Sobre Nicolás del Hierro

Nicolás del Hierro en marzo de 2015 durante el acto
de su nombramiento como Socio de Honor
de la Biblioteca Regional de Castilla-La Mancha




Esta página recoger 
los escrito en prensa en torno 
a la persona y la obra 
de Nicolás del Hierro 
aparecidos tras su 
fallecimiento.


1

Nicolás del Hierro
Por Manuel Juliá

Una vieja voz del tiempo va con los nombres de las personas, sus gestos, sus arrugas, sus muecas de dolor o gozo. Siempre que pienso en Nicolás del Hierro tengo que acercarme mentalmente a la Plaza de las Cortes, mirar el gesto distraído de los leones, el sol de un día de póstuma primavera, las rosas agarrando su brillo, la cúpula del Palace sobre la que el aire radiante creaba brillos de nieve. Había un chaval con orlas, sombrero, botas, galones en la puerta como inercia del boato palaciego. Después de subir unas escaleras por las que parecía transitar Sisí, se llegaba a la zona del bar y el restaurante. Allí estaba Nicolás. Era el Maître y ni idea tenía aquel día cuando lo conocí de que era poeta. Un paisano en Madrid es alguien importante en el Palace, me dijo un compañero cuando decidimos realizar una presentación empresarial de la provincia en Madrid. Mascullábamos el Palace, pero nos daba miedo, éramos unos curritos principiantes y sentíamos perdernos en La Corte. Sin embargo, después de gozar de la inmensa afabilidad de Nicolás, de asegurarnos su completo apoyo, y de animarnos a que su tierra desembarcara en aquellos salones a los que iba la gente más importante de Madrid, nos sentimos con la seguridad suficiente para arriesgarnos. Sin su ayuda, habría sido imposible presentar la provincia de Ciudad Real en Madrid.

      Nació una amistad aquellos días. Leí sus libros. Me pareció un poeta diferente, apegado a la tierra y capaz de distribuir por sus páginas una honda sensibilidad. Una mirada triste y una bondad que no tenía nada de artificio encontré también en sus páginas. Publicamos enseguida un libro suyo en La BAM, Toda la soledad es tuya, y recuerdo que cuando leí el manuscrito lo primero que pensé es que aun siendo poeta de raíces rurales tenía unas ansias de universalidad enormes, y también que era poesía existencialista, no dejaban de pulular esas oscuridades metafísicas que tanto nos acosan a los poetas y a veces tanto nos apresan en el silencio. Después publicamos con mucho placer más libros de Nicolás del Hierro. Recuerdo que un día llegó a mi despacho y salimos a tomar café. Traía en las manos unos de los títulos que me parecen mejores de Nicolás, Cobijo de la memoria, un texto con poder evocativo muy sutil sobre el que realicé una crítica no recuerdo si en Tribuna o Lanza. Decía que me parecía uno de los poetas más sinceros y honestos de la tierra.

      Estuve en la presentación de sus Obras Completas en Piedrabuena, invitado por su gran amigo Paco Caro, quien siempre veló por la salud y dignidad del poeta. De entonces lo recuerdo con ese aspecto einsteiniano, los cabellos libres sobre la libertad de su tiempo. El amigo Nicolás nos deja en el recuerdo su bondad. Nos deja en la estantería muchos libros de versos que volveremos a leer para que siga viviendo entre nosotros.

(La Tribuna (15/01/17)

2

Nicolás del Hierro quisiera ser nota de cuanto sueña
Por Eugenio Arce Lérida

      El conocido (y reconocido) poeta de Piedrabuena, Nicolás del Hierro, nos deleita con una nueva entrega de su quehacer poético. El libro, Nota quisiera ser de cuanto sueño, de una cuidada edición y con portada de Ana Cano, la mujer de Nicolás, ve la luz gracias a la editorial Lastura, de Ocaña (Toledo), que tanto y tan bien está haciendo en los últimos años por la poesía, la cenicienta de las artes literarias.

      Aunque muchos ya lo conocen, no está de más que aireemos los méritos literarios de este “Piedrabuenero ilustre” (título que le otorgó el Ayuntamiento de Piedrabuena en 2014), como es el hecho de ser uno de los tres fundadores de la Asociación de Escritores de Castilla La Mancha; que tiene tres novelas publicadas (“El temporal”, “Personaje sin nombre” y “El oscuro mundo de una nuez”) y otros tres libros de cuentos o relatos (“Nada, este es el mundo”, “Ojos como la noche” y “Una ventana abierta”). En cuanto a la poesía, este es el último hito de los que jalonan la larga trayectoria poética de Nicolás: más de treinta libros de poesía, desde el primero “Profecías de la guerra” (1962), hasta “Esta voz que me habita” (2016). Además de todo lo anterior, habría que reseñar sus críticas literarias en diversas revistas y periódicos, como “Lanza”.

      El libro que comentamos está estructurado en tres capítulos. En el primero (25 poemas) nos habla Nicolás de los temas que preocupan a todo hombre de bien: la injusticia social, el horror de la guerra, la fe (y, a veces, la duda) de que la poesía sirva para mejorar el mundo, el ensalzamiento de las raíces del pueblo llano del que proviene, etc. Acaba esta primera parte con un soneto (“Soneto para una tregua”), que resume parte de las preocupaciones del poeta.

      En el segundo capítulo (27 poemas), se nota una poesía más metafísica y existencial, tanto por sus alusiones a Dios como a las dudas del hombre en la tierra; todo ello sin olvidar sus orígenes rurales. En lo formal, llaman la atención los encabalgamientos en muchos de los poemas de esa segunda parte, lo cual les da más fuerza expresiva. El último capítulo (el III) está compuesto por un solo poema: un soneto que es como una recapitulación de su ideario poético. Aparte de los sonetos que abren y cierran la primera parte, como el de la tercera, el resto de los poemas componen una silva bien medida y estructurada.

      A los que conocemos la poesía y la poética de Nicolás, nos es fácil conectar con él a través de sus versos. Su poesía es entendible, cercana y humana, lo cual explicaría el éxito de su producción poética. Nicolás, a través de este libro, se hace muchas preguntas (en realidad, son las que todos nos hacemos) sobre la vida, sobre la muerte, sobre todo lo que marca el devenir del género humano. La guerra le preocupa ¿a quién no? Pero hemos de recordar que él tenía dos años cuando estalló la guerra incivil española y, supongo, que su entorno (y él mismo) se vio afectado por ello. Su origen humilde, su entorno rural, no fueron óbice para que él peleara por una vida más digna, pero nunca ha olvidado en su poesía a aquellos que le imbuyeron sus ideas y su forma de ser.

      De todo lo anteriormente expuesto, vamos a poner algunos ejemplos de los que vienen en el libro. Su confianza en la palabra poética como instrumento de paz: “Por eso escribo y pienso/. Soy/ el que desanda y cruza los caminos,/ el que busca la paz y la concordia,/ el que se sabe nadie y nada puede/ hacer sino estos versos/ que llaman a la puerta/ de todo compromiso,/ por si acaso,/ por si alguno me escucha y se convence”. (Pág. 51); aunque también tiene sus dudas sobre esta idea: “¿Qué le concierne a nadie mi palabra?/ ¿A quién puede afectar lo que yo piense?” (Pág. 32); o bien: “No voy a escribir más/ ¿de qué me sirven/ todas estas palabras –me pregunto? (Pág. 63). No obstante, reconoce que su esencia está en el verso: “Solo y únicamente/ la integridad del verso/ donde plasmo mi más hondos temores,/ representa la esencia de mi yo”. (Pág. 33). En cuanto a su preocupación humana y humanística se puede citar: “El hombre es mi palabra favorita” o “Sueño con un mañana más humano”. (Pág. 19). Cuando cita a Dios, como Ser Superior, aunque dice que es “creyente a su manera” (pág. 40) denuncia la conversión del Dios del amor en Dios de la guerra por los diferentes fanatismos que pululan por el mundo: “¿De qué les sirve Dios (su Dios),/ si esconde el maleficio de las bombas?” (Pág. 49), o “Todo el que mata,/ incluso en nombre de su Dios,/ no deja de ser arma de suicidio”. En cuanto a las referencias a sus orígenes, aparte de ser una constante en todo el libro, a veces explícita y otras más subterránea, podemos entresacar algunos versos: “Mi voz sabe a rural y a tierra sabe” (pág. 69), o bien: “Alguien melló la reja del arado;/ alguna hita antisocial/ minimizó el trabajo de la fragua./ No hay herreros que afilen vertederas/ ni carpinteros surgen que otros puños/ más suaves le coloquen/ y orientación le den a la mancera”. (Pág. 87).

      Como se ve hay palabras como arado, vertederas, mancera que tienen (tenían) pleno sentido en sus orígenes y que colorean y dan expresividad a sus versos, son entendibles por lectores de cierta edad, pero, como contrapartida, dudo que los jóvenes de ahora supieran acoplarlas en su contexto. Las dudas existenciales también tienen su presencia en estos versos: “¿Adónde voy ahora?/ ¿A qué lugar me llevan estas mudas entelequias? (Pág. 23); o bien: “Debilitada la esperanza, dudo/ dudo y se agigantan mis temores”. (Pág. 46). En el libro hay unas constantes vitales que, como metáfora de los seres vivos, son las que nos mantienen en pie y, en el caso de Nicolás, son las que le empujan a escribir y a reivindicar, con su palabra, con sus versos bellos e  impolutos tanto en el fondo como en la forma,  un mundo más humano y más justo.

      Con este nuevo libro de poesía, Nicolás del Hierro demuestra que, pese a ciertos obstáculos que la vida ha puesto en su camino, su mente y su corazón siguen lúcidos y prestos a ofrecernos lo mejor de sí mismo. Enhorabuena.

POSDATA.
 Este artículo de opinión, enviado al diario ‘Lanza’ cuando Nicolás del Hierro aún vivía, se tiñe de luto por el fallecimiento, el día 14 de enero, de este buen poeta y mejor persona que fue Nicolás. Todos sentimos un gran pesar por la pérdida de un hombre con grandes valores humanos y poéticos, pero, en especial, aquellos a quienes distinguió con su amistad, entre los que me encontraba. Mi más sincero pésame a Ana Cano, su mujer, y a toda su familia. Descanse en paz. (Eugenio Arce Lérida"


(Lanza 15/01/17)
3

Ahora que tú, Nicolás del Hierro, eres un habitante del universo eterno
Por Natividad Cepeda

            Ahora que no  le escucharé al otro lado de la tecnología del teléfono al  poeta Nicolás del
Hierro, no me quedan palabras  para deciros lo que siento cuando la voz de un amigo se duerme en la niebla extensa de la muerte. Se ha marchado en enero, sábado 14 de 2017, cuando la luna es grande y redonda y los niños juegan con regalos de los Reyes de Oriente. Se ha ido buscando ese rumbo de estrellas y galaxias de improviso para mí, porque yo no quería tener que despedirlo.

 Él pasó por mi vida como pasa la luz por las rendijas de las sombras ocultas que bailan entre brumas.

Él tenía siempre para mí una llamada telefónica y el regalo de cada uno de sus libros que puntualmente me traía el cartero.

Él  era un señor de hermoso pelo rizado como si el mar y sus olas  lo estuvieran peinando cada día, y tenía, un mirar sonriente y a veces, escondía sus pesares entornando los ojos y haciéndolos pequeños para disimular lo que allá adentro del alma le dolía.

Él, era elegante, y hasta con un cierto aire de altivez comedida, para preservarse de tanta injusticia  que había conocido en su andar por el mundo.
Y al conversar con Él, a veces, en ocasiones, hablaba de anécdotas y vivencias transcurridas  a su alrededor y muy calladas, porque no todo se puede ir contando ni publicando en los libros.

Y sonreía al estrechar sus manos entre las mías, guardando entre sus labios una miejica de infancia y añoranza con la calma de los Hombres de mi tierra austera y soñadora.
Ahora  el ya conoce a quien no se debiera nombrar: al que se nombra buscando la verdad que anda aun entre pañales, a ese Dios que Él me pidiera que le rogara por él en mis oración; al que buscaba a pesar de sus dudas.

Ha dejado una herencia de poemas propicia al lector sencillo y, también para el exigente que lo busque y lo estudia junto con su   testimonio de ser valiente y constante al no dejar que el blanco del papel, se quedara sin su voz y su caligrafía a pesar del dolor y la impotencia.

Para cuando me llamen a emigrar de esta tierra, quisiera volver a verte a ti Nicolás; a ver en ese universo misterioso tu sonrisa de amor y de poeta. Y si es cierto que Dios no es una fábula, ni una idea, ni un invento milenario y sangriento…estoy segura que tú, Nicolás ya lo habrás conocido y por eso, ahora, soy yo quien te ruega, que pidas por todos los que te hemos querido.   


Enero te ha llamado cuando todavía las copas del brindis por el año nuevo, suenan entre las pestañas del recuerdo, yo admirado maestro, por ti, alzo mi copa de vino labrado por mi  hombre, con el que comparto vida y desengaños, y con él, y por ti, brindo porque otras generaciones en bibliotecas y librerías, abran cualquiera de tus libros  y descubran lo que fuiste y eres, poeta Nicolás del Hierro, por encima de la muerte.

(Blog de Natividad Cepeda 15/01/2017)

4

Retrato en blanco y negro de Nicolás del Hierro
Por Pedro A. González Moreno

Este que veis aquí, de frente amplia y de mirada limpia, se definió a sí mismo como un hombre triste, aunque reconocía que el último poema de cada uno de sus libros solía ser «un canto a la esperanza. Un hombre que, pese a su natural pesimismo y su actitud desolada, siempre llevaba entre sus manos unas migajas de ilusión para compartirlas. Yo voy del dolor y la tristeza a la esperanza –dejó escrito en uno de sus versos–, y en ese vaivén sentimental y anímico se reflejan no sólo las dos caras de su obra sino también las de su alma; pero se trata de una dualidad, nunca de una doblez, porque en su rostro y en su personalidad no cabían las máscaras.
      Su gesto austero y sus ojos, de una seriedad entre soñadora y melancólica, nos hablan de un talante sencillo, de una humildad profunda, de una ejemplar nobleza de carácter. Y esa austeridad vital es la misma que el poeta supo trasmitir al estilo sobrio de su escritura, construida siempre con palabras sencillas y dirigida también a las gentes sencillas. Sólo desde esa sabia humildad puede concebirse la vida como un continuo aprendizaje: porque es necesario aprender siempre –confesó–, y yo salgo a aprender a la vida.

      Su manera de estar, igual que su manera de ser o su manera de escribir, se fundamentaban siempre en la sinceridad y en la honradez. Por eso Nicolás del Hierro concebía la literatura no como un juego de intereses o como un teatro de oscuros afanes, sino como un escenario de verdades, como un espejo donde debe reflejarse lo más auténtico del ser humano. Esa es la razón por la que, según aseguraba, para escribir es necesario ante todo sentimiento. Y como consecuencia, en cada una de sus páginas, igual que en cada uno de sus gestos, se transparentaba un poco de su corazón.

      En ese antiguo retrato en blanco y negro, la expresión de su cara delata cierta timidez, como si los horrores del mundo le produjeran prevención o recelo, o como si temiera que el fogonazo del flash pudiese desnudar sus sentimientos más íntimos, esos que llevaba siempre tan a flor de piel. Pero semejante fragilidad es tan solo aparente, pues tras ella se oculta una naturaleza fuerte, que se forjó entre los verdes arrullos del Bullaque y las agrestes intemperies de los montes de su infancia, allá hacia el oeste, por donde La Mancha deja ya de ser llanura. Y tal vez por esa lejanía geográfica desde la que Piedrabuena contempla a La Mancha, Nicolás se mantuvo también alejado de los más socorridos tópicos manchegos; de ahí que, aunque volviera continuamente a sus orígenes, se considerase a sí mismo «un poeta que nace, ama y quiere a La Mancha, pero que no escribe a la usanza de los poetas manchegos.

      Sus labios parecen entreabrirse como si estuviesen a punto de pronunciar alguna palabra solidaria o como si fueran a lanzar un grito de protesta contra las numerosas injusticias del mundo. Esa boca, que ha decidido renunciar a las mordazas, parece susurrarnos que se trata de un hombre comprometido con la sociedad, que escribe poesía social si por ello se entiende escribir desde el compromiso humanitario con el desvalido, con el marginado, con el humilde. Mi poesía aseguró- está defendiendo al hombre, únicamente.

Nicolás del Hierro llevaba marcado en su piel el estigma de la soledad (y de ahí que titulara Toda la soledad es tuya a la primera de sus antologías). Una soledad que en el terreno literario es también sinónimo de independencia y libertad, y que según él explicó, se debe a que «no me metía en grupos o escuelas. Incluso en nuestra región iba por libre». Y añadía en este sentido, muy atinadamente, que «cualquier grupo político, cualquier grupo de economía o presión, te utiliza mientras puedes valerle».
Nicolás del Hierro, el poeta, el hombre. Un hombre de la calle que aprendió las palabras de la cal, de la vida, y que concibió siempre la poesía como diálogo con los demás (No escribo para mí sino para los otros). Una voz solidaria que nunca dejó de proclamar su más insobornable fe en el hombre y que creyó en un futuro más habitable y más humano.

      Un poeta que ha buscado siempre la luz de la expresión y que ha querido y soñado para sí, siempre limpia, la palabra poética, aunque su tinta haya acabado adquiriendo el color del más negro desencanto. Un poeta que ha ido dejando escrita durante más de medio siglo su larga caligrafía de soledades, y que en el poema Retrato se definía como un hombre que tenía el alma rota y que, como un árbol, crecía alimentado por la esperanza y el amor. Tal vez un loco, un iluso, según dice de sí mismo, pero también y por encima de todo, un ángel libre, / que consumió sus horas escribiendo/ sobre la perfección de los humanos.
ABC (16/01/17)

5

Nicolás del Hierro: Nota quisiera ser de cuanto sueño
Por Manuel López Azorín

      Nicolás del Hierro (Piedrabuena,Ciudad Real, 1934), poeta, escritor, guionista y crítico literario,  reside en Madrid desde los veinte años  y nos ofrece ahora su última entrega poética: Nota quisiera ser de cuanto sueño.  (Lastura ediciones, Ocaña, Toledo, 2016). A sus 82 años Nicolás  parece estar más creativo que nunca y no deja de sorprendernos  con nuevas entregas cada poco tiempo. Él suele decir que como ya va camino de “su todo”  tiene prisa, una prisa "poetico-existencial" en escribir y denunciarse: “Escribo y me denuncio, me condeno, / mi ordenador es el pecado / mi dolor el dominio de las formas / todo mi sentimiento queda escrito / en las querellas del enojo. (…) Y temo, dudo casi siempre” y escribe, escribe, escribe... porque sé  que después de haber escrito este poemario, ha escrito otro que también será de calidad, como todo lo que escribe. Nicolás  me habló de él como de ese niño guapo que todo padre ve en su hijo diciéndome: "es un defecto lírico-sanguíneo" y seguro, seguro, que es guapo.

          Nota quisiera ser de cuanto sueño comienza con un poema en cursiva  a modo de preludio y aun con la tercera persona como narradora de esta reflexión, nos encontramos  con un encubierto sujeto poético que nos ofrece una declaración íntima, confesional, de intenciones, y el deseo de hallar por fin, de modo general, el amor de la libertad y, de manera personal lo anterior y la luz que busca desde siempre en su palabra, en su verso. Nicolás siente que el paisaje, tanto personal como colectivo, esta “manchado y gris” “se diría que el cielo anubarrado / presagia tormenta”.

       Él es un hombre, un poeta, que  observa y que duda, un poeta que siempre, lo ha dicho muchas veces, es en su escritura algo trágico  porque está fundamentada en el pensamiento de lo perdido. “Observa, duda el hombre,/ pero aun así / su ánimo es camino, / es todo pensamiento.”

      Nicolás del Hierro cobija su memoria  en las temáticas Tierra, raíz, origen, infancia, por un lado y por otro, en la crítica social donde da testimonio de un mundo y de unos comportamientos del hombre que no le gustan,  “Otea el horizonte de la vida / y la actualidad no ofrece / sonrisas por la calle. Decepción / y desengaño son las prendas / que los diseñadores más astutos /  confeccionaron para el pueblo.”  en definitiva nos escribe de un pasado a veces duro y también de un presente inhóspito y es que el poeta y el hombre Nicolas del Hierro es amigo de la palabra amor y aunque le llamen iluso o "Quijote en granazón, por todo el universo", va dejando su grito, por si acaso, en esta calle de la página escrita. Y aunque a veces el desánimo le haga mella y se pregunte "¿De qué nos sirve un verso, / de qué vale un poema / frente a la roja singladura / de la fragua que funde los laureles / del humano valor entre los hombres? (...) ¿De qué nos vale un verso...?
Hay desaliento en su voz y tristeza por el hombre, pero también hay esperanza porque a pesar de todo Nicolás cree en el hombre, por ello va siempre asido a la esperanza.

        El poeta Francisco Caro en un artículo publicado en Lanza digital  dijo de él que: “La mirada poética y humana de Nicolás nació y ha crecido a la altura de los hombres, del dolor de los hombres, y de su dignidad.(…) Tiene por ello la misma querencia que los metales. Ama lo rojo porque la voz busca forja, porque busca la forma, la mano hacedora que la perfile y la someta.” En su manera de decir Nicolás del Hierro hace hermoso todo lo que toca, ya desde la nostalgia, ya desde la crítica social, ya desde la reflexión, nos ofrece siempre una poesía serena, suave, como de brisa (aunque a veces sea producto de tormentas) y es que Nicolás es un poeta comedido, sencillo... un hombre bueno que decía el maestro Machado.” El hombre, pueblo llano, / se vistió esta mañana con la humilde / camisa de la espera y la esperanza; / pero ahora, camino de su todo,/  cuando observa el contraste de las formas, / piensa que los expertos le mintieron, / y su esperanza ya no es verde”
Un poeta con la humildad de los que dudan, temen... y la grandeza de los que temen y dudan. Su poesía le nace siempre de dentro, del corazón, de las entrañas, de la necesidad de contar y cantar a la raíz y al hombre. La esperanza, y esa voz roja con todos los colores de un humanismo de concordia,  por más que   las sombras cerquen en ocasiones la vida, sigue habitando en Nicolás del  Hierro. “Por eso escribe su impresión, / vuelve a ser otra vez el que persigue / con la palabra su tesoro / y del amor la libertad: / sabe que en el poeta, y en su verso,/ está la luz que busca desde siempre.

         De modo que Nicolás del Hierro un hombre, un poeta, que nos dice que envidia sanamente “a quien desde las Aulas / en la Universidad, tuvieron, / tienen y hacen escala, son peldaño,/ para sus ilusiones más honestas” y que su caso fue distinto. “Yo bebí de  los libros la vida,/ surgí del trampolín de la existencia. / Estoy acostumbrado a ser el todo / de la nada más pura, ser el hombre / que prende su cordura ante la historia” 

         Un poeta que nos dice, con la nobleza  y la modestia que siempre ha llevado consigo, que  él ha tenido que hacerse a sí mismo, se merece un gran respeto y admiración por ello y también merece que le recordemos que Leopoldo de Luis o José Hierro (entre otros), grandísimos poetas, también se hicieron a sí mismos o dicho con palabras de Nicolás:“(Ellos también bebieron) de los libros de la vida”. Dos hombres dos poetas como tú Nicolás del Hierro, hombre solidario en tu verso que “A veces / quisiera(s) ser muralla de presidio/ y encadenar  el viento más inmundo”, sí el viento de los hipócritas, el viento de los que manejas las guerras a su interés, el viento de los que impiden el paso a los refugiados, el viento de los dueños del “poderoso caballero” quevediano, el viento, en fin, de ese darle la espalda a lo que no se quiere ver.   

        No, Nicolás, con su ritmo afable, sereno, comedido, de endecasílabos que se alternan con heptasílabos ya en verso blanco ya en estrofa más clásica, plenos todos de armoniosa cadencia  nos dice “No, yo no quiero entrar en los destinos / que me oculten los sueños” y es que Nicolás lo que quisiera es: “Nota querría ser de cuanto sueñ(a)”  y también: “encontrar algún amigo / con quien participar de su palabra” y de este modo caminar , vivir,  sentir, amar, escribir que: “(Su) parcela mayor está en la vida,”Debo decirte, Nicolás, que amigos tienes  y lectores también.                                                         
                                                             
  (Blog de Manuel López Azorín)

  
6

La luz que habitó a Nicolás del Hierro
Por Julio Bayo

      Se apagó la voz, pero no su palabra. Quién no conoce en esta provincia a Nicolás del
Nicolás fue un poeta generoso que no sabía decir un no a una colaboración, a que sus versos estuvieran en una publicación, en un acto, en cualquier recital, con los que dulcificar la vida.
Hierro. Sus ojos cargados de inocencia y melancolía, la sencillez y cercanía fueron algunas de las características que inundaron al hombre, al creador.

A los pies de la Puerta del Sol, en la madrileña Casa de Castilla-La Mancha, acogió a escritores, poetas y gentes que sentían la necesidad de sacralizar cualquier punto de vista de nuestra tierra en la capital del Reino. Como un embajador abrió de par en par este espacio de la calle Paz, en los que muchos y muchas reivindicaron la verdad y la realidad de un prisma más universal de La Mancha, mucho más allá de lo cervantino y quijotesco.

La luz que habitó en Nicolás nos ha iluminado durante tantos años. Y ahora que no está reconocemos su grandeza, desde la humildad encajó como un artesano palabra a palabra, verso a verso, poema tras poema hasta edificar una obra sincera, limpia y honesta nacida desde la ensoñación, pero también hecha a pie de tierra.
Buscó el triunfo en la paz, la misma que siempre ofreció y regaló a cuántos se cruzaron en alguna de sus etapas vitales, y dejó como póstumo encargo que su sangre sirviera de riego comprensivo hacia la sensatez y el amor.

Su palabra sin ambages debe ayudarnos a que nos alejemos de miserias y venganzas, en una difícil misión en los tiempos que vivimos, en lo que se sobrevalora lo inmediato a lo sereno y meditado. Nicolás en las horas doradas de la tarde buscaba la “luz para su humilde consecuencia”, un rayo por mínimo que fuera que le diera un anhelo de esperanza, aunque era consciente y realista que a estas alturas del poema era difícil lograr los reflejos que ansiaba.

 (Lanza digital 21/01/017)

7

Réquiem por Nicolás del Hierro
Por Jorge de Arco
 
      Escribo estas líneas, apenas unas horas después de saber de la muerte de Nicolás del Hierro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1934). Hace tan sólo una semana, recibí su último poemario, “Nota quisiera ser de cuanto sueño” (Lastura. Colección Alcalima. Madrid) y, con él,  había vuelto a disfrutar de su verso cálido y cadencioso. Ahora, que lo releo, que me abrigo con su palabra ensimismada y solidaria, me cuesta creer que se nos ha ido un hombre generoso y cómplice, un poeta de mirada certera y verbo iluminado.

En 2014, vio la luz “El color de la tinta”. Poesía 1962 – 2012”, un volumen que celebraba sus cincuenta años al pie de la lírica y que recogía una jugosa muestra de sus treinta poemarios editados. Repasando, de nuevo, aquel volumen, he vuelto a comprobar la vital dicotomía que signaba su quehacer: espacio y tiempo, expuestos como testimonio fehaciente de su pasión poética, de su domino métrico, del equilibrio emocionado que desborda el alma lectora.
En el cántico de Nicolás del Hierro, el verbo se torna sensible y renovador, y fluye límpido por las venas, porque llega impregnado de sensualidad, de sentimentalidad, de humano vitalismo. Con estas premisas, nace y crece -también- este nuevo libro postrero, que se afianza en el peso de la verdad, en la hoguera de la finitud y del amor: “Solo soy lo que soy./ Sólo y únicamente/ la integridad del verso/ donde plasmo mis más crudos temores,/ representa la esencia de mi yo./ A nadie puedo darle/ el ansia que me anima y me devora,/ la lucha que derrota mis sentidos / ni el clamor de la sangre/ que alimenta mis sueños”. Como en anteriores entregas, la realidad de su verso se posa, una vez más, en los sentidos, en los anhelos, en los misterios, en los nombres y en las huellas que reclaman luz y certidumbre: “Estoy seguro/ de no vencer en esta meta:/ pero soñar es la esperanza/ de que el milagro se produzca”. Su poesía, íntima y sugeridora, está impregnada también de meditación, de esencialidad, de dicha y desamparo, y su discurso se ilumina mediante un ardoroso ímpetu que remite a la nostalgia, a la esperanza, al silencio, al adiós…: “Puede que, cualquier día,/ amanezcamos en las sombras,/ envueltos entre sombras,/ como si todo fuera nada”.
    
Dividido en dos partes, el libro se inicia con un confesional preludio, que bajo el título de “Manchado y gris”, resulta explícito en cuanto a sus intenciones: “Otea el horizonte la vida,/ y la actualidad no ofrece/ sonrisas por la calle (…) El hombre, pueblo llano,/ se vistió esta mañana con la humilde/ camisa de la espera y la esperanza”:Como coda, “Mi parcela mayor”, un soneto final, que apuntala la inquietud del yo lírico: “Una duda me atrapa, se hace centro/ de la eterna parcela en su cultivo:/ el Más Allá, que intacto me sucede”.

Muy solos nos dejas, amigo Nicolás, a pesar de estos soles de enero que quieren alumbrar tu despedida. Te nos vas, poeta, y cuesta decirle adiós a tu grandeza humana. Queden latiendo, para siempre, tus versos.

(Andalucía digital 23/01/17)
8

El silencio
Por Valentín Martín


   ...y de nuevo el silencio, un silencio como las cartas a Berta, aquellas cartas de la nostalgia cincuenta y cinco años atrás, cuando la vida, un silencio cargado de espesura como la sangre coagulada, como la bala en una femoral cualquiera, como cuando se apaga la luz y no queda ni un alucón, allá arriba estaba Nicolás sucediéndose a sí mismo, Nicolás joven, Nicolás con amigos, Nicolás sin evitar la luz de su capa de viaje a través de sus libros, Nicolás que se movía y miraba o estaba quieto dejándose mirar, Nicolás que pronunciaba adiós como quien saluda y te pregunta cómo va lo tuyo mientras él habla a su madre en la voz de Enrique y dice que padre volvió del miedo, Nicolás bueno y rotundo, Nicolás para nosotros, lo que queda de Nicolás, o sea nada mineral o casi nada pero que en ese instante de la atardecida se parece tanto a la eternidad, Nicolás que no estaba allí porque había vuelto a casa para quedarse, quiero decir a la casa donde el cariño familiar tuvo su sitio, el primero de todos, el del viento de sus sueños de niño huérfano de madre que es como decir huérfano de casi de todo, Nicolás que tantas veces se preguntó cómo sería el tiempo bajo la tierra ataviado de orfandad, Nicolás que se celebra memoria para Ana en la palabra de Pedro Antonio, Nicolás dejándose mirar donde estuvieron las fieras, allá donde la armadura de un rey se inventó para alejarse y ahora mismo es el corazón de la ciudad, Paco y Lidia le llaman, no dejan de llamarle por si un día cualquiera que bien pudiera ser este vuelve a vestirse de plenitud aunque sea invierno y está, está más quiero decir porque aparte del Nicolás de la pantalla, el de granito literario que derriba cualquier frontera carnal entre él y nosotros, está en cada uno de nuestros vacíos, ha vencido a las águilas más allá de las viejas carpetas que se convirtieron en libros, el silencio no se vende ni en la voz de Alfonso o Rafael o Isabel o Davina o Carmen, el silencio se acompaña con el rumoroso piano de Pablo que a veces grita o con la armonía universal de Ana Bella que nos recuerdan que declina la noche pero queda la obligación de recoger guijarros para el recuerdo y sobre todo para los despertares que empiezan mañana mismo, otra vez el silencio, se nos llena el mundo de silencios de tribu, por qué la ausencia no se queda un tiempo inmóvil, porque está siempre sumando o amenazando, porque se arrastra por el torrente de los amigos si no tiene invitación ni para el sueño ni para la vigilia, no hay insecticidas que envenenen la ausencia y nos deje respirar en paz trece veces por minuto, deberíamos declararle la guerra a la ausencia como nos oponemos a la nada, a esa nada de Nicolás que debemos conformarnos con su pluralidad en Carlos o Niko, quisiera a veces no ser nadie dijo Nicolás antes de irse, estaba Nicolás pidiendo una tregua, quizás el sagrario de unos días aunque sean de lluvia y neblina, las tardes de sol no se le conceden a cualquiera, pero al dejar de ser huracán, un viento chiquito y domesticado, se marchó al silencio antes de irse, se ausentó por su cuenta y una mañana nos despertamos y ya no estaba, estaba el silencio, otra vez el silencio…
                                                                                                                               
                                                                                                                              (Facebook  26/01/17)
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Nicolás del Hierro
Por Pilar Serrano de Menchén


          
  El frío de Enero ha tejido la nieve en nuestros campos y en los corazones, porque nos ha traído la irreparable pérdida del poeta y amigo del corazón, Nicolás del Hierro; un hombre bueno y generoso que ha señalado su camino con letras de cercanía y lirismo. Piedrabuenero de nacimiento y devoción, siempre tuvo un carisma singular en su periplo existencial, y también como manchego de Ciudad Real en Madrid; la capital de todo. Los recuerdos, ya siempre luz suya en mi memoria, abrazan el humanismo con el compromiso social.

Quiero recordar que una de las últimas veces que estuve con él fue con motivo del emotivo homenaje que la “Asociación Amigos de Piedrabuena” le rindió en mayo de 2015. En este caso, como en tantos otros, además de la emoción que tuvo y trasmitió Nicolás, toda su familia y amigos, por ver señalar su casa, lugar donde nació, con una placa, dicho día compartí con Nicolás y con su esposa, la pintora Ana Cano, más  hijos y nietos, el compromiso con la palabra y con los desfavorecidos, unido a la reivindicación de lo manchego.

De antiguo venía nuestra amistad; pues conocí a Nicolás del Hierro en 1968, casi niña, en la Argamasilla del Alba, con motivo de un Certamen Literario organizado por y para la fiesta de San Isidro Labrador; concurso donde Nicolás recibió el primer premio. Después la poesía nos uniría a través de sucesivos encuentros y compromisos literario. 

Ahora, su último poemario, “Nota quisiera ser de cuanto sueño”, será epílogo, sin su presencia física, de una esforzada, generosa y bien trabajada trayectoria poética. El anuncio de la presentación de éste último libro (estaba previsto para finales de enero) me lo hizo el propio autor en un e-mail que me envió con motivo de las fiestas navideñas, en el que también me avisaba que se encontraba con el “candilillo muy apagado” por los sucesivos tratamientos que para su enfermedad le estaban poniendo.

No fue fácil la vida de Nicolás del Hierro; ya que perdió siendo niño a su madre y, posteriormente, muy joven también, a su padre. Recuerdo que con motivo de unas letras que le dediqué en LANZA, charlamos durante horas sobre el motivo de escribir una novela suya, biográfica, titulada: “El oscuro mundo de una nuez”. Relato, publicado después de dos décadas en el que fuera escrito, por la Editorial Llanura, 2004, con motivo de haber sido  galardonado con el Premio de la Crítica de Castilla-La Mancha. En tan hermoso texto, Nicolás vierte toda la tristeza y amargura que vivió en su niñez y juventud; una sensación de soledad y abatimiento que lo marcaría para siempre.

Dicha nostalgia tomó cuerpo en la literatura por medio de los quince libros de poesía, cuatro de narrativa y uno de ensayo, publicados por el poeta de Piedrabuena en sus cincuenta y cinco años dedicados a la palabra. Dedicación metódica e ilusionante, como bien dice en el poema titulado: “Si lloviera”: “Hasta la boca, hasta los mismos labios,/ vertiéndose, derramándose/ como una nube”. 

Este compromiso con la palabra, bien lo supo expresar otro poeta insigne, natural también de Piedrabuena, Francisco Caro, cuando, emocionadamente las leyó el día  que fue enterrado nuestro común amigo. Caro dijo que el Nicolás del Hierro tuvo en la palabra el acercamiento a los hombres a través de la literatura, utilizada como instrumento de concordia: ”como fe futura –dijo Caro- la palabra como herramienta, con la que intentó laborar los quiñones del entendimiento humano”.

Imposible, pues, sustraerse a la tristeza que me embarga por la pérdida de tan notable poeta y amigo. Valgan pues mis palabras, si es posible, para ayudar a elevar el honor poético de Nicolás como creador; sumando mi cariño y amistad por haber tenido la suerte de conocerlo: compañero de las aventuras aventuradas, idealistas y soñadoras, en una sociedad tan prosaica y poco proclive a escuchar a los poetas.

Seguido, anoto unos versos de Nicolás para que nos acompañen y sirvan de homenaje a su poesía: “No en vano vivo la armonía/ que la palabra otorga a quien/ a su balcón se asoma/ y libre, alado y libre, la disfruta”.   

(Lanza 24701/2017)
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Consideraciones ante la muerte del poeta manchego Nicolás del Hierro
Por Valentín Arteaga
Puedo ya recitar una amable y piadosa letanía con los nombres y apellidos de numerosos poetas amigos que se han ido de entre nosotros en busca de otros cielos y otras tierras nuevos: Juan Torres Grueso, Ángel López Martínez, Eladio Caballero, Sagrario Torres, José González Lara, Antonio Fernández Molina, Ángel Crespo, Félix Grande, Julián Creis ... Dios los bendiga. Pienso que a los poetas les dejarán entrar en las regiones de la vida por el camino real y en la ciudad de la claridad por la puerta grande y les harán mucha fiesta al recibirlos allá, porque en los sitios de los hombres los poetas cruzaron los campos distribuyendo acá y allá, muy anónimamente y con profunda generosidad, palabras encendidas para ayudar a ver a la gente.
Siento una singular conmoción cada vez que me llega la noticia de la muerte de un poeta. Sobre todo si se trata de alguno de ellos con los que tuve ocasión de compartir ilusiones y aventuras. Aunque nos quedan sus palabras. Las palabras en las que los amaneceres y el corazón habitan nunca mueren.
Morir, lo muy bien, no es una irreparable pérdida, sino la hora, gozosa, de la cosecha. Releamos el estremecido y hermosísimo poema de Eugení Evtushenko: "Cuando una persona muere, Dios acaba de amasar su existencia para la eternidad . Y en las manos de Dios que nos amasa una carne y un alma para la eternidad, no se pierde ni una lágrima, ni un esfuerzo, ni una ilusión, ni un sufrimiento, ni un instante de la vida. Con nosotros entra en la eternidad la primera nevada, el primer atardecer que nos ennoble9ió, la primera música que nos hizo vibrar, el primer amor de la juventud, nuestro padre que tanto nos quería, los recuerdos mejores de nuestra vida .. ."".
Fue Natividad Cepeda, recordada y estimada poeta de Tomelloso, quien me dio la noticia de la reciente muerte de Nicolás del Hierro, un extraordinario escritor manchego a quien, como a los demás poetas de nuestra tierra mencionados más arriba, mi corazón tanto quería. En la madrugada del pasado día 12 de enero, horas antes había terminado de escribir algunos versos, el buen Dios de la vida, el Dios de los poetas, al cabo y al fin siempre cada uno de ellos particularmente inocente, quiso llevarse consigo a Nicolás de1 Hierro, seguro que la muerte, en los últimos años cada vez más barruntada, acechante y apremiante, ha sido para el bueno de Nicolás lo mismo que el agua de aquellos inspirados versos suyos: Si lloviera... el agua. El agua es lo que importa. Una tormenta fuerte, grande, que se llevara este sabor a polvo, esta tribulación que sale, sin merecerlo, a veces por la boca. Fue su poesía la propia de un "niño de la guerra" (Piedrabuena, 1934). Como Eladio, como Félix, como muchos otras, entre ellos, sus buenos amigos José y Ángel López Martínez, que se fueron echando, con esperanza, al camino, en busca del prójimo para ver si podían ofrecerle dignidad y cobijo. Ignoro -escribió- el tiempo que me queda, pero la clara lupa con que observo todos y cada uno de los días me descubre el valor de la palabra, fuerza me da y aromas me concede desde el rojo matiz de la amapola que, entre el alto ramaje de los trigos, motea el horizonte en su futuro.
Anota con mucha razón su crítico y antólogo José María González Ortega que la poesía de Del Hierro "quiere salvar ríos y verbos, pájaros increíbles y el alma de las cosas". "Nos pusieron -recalca el mismo Nicolás- descalzos en la tierra, y quemaba, quemaba como suele quemarnos el dolor. Así pues , lleno de quemaduras, se fue agarrando el poeta a las palabras como a un clavo ardiendo.
Anhelaba un mundo más fraternal, más de todos. La poesía de Nicolás era una poesía entrañada, que le salía de los adentros como a regañadientes y a manotazos denunciando con ternura injusticias, pobrezas, llantos y orfandades. Nos ha dejado libros que son el testimonio de un vigía, o mejor aún, de un centinela de la aurora que escruta, esperanzado, las resquebrajaduras de la noche. Libros como Profecías de la guerra, Cobijo de la memoria, Lejana presencia, Lectura de la niebla y Esta luz que me habita.

Concluyo estas notas de acción de gracias por la vida y la obra del admirado amigo Nicolás del Hierro, contando una anécdota muy cordial De regreso a España de mis años en el extranjero, tuvo Nicolás el cariñoso detalle de hacerme una entrevista para la revista de la Casa Regional en Madrid de Castilla-La Mancha. Tomen nota acerca de mo se distribuye dicha publicación. Me lo hizo saber Antonia Cortés, deliciosa ·poeta de Ciudad Real. Se la encontró en un banco en la estación de Metro de Sol mientras esperaba la .llegada del próximo tren. Se lo conté a Nicolás del Hierro unos días antes de su fallecimiento. Le encantó. Ah, a propósito de las consideraciones Presentes remito al lector a mi colaboración del presente número (Pg. 2). Gracias.
(El Común de La Mancha)
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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

Por Alfredo Villaverde Gil

Cuando alguien querido se va parece que no encontramos las palabras justas para expresar lo que significa su pérdida, como si ese vacío que nos deja atenazase nuestro corazón y extendiera un blanco lienzo de luto en nuestro cerebro. Entonces, es desde el silencio donde comienza a fluir ese río de vida compartida, de miradas convergentes desde lo universal a lo íntimo, y de sueños e ilusiones que alguna vez pudieron hacerse realidad o siguieron abrigando nuestros pechos de fuerza para sobrevivir.
Desde el silencio, viene la presencia de Nicolás del Hierro (1934-2017) a estar conmigo. No hace falta que hablemos, nos miramos y compartimos lo que nos unió tantas veces, tantos años. Viene desde los adarves de Piedrabuena con su paso ágil y su verbo poético que nombra cosas y sucesos desde un espíritu afanoso de justicia, de solidaridad y de igualdad pero lleno de humildad y ternura porque los poetas debemos beber siempre del agua trasparente del conocimiento y del amor. ¡Ay, amigo mío! En esa Arcadia de los inmortales en la que ahora moras, porque nosotros haremos que permanezcas siempre vivo, oigo tus pasos por la ribera del Bullaque y en cada onda del agua cantarina leo un verso que dibujas con tus dedos de luz.
Eres un hombre hermoso. Tu cabeza leonina, tus manos apresuradas en el quehacer, tu voz aterciopelada y cantarina que a veces se torna en vendaval de indignada razón ante el sufrimiento y la iniquidad de los hombres, tu corazón que zurea como ese palomo que celebra el amor, todo tú oteando horizontes, pateando las sendas de la vida con el fervor del que asume el trabajo, la familia, los éxitos y las decepciones con la fortaleza del hierro forjado a golpes de esfuerzo, superación y responsabilidad.
Me gustan tantas cosas de ti. Aquel niño de la guerra que jugaba entre las ruinas del castillo de Miraflores o soñaba con mares lejanos al mirar la laguna de Lucianejo y el volcán de la Arzallosa . O el adolescente que aprendía oficios mientras descubría entre chopos y álamos cual era el camino más corto para llegar a Madrid. Fuiste ganando a pulso tu prestigio profesional, siempre atento y capaz entre salones y personalidades del Hotel Palace, allí donde se entretejió tantas veces la historia de España que te tuvo por testigo privilegiado de sus avatares. Pero sobre todo, fueron los dardos de Eros los que atravesaron tu corazón con el ritmo y la medida del verso, la síntesis de la palabra para construir una realidad propia y única que sobrevuela y magnifica siempre la de los demás. Te hiciste poeta. Y como poeta nos enseñaste a apreciar a nuestros semejantes desde tu propio amor, a alzar la voz en defensa de la justicia desde tu propia equidad, a interrogarnos sobre nuestra condición desde tu propio existir. Esa es tu grandeza. El parto de tus versos salía desde lo más hondo de las creencias y las emociones, desde lo más auténtico que uno puede alumbrar y decir para animarnos a lograr un mundo más humano donde los valores de la honestidad, el respeto y la democracia triunfen sobre la corrupción, la infamia y la banal tiranía de lo superfluo.
Tantos años de estar juntos. Juntos creímos que hacer una Asociación de Escritores era un gesto para divulgar nuestra cultura común y poner en valor la grandeza de nuestros literatos desde el Arcipreste de Hita a Cervantes, desde Fernando de Rojas a Antonio Buero Vallejo. Era una empresa romántica como tantas otras que se nos ocurrían al abrigo de una tertulia o de un viaje por las tierras bien amadas de la Mancha o de la Alcarria mientras nos crecían versos como enredaderas de amistad y comunión de afectos y de gestos hacia lo nuestro, lo universal desde lo autóctono.
Desde el silencio oigo también lejanas músicas que repiten tu nombre, traspasan los océanos y llegan hasta nosotros como el eco de una canción al poeta querido. Y hasta los mariachis con sus guitarrones deshojan los sones de una ranchera a la que puse letra un día: Porque sé que estás aquí/ que estás adentro/ y tus versos viven siempre en mí/ olvidarte no contemplo/.
Nosotros gustamos siempre mucho de leer poemas uno del otro. Déjame que hoy recuerde uno tuyo de los que me llegan al corazón.
Tras despojarme de rigores,
sólo en mi soledad, compruebo
cómo mi espíritu navega
por los planetas todos; cómo
desde la antena de mi entraña
contactar puedo y conversar
con las deidades que crearon
en otro tiempo las galaxias.
 Puedo viajar, sin conexiones
de cibernéticas culturas,
por los satélites abstractos
y recrearme en su grandeza
como quien goza del paisaje.
 No en vano vivo la armonía
que la palabra otorga a quien
a su balcón se asoma, y libre,
alado y libre,
la disfruta.


    (En Entreletras, digital)

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