (Siempre Vitruvio en Mientras la luz. La sospecha.) Leyó, sigamos, con ese aliento de poeta visual y antropológico que tanto cultiva, con un puntito de ambición celeste y tentación tormentosa. Leyó un fragmento del poema Rapa-Nui, otros de su guardado Viento sin Memoria, y de su aventurero El espejo humeante-Amazonas. Un silencio de caoba apresaba a los oyentes cuando inició la lectura del último texto, el que dedica a la muerte joven de su hijo: “Mientras tú respires – me dijo- viviremos los dos”. En las conversaciones que siguen, aquellas que suele vigilar la cercana calle León, nos pareció generoso y volcánico, abstemio y reparador. Los poetas Fernando Sabido y Miguel Ortega, entre otros, lo guardaron.   

2

Eduardo Merino en Libertad 8
A veces la poesía y sus caminos nos conducen a tiempos y espacios donde el sosiego desciende. Donde la lentitud, la calma y la comunión invaden. Tan solo hace falta la voz que los extiendan, su autoridad. Era la vez primera que Eduardo Merino hacía una lectura en solitario. Ocurrió en Libertad 8, miércoles 9, y tuvo la virtud que hemos indicado. Colaboró en el clima José Luis Fernández Hernán, destacando la sencillez constructiva de la poesía de Eduardo, su verdad y el toque machadiano de bondad serena que se levanta a su alrededor. Hay siempre la búsqueda del concilio, de aceptación esperanzada de la vida en sus versos. Eduardo es poeta contenido, no tanto en la producción como en su oferta, como en su puesta en escena. En 25 años, cuatro libros lo anuncian: Como un naufragio, Palacio, Poblar un mundo y Mira, del que ya hicimos mención en otro momento. De todos ellos escogió temas para su lectura. Comenzó con un espléndido poema que reúne todo aquello que hemos indicado. Dijo poemas en donde la pregunta existencial y la respuesta que hermana dialogan. Anunció que las tentaciones introspectiva que se atisban en su obra se han visto reforzadas en los poemas que aún esperan papel. De ellos ofrecemos Vuelves.Terminó con el poema que cierra Poblar el mundo, el que le acerca al aroma y al paisaje de su madre. Los poetas Ana Ares, Paco Moral, Paco García Marquina, Rafael Soler, Aurora Auñón, David Morello y Antonio Daganzo estuvieron entre los que llenaron el local.       
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Vuelves

Comes en casa ajena
te alimentas de otra luz
recorres el mapa de otro territorio
y te abrigas con el rumor de otras palabras

pero vuelves

cuando tienes la piel húmeda vuelves
vuelves cuando amanece la otra tristeza
cuando llega la lluvia gris
                                                       vuelves
a la casa techada y con paredes
de ventanas abiertas a tu vida.



viernes, 4 de octubre de 2013

Gentes en torno al fuego


No es David Morello Castell poeta de juegos. Ni florales ni líricos. No busca los arreglos ni los deslumbramientos. Ni métricos ni fónicos. Hay demasiados poetas que se dedican a adornar las calles, los salones, los escaparates. Y son necesarios. Hay ya demasiados poetas que se dedican al poetiqueo y a las felices crónicas de sociedad. Otros a la denuncia urgente. Y todos son necesarios. Tampoco es poeta de hallazgo fácil, de la ironía chocarrona, del contentar el gusto de los oyentes con alusiones a lo actual, con el guiño.  No lo tiene fácil entre sus contemporáneos. Tal vez porque es un poeta.

Tal vez porque es un poeta a la antigua usanza, de los que piensan en el hombre, de aquellos que le toman como objeto y sujeto de su preocupación. Del hombre como individuo, del hombre único y no necesariamente solo, del hombre como proyecto siempre inacabado. David Morello es poeta radical tras el tono educado de su gesto y su verso. Hay algo –mucho- del Otero existencialista, de José Luis Hidalgo, aunque tras ellos, después de ellos, haya descorrido la cortina engañosa de Dios, ese visillo que oculta con promesas la cegadora luz del dolor humano en las ventanas. Del dolor físico a veces. Y siempre del dolor que producen los otros, advertida o inadvertidamente. Los otros, esos que existen, pululan, ciegan caminos, cortan alas. Conspiran. Los otros: simplemente los hombres que rodean al hombre. Al autor sí, pero a cualquiera que desde la conciencia indemne desea ser hombre. Único y hombre. No es David Morello poeta que levante escaparates, no. Tampoco hay moraleja, ni monserga vacía, su verbo atiende sólo al fuego del existir. A lo que quema.

 Lo confirmé el pasado viernes -27 y septiembre-. Tal vez se dieran cuenta también de ello las casi 100 personas - ¡cuántas mujeres, cuántas!- que acudieron a escucharle al Comercial. Gentes en torno al fuego. Todo era evidente. En Retorno de la voz, su anterior libro, la memoria y la vida de su padre parecía centrar su preocupación, aunque dejó sospechas. Confirmé que no se trata solamente de eso, sino del padre como paradigma. Del padre como hombre ante los hombres. Requiem por un hombre cualquiera fue presentado por Manuel Lacarta, poeta de estilo y escritor queridísimo en Vitruvio, casa matriz también de David Morello. Pablo Méndez estuvo en la mesa. Leyó David con la emoción serena de quien sabe lo que lee, cuanto lee. De quien sabe que escribir duele, y que es necesario escribir lo que duele.  Leyó. Voz por sabia mano manejada. Perfecta en la intención. Demorada y cortante. Subrayadora. Un aliento que respiraba dignidad. David, cantaor abrazado al flamenco, quiso terminar levantando el martinete que proclama uno de los poemas del libro. Melancolía de la vida que nos amarra. Yugo – dice él- del mundo florecido.  David Morello Castell es un poeta.
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VIII

Me falta oxígeno 
para construir la teoría de un hombre cabal 
para ponderar con acierto el valor de las cosas 
más allá de la ardorosa sierpe 
del látigo de la emoción. 
Mientras las estadisticas tienen sus librerías 
repletas de reflexiones, los desgaciados 
vestimos las paredes con el recuerdo 
el color del tiempo vivido, 
sacamos la dignidad de los cajones 
y pisamos cuando podemos las calles 
con la desnudez y el miedo de los animales 
que han deshabitado el hombre.


martes, 1 de octubre de 2013

Sobre el mismo tablero





Si estuvieran los límites precisos, trazados con acero, 
entre belleza y vida, yo podría escribir
tersura, miel, infancia, el oro de las nubes…
sin que nada pasara,
sin que la voz doliera ni supiese.

Si estuvieran los tiempos repartidos,
separados por muros de hormigón,
podría en la mañana
extender en silencio endecasílabos,
y ordenarlos solaz, festivamente,
para imprentas y juicios de lectores

reservaría luego
las desusadas horas de la avena, de la tarde,
a la necesidad de ser piadoso
(o al menos parecérmelo).

Pero es largo este invierno y el dolor
inmenso de vivir y la armonía
de la palabra duermen
en una misma cama y enlazados,
y son muchas las gentes,  
mientras se extiende el frío, la hoz del hielo,
que solamente encuentran la nada al despertarse

por eso ocurre que
sobre el mismo tablero 
en el que me dedico a prometer poemas -éste que miran-,
no cesan los rumores de manteles
desiertos y extendidos, donde gritan calladas
de hambre las bocas, donde proclaman
su vacío los platos, estos que lleno
solamente de pétalos estériles de rosas.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

No llueve

Está terminando septiembre y aún no llueve. ¿Qué pretenden indicar los dioses con tal señal a los poetas? Tal vez intenten con ello imponerles silencio, como si el índice sellase dos labios en oferta, como si estuvieran cansados de tanta inane letanía y no creyeran en la nueva temporada. La lluvia, la lluvia es lo que importa, decía el poeta Nicolás del Hierro, un temporal que arrastre tanto polvo, tanto murmullo levantado a Moloc. El agua, el agua es lo que importa. Su densidad. La palabra que lave, que nos lave, de tanto callar, de tanto impuesto verano. De tanto zinc ardiendo altivo. Debe llover. Pero mientras tal acontecimiento sea permitido, en la espera de que sea acto irremediable, Mientras la luz atisba las primeras nubes.
Acude a lo que son señales.

Félix Grande escuchando a Paca Aguirre
Las gentes de A-7 en Valdepeñas -Fernando Creis, Matías Barchino, José Luis Morales- vistieron la ausencia definitiva de Agustín Gil del Pino con elegancia en el dolor y en la memoria. Era la primera sesión tras la muerte del que fue último gran muñidor, tras Paco Creis, de las reuniones poéticas en la bodega de A-7. Fue el sábado 7 de septiembre y el empotro se llenó con la voz de Paca Aguirre, acompañada por Guadalupe Grande, su hija, que la presentó, y por Félix Grande, su marido, que escuchó. Paca leyó una muestra de su mundo, personalísimo, ese que deambula entre la expresión coloquial y la propuesta de reflexión, versos que abrazan y denuncian. Un hacer más cercano al pálpito que al concepto, lo que hace que el trabajo poético parezca, engañosamente, algo sencillo. Era la mañana fresca, apta para escuchar los 300 escalones, ese poema emblemático que recuerda y olvida a un tiempo, con el que la poeta devuelve la ternura a lo implacable del tiempo vivido. La lluvia esperada. Parecía que el agua comenzaba su rodar. Así creían sentirla Juan José Guardia Polaino e Isabel Villalta, poetas, con quienes conversé en el patio, y de quienes tengo buenas noticias.

Ángeles y Eusebio tras la pluma de "EL cable azul"
También inauguraron los de Poesía en Sidecar. Jueves y 19. Locos por empezar, por dar rienda suelta a unos poetas deseosos y deseantes del gozo escénico. En su coso, en Libertad8 repletísimo y fiel, Rosa Jimena hizo una declaración de propósitos impecable. Luego, Ángeles Fernangómez, melena al alza de las tardes poéticas de Madrid, y Eusebio Priego, disfrazado de neófito con oficio, ejercieron de actores. Este es un lugar en el que los versos se cargan de dinamita, los cuerpos se afinan y el humor de buen rollo se expande. Poesía activa. Vitaminas para el cole, para el nuevo curso. No llueve

Jorge Arbeleche
Al día siguiente, viernes 20, Jorge Arbeleche, uruguayo, u-ru-gua-yo, en Café Comercial, de la mano y la portada negra de Vitruvio, presentó Parecido a la noche, un poemario que rodea la epopeya troyana y sus personajes. De Príamo a Helena. Es poeta de forma cuidadísima, poso clásico y guardián de la meoria de Juana de Ibarbourou. Fue presentado por la voluminosa bonhomía extremeña de Santiago Castelo, que recordó los hechos de juventud que les acompañaron por el Madrid de la transición. Acudió también Miguel Galanes y Rafael Soler, amigos de entonces, dijeron. Fue momento del abrazo inaugural de Mientras la luz con ellos y con Eduardo Merino, Antonio Daganzo y David Morello, casi en capilla de su nuevo libro. Alrededor de todos, el torbellino chileno de Theodoro Elssaca, que pasaba camino de Rumanía para volver pronto y presentar su antología Travesía del relámpago. Tras mi conversación con él entiendo el título. No llueve.

Tampoco lo hizo el pasado 24 martes cuando un grupo de amigos de Luis Miguel Rabanat, poeta leonés de amplio cariño, quisieron recordar su obra con comentarios y lecturas de sus poemas, todo al hilo de la presentación de su ultimo: A lo que falta. Llegué tarde. La Marabunta tranquila y llena. Se oía fatal. Lo que importaba, el cariño, era evidente. Allí: Bárbara Butragueño, Juan Manuel Macías, Nuria Ruiz de Viñaspre, Ana María Puigpelat, Gsús Bonilla, Aurora Auñón, Toño Benavides, Cristina Alemida, Isabel Miguel, Ana Galán, Ángeles Fernangómez. Hubo delicadeza en el reparto de unas postales con poemas del recordado Rabanat. De ellos escogemos uno.

Fotografía de Lostalé que acompaña
la edición de Quien lee vive más
Y se negó, empecinada, a visitar, 26 jueves,  el Matadero. No quiso la lluvia acompañar a Javier Lostalé en la presentación de su Quien lee vive más. Libro que recoge alguna de sus aportaciones al programa La estación azul. Incitaciones a la lectura en formato de folio poético, humildes y rotundas. El acto, conducido por la exuberancia verbal de Jesús Marchamalo, permitió al editor Juan José Ramos, (Editorial Polibea)  compartir felicitaciones por la elegancia del objeto-libro que contienen los textos de Javier. Habló Javier Lostalé y era el auténtico Javier Lostalé. Siempre dispuesto a ser rozado por la belleza y lo sencillo. Todo sucedió en la Casa del Lector. Miguel Losada, Maria Antonia Ortega, Federico Leal, Antonio M. Mansilla y Paco Jiménez Carretero fueron testigos que tampoco allí llovió.

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Dibujo de Amancio González

Me creo los motivos, 
igual que se olvidan las semanas 
que disolvió la llovizna. 
Con no mucha dulzura. 

Seré el mismo que caminaba 
los mismos territorios 
de puntillas y de la mano de ella. 

Apenas un vestigio del fresco 
de la tarde, de las gotas 
blancas en el rostro con rubor. 
Me creo todavía el placer que me da.

En su mundo dislocado 
nada es igual, conozco bien el musgo 
prendido en sus cabellos.

                                           Luis Miguel Rabanat

jueves, 19 de septiembre de 2013

Invitación a la poesía o cómo acercar la vida a los jóvenes

Por José Cereijo  
Recuerdo, cuando yo estudiaba en la Universidad, algo que me hacía verdadera gracia. Era costumbre entonces (no sé si lo sigue siendo) que los profesores iniciaran el curso con una charla sobre la asignatura, su valor y su importancia. Todos ellos venían a decir, en sustancia, lo mismo: mi asignatura es la más importante de todas. Yo, al hablar del asunto del título, no quisiera parecerme a ellos. Encuentro del todo natural que haya gente a la que no le interese la poesía, como ha habido gente de mérito indudable a la que, por ejemplo, la música le dejaba frío. Unamuno está en este caso; aunque cabe suponer que él más bien la temía, por lo que en su opinión tiene de adormecedor y, al mismo tiempo, de algo que nos saca de nosotros mismos. Una especie de droga. Napoleón, más resolutivo, la consideraba simplemente “el más caro de los ruidos” –lo que no siempre es falso.
  En el caso concreto de la poesía, es fácil malentender lo que ella es, o lo que puede proporcionarnos. Baste recordar al respecto la famosa conferencia de Gombrowicz “Contra los poetas”, donde dice, por ejemplo: “¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar ‘puro’. El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado”. Según él, hay en la poesía un “exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico”. En otros términos: la poesía es un producto artificial (y dulzón, se entiende), y esa artificialidad le parece injustificada, y le disgusta. Yo sospecho que algo parecido le ocurre a mucha gente que la rehúye.
Jaime Gil de Biedma  Y, sin embargo, no es difícil ver que se equivocan. No sólo la poesía es en todas las culturas muy anterior a la prosa, sino que la prosa utilizada con fines literarios es algo a lo que muchas civilizaciones, y entre ellas algunas de auténtica importancia, simplemente no llegaron. Pero la poesía no falta prácticamente en ninguna. Históricamente es, pues, la prosa lo artificial; la poesía –el canto– surge, en cambio, naturalmente. Los mismos adolescentes a quienes provoca rechazo no piensan ni por un momento que la absorben con auténtico placer a través de las canciones. Y, por supuesto, menos aún imaginan que el modo de poesía que hoy se practica casi en exclusiva es la llamada “lírica”, y que ese término procede de la lira con que se acompañaba. La poesía y la canción siempre han ido juntas. Destacar eso, y señalar que lo que en las canciones aparece muchas veces (no siempre) en forma degradada, convencional y menor, está en la buena poesía de una manera mucho más lograda, más verdadera y convincente, me parece a mí un buen modo de iniciar al adolescente en su atractivo.
Ahora bien: esto nos conduciría a verla como una especie de diversión, de hobby. No creo que sea ésa una mala manera de mirarla; pero, si se quiere darle más peso o importancia, yo suelo hacerlo partiendo de una historia real. Tengo una amiga italiana (Paola Runggatscher, pintora y poeta), nacida en Florencia, pero que vive hace muchos años en España. En cierta ocasión, hace ya tiempo, le pregunté en qué idioma pensaba. No es la respuesta lo importante ahora, sino el que la pregunta tiene sentido. En otras palabras, el elemento fundamental (aunque no el único) del pensamiento es el lenguaje. Resulta fácil comprender que cuanto mayor sea nuestro conocimiento y dominio de ese instrumento básico, tanto más rico y flexible será el pensamiento mismo que con él se construye. Y en eso la poesía, que Pound definía como ellenguaje cargado de significación hasta el máximo de sus posibilidades,es una especie de atajo, la manera más eficaz y más rápida de obtener ese beneficio.
  De lo que se trata en fin, a mi modo de ver, es de acercar esas posibilidades de enriquecimiento personal y disfrute al punto de vista del alumno, al mundo de sus intereses y sus experiencias, para que la vea no como un modo de erudición, sino como algo vivo e implicado en su propio vivir, en vez de como algo remoto y fatigosamente incomprensible. (Recuérdese aquella definición humorística del xilofón: “Instrumento musical, empleado en la educación infantil para alejar a los niños de la música”). La poesía no es erudición, aunque sobre ella se haya hecho, y se haga, muy valiosa erudición. Pero son dos cosas distintas. Pienso en el modo en que Borges resumía a Bioy Casares (si recuerdo bien) su entrevista con Raimundo Lida: “A él le interesa la historia de la literatura. A mí me interesa la literatura”. Son, en efecto, cosas diferentes. No hay por qué confundirlas.
Poema manuscrito de Jaime Gil de Biedma  No toda la poesía, para esa tarea de iniciación, ofrece, claro está, las mismas posibilidades. No hay duda de que Góngora es un gran poeta; pero yo no empezaría ese acercamiento por el Polifemo o las Soledades. Eso llegará, si llega, más adelante. Pero, por citar un ejemplo antiguo y otro moderno, Catulo o Jaime Gil de Biedma son también grandes poetas, pero su lenguaje y su mundo, mucho más cercanos a la experiencia normal del alumno, son sin duda más útiles para esa iniciación. Y abren además, para un estadio un poco más avanzado, otras posibilidades. Catulo puede servir de puente hacia muchas otras cosas, ya sea dentro de la propia poesía latina (Virgilio, por ejemplo, le debe mucho), de la griega (Safo, a quien tradujo y recreó, es bien fácil de relacionar con él), o de su largo influjo en tantisima poesía posterior..., incluyendo al propio Gil de Biedma. Y éste puede remitir sin dificultad mayor a Brines, a Claudio Rodríguez, a Cernuda, a Antonio Machado (suya es la cita que abre Las personas del verbo)... En fin, a tantas cosas.

  Yo, como dije, empezaría pidiendo a los alumnos que recuerdenletras de canciones que les gusten especialmente, y tomando pie de ahí para relacionarlas conpoemas que traten temas semejantes. Sin temer siquiera a lo, digamos, “atrevido”, como Catulo no lo temió nunca. Ni Dante: recuérdese su ed elli avea del cul fatto trombetta: “y él dio la señal de partida usando el ano como trompeta”, como traduce, un tanto perifrásticamente, Nicolás Gónzalez Ruiz. (Lo que, de paso, desmiente esa especie de “liofilización” en que creía, erróneamente, Gombrowicz). Sin temer, digo, a lo vulgar o hasta lo obsceno, como ellos no lo temen en su propio lenguaje; pero haciéndoles ver que ésa es sólo una posibilidad entre muchas, y que el mismo Catulo puede pasar, y a veces dentro del mismo poema, de un lenguaje crudamente sexual a la intensidad emocional más convincente. Acercando, en fin, la poesía a la vida, que por lo demás es su lugar verdadero. Es de allí de donde parte, y allí donde tiene que volver.
  Desde ese punto de partida, se puede ir tan lejos como se quiera. Pero sin olvidarlo. Hay cantantes que han puesto música, por ejemplo, a poemas del propio Gil de Biedma (o de Luis Alberto de Cuenca, o de Lorca, o de tantos). Para ellos –y me refiero tanto a los cantantes como a los poetas– no existe esa separación entre lo popular y lo culto. No tiene por qué existir, en mi opinión. Y esa lírica sumergida en las mesmas vivas aguas de la vida, como pidió Santa Teresa y recordara Machado, no tiene por qué ser ajena a nadie que guste de unas pocas palabras verdaderas, de unas palabras que nos ayuden a decir (y a pensar, y a sentir) lo que somos y lo que nos pasa. No fue así como a mí me pusieron, en las aulas, en relación con lo poético. Quizá, de haberlo hecho, me hubiera ahorrado (pienso hoy) algunas pérdidas de tiempo.    

lunes, 9 de septiembre de 2013

Buenos días, septiembre


Para Lola Franco, poeta de Guadalcanal



Esto es una flor de cactus, 
esto es un poema. Surge en mi patio 
cada cinco o seis años. 
No me importa. Es su tiempo. 
Yo siempre espero. 
Es una flor perfecta,
 perezosa, bella, profunda. Dura 
en esplendor apenas 24 horas. 
Luego declina. 
Yo permanezco atento. 
Y conmigo septiembre, su luz. 
En algunas 
ocasiones abre cuando soy presencia, 
cuando tiemblo. 
Sé por eso que ella también aguarda. 
Es un poema. Es un instante solo. 
Sólo a dos. He querido 
mirarla, fotografiarla, escribirla. Yo 
soy ese insecto 
que merodea su canto, que atisba su
profundidad. Que tal vez se interne. 
Sé que mañana morirá. Que debo gozar 
estas siete 
de la tarde del 8 de septiembre. Ahora.
Sé que el gozo es percibir 
cuando uno crea. Cuando es creado.

La flor del cactus. Feliz
como yo en lo inútil
de la belleza.  

lunes, 29 de julio de 2013

Epístola a Latus, (último remero de Ulises, poeta y solo, que teme del bosque).


Tal vez sea preciso, Latus, olvidar los navíos, 
los vientres de impiedad que te atraparon,
y caminar de nuevo el bosque,
los senderos del día y de los hombres,
del escombro y la hierba,
del incierto vivir y su costumbre.

Tal vez sea preciso
que nos ignore el río de los vientos,
pararnos junto a un tronco
y esperar a que pasen aquellos que nos aman,
descansar, escribir
con las mínimas fuerzas, saber que morirá
como nosotros: solo,
este árbol que a solas abrazamos.

Tal vez sea preciso
hacer lento el vivir en nuestra sienes,
aguardar sin deseo ni avaricia,
reconocernos
en las otras miradas, en las lluvias que anuncian,
en los textos de aquellos caminantes
que con nosotros huyen
y que ignoran sus pasos, su destino

saber que somos
nautas sobre la arcilla de lo fueran aguas,
que nacimos vulgares, que somos torpes dioses,
 embriagados remeros y sin rumbo

que somos canto y hiel, que nuestra voz anduvo
consumiéndose en luz disimulada,
que mezclamos en vidrios
tristezas con alcohol, pequeñas mansedumbres.

Es preciso saberse en cuanto andamos,
saber que hay hombres quietos,
como si fueran olmos, vigilando caminos,
que enloquecen despacio si procuran
entender cuanto crece intrascendente y bello,
que sólo viven de la limosna oral,
que se saben suicidios demorados.

Tal vez sea preciso para ti deshacerte,
ser puñado de tierra entre la espuma,
comprender los crepúsculos,
proclamar que hay caminos
al final de los pozos, que en los griegos
mares que navegaste hay rastros que no olvidan,
conocer que es la duda la que nos alimenta
y no la amábamos,
y no la amamos.

Tal vez sea preciso, Latus, volver al bosque,
saberse en el asfalto de los otros
y levantar
con las maderas pobres de lo que fue tu banco,
con aquellas que hablaste
tantos años de la sabiduría, tu futura cabaña,
la casa del poema junto al olivo sacro:
escribir, hallar al fin refugio.

Debes
salvar tu nombre, Latus, y salvar tu cordura
del hambre y de la hoz de los inviernos,
es tan débil la vida,
y es tan terca la lluvia, la soledad, sus gentes.