Textos sobre "El oficio del hombre que respira"

Premio Antonio González de Lama  2017

Editorial Eolas / Colección Eria   2017

Editoril Eolas . León. T: 987 24 15 11


 





JESÚS DEL REAL BLOG personal  9/01/2018

       Nos presenta Francisco Caro su último libro editado, consecuencia del premio “Antonio González de Lama” que obtuvo a finales del 2017, El oficio del hombre que respira (Eolas ediciones), título que toma de un verso de Luis Feria citado al inicio y que nos remite, no obstante, al oficio que ejerció Cesare Pavese, para que nosotros pudiéramos hacer algo más que vivir. Así en este libro, Francisco Caro nos ofrece una poética consecuencia del acontecimiento en el transcurso vital y maravilla la realidad puesta de manifiesto cuando descubrimos que algo cotidiano, por sus palabras, se revela novedad.

Con la filosofía que nos da las propias actitudes, Francisco Caro, tras una docena de libros que serán, tiene mirada amplia y la generosidad de quien ya no odia; acogiéndonos a las palabras de Carlos Sahagún diríamos “un hombre bueno y alto”, donde su experiencia de crear, va unida a la experiencia de ser, “el ser es escritura” dice su colega Juarroz, “Va la tarde al secreto / y yo mientras escribo…”, nos dice Caro.

     Albas, árboles o patio ofrecen su gran potencia de imágenes, engastadas en una estructura de cuidada elaboración, un diario camino por los meses (más señalado de agosto a diciembre) donde el poeta selecciona cuidadosamente los recursos expresivos del lenguaje poético, enfrenta significados inauditos (“creí ser solo un verso / tendido sobre el martes…”), sustantiva verbos, adverbios o adjetivos (“los dos geranios ángeles…”), mostrando una espléndida sencillez léxica de afinada composición.  En cada poema de Francisco Caro parece latir un núcleo semejante, un pensamiento que murmura (“runrunea” diría él) a través de un ritmo abierto que va aquilatando sin fórmulas predeterminadas, generándole una inquietud incómoda que ordena el azar y no se acaba hasta dar con la cadencia justa.

La poesía sería un medio de conocimiento ideal para interpretar la realidad, ofreciéndonos su esencia. Como José Agustín Goytisolo, Francisco Caro encuentra el poema al bajar a la calle, al salir al campo, detiene su mirada en algún aspecto de ésta, atraído por una sensación de presencia de la que sería fácil dar noticia simple, pero la recrea y carga de sentido, controlando su patente del yo, un sujeto que trasmuta presentando un terreno de entendimiento entre poeta y lector, proponiendo una analogía sentimental de la que hablaba Julio Cortázar, que la poesía del poema (no solo el poema) puede evocar y reconstruir.

     Su disposición anímica diaria, volcada con los comportamientos de quienes le rodean, le convierte en un hombre poético con privilegios en este locus poetarum. Hay momentos interiores, sin grandes escenas de desintegración moral, sí de una cierta angustia, de confinamiento y pregunta, pero no de huida trágica. Ofrece raudales de luz, cuya raíz podemos ver en el verso de Salvatore Quasimodo (“…mientras la luz, como una libélula / temblaba en las tibias lámparas.) que da título a un poemario suyo y a su celebérrimo blog.

     Podríamos seguir en ecos de poesías y autores precedentes, pero llegaríamos a un nudo argumental que se desplaza de poeta a poeta; las palabras ajenas nos impresionan, resuenan dentro de nosotros y nos permiten encontrar nuevos motivos. Sí he de manifestarme en contra de un lugar común que él mismo dice en sus presentaciones: que ha llegado tarde a esto de la poesía. Con ello se refiere, claro está, que empezó a escribir… da igual cuándo, la cuestión es acceder, llegar, estar... Sería una proclama egotista decir que se ha llegado a la poesía, cuando sería la Poesía la que, en caso raro, nos acogiera. En esto de la poética hay quien está trabajando toda una vida de poeta haciendo versos y no logra acceder a la Poesía. No en el caso de 
Francisco Caro; no es que llegara tarde, él ya estaba y no sabía, al escribir, nos dimos cuenta… y lo celebramos. 

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JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ    Diario de León  14/01/2018
El temblor que ahora soy
El oficio del hombre que respira, Francisco Caro. Eolas, León, 2017 76 pp.

        Con este libro consiguió el premio González de Lama 2017 el poeta manchego Francisco Caro. El título procede de una cita de otro poeta, Luis Feria: «A la caída de la tarde / amar la vida largamente es todo / el oficio del hombre que respira». El diálogo con otros poetas es una constante del poemario: con Borges, siempre a la espera de sus palabras; con otro argentino, Juarroz, poeta de rigor extremado, que hizo de la poesía una forma de pensamiento; con Aníbal Núñez, fallecido joven, pero más crecido cada vez como poeta; con Antonio Colinas, a raíz de la lectura de La tumba negra... El poeta Francisco Caro propone la vida como un viaje, bien es verdad que anclado en lugares concretos, como Trieste, Reggio Calabria o Copenhague. «Vivir es esto, / un viaje sin excusa», un viaje del que queda «el polvo de la marcha», recuerdos, evocaciones...; un viaje sin meta precisa a lo que parece: «Sigo en la mar todavía», porque tal vez no haya puerto de acogida. El viaje es también hacia el amor. Aquí el diálogo es con el ser amado: «Nunca existe lo oscuro / cuando existe / otro cuerpo ofreciéndose, me dijiste». Es el amor un sentimiento profundo que marca no solo el vivir, sino también el propio oficio de escribir: «Tu cuerpo fue leguaje, / en el leguaje hallé / mi única vigilia». 

        Como se puede observar, el amor se conjuga en pasado y «no hay retorno posible», salvo en las palabras. No es preciso decir que es un motivo que incluye otros habituales y que el poeta resume como «el amor y sus restos», lo que ha dejado, lo que queda, ahora evocado en la palabra. Al fin, la lucha del poeta se ejerce entre «lo fugaz y lo inmóvil», como se titula una sección. El pasado, sea el del amor o no, implica la actividad de la memoria. Entre lo que uno fue y «el temblor que ahora soy» se interpone el recuerdo elaborado en los poemas. Esta elaboración es la escritura, objeto de continua indagación. Ya el poema inicial ofrece la imagen de la oruga que horada tenazmente la corteza del árbol, correlato de la labor del poeta que, calladamente, explora olvidos y presentes.

En este sentido, uno de los poemas más sugestivos es el titulado Desde el ciprés, que poetiza una sencilla impresión: el poeta escribe al caer de la tarde, al tiempo que los gorriones pían en el árbol. Quiere el poeta dar forma a lo que ve y siente, dejar caer sus palabras para «que sepan del milagro, / que en el papel escuchen/ un revuelo y un canto / como el que escucho yo».

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JOSÉ LUIS MORANTE    Blog  27/01/2018

CALLADO OFICIO


   Poeta de vocación intensa y publicación tardía, Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) ha impulsado en la última década un recorrido literario de más de diez títulos, de los cuales Locus poetarum El oficio del hombre que respira son sus últimas estaciones.

   Estamos ante una voz intimista que conserva en su formulación un acento confesional y un estar subjetivo frente a las pequeñas cosas de lo diario; la escritura se convierte en autobiografía ética y fe de vida, como si el latido fugaz necesitase el refugio callado del poema. Son las primeras sensaciones que habitan en los poemas ganadores del Premio Antonio González de Lama, una convocatoria de amplia tradición castellano-leonesa.

   Francisco Caro recobra en las citas iniciales algunas balizas que no son habituales en la amplia geografía lírica actual; Luis Feria y César Simón, que aportan citas junto al verso aforístico de Vicente Martín, parecen perdurar en un discreto espacio de la biblioteca, lejos de la algarada celebratoria de la Generación del 50, que hoy constituye el obligado referente especular para los más jóvenes.

  La apertura integra en el verso el marco de la naturaleza. Lejos del hombre disgregado de la sensibilidad urbana, Francisco Caro siente el contexto del poema como un reflejo de la encendida existencia rural, un espacio revitalizado por elementos aleatorios y expuestos a la mirada. Así nace un verso reflexivo, cuajado de cicatrices temporales en el callado oficio de vivir. Son paisajes pasajeros que habitan en las composiciones para subrayar que el largo transito despliega a la vez intemperie y refugio; el sujeto está vinculado a lo transitorio, es un rumor de pasos que se pierde en bifurcaciones y hace de su senda un reto cognitivo. Y en ese itinerario, el poeta guarda sitio para presencias tutelares que ayudan a dar solidez al trazo personal; los nombres de Borges, Juarroz, Antonio Colinas o Aníbal Núñez constituyen sustratos lectores que hacen de la escritura no una mera crónica de una realidad evidente y transitoria sino una mirada al secreto que guarda lo inefable. Así se va gestando la respuesta del afán que mueve la propia voz, la persistencia de un callado oficio hecho de tedio, tiempo e incertidumbre: “Entonces escribir, / tan solo entonces / desbrozar la espesura, lo amagado, / conocer el adentro; / saber si vivo”.

 Desde una contemplación implicada, el poema recrea el desconcertante diálogo entre lo fugaz y lo inmóvil. En su decurso  se define la voluntad del sujeto por descubrir en el paisaje la íntima belleza de lo diario, pero también la inadvertida erosión que conlleva un estar pasajero, que va dejando en su discurrir un rastro de señales ambiguas, propicio a la interrogación: “Miro el fuego, confundo / el acto de quemar y el hecho de vivir, / el ruido de la lumbre y la memoria “.  




JESÚS APARICIO    Página De Facebook     27/01/2018

EL OFICIO DEL HOMBRE QUE RESPIRA de Francisco Caro
Premio Antonio González de Lama 2017
Ediciones Eolas 2017, 72 páginas

     “A veces me confieso:/ el mundo es de los otros,/ yo espero lo inasible,/ los aires del consuelo,/ la secreta/ belleza que contiene lo inexacto.” Hago míos estos versos del amigo, del poeta, del maestro, Francisco Caro (Piedrabuena 1947). Es en esa espera, son esos aires en donde la poesía nos encuentra para regalarnos el consuelo y la belleza que nos hacen vivir; y luego el lenguaje, las palabras, nos ayudan a dar noticia y sentido de nuestra humilde existencia, tal como asegura el poeta: “…en el lenguaje hallé/ mi única vigilia, / mi última conciencia.

     Francisco Caro es un escritor de una trayectoria, tardía en su inicio, pero justamente reconocida por numerosos premios en el panorama de la poesía española actual. Desde la publicación de Salvo de ti en el 2006 hasta este que hoy comentamos son ya once títulos, en los que no me voy a detener pues ya se han señalado en ocasiones anteriores, los que nos ha dejado.

     “Lenta y oscuramente...  excavo olvidos y presentes,/ el sur de lo que fuimos.” nos dice en el poema prólogo del libro, para darnos cuenta de ese camino que ha venido recorriendo y que busca, reflexivamente, reconocer en los versos que con sencilla maestría va escribiendo en estos años con el “…callado oficio/ del hombre que respira.
“De cada recorrido guardo/ el polvo de la marcha,..” reconoce en este “viaje sin excusas” que es la vida en el que “…es preciso sangrar,/ vivir no es sólo/ contemplar como el tiempo palidece.” Porque Francisco Caro escribe para vivir pero después de haber vivido; no puede, nadie puede, ser meramente un espectador en su caminar, sino que ha de comprometerse con la propia vida, con la naturaleza, con el hombre que es y con sus semejantes que precisan, como él en muchas ocasiones, ayuda y consuelo. Por eso denuncia que “…escribir que se vive es un delito/ si se escribe acodado/ sobre la borda y siendo/ solamente quietud ante el mismo horizonte.”

Descubrir qué hay de verdad y mentira en nuestro mundo, abandonar miedos e indecisiones, poner a trabajar nuestros dones, luchar por esos deseos que nos dan la vida, “Entonces escribir,/ tan sólo entonces/ desbrozar la espesura, lo amagado,/ conocer el adentro:/ saber si vivo.”

      Un patio interior y un mes de agosto bastan para que Paco se solace en la Poesía y asegure que “…no dejaré/ que me cerque la costra del futuro”, se propone vivir escribiendo, y se dispone a esperar el alivio de la palabra que cura. “Espero,/ y esperar es saberme/ entre lo no acabado.” “…hasta lograr que para/ mi cuerpo sea/ merecido el amor.”

      De Septiembre a Diciembre el tiempo pasa fugaz y a la vez inmóvil, con voluntad siempre de goce y de luz para escribir el instante, que es poco y todo, en su grandeza, lo que tenemos. Es el momento en que “…habla conmigo el ángel/ muy despaciosamente, el ángel turbio/ de la melancolía.” “Por el sur de diciembre” acaba el poeta mirando con detenimiento y serenidad el fuego, donde confunde “el acto de quemar y el hecho de vivir, el ruido de la lumbre y la memoria.” Memoria que da cuenta y razón de aquello que escribiera, memoria de la llama que alimentó el amor.
Vivimos, entre otras cosas, para leer y merecer la poesía de Francisco Caro. En cada relectura de este poemario se queda con nosotros y nos hace un poquito más sabios, más felices. Y con él soñamos también nosotros ser poetas.
Os dejo con dos hermosos poemas del libro:

Por qué asustarse tanto

El poema que escribes
te separa del mundo
-me dijo Diego
Jesús- ,borra tus huellas,
es canción para nunca.
Así suenan,
Así
son mis palabras,
igual que mordeduras
de insectos en el mármol.

29 de Agosto

El cactus que tan breve
estuvo florecido,
los dos geranios ángeles
que saben mi extrañeza
y las salvias humildes,
las que lloran,
vienen a mí, me hablan.
Quédate con nosotros,
dicen, 
tal vez aquí consigas
olvidar el futuro, lo tramado,
dejar de ser quien huye,
ser tú sin ti.



SANTOS DOMÍNGUEZ RAMOS    Página De Facebook     28/01/2018

Desde el ciprés

El sol cede y escribo.
Desde la mesa he visto
en tropel, diminutos,
acudir los gorriones
al árbol donde guardan,
cómplices del instante,
de la luz como rito,
el cansancio del día
no impide su canción.

Va la tarde al secreto
y yo mientras escribo.

Con el lápiz pretendo
dibujar en la hoja
donde crece el poema
el amparo, la forma,
la sombra del ciprés.

No deseo añadir
oscuro a las palabras
que acudieron, pequeñas,
para salvarme sino
que sepan del milagro,
que en el papel escuchen
un revuelo y un canto
como el que escucho yo.

      Este espléndido poema de Francisco Caro forma parte de El oficio del hombre que respira, Premio González de Lama 2017, que publica Eolas Ediciones.

        Poesía de la meditación y de la mirada en la que conviven la elegía y la celebración, la memoria y la naturaleza, el paisaje exterior y las galerías del alma, el amor y el paso del tiempo encauzados en la palabra cercana y medida del poeta, en versos en los que vibra siempre el temblor de una emoción verdadera. 

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JUAN ROJO ALMAGRO  Blog  /  domingo, 4 / febrero / 2018

Un poema de 'El oficio del hombre que respira'

 

Antes de quitarse el abrigo don Juan deja un libro en la mesa. El gesto significa dos cosas: que hablaremos de él, que deberíamos leerlo. Mientras sirven los cafés y las copas, le echo un vistazo: el último libro de Francisco Caro; premio Antonio González de Lama 2017, dice la faja; en la cubierta, la foto anochecida o crepuscular de un patio umbrío, patio en agosto, o sea, hortus conclusus, acaso también locus amœnus del poeta. A Francisco Caro lo conocemos. A González de Lama no tanto. Don Juan explica:
—Fue un cura leonés; fundó —con Eugenio de Nora, Victoriano Crémer y algunos más— la revista Espadaña, que durante unos cuantos años de la posguerra se erigió en altavoz de cierta poesía social, desarraigada, disidente y opuesta a los melifluos trinos del garcilasismo oficial. El premio lo concede el ayuntamiento de León.
—¿Qué nos dice del libro?
—Los escritores que nos gustan son amigos a los que vemos de tarde en tarde, con ocasión de cada nuevo libro. Del encuentro esperamos, por un lado, confirmar las cualidades en que se cimienta nuestra predilección hacia ellos; por otro, verlas actualizadas y mejoradas en las novedades que nos traigan. En este libro hallamos la poesía del Francisco Caro que conocíamos —asuntos, tono, estilo, y aun estilemas—, plenamente maduro y firme en el manejo de un lenguaje característico e inconfundible, pero la hallamos materializada en poco más de treinta poemas exquisitos que no conocíamos: un placer.
—¿De qué trata?
—De asuntos esenciales para un poeta: la vida y la escritura. La vida como viaje perecedero e irreversible del que no se sale indemne; velocísima unas veces, remansada otras; feliz y dolorosa; refugio e intemperie; ocasión del amor y siempre amada. La escritura como elemento esencial de la vida, vida ella misma; es decir, mucho más que fe de vida. El libro es así elegíaco y celebratorio a la vez, epicúreo y senequista: me ha recordado a ratos a César Simón, aunque menos áspero, sobre todo en el tratamiento del paisaje.
—No está mal.
—Está muy bien. Pero no quería yo hablarles del libro, que eso ya lo han hecho personas más capacitadas sino de un solo poema del libro: Barroco de lo escrito se titula.
—¿Tiene algo de particular?
—Enseña muy bien la maestría del autor: nos da dos poemas en uno.
—¿Cómo es eso?
—Se trata de un soneto excelente —perfecto, de no ser por un mínimo caliche en la rima de los tercetos— que aparece vestido, ¡no disfrazado!, de poema en verso libre. Aunque ambos poemas sean literalmente idénticos y su significado inmediato coincida, son dos poemas distintos que suscitan emociones distintas: el que encuentran los ojos del lector en las páginas 28 y 29 de libro; y el que va naciendo en su memoria —todo poema encuentra sentido y valor gracias al recuerdo de otros, al diálogo con otros en la memoria del lector— a medida que las palabras del poema se encajan en la estructura mental llamada soneto que cualquier amante de la poesía tiene largamente interiorizada.
—Qué complicación.
—Nadie sabe muy bien qué es la poesía, pero todo el mundo sabe que la poesía brota exclusivamente del poema; también se sabe que el poema es un artefacto literario nacido del talento, el arte y la técnica del poeta: por eso podemos distinguir sin demasiada dificultad entre poemas buenos y malos. Aquí hay complicación, por supuesto; o sea, artificio a favor de la poesía: la operación mental por la cual el poema leído en verso libre se trasiega al exquisito e inmisericorde recipiente del soneto multiplica en el lector el gozo de la poesía.
—¿Cómo lo hace?
—El soneto es lecho de Procusto, molde rígido; el poema en verso libre concede libertades. Partiendo del soneto —y contando con que el lector lo rehaga mientras lee—, el verso libre permite jugar con esticomitias y encabalgamientos, aislar o enlazar conceptos, resaltar o velar, pero no al tuntún: por eso el poema que leemos conserva cuatro estrofas, apenas se permite versos con un número par de sílabas, maneja sabiamente los signos de puntuación…
Don Juan, ante las caras de algunos, abrevia:
—¿Han leído ustedes Molino en Checa? Pues, para entendernos, el agua es la poesía: puede igualmente habitar libre en el riachuelo o domesticada en el caz.
—¿El artificio este es un invento de Caro?
—El molino hidráulico y el soneto son inventos antiguos —dice don Juan irónico—. El procedimiento se había usado antes, sí: el propio Caro, aunque con décimas, en Locus poetarum, por ejemplo. Pero yo no había visto nunca tanta destreza ni tanta precisión. Caro es un poeta bien grande.
Si don Juan lo dice, no hay que dudarlo.


(Francisco Caro. El oficio del hombre que respira. Eolas Ediciones. León. 2017. Diez euros)

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