jueves, 14 de septiembre de 2017

Un poema de Santos Domínguez Ramos: Memoria herida y compás de Manolito de María

     


Hondo en su
inquietud, Santos Domínguez Ramos es cacereño y poeta. Amador de lo édito. Lector sin fatiga. Posee la enorme delicadeza de dejar constancia pública de sus lecturas. En sus blogs hay noticias, reseñas, críticas de cuanto le interesa, de cuanto desea compartir. Que es mucho. A veces abruma pensarle en el afán. Santos es un lugar donde acudir. Por el rigor, por el saber, por el acierto. Aljibe en donde miles sacian, saciamos, para estar al momento de novedades editoriales. Entregas que suelen aparecer en sus blogs antes que en las estanterías. Cacereño y poeta. Porque tras ese vendaval hacia lo externo, existe un poeta denso y sugerente. Un poeta que no se esconde tras el runrún de las publicaciones. Su poesía ha sido valorada, apreciada, en diversos certámenes: Manuel Alcántara, Ciudad de Badajoz, Juan Ramón Jiménez, entre tantos. Hace unos años los sevillanos de La Isla de Siltolá editaron La vida navegable una amplia antología de su obra. Es dueño del color en las palabras, sabe, y cómo, de la sonoridad de la lengua. Cualidad esta que se ahorma en el mimo y el rigor con los que construye. Conjunción que consigue hacer a sus poemas reconocibles y que reconozcamos la voz que los levanta. Poemas que se resuelven como espirales de águila sobre amplias consideraciones existenciales. Rodeando el enigma, en busca siempre del centro del conflicto. Miradas ciertas en un temblor de Naturaleza y Hombre al fondo. En escasas ocasiones se detienen en la anécdota, en la provocación inmediata. Aunque también. Como en este caso –de Principio de incertidumbre, premio Ciega de Manzanares– en que el recuerdo de algo auténtico, de la voz de un cantaor, hace surgir la surgir la suya. Tierna y pedernal.        

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Memoria herida y compás de Manolito de María

De la cueva profunda,
del encalado fondo de la cueva,
se alza a compás su voz menesterosa
con un torrente antiguo y subterráneo
que brota de la roca del castillo del Águila.

Y en la venta Platilla se afana humilde y llama
al fondo de sí mismo
y entona con un hondo compás atropellado
la soleá cabal, la seguiriya grave,
la bulería pausada y luminosa.

En los tercios que canta
–canta porque se acuerda–
respiran las edades pesarosas del hombre
y laten como laten los perros vagabundos
la historia desolada de la calamidad
y un mensaje extraño de dolor y alegría.

Oscura como el fondo de la cueva,
clara como su cante combustible,
vibra allí la memoria herida de la raza
–las fatiguitas negras, el desamparo, el hambre–
con un compás herido de fiesta y amargura.

De su voz desdentada
brota una antigua luz inextinguible
y en su hondo pellizco analfabeto
hay un temblor de sangre antepasada,
la memoria indigente de la especie.

Llama negra en la noche inhóspita del mundo,
rescoldo en la intemperie de las flores del fuego,
herencia de palabras de los desheredados.

No lo sabía y cantaba
el tizón del estrago,
la manera de ser de la desgracia
con esa contención delgada y seria
que no se aprende, que es
el mapa doloroso de sus venas antiguas
–Joaquín el de la Paula, Macandé, Juan Talega.

Porque eso no se aprende, eso se nace
–le decía a Mairena–

con él, primo, en la sangre.

3 comentarios:

María Luisa García-Ochoa dijo...

Muchas gracias por hacernos llegar la palabra de Santos Dominguez Ramos. Fantástico poema que enriquece la mañana y la tarde de mi vida y mi capacidad de ser.

fcaro dijo...

Efectivamente, M Luisa, es un gran poema. Me alegro que te haya contagiado a ti también. Ni

Santos Domínguez Ramos dijo...

Muchas gracias. Sois muy generosos. Un abrazo a los dos