lunes, 18 de mayo de 2015

Críticas inmejorables

   Ha obtenido críticas inmejorables, decía el cartel que lo anunciaba. Tras la lectura, J. Lostalé, también presente, me confirmó el aserto cuando inquirí ¿quién es?. El asunto ocurrió antes de que abril se agostara. En la librería Enclave. Doce personas para escuchar a tres poetas. Juan A. Marín, impecable y melancólico premio José Hierro 2014 y la gallega irredenta Luz Pichel eran los otros dos. La verdad es que la lectura del así anunciado fue sorprendente, tanto por la longitud desacostumbrada de sus poemas, como por la intención de crear con ellos, o en ellos, un mundo onirico-real a la manera de las grandes folletines del Señor de los Tronos o los Anillos del Juego. 
Isamel Belda
(Foto de la red)
  
    Es el caso -me amplió Lostalé- que en ABC salió una crítica escrita de rodillas por Andrés Ibáñez, y el libro se vendió como la espuma. Un Andrés Ibáñez, supe luego, contrito y feliz porque con la lectura y reseña de La universidad blanca le había llegado su momento culmen: la ocasión de ser el descubridor de la voz poética que marcará el siglo XXI español y europeo. Una voz que culmina los intentos, ahora sabemos que frustrados, de Yeats, Wallace Stevens, Lezama Lima, Rubén Darío, LM Panero, Roberto Bolaño y Vladimir Nabokov. Una voz que añade a tal arquitectura “los colores traídos por Rilke, por Kleist, por Hölderlin”. Todo esto lo supe cuando llegué a casa y tecleé. (Pueden ustedes hacerlo aquí.) Y como uno es así, crédulo de nación, intenté retener autor y libro: La universidad blanca, de Ismael Belda. Dice la solapa que, nacido en 1977, lleva 10 años escribiendo una novela que llama Vesperal y nuevo en esto de publicar, aunque no en la crítica. Es colaborador habitual de Revista de Libros. Me dijeron también que se había agotado la primera edición (La Palma, 2014), por eso me alegré tanto cuando encontré un ejemplar de ella en la reciente Feria del Libro Antiguo. Y lo compre, 8 euros, no fuera a escapárseme la joya, amigo Andrés, y la posteridad. Y voy leyendo sin prisas. Y con sorpresa alejandrinos en rima pareada y consonante. Una rima que busca, pienso yo, lo facilón, roces de ripio, lo no afectado ni literaturalizado, porque así se provoca y/o remueve. Véase: rayo con gallo, pocos con locos, viejos con lejos, lento con viento (en varias ocasiones), bellota con gaviota… ya saben, el mundo del rap elevado en su dignidad, que bien lo merece. Recuerdo de aquel acto en Enclave, y en su favor, que leyó una sextina sin que mi persona huyese, algo que no han lograron conmigo ni David Coll ni Aaron G. Peña. La misma que hoy termino de abandonar. La que ha provocado este pequeño apunte.
   
El núcleo del libro lo construye un poema largo, narrativo y largo… que da título al libro, y en pareados. Como estos que les adjunto

En el suelo una lámpara rota. Guada barrió
los cristales. Cerró la ventana. Tomó
varias fotografías sin saber bien por qué.
De la ventana, el techo, la alfombra y el parqué.
Más tarde al revelarlas (salió de su lavabo
iluminado en rojo, tomó un pequeño cabo
de vela – le gustaba de pronto la costumbre
gótica de mirar sus fotos a la lumbre…

por si animan y me acompañan.