viernes, 10 de agosto de 2018
Soneto del inspector
(Sobre un foto y un suceso acaecido en Soria
y ciertos comentarios)
Un soneto me manda hacer Morante
sobre aqueste inspector azul y apuesto.
Y ante Isabel y ante Mayusta, presto
quise hallar en los libros conso y nante.
Fernando Fiestas, siempre vigilante,
dice que el inspector está dispuesto
a ser George Clooney, y el vermut y el gesto
del pulgar en los labios, ele y gante.
Que todo esto pasó, porque esto es Soria,
y Lastura y amigos del feisbús
que se observan y retan como al mus.
Y por dejar constancia de la historia
-–y por si a algún mirón le diera envidia–
hice el soneto yo; la foto, Lidia.
sábado, 28 de julio de 2018
Vicente Martín, poeta y amigo
Una luz serena en el fin del día. Una tristeza larga y un
camino nunca antes hollado en el borde manchego de Madrid. Hace seis años
despedíamos a uno de los poetas más nuestros. A Vicente Martín. Al hombre que
conocimos en Piedrabuena con motivo del premio Nicolás del Hierro en el otoño
de 2005. Apenas siete años tuvimos para fundar y levantar nuestra amistad
personal y lírica. Emoción que guardo limpia, como un tesoro que se niega a
huir. Tan reservado en el trato conversacional como derramado en su pasión: el
oficio de reunir palabras, de levantar poemas. Era Vicente dueño de un lenguaje
que sobrehilaba paradojas, que vestía la cotidianeidad con el color de las
contradicciones, que confundía la Naturaleza con los sueños. Que reconocía en los
pájaros y las encinas el amor y el amparo de una madre. Lector empedernido de
Luis Rosales, fuerte y débil a un tiempo, la poesía le tomó de la mano para
llevarle a los bosques en donde el tiempo esconde su verdad, a las llanuras en donde la hierba se torna
azul y habla, a los glaciares en donde el agua recuerda y el poeta se vuelve
transparente. Vestido así, escribía.
Recibió premios, editó libros y perfumó de sorpresa la
poesía española. Hoy hace seis años que lo reclamó la tierra y se lo
devolvimos. Hoy pienso que fue una alegría su amistad y su obra. Hoy agradezco
a la vida, tan parca en ocasiones, la recompensa de habernos conocido.
Recuerdo a los lectores
de Mientras la luz la existencia de
un libro hermoso, Lo que de mi puedo contaros, editado por Huerga y Fierro, que
recoge una selección extensa de su obra y sus últimos libros inéditos. Háganlo
suyo.
______________________
Aprovecho
que no suena el teléfono ni tienen
pulmonía las nubes y te escribo,
te escribo porque quiero evitar que las vigas de esta casa
sucumban de carcoma,
para hacer accesibles los silencios que no saben de música
y no existan rincones ni noviembres
que supuren al borde de la almohada.
¿Te he dicho que he llegado
a odiar hasta la tinta, que me muerdo las uñas y dibujo
tu nombre en carnes vivas?
Llevo siglos tratando de entender por qué han perdido
la sonrisa los árboles, por qué
sólo un año después de que te fuiste
ya no hay nadie en el mundo,
veo absurdos cadáveres con los muslos de arena
y huertos de alquiler sobre su sexo,
veo
campos de arroz que están sedientos, y desiertos
de una paz inservible.
Nuestros besos, el tacto,
las caricias pensadas, las noches y el deseo
hoy viajan sentados en distintos vagones de unos trenes
qué ignoran su destino, sin embargo
cuando todo el paisaje se reduce a palabras y los ojos
son un acto de fe
sé que estás y te pienso, sé que tienes
cansadas de volar las cicatrices.
jueves, 28 de junio de 2018
Soflama confesional (Autoanónimo, 2013)
los lectores de libros
que a costa de concursos imprimiste
nada saben de ti, preocupado
como estás en que nada
de nada transparenten
tus inanes y ebúrneos poemas,
esos metadelgados
ejercicios de estilo para el aire.
dejándote
sobar por otras gentes?
¿no has vivido
con vómito?
¿no te ha
cercado alguna vez la noche,
alguna vez el
vértigo de no saber quien eres?
aunque sea un
instante? ¿no has sentido
la ruina de tu
casa, las bombas sobre Irak,
la muerte de
algún hijo, la injusticia
del olvido
clavándose en tus trajes?
¿no le debes a
nadie ciertas cartas?
¿De qué marfil
escribes? ¿Para quién?
¿Por qué huyes
abstracto entre recodos
de cuanto es
evidente?
¿No es posible
que los demás
te sepan, que conozcan
tu rostro y
hallen
en él una
verdad tranquila o curva?
Pregúntate por
qué
insistes en
obviar
el hecho de
vivir, leyéndote pareces
parodia, mueca ajena.
parodia, mueca ajena.
¿Es tu pan
extranjero, tu sol marciano?
¿Por qué buscas
y encuentras no encontrarte?
Escúchate y
escucha, no te pido otra cosa,
atiéndele a la
puta, atiéndele a la vida,
pisa su fango,
atiende y
cuenta... o calla.
sábado, 23 de junio de 2018
Un poema de Jesús del Real: Yace un Ícaro...
.
Yace un Ícaro en el acero y hormigón de cada
[puente,
pero en su luz se trazan los sueños de las cimas:
lanzarse y deshacer la trayectoria del calendario
o esperar y aureolarse con nubes,
volar a pie firme sobre el tablero
sin mirar a las estrellas, como advirtió Dédalo:
solo batir alas al justo medio.
Rememora la hybris
por si el orgullo
puede más que la ilusión y lleno de entusiasmo
te adentras en el tiempo del Olimpo.
La esperanza es una
necesidad de la cordura,
aprende las artes de la pintura o del vino
desde aquel oscuro Pramnio de Icaria o de Lesbos.
En la memoria de esta isla llegarás a amar
y acercarte al vuelo de lo que un instante la belleza fue.
domingo, 3 de junio de 2018
Balance, un poema de Elvira Daudet
Hoy que su cuerpo se consumirá de forma definitiva, quiero decir que pocas voces han sido capaces de transitar por y de trasmitir las emociones con la poderosa claridad de Elvira Daudet. Tenaz dentro de un físico frágil, encontró en la poesía, como también en los y las poetas, el bálsamo suficiente para revivir. Mujer enhiesta en dignidad, me honró permitiendo que la acompañara en la presentación de su Poesía Completa (Evohé, 2016) tarde, junto a tantas otras, en que fuimos felices juntos. El frío nunca volverá a ser violeta, doce rosas rojas te acompañan. Vuela Elvira. Puedes porque tú nos diste alas.
Todo está consumado, es hora del silencio.
Os di la entraña,
lo que tuve más mío y verdadero
en el extraño viaje
que me correspondió:
el frío violeta y el horror de la España
del grito sofocado por los ríos de sangre
que pudrieron mis ojos infantiles.
Los grumos del dolor inconcebible,
mis tres mejores versos, escritos al futuro
en la sangre más joven, más entera,
coagulada en las rosas fallidas del invierno.
Abrí sin compasión los labios de la herida
para mostrar el cráter de lavas destructoras,
la triste cordillera de cenizas
que invadieron la aorta y ahogaron el amor.
Es hora de callar, todo está dicho.
Todo está consumado, es hora del silencio.
Os di la entraña,
lo que tuve más mío y verdadero
en el extraño viaje
que me correspondió:
el frío violeta y el horror de la España
del grito sofocado por los ríos de sangre
que pudrieron mis ojos infantiles.
Los grumos del dolor inconcebible,
mis tres mejores versos, escritos al futuro
en la sangre más joven, más entera,
coagulada en las rosas fallidas del invierno.
Abrí sin compasión los labios de la herida
para mostrar el cráter de lavas destructoras,
la triste cordillera de cenizas
que invadieron la aorta y ahogaron el amor.
Es hora de callar, todo está dicho.
domingo, 27 de mayo de 2018
Mientras la feria. Consejo de redacción.
En este mismo instante hay cinco poetas poniendo el punto
final a un nuevo poemario, seguramente un par de ellos comenzarán a buscar certamen
al que presentarlo, otro par lo tienen ya decidido y solo el quinto, que pretende
estar por sobre los verdes azares, sopesa si tal vez, Seis poetas están esperando
fallo, fallo que con seguridad entenderán injusto, banal, venal. Siete están acicalándose
para firmar en la Feria del Libro, que este año se ha visto obligada a limitar
la invasión, pero ni así. Ocho consultan la agenda –día y hora exacta- para
solicitar rúbrica del amigo encasetado, y abrazar. Nueve viven ajenos al
bullicio o despechados: si no firman no van al Retiro: basta de ser miranda y
apoquine, proclaman. Diez se reparten entre escribir reseñas o esperarlas. Cuatro
permanecen mustios, hace tiempo que no les ocurre cosa cierta y saben que su
nombre deviene olvido, por eso piensan en publicar sus obras completas ya, ya, pero
ya, tienen el dinero preparado. Tres conversan afanosos, han quedado a tomar
algo por Lavapiés y traman una mutualidad de justificaciones o superioridades.
Dos hace décadas que se apartaron -a lo Cabañero, a lo Sahagún- y observan acodados,
labios prietos, desde la forja de la baranda. Hay uno que vive lejos, tal vez
en Mallorca, que todavía cree en la poesía, porque a veces se llaman para salir
juntos. Todo esto dijo el Jefe en el pasado Consejo de Redacción.
¿Y Gimferrer?, preguntó la becaria.
martes, 15 de mayo de 2018
PIEDRABUENA: DOS CASTILLOS, DOS AMORES
Tiene el Castillo de Mortara el color de la tierra feraz que lo rodea. Tierra buena nacida grano a grano de la piedra buena. Piedras de plomo oscuro, casi negras, duro basalto de la colada volcánica que lo soporta, rocas de espuma que la erupción detuvo en grados varios de solidez. Así el Castillo, levantado sobre el ligero cerro, ejerce de amante dominador de un pueblo que se extiende sereno a sus pies, y cuyo caserío se empina lentamente hasta abrazarlo. Su negritud y su cercanía es un reto constante a su rival el aguerrido y roquero Castillo de Miraflores, media legua alejado hacia poniente, solitario sobre la cresta de los montes primeros que cierran la vega. Dos castillos, dos leyendas de un origen. Oscuro uno, arena de sol el otro. Cristiano ( tal vez romano) se nombra el de Mortara, árabe o bereber habla al viento Miraflores. Tan cercanos, tan contrarios, tan distintos. Mutuos vigilantes de un destino de ruinas y esplendores contrapuestos. Hace más de novecientos años que se miran, que se miden, que mantienen levantado el desafío.
Más confiado y más rural Mortara, vigía del
agua subterránea y las tierras sernas, de los llanos y sus gentes. Sobre las
peñas el guerrero Miraflores, tallado sobre cuarzo; de apretado y rubio mortero
sus murallas. De cimientos más antiguos el primero, pero deshecho o incapaz de
funciones defensivas, vio surgir arrogante a Miraflores en el comienzo del
segundo milenio. Nacerá Miraflores más pequeño pero más inexpugnable,
orgullosamente erguido sobre su bastión rocoso. La defensa de sus almenas
cambiará de manos al compás de los avatares del tremendo siglo XII. Si primero
manos sarracenas después fueron cristianas hasta llegar la terrible jornada de
Alarcos y el desastre. Eran tiempos de razzias, de rabiosas cabalgadas belicosas.
Ambos castillos vieron en 1196 la expedición almohade que volvía de Talavera;
presenciaron - 6 de junio de 1212 - la llegada impresionante de las huestes de
Alfonso VIII camino del Muradal; y aún en años posteriores nuevas incursiones
mahometanas en busca, a través del puerto de Alhover (hoy del Milagro), de un
imposible Toledo. Pronto llegaría el apaciguamiento de la zona y traería para
los castillos destinos diferentes.
Los primeros caballeros calatravos llegaron a
mediados del siglo XII y ante la inseguridad, optaron por Miraflores, recio y
fuerte. La recién nacida Petrabona necesitaba un baluarte tanto para su defensa
como para la del camino toledano, por ello reforzaron sus dependencias y con un rastrillo la puerta abierta al septentrión. Pero los tiempos cambiaron con
presteza. Llegaría el momento de la calma guerrera, de la lucha por la vida a
través del ganado y la cosecha. Miraflores, el militar, el de los caminos
escarpados, el amigo de las peñas, el más occidental de las castillos
manchegos, es olvidado. Será el turno del castillo oscuro, del futuro Mortara.
Hombres de cruz y hierro, los comendadores de Calatrava lo eligen para
establecerse. Corren los siglos bajomedievales y el castillo de basalto
conocerá su máximo esplendor como casa-fortaleza, como cabeza de la Encomienda
de Piedrabuena, cobijo y residencia de sus comendadores. Hasta entonces humilde
y enjuto siente como le crecen sucesivas piezas de bóvedas, esbeltos recintos
en piedra tosca, cámaras y palacetes alrededor de la torre almenada, de la enhiesta
altura que, mirando hacia levante, cubre la puerta y contempla las fértiles
lomas preñadas del ansiado cereal. A sus pies la huerta, más allá las casas de
tres tapias cada vez más numerosas, la humilde iglesia. Los adustos lienzos de sus murallas alivian el miedo a lo inseguro pero al tiempo advierten donde está el
dominio, la fuerza y el poder. Su presencia, tan próxima a la tierra y a los
hombres que se doblan sobre ella, proclama que es imposible ignorar el ansia
medieval de pechos y gabelas.
Es ahora Miraflores, allá en lo alto, quien
resiste orgulloso el silencio y su abandono. Terminado su tiempo nadie recorre
lo abrupto de un camino que acaba por borrarse, ya no llegan vecinos temerosos
en anhelo de refugio, ni guerreros que precisen la seguridad de su abrigo. No
cede por ello el vigor de sus murallas, su recio adarve, el nuevo y fresco aljibe
de bóveda sellada, la descarnada cuarcita de su base. Sólo la torre se inclina
desolada. Desde su altura, tal vez no ignore los tiempos faustos que vive su
rival. Pero, olvidando el desdén, Miraflores, la pequeña alcazaba, se aferra a
su existir. Ha descubierto un nuevo aliento para el apretado calicanto de sus
muros y se opone a la ruina, señero y firme. Él es ahora el fiel baluarte de un
paisaje, es el señor de los montes verdinegros que lo circundan, del valle que
su vista alegra, de la suave ballesta machadiana que traza el Bullaque a su
paso por la vega. Él es el guardián de la dehesa y el olivo. Suyo es el paisaje
y a él se ofrece, a salvo para siempre de humanas contingencias. Dueño de sí,
en espera de un digno y lejano bien morir.
Algo más tardará la amenaza del final para
Mortara. Perdido para la caballería calatrava antes de terminar los años mil y quinientos,
comenzará un lento deterioro como residencia ocasional de los Mesa, Lences o
Mortara, sus últimos señores tardofeudales. La ruina le llegará con pereza pero
cierta e implacable. Caídas gran parte de su bóvedas, abatidos en su altura los
muros que lo cierran, la magnitud de su olvido sólo será comparable a su avidez
de futuro. Y como su rival, el dorado Miraflores, va encontrar; salvación. Esta vez no en la
naturaleza que lo circunda, sino en la voluntad y el ingenio de las gentes de
Piedrabuena, las cuales, decididas y sagaces, convirtieron el recinto en lugar
para uso público, y desde 1901 (117 años ahora) se celebran en su interior las
fiestas de correr los toros. Mortara, el castillo oscuro que debe su nombre al Marqués
del XVIII, no quiere morir. Resiste alegre y altivo, salvado y acompañado por
los hombres, sus hermanos en la piedra buena. Para ellos guarda todavía en su
seno algunos recintos, celosos restos de su pasado, ansioso de manos amigas
que le han ido devolviendo dignidad. Piedrabuena: dos castillos, dos amores.
martes, 8 de mayo de 2018
Piedra y voz
El próximo sábado, 12 de mayo, a las 19:00 horas y en el recinto del Castillo de Miraflores (Piedrabuena) se presenta Piedra y voz. Castillos y poetas de Castilla-La Mancha, editado por la asociación Amigos de Piedrabuena y coordinado por Francisco Caro y Pedro A. González Moreno. Aparece en la colección Yedra once años después de ser concebido en el mismo lugar y con ánimo de recordar aquel instante. También de reparar una tardanza que tiene algunos culpables. Están convocados todos los poetas que participan, unos cuarenta, de los cuales unos veinte tienen confirmada su participación. Es una edición íntima para una fiesta íntima y abierta. A las doce de la noche en el cercano Castillo de Mortara continuará el acto con una actuación poética y musical.
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