lunes, 19 de noviembre de 2012

De la HG, de la Música, de la Poesía

Carlos Aganzo

Tras la Huelga General (en adelante HG) acude la gran duda: el hecho de leer un poema arropándolo con una melodía escogida ¿lo enmascara o lo enriquece? No es fácil decidirse. No sonaron mal los que leyó Carlos Aganzo, jueves 15, en Libertad 8 con Ernesto Monsalve al piano y Eva Helena García al chelo. Un hermoso título La flauta de los bárbaros para su libro. Pero dos presentadores es el error, sobre todo si el primero resuelve. Jorge de ArcoIgnacio Elguero señalaron cómo los poemas giran alrededor de las señales que indician la decadencia de las civilizaciones. ¿Las percibe ahora?  Carlos es un tipo desenvuelto y simpático, escribe con más soltura que sorpresa, y con barniz culturalista.

Juanjo Alcolea, Cristina Cocca, Alfredo Piquer,
Maria Luisa Mora Alameda y Elena Moratalla
Sin barniz, desde dolor, desde la claridad sencilla, temblando sobre la densidad del silencio dijo sus poemas María Luisa Mora Alameda, de Yepes (Toledo) al día siguiente, viernes 16, en el mismo local. Leyó de su reciente poemario El don de las batallas. Paco Moral y Ana Ares escucharon emocionados. En la sesión mensual de Odisea Poética que conduce Alfredo Piquer. Antes leyó Cristina Cocca una última creación sobre la espera y el regreso dividida en tres estancias, y antes Juanjo Alcolea, cuya lectura atendió la llamada emocional del padre como referente. Y dijeron con sabiduría y parsimonia haciendo valer su bien demostrada capacidad lírica. Antes leyó Elena Moratalla. Asistieron los poetas de Alcorcón Hortensia Higuero e Isidro S. Brun. También Fernando Fiestas, Isabel Miguel, Ana Galán, Rosa Jimena, Manuel Cortijo… Muchos de los cuales marcharon con presteza al Ateneo. Actividad frenética tras la HG.

Al Ateneo, sí, que por causas que tienen que ver con la HG, cierra sus puertas a las 23 horas reduciendo en dos su horario conocido. Lleno, lleno total, ¿de apoteosis?. El público había olido presa. Juan Carlos Mestre, enfermo de incunable poesía, hijo de panadero y berciano, presentaba, con música, su nuevo libro La bicicleta del panadero. La maravilla debe ser algo cercano a la emoción que creyó vivir el cronista (algo que tiene vedado, porque anula la verdad de su escepticismo). Jordi Doce hizo de Juan el bautista. Dijo que Mestre es una voz desmesurada y omnímoda, charco de pena y sombra del absurdo, dijo voz cambiante que borra huellas, dijo voz de los callados levantada contra los que mienten, dijo imaginación, dijo ironía, dijo humor.

Amancio Prada y Juan Carlos Mestre
Después habló Juan Carlos Mestre y habló el profeta de metal y de viento que Pablo Gargallo soñó. Habló el oficio de la fábula con horadada voz. Habló y previno contra la desmemoria, contra corrupción del lenguaje, desde el azar pretérito, como introito (ver aquí), antes de la lectura de los poemas.  Habló y la música apenas subrayaba voy a los cumpleaños y voy a los entierros, y todo era en la escena voz, solo voz. Tres poemas en vilo sosegado, Vals de diciembre y el impresionante La hija del sastre entre ellos.  Después, ya prevenido, llegó a la escena la otra mitad del Bierzo, Amancio Prada. Y se añadió la canción, los ocres y cobrizos de los montes. Así nos fueron entregados los bellísimos textos de la Antífona de otoño…, algo parecido al milagro. De la música, de la poesía.

A las once menos cinco, la sombra subalterna de un conserje, imperativa, anunció que todo debía finalizar, que afuera seguía el ahogo. Ni rastro de la HG.     

4 comentarios:

José María Herranz dijo...

Hermosa crónica de la sesión Odisea en Libertad 8, y la presentación del insigne Mestre en el Ateneo. Mis felicitaciones.

fcaro dijo...

Qué suerte para Mientras la luz tenerte como lector, José María. Gracias por tu felicitación.

Amando Carabias María dijo...

Muchos conocidos en esta entrada. (En realidad Aganzo, sólo saludado (por seguir el esquema de Plá) Tres poetas muy diferentes: Carlos Aganzo, María Luisa Mora, Juan Carlos Mestre, pero tres poetas.
El caso es que siempre acabas rodeándote de muy buena compañía. Y eso por no hablar de las virtudes de Alfredo Piquer a quien conocí en Segovia, cuando vino a recitar con otros amigos a la casa de Antonio Machado, pero eso es otra historia

fcaro dijo...

Amando, Alfredo Piquer es caso aparte. Infatigable y claro. Servidor del acto poético.