miércoles, 1 de octubre de 2014

Dos poetas de Cazalla, dos poemas



De Cazalla de la Sierra, sevillanos de jara y olivares. Desde hace un tiempo bulle la poesía en aquella Sierra. En Alanís, la asociación Alas de Alanís congrega y ocupa a un grupo de buenos aficionados al camino entre versos, en Guadacanal tienen repartidos por las calles poemas de Andrés Mirón, su poeta, y en Cazalla el prestigio del premio Carmen Merchán Cornello ha situado su nombre en el panorama nacional. De aquellas serranías dos nombres, dos poemas

Eduardo Merino Merchán

Eduardo Merino firma ejemplares de Reunión
Reside en Madrid, pero vive a medias con su tierra natal. El pasado viernes 26 presentó en el café Comercial, y de la mano de su editor último, Vitruvio, su quinto libro: Reunión. Eduardo es un poeta enamorado del oficio, lector inconforme, sabio en libros. Es poeta de lenta andadura, escuchador de sosiegos, de cercanías y de interioridades. Ha ido tejiendo a su alrededor una obra hecha de sí para sí, lana de voces con que abrigarse. Con la que contar sus miedos, sus tensiones, la liberación de sus alegrías. Su verso tiene el tono de la brisa que ignora lo volcánico, pero es de tensa y dulce emotividad. Le interesa la vida, la que tuvo, la que tiene, la que pensó tener; le interesan las almas, los cuerpos que le rodean, cuanto de humano guardan las cosas. El poeta David Morello presentó con ajustadas palabras un poemario que Eduardo separa en dos partes manifiestas. Las cosas que me digo, poemas levantados sobre un diálogo con un tú autorreferencial, ocupan la primera parte. En la segunda, Las cosas que me digo que me dicen, el diálogo se establece con las advertencias del mundo exterior, con aquellas que le llagan. Hay en sus versos un tono de machadiana serenidad, una luz de color melancólico, y siempre pasos hacia la búsqueda.

Vuelves

Comes en casa ajena
te alimentas de otra luz
recorres el mapa de otro territorio
y te abrigas con el rumor de otras palabras

pero vuelves

cuando tienes la piel húmeda vuelves
vuelves cuando amanece la otra tristeza
cuando llega la lluvia gris
                                                     vuelves
a la casa techada y con paredes
de ventanas abiertas a la vida.


 Antonio Parrón

Antonio Parrón, al fondo, lee poemas
Asistió a la escuela hasta los nueve años, se fue a cuidar animales al monte para vacaciones de verano y ya no volvió a las aulas. Leía en el campo a Cervantes, como otro. El libro en el morral. Comenzó adolescente a escribir poesía. Hijo de un tiempo y una sociedad endurecidas, resistió las insinuaciones para que se dejara de blandeguenderías inútiles. Escribe con palabras de bronce, sonoras y graves, graves de peso y de intención. Vive dentro del soneto. La poesía, dice Antonio Parrón, ha de ser verdad y además ha de ser útil a los otros, servir a quienes se acerquen a ella, ha de ser poderosamente transitiva, abrazadora. Antonio mira, escribe y dice. Dice que el poeta es la fuente que se alegra porque alumbra el agua, no porque la retiene, feliz mientras la ve alejarse, satisfecho cuando entrega a los otros el beneficio de su vientre. Antonio, poeta y hortelano a manos llenas, reparte el fruto de ambas vocaciones a sus amigos: versos y tomates-rosa. No vende, cultiva, no se vende, halla. Hombre de pecho transparente y de intensas claridades, nació y vive en Cazalla de la Sierra, traduce el mundo para los alumnos de la universidad de la emoción, a quienes da la mano, con ellos anda y escucha el sonar de la vida. He tenido la fortuna de su compañía, de conversar con él, de que preste a Mientras la luz este poema pensado para Mari, la persona con quien ama y en quien vive.  


Mujer  herida

Te sientas en la tarde como un lago sin río
silbando en tus cabellos la teja de los lobos,
esperas que se cierren las flores de los lirios
para decirme, triste, que nunca estaré solo.

Y sientes que la sangre te quema como un grito,
pareces una estrella amiga de los pozos,
retumba en tu esqueleto la voz de los martillos
y el eco presentido del último cerrojo.

Tus pechos que albergaron la savia de la vida,
aquel balcón al sueño que a verte me asomaba,
dos lechos de candelas ahogadas y extinguidas
como el martirio infame de aquella Santa Olalla.

El agua de las cumbres al frío se detiene
y espera en el invierno algún rayo de sol,
cogido de tu mano, en medio de la nieve,
espero ese milagro que nos salve a los dos.



4 comentarios:

Leo dijo...

Gracias Paco, por tu mención a nuestra joven asociación, estas cosas son las que nos ayudan a seguir luchando remo y pluma en mano. Gracias a Eduardo Merino por hacernos partícipes de sus actividades y de su amistad. ¡Ojalá pudiésemos haber estado algunos más físicamente, de corazón lo estuvimos!
Tengo que decirte con toda franqueza que ver a Antonio Parrón en tu blog me ha emocionado. Lo conozco y sé que él no busca estos reconocimientos. Pero los que andamos cerca de él sí los arañamos para él cada vez que tenemos ocasión porque se los merece. Ayer mismo me estuvo contando su experiencia madrileña, lo bien que lo trató todo el mundo, tu mujer y tú, geniales, todo con su característico sentido del humor, aún saboreando lo vivido.
Muchas gracias por mostrarnos, por nombrarnos. Un abrazo desde la Sierra Morena sevillana.

Natividad Cepeda dijo...

Dar la luz, es dar a conocer la luz que nace del interior: y la creación poética carece de lugar especifico aunque sí es relevante que los poetas sean escuchados en los círculos y tribunas de Madrid y otras ciudades porque sin esa participación la poesía carece de ventanas al exterior. Me alegra conocer a través de Francisco Caro a Parrón y todos los que gracias a su generosidad volcada en sus espacios literarios bebemos de la fehaciente información que nos regala.
Natividad Cepeda

fcaro dijo...

Uno no hace sino devolver lo que recibe, Leo. Y en esta ocasión es bien poco, simplemente relatar las cosas que pasan como decía D. Antonio. Estoy de acuerdo contigo en cuanto a Parrón.
Un abrazo.

fcaro dijo...

Gracias Natividad, ya sé que vienes a Madrid pronto. Ojalá pueda estar contigo, escuchándote, como en tantas ocasiones. No debería haber poetas invisibles a menos que ellos lo prefieran.
Paco.