miércoles, 2 de septiembre de 2015

Las palabras que se desconocen


Primer consejo de redacción. Acta


Bien hallados, -–escueto el Jefe para abrir la temporada– pienso que sea cual sea la causa que lo provocó y sea quien sea aquel que lo fijó, al final de todo solamente queda el poema. Y solo. Lo demás es, o debería ser, accesorio, consecuencia. Venía bravo al parecer, rellenito de sol, lecturas y consideraciones. 40  días a 40 grados no habían mellado su compromiso, su obcecación. La gente callaba. Ajena, la becaría repartía sonrisas tras coleccionar felicitaciones: había rebajado en casi tres kilos su arquitectura durante el agobio africano.

Pero el jefe seguía con la bien aprendida matraca: Dicen que W. Stevens aseguraba que los entrechocados bordes de dos palabras pueden producir la muerte. Y que Lorca sospechó que dos palabras que no se conocen están disponibles para el esplendor lírico. Caminando por estos territorios es lícito pensar, escribir, que el hecho de obligar a que se amen palabras que se odian a muerte produce excitación, Y que de ese roce salta la chispa de la sugerencia.

¿Y eso por qué? -preguntó el novato ante la mirada inquisitorial de los del colmillo. Agradezco tu pregunta, –y continuó frenético– porque ambas deben entonces desvestirse de sus significados, perder su orgullo de ser y verse obligadas a reptar entre los entresijos del lenguaje para encontrar sitio, lugar en donde hallar cobijo primero, desde donde gritar después. Y sucede que en todo este juego, en todo este drama, el poeta no puede sino favorecer semejante remuéveda, sino dejar fluir a su través. El poeta es entonces mediador, mediero responsable. Quiero decir sensible y consciente. Porque es a él en exclusiva a quien hay que pedir cuentas de los filtros y ritmos escogidos parar cerner el enigma que las palabras se/le han plateado. Su oportunidad como medium valdrá tanto como su capacidad para que el conflicto de la fricción ofrecida por génesis se transforme en texto auténtico, en auténtico poema.

Piensen en esto cuando asistan a lecturas, cuando redacten crónicas. ¿Alguna pregunta? Los pisotones proponiendo quietud labial se sucedían bajo la mesa. El profundo silencio no le arrendró. Y aunque para discurso de inauguración parecía suficiente, todos sabían que continuaría. Y lo hizo. Es el poeta, por tanto, cauce obligado desde las señas con que el mundo nos advierte hasta llegar al fruto desconocido. Y senda que lleva desde lo que nos perturbó hacia lo que debe perturbar. No es poco, pero tampoco debe estimarse en demasía. Humilde cauce-senda que a veces le permite conocerse y en otras asombrarse. Y también artefacto para provocar al lector, quiero decir para trasladarle de forma reconocible –el poeta es el dueño del orden, de los peldaños, de los huecos– la sugerencia de aquella bautismal excitación de las palabras que se desconocían. Y todo porque las palabras no son sino los flecos visibles de conmociones vitales –realidades, experiencias, sueños, deseos…_ extrañas unas de otras, contrapuestas, que chocan al mirarse, ignorando cuántas veces atrayéndose, cuántas con recelo.


¿Y el poema?-–se preguntó a sí mismo sin esperar a razones ni desbandadas–. El poema auténtico es por lo mismo fruto único, llegada y fonda. Testigo perdurable. Irrepetible. Inexplicable en el misterio por y para el que ha sido levantado. Según Juarroz, el poema auténtico se reconoce porque tiene la capacidad de alterar lo establecido, de inaugurar mundos. O por ser el hacha que rompe, según Kafka, la capa de hielo que nos cerca. Y formalmente porque no se puede separar de él ningún elemento, ni palabras ni pausas, sin negarlo, sin destruirlo. Por estas cualidades, entre otras, es posible distinguirlo de los textos que adoptan las formas del poema, y carecen. Y es que al final, alejados del accidente que motivó su creación, su concreción, sólo existen el poema y su realidad visible, trasmisible, de objeto para todos.  Sin él no existirían poetas ni poesía. Sin los poemas de Claudio Rodríguez no existiría el poeta Claudio Rodríguez. Ni existiría su poesía. 

Parece obvio -musitaba entre dientes la becaria. Y lo es -susurró alguien cercano-, buena nos espera.



4 comentarios:

Alfredo J Ramos dijo...

Lúcidas reflexiones del Jefe, vivedios, y útiles. Supongo que les serán de la máxima utilidad a la tropa becaria, y las crónicas del blog iluminarán en la nueva temporada con la luz que suelen. Y más.

Buen retorno, Paco (en ambos dos sentidos: deseo y constación). Seguiré atento.

fcaro dijo...

Espero que los cronistas de Mientras la luz acudan a las sabias palabras del Jefe, ellos que creen saberlo todo. Así están las cosas Alfredo, bien venido a esta casa.

Juanjo Alcolea dijo...

Bienvenido a septiembre, Paco. Aunque hoy hace años que entré en la orfandad, me alegra saber que "Mientras las luz" sigue en disposición de ofrecernos lecciones magistrales este curso. Mis feicitaciones a la enflaquecida becaria.
Juanjo.

fcaro dijo...

Se agradecen los ánimos, Juan José, que falta hacen. Quedaste huérfano pero rico en aventuras según parece. La becaria sigue feliz, se lo diré cuando la vea por la redacción. Un abrazo.