jueves, 19 de septiembre de 2013

Invitación a la poesía o cómo acercar la vida a los jóvenes

Por José Cereijo  
Recuerdo, cuando yo estudiaba en la Universidad, algo que me hacía verdadera gracia. Era costumbre entonces (no sé si lo sigue siendo) que los profesores iniciaran el curso con una charla sobre la asignatura, su valor y su importancia. Todos ellos venían a decir, en sustancia, lo mismo: mi asignatura es la más importante de todas. Yo, al hablar del asunto del título, no quisiera parecerme a ellos. Encuentro del todo natural que haya gente a la que no le interese la poesía, como ha habido gente de mérito indudable a la que, por ejemplo, la música le dejaba frío. Unamuno está en este caso; aunque cabe suponer que él más bien la temía, por lo que en su opinión tiene de adormecedor y, al mismo tiempo, de algo que nos saca de nosotros mismos. Una especie de droga. Napoleón, más resolutivo, la consideraba simplemente “el más caro de los ruidos” –lo que no siempre es falso.
  En el caso concreto de la poesía, es fácil malentender lo que ella es, o lo que puede proporcionarnos. Baste recordar al respecto la famosa conferencia de Gombrowicz “Contra los poetas”, donde dice, por ejemplo: “¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar ‘puro’. El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado”. Según él, hay en la poesía un “exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico”. En otros términos: la poesía es un producto artificial (y dulzón, se entiende), y esa artificialidad le parece injustificada, y le disgusta. Yo sospecho que algo parecido le ocurre a mucha gente que la rehúye.
Jaime Gil de Biedma  Y, sin embargo, no es difícil ver que se equivocan. No sólo la poesía es en todas las culturas muy anterior a la prosa, sino que la prosa utilizada con fines literarios es algo a lo que muchas civilizaciones, y entre ellas algunas de auténtica importancia, simplemente no llegaron. Pero la poesía no falta prácticamente en ninguna. Históricamente es, pues, la prosa lo artificial; la poesía –el canto– surge, en cambio, naturalmente. Los mismos adolescentes a quienes provoca rechazo no piensan ni por un momento que la absorben con auténtico placer a través de las canciones. Y, por supuesto, menos aún imaginan que el modo de poesía que hoy se practica casi en exclusiva es la llamada “lírica”, y que ese término procede de la lira con que se acompañaba. La poesía y la canción siempre han ido juntas. Destacar eso, y señalar que lo que en las canciones aparece muchas veces (no siempre) en forma degradada, convencional y menor, está en la buena poesía de una manera mucho más lograda, más verdadera y convincente, me parece a mí un buen modo de iniciar al adolescente en su atractivo.
Ahora bien: esto nos conduciría a verla como una especie de diversión, de hobby. No creo que sea ésa una mala manera de mirarla; pero, si se quiere darle más peso o importancia, yo suelo hacerlo partiendo de una historia real. Tengo una amiga italiana (Paola Runggatscher, pintora y poeta), nacida en Florencia, pero que vive hace muchos años en España. En cierta ocasión, hace ya tiempo, le pregunté en qué idioma pensaba. No es la respuesta lo importante ahora, sino el que la pregunta tiene sentido. En otras palabras, el elemento fundamental (aunque no el único) del pensamiento es el lenguaje. Resulta fácil comprender que cuanto mayor sea nuestro conocimiento y dominio de ese instrumento básico, tanto más rico y flexible será el pensamiento mismo que con él se construye. Y en eso la poesía, que Pound definía como ellenguaje cargado de significación hasta el máximo de sus posibilidades,es una especie de atajo, la manera más eficaz y más rápida de obtener ese beneficio.
  De lo que se trata en fin, a mi modo de ver, es de acercar esas posibilidades de enriquecimiento personal y disfrute al punto de vista del alumno, al mundo de sus intereses y sus experiencias, para que la vea no como un modo de erudición, sino como algo vivo e implicado en su propio vivir, en vez de como algo remoto y fatigosamente incomprensible. (Recuérdese aquella definición humorística del xilofón: “Instrumento musical, empleado en la educación infantil para alejar a los niños de la música”). La poesía no es erudición, aunque sobre ella se haya hecho, y se haga, muy valiosa erudición. Pero son dos cosas distintas. Pienso en el modo en que Borges resumía a Bioy Casares (si recuerdo bien) su entrevista con Raimundo Lida: “A él le interesa la historia de la literatura. A mí me interesa la literatura”. Son, en efecto, cosas diferentes. No hay por qué confundirlas.
Poema manuscrito de Jaime Gil de Biedma  No toda la poesía, para esa tarea de iniciación, ofrece, claro está, las mismas posibilidades. No hay duda de que Góngora es un gran poeta; pero yo no empezaría ese acercamiento por el Polifemo o las Soledades. Eso llegará, si llega, más adelante. Pero, por citar un ejemplo antiguo y otro moderno, Catulo o Jaime Gil de Biedma son también grandes poetas, pero su lenguaje y su mundo, mucho más cercanos a la experiencia normal del alumno, son sin duda más útiles para esa iniciación. Y abren además, para un estadio un poco más avanzado, otras posibilidades. Catulo puede servir de puente hacia muchas otras cosas, ya sea dentro de la propia poesía latina (Virgilio, por ejemplo, le debe mucho), de la griega (Safo, a quien tradujo y recreó, es bien fácil de relacionar con él), o de su largo influjo en tantisima poesía posterior..., incluyendo al propio Gil de Biedma. Y éste puede remitir sin dificultad mayor a Brines, a Claudio Rodríguez, a Cernuda, a Antonio Machado (suya es la cita que abre Las personas del verbo)... En fin, a tantas cosas.

  Yo, como dije, empezaría pidiendo a los alumnos que recuerdenletras de canciones que les gusten especialmente, y tomando pie de ahí para relacionarlas conpoemas que traten temas semejantes. Sin temer siquiera a lo, digamos, “atrevido”, como Catulo no lo temió nunca. Ni Dante: recuérdese su ed elli avea del cul fatto trombetta: “y él dio la señal de partida usando el ano como trompeta”, como traduce, un tanto perifrásticamente, Nicolás Gónzalez Ruiz. (Lo que, de paso, desmiente esa especie de “liofilización” en que creía, erróneamente, Gombrowicz). Sin temer, digo, a lo vulgar o hasta lo obsceno, como ellos no lo temen en su propio lenguaje; pero haciéndoles ver que ésa es sólo una posibilidad entre muchas, y que el mismo Catulo puede pasar, y a veces dentro del mismo poema, de un lenguaje crudamente sexual a la intensidad emocional más convincente. Acercando, en fin, la poesía a la vida, que por lo demás es su lugar verdadero. Es de allí de donde parte, y allí donde tiene que volver.
  Desde ese punto de partida, se puede ir tan lejos como se quiera. Pero sin olvidarlo. Hay cantantes que han puesto música, por ejemplo, a poemas del propio Gil de Biedma (o de Luis Alberto de Cuenca, o de Lorca, o de tantos). Para ellos –y me refiero tanto a los cantantes como a los poetas– no existe esa separación entre lo popular y lo culto. No tiene por qué existir, en mi opinión. Y esa lírica sumergida en las mesmas vivas aguas de la vida, como pidió Santa Teresa y recordara Machado, no tiene por qué ser ajena a nadie que guste de unas pocas palabras verdaderas, de unas palabras que nos ayuden a decir (y a pensar, y a sentir) lo que somos y lo que nos pasa. No fue así como a mí me pusieron, en las aulas, en relación con lo poético. Quizá, de haberlo hecho, me hubiera ahorrado (pienso hoy) algunas pérdidas de tiempo.    

2 comentarios:

Ana Garrido Padilla dijo...

Se trata de rescatar a la princesa de la torre de marfil, de hacerla cercana, visible. Estamos en camino, Paco, siempre en camino.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Bien traído este artículo de Cereijo en un nuevo intento, vano a no, de tratar de acercar la poesía a sus orígenes, al temblor de lo humano en su infinitas posibilidades.
Tal vez seamos lo poetas lo que estamos en la torre de marfil y debieramos abajarnos de la misa
J.J.A.