lunes, 7 de noviembre de 2016

Un poema de Joaquín Benito de Lucas: Sin tristeza

    



  Acunado por el Tajo, río que aún sigue meciendo su voz, Joaquín Benito de Lucas nació en Talavera de la Reina, lugar, murallas, puente y taberna de su niñez. De aquella patria de oficios varios, calles y redes pescadoras, nace, cada vez más, su poesía. Existen en ella otros paisajes, otras provocaciones, yo no digo que no… pero aquellas piedras, pero aquellas aguas y álamos. La poesía elige donde residir. Y si el poeta es verdadero jamás se opone a su designio. La de Benito de Lucas ha ido ocupando las posadas de la infancia, los regatos en donde la corriente del río se demora y canta, las esperanzas y las misericordias, los afanes y los miedos de una posguerra larga. Sin ignorar, cada vez menos, que el sol busca el oeste, los oestes finales. El recuerdo como emoción y la claridad expresiva son las coordenadas de su hacer poético. Obra y memoria, pared y yedra, soporte y testimonio, materia y creación. La poesía de Joaquín Benito es una tarde calma de agosto, un patio que con la cal dialoga mientras hojea un álbum de familia.
   

    Con la pulcritud que le es habitual, y a intención cuidadosa de Manuel López Azorín, ha publicado Eirene La luz que me faltaba, antología de los últimos diez libros de Joaquín Benito de Lucas. Otro poeta manchego, Pedro A. González Moreno, buen conocedor de la obra del talaverano, la prologa con decisión y mimo. De ella hemos elegido este poema, uno de los tres inéditos finales.    


Sin  tristeza

Yo no sé por qué tengo que estar triste.
El mar es grande, la esperanza espera,
el día se hace largo en los veranos
y las noches inventan nuevas formas de vida.

Pero hoy, es decir, esta mañana
del mes de mayo, cuando los rosales
dejan caer los pétalos
de su primera floración,
me acuerdo de la gente que se ha ido
–y es primavera- de los que dijeron
adiós y ya no están
como mis padres, como mis hermanos
y como yo que un día
no muy lejano cerraré los ojos,
dejaré descansar la pluma con que escribo
e iré a su encuentro. Temo
que no me reconozcan, que no sepan
quien soy, yo que he cantado su vida en muchos versos,
y su muerte también, que ellos no habrán leído.
Mas creo que podrán reconocerme
por el olor que deja cada lágrima
vertida en su memoria mientras estaban vivos.

1 comentario:

Javier Díaz Gil dijo...

Qué magnífico poema, Paco. Gracias por compartirlo.