martes, 23 de junio de 2015

Junio de libros: "Calle del Reloj", de Ignacio Sánchez

Ignacio Sánches
Foto: Vitruvio
  

   Vienen en llamar Poetas de la Transición a aquellos que nacidos tras 1975 comenzaron a entregar alrededor del cambio de milenio. Y a los que pronto, casi a la carrera, se les dedicaron antologías que fijasen sus nombres (y el de los antólogos que los buscaron). Los que llegaron más tarde con su primer libro a la edición han quedado fuera de ser revelaciones repetidas. Lo afirma Pedro A. González Moreno en el prólogo a Calle del Reloj, de Ignacio Sánchez (1978). Es lo que sucede a nuestro autor de hoy, que coetáneo de tantos de aquellos se halla en un reciente segundo paso editorial, paso que nos llega con la negra y austera cubierta de los vitruvios. De quien es gentileza. Nos aseguran que su tercera entrega ya está anunciada.

    Es el caso que cuando se elige bien a un prologuista y este hace bien su trabajo resulta difícil para los que llegan después encontrar ranuras nuevas por donde entrar en la obra y argumentar sin daño. Efectivamente, confirmamos que Calle del Reloj se afana por vivir en los alrededores de los inasibles. Concretamente de dos: de la luz y la memoria, inasibles a los que el autor enlaza y hace danzar al ritmo de una música que no puede ser otra que la suspensión del tiempo para una limpia contemplación. Ignacio, absorto su verso en tal melodía, procura que nada disturbe la pureza del acto; el camino místico hacia la unión que ambas se procuran. Dueño de unas formas que proclaman sus numerosas lecturas, habitan sus versos una cadencia y un ritmo desacostumbrado en los tiempos y las edades que nos cercan. Lejos de las desarmonías con que muchos desprecian la tradición, hay un cuido exquisito en el decir. De tal manera que el deslumbramiento que, como aura, acompaña el discurso de todos y cada uno de los poemas, encuentra su marco natural. Y lo potencia. 

    Duda el poeta en los paisajes. Si el título nos remite a un escenario urbano, que luego apenas esboza, es en el monte abierto, tan de san Juan, donde la aparición del alba alcanza su máxima expresión develadora: el temblor de los posibles acontecimientos. Libro íntimo. Libro de mirada y de sosiego. Libro de búsqueda, hacia el encuentro, del yo personal memoria y del yo poético luz.  Sin presencia de otros ni de otra realidad. No hay en él cómplices ni enemigos. El poeta está solo ante la luz que llega, solo ante la memoria de la luz, solo ante la salvación que presiente. Poesía de corte sereno, sin apenas presencia de metáforas, en donde la sugerencia de las comparaciones se muestran suficientes para elevar el poema hasta la altura de un poema. Es Ignacio un poeta novedosamente clásico y claudiamente celebrativo. Un autor que pretende asomarse sin hacer ruido al tráfago de la tinta y los escaparates. Ignacio Sánchez pisa la luz que espera con la misma levedad humilde que tiene su sonrisa. Tal vez crea que la poesía debe servir primero a uno mismo y después, si es posible. a los demás. Y puede que no esté equivocado.    

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El aire se vacía de memoria
y todos los espejos
se apagan en la tarde.

Hay nombres que enmudecen
como un brocal sin agua,
y días ya caídos
que el viento ha dispersado.

Vivir es ordenar lo que ya no tenemos.

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Ya solamente queda
la turbia luz del aire tras la lluvia.

El día tiene ahora este color
enfermo de periódico
mojado y ya inservible.

Déjame algún recuerdo
con que vestir tu ausencia