lunes, 12 de marzo de 2012

Días de blanco y rosas

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Alma Pagés, Marisa Montesinos, Miguel Losada

La verdad es que me distraje, jefe. Queda lejos lo de Alma Pagés, martes6 y Tertulia Montesinos; apenas si recuerdo. No quedó satisfecho. La verdad -defendí-, es que Miguel Losada en su introito habló de multitudes de poetas que lo creen y no lo son, y de alguno que hace centro en mundos cotidianos y sus poemas nunca trascienden. Me distraje pensando tales novedades, jefe, hablaba de poetas perroflautas. Pero al jefe, nada le convencía. Ni la postertulia. Tenía delante un tique de cuatro botellas de blancosrueda. Sospecha siempre de gastosdieta que yo creo obligados y él prescindibles. Lo cierto es que nada tuvo que ver el vallisoletano con mi falta de fijación en la lectura. ¿Dónde las rosas?


Davina Pazos
El jueves8 fue otro asunto, apenas una cerveza primera en compañía de Juanjo Alcolea, Ana Garrido y otros amigos. Diablos azules, 20,30, y un triángulo clásico. Cristina Cocca, celestinamirona, presentó al trío como ella sola sabe: melosa y lírica, aunque exacta. Él: Alejandro Torres, dejó sobre la escena el sabor quevediano del sarcasmo soneto. Un apunte de cuanto tiene escondido. El otro: Alfredo Piquer, de verso riguroso, galán y adjetivado, clásico y veraz, de voz cautivadora, y alejado un instante de su raíz egea. Ella: Afrodita de las piernas cruzadas, perfil y Helena sobre taburete, ella, poligonal, Davina Pazos, la mujer que bebe sus versos para nosotros. Poesía sensual, labios que buscan, perfecta siempre en su decir de garras. Uuufff... Hice méritos después para otro tique de blancosrueda. Para que el jefe viera de su necesidad. Hay ocasiones. Se anunciaban con yemas ciertas rosas.
Ramón Hernández

Ya estoy acostumbrado a las dobles sesiones, y era viernes9 y Ateneo. En la tarde, Ramón Hernández, el gran novelista, presentaba el tomo grande, negro, que de sus poesías ocultas y completas le ha editado Vitruvio. Se vendía y se vendía bien. Habló Alejandro Sanz. Habló Pablo Méndez, qué buen editor. Habló Rafael Soler, amigo siempre de sus amigos y más en ese instante. Habló Caballero Bonald, tan débil como esperado, y habló del libro, Acuario en Capri, de la bondad equilibrada de sus poemas. Habló Ramón desde donde hay que hablar, desde el centro del corazón humilde –en estas ocasiones dejo de ser cronista-, después leyó nueve poemas escritos desde nueve momentos y provocaciones diferentes. Nicolás del Hierro, paisano, poeta, amigo, compró un libro, jefe, que le firmó Ramón. José Luis Fernández "Capi", Eduardo Merino y Antonio Daganzo me aliviaron de soledad en horas de blancosrueda. Juana Vázquez vino, me amonestó y se fue, jefe. Tomé nota. Carmina Casala, en cambio, se añadió. Gané. Todos esperábamos, sabíamos que esperábamos. Comenzaban las rosas a abrirse.

Rafael Soler
Y se abrieron casi a las 23. No son horas, jefe. Lleno grande en salón grande del Ateneo. Anunciado Rafael Soler. Amigo y maestro, jefe. No solamente mío, sino de casi todos los que allí estábamos. Presentado por Rafael Borge, desmesuradamente dijeron, en un desborde de recuerdos y gestos sobre y con el poeta. Había ambiente de gran gala. Rafael había leído allí a principios de los 80, dijo, con los poetas jóvenes de entonces. Miguel Galanes asentía a mi lado. Entre las muchas maneras de volver, esta de hacerlo como poeta entre los poetas, como amigo entre los amigos, es la que yo deseo, jefe, ahora que estoy a punto de irme.
Como días antes en Guadalajara, hizo Rafael una lectura modélica. A mí me pareció reflexionada, sobria, medida, transitiva y sabia. Potenciadora de toda la emoción de los poemas. Es Rafael, por encima de sus personalísimos infinitivos y gerundios con los que intenta explicarse y explicarnos, un hombre que escribe con la otra mano sobre la piel, suya o ajena. El tan estudiado proceso de la rehumanización en la poesía tiene en él un punto de llegada. Como sabe leer y sabe de lo que escribe, nada perturbó la densa claridad de los poemas, la acidez y lo tierno de cada una de sus sugerencias. De sus descripciones de tipos y oportunidades. Me agradó la elección de los poemas de su primer libro, envolventes. Y me agradó sobremanera su manera de terminar. Las rosas estallaban en aromas, jefe.   
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LVIII 

Yo no traje los acantilados 
a este páramo de sangre 

ni forjé las noches de tormentas que me dices 
ni puse viento 
en la acerada mies de tus entrañas 

yo no elegí ser el primero en navegarte 
y surcar tu cuerpo cada noche como un río 
bebiendo amaneceres que no me pertenecen  

yo no subí las cimas coronadas de tu cuerpo 
ni bajé a sus profundidades 

yo no busqué la deriva de tu sueño 
ni tengo cien años para darte 

yo estaba en mi camino sentado con la tarde 
y tu pasaste.


                                          Rafael Soler

2 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Esto ritmo tiene que ser agotador, y hoy lo digo sin ninguna ironía.
Y el caso es que todo lo que refieres tiene su aquél.

La Solateras dijo...

Fue un lujazo el recital de Rafael.

Abrazos