domingo, 14 de abril de 2013

Ellas, dos Adonais


1980

La señora Blanca ya está por aquí -dijo el de seguridad-, también el responsable. Vendrán pronto, yo creo que vendrán. Tarde del jueves 11 y Palacio de Cibeles. A quince minutos de lo anunciado. Nuevo lugar para la tertulia, sala Andrés Berlanga, desde ella se ven las pasar las sombras, como poemas dulces, de los caminantes en calle Alcalá. Vinieron.

Es imposible no hacerlo, no recordarlo. Blanca Andreu ganó en 1980, cuando Suárez era saco de golpes y Madrid, movida, el Adonais con el umbraliano título De la niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall. Surrealimo postculturalista y aguas de tormenta. Blanca ha vuelto a venir. Si antes vino de Murcia hasta el deslumbramiento, ahora regresa de La Coruña simplemente en huida. Y ha vuelto a vivir, en Madrid ahora, tras vivir en el Chagall de la poesía, o en el de Benet. Fue presentada en segunda persona, algo que le hizo sonreír y recordar a Ionesco y su cantante calva. Cuando pudo hablar, supimos de su rechazo a tan prolongado tiempo en Galicia y nos dijo de su amor a lo griego, cultura y gentes. Que no ha estado, ni está, retirada de la vida pública de forma voluntaria desde 1993, como dicen machaconamente las redes. Que le horroriza la falta de imágenes de las gentes de la experiencia y sus epígonos. Que cansa de leer poemarios para los certámenes -en el aire el enigma de por qué acepta ser jurado- o que apenas la llaman para bolos. Habló feliz, contenta. Y leyó poco, no más de diez poemas comentados, pre y post comentados. En su mayor parte de Los archivos griegos. Lo último y discutido. Oda a los perros de Atenas, por ejemplo. Su poesía se ha serenado. Y con ello, también es más horizontal, más deudora de lecturas. Ya no busca, parece, sino espera encontrar. Es partidaria, dijo, de que el poeta siempre aspire a lo máximo, que no acepte rebajas a la hora de crear, que sus limitaciones, seguras, se hagan evidentes en la obra. Cuánta razón.  Habló, cómo no, de su devoción por Vicente Ferrer, relación terapéutica, con quien compartía poemas y emociones. Agradeció la presencia de los 14 que escuchábamos, entre ellos los editores, insinuó, de sus próximas marinas. Tal vez encuentre otros para sus caballos. El mar y los caballos, dos grandes referentes en sus cielos poéticos. Durante todo el acto, el sombrero de Juan Carlos Suñén, su conductor (y del ciclo Favorables), ocupó el primer plano de la mesa. Al finalizar, Juanjo Ramos y Ángel Rodríguez Abad, conjurados ellos, hablaban con la poeta.    


1970

Más socorrido el título, Lugar común, con el que Pureza Canelo obtuvo un Adonais que la convirtió en voz propia de nuestra poesía. Rafael Soler, siempre elegante, llevaba la primera edición de Lugar común en el bolsillo. Martes 9. La librería Alberti agotó sus 40 sillas. Algo lejos, escuchaba Darío Jaramillo. Manolo Borrás, pre-textos, editor actual de Pureza y Darío, aceptó acercarse.

Se presentaba Oeste, del que Javier Lostalé hizo pública una síntesis emocionada. Pepe Teruel, su análisis: crítica pormenoriza. Dijo la autora que Oeste es un libro que se le ha impuesto. Que tras Dulce nadie quedó exhausta. Que ha sido el libro, la totalidad que supone el espacio de su natal Moraleja y aquel tiempo rural, quienes le han exigido de forma permanente. Que sintió miedo y extrema confianza. Pureza confesó la consciente necesidad que tuvo de alejarse del paisajismo o la ruralidad. Su Oeste está allí, al norte de Cáceres, pero no en exclusiva, es más inmaterial. Leyó mucho, quería. Son poemas a caja, de texto continuado, de extremada tensión perfeccionista. Nacen de lo sensorial para, preguntándose por su posibilidad poética, terminar instalándose en las emociones o en la búsqueda de aquello que vertebra. Un corral, la troje, la antigua bicicleta, el bar, la arcilla, la vuelta de los carros, orígenes todo, todo aquello que rodeó su tiempo de iniciación poética y vital. Estuvo, como está siempre Pureza Canelo, en poeta. Sin ceder. Habló de su tendencia a la reescritura y, en concilio con Juan Ramón, defendió que el decir poético debe ser lo espontáneo sometido a lo consciente. Hay verdad volcada en los poemas de Oeste, y hubo en su lectura, lo que sorprendió a algunos, un toque de estremecimiento. Y es que Pureza, que se protege habitualmente con la máscara de los poemas oscuros -para librarse de la marabunta, dijo- ha querido para este poemario el sol débil de la luz naciente y de la luz poniente, sin mezclarlas. Moraleja e infancia como razón y excusa autobiográfica para escribir de poesía, de la poesía como única vida  

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La poesía resiste

Flor del esparto, he subido al montículo para estar contigo, dame intemperie y acepta la mía. Toma lo que soy, mi mano y rózala desde flor. Digo que la naturaleza enamora en paralelo a mi insignificancia. 

                           Pureza Canelo