Por Elvira, libremente conjurados




Palabras para la presentación de 
Poesía completa de Elvira Daudet
Libertad 8. 21 nov. 2016


Amiga Elvira

La vida, que suele mostrarse lineal y huye como caballo en furia, a veces se apiada de nosotros, refrena su pánico y nos regresa al lugar donde en algún momento fuimos felices. Se vuelve compasiva la vida, el tiempo. Hoy es día. Sería enero de 2010 cuando con motivo de la inauguración del ciclo Hazversidades poéticas con la lectura de nuestro Enrique Gracia, compartí formica y cerveza contigo. No nos reconocimos porque no nos conocíamos. Y confieso que no dejamos de conversar en cada uno de los momentos posibles. Que fuimos flecha y diana. No sabía nada de ti, de tu escritura. Pero si advertí tu zozobra cuando un tal Jaime Alejandre, zascandil ya entonces (al que tampoco) pero que hacía cabeza en aquel maremágnum, se acercó y te dijo: Dentro de un mes te toca a ti, ya sabes. ¿Y qué voy  hacer yo –respondiste– tras esta enormidad de Enrique?  Mas sucedió que subiste aquí y que dijiste. Con la pena de que yo no me hallase, y lo perdiese. Estaba en Lérida, lugar de mis secuestros consentidos. Pero hasta allí llegó la detonación, hasta allí las ondas expansivas de cuanto estalla, hasta allí las esquirlas de lo que fue resplandor.
  
Hazversa Elvira

Foto MCBarri
Herido por el impacto, indagué la causa por la que aquella mujer, frágil de cuerpo que me pareciste, guardaba tal cantidad de dinamita en su interior, sin que nadie sospechara. ¡Cómo es posible que hubieras burlado todos los controles de mediocridad establecidos por el runrún cotidiano! ¿De dónde aquella Rosario dinamitera entre las líneas tan pobladas de los que no se atreven, de los que no nos atrevemos? Tu mano-estrella, tu voz-estrella reventando las líneas de los formales, de los enjutos, de los del silencio, de los claros o pulidos, de los de la paradoja… tu voz detonadora, la que rompe el aire de lo convenido. Tu voz que es llama, y llama sin pretender, pues los sabios enseñan sin actos voluntarios. Y te acude el sol, y reconoce como suya la emoción en la luz, y la propaga. Tu voz inquieta. Sin más cuenta y razón que la verdad escrita en su justicia. Pólvora en tinta, pólvora encinta, que fue, que va, desde tu boca, desde tu mano-corazón hasta los milicianos corazones que nosotros éramos. No fue en el Guadarrama, ya no era el tiempo, sino aquí, en este Libertad 8 que convirtió en trinchera y gloria  para ti el capitán Alejandre.

Poeta Elvira

Me dijeron de ti. Es poeta, fue periodista en otras vidas, y escribió, cuando pudo, novelas. Conquense de origen, de rocas entre pinos, y de aguas esmeralda. Hija de libertarios en pie, hija de una época en desafío. Mujer, mujer entre mujeres. Mujer con M enorme, mayúscula de hierro y forja. Y atenta siempre a sus alrededores. Fuerte y sensible. Como un cristal que pueda quebrarse. Sin desmayo sus ojos, ni aún en días grises, sin desmayo tampoco su voluntad en el combate por lo justo, aunque la victoria tarde, aunque la victoria tarde. Su obra, me dijeron de ti, tuvo un álgido momento cuando en León, 1971, premiaron su segundo libro con el González de Lama, era tiempo en que los premios eran todavía premios y no esta inflación con que nos atropellan. Cuando los premios eran dictums y los firmaban Dámaso Alonso, Luis Rosales, Alarcos LLorach, Antonio Gamoneda… Lo titulaste Crónicas de una tristeza, de una tristeza que ya hincaba su arado en los sedientos campos del desconsuelo, reja clavada en una herida que aún no ha dejado de vomitar ásperas hierbas. ¿Y tú? Tú te supiste poeta. Te sentiste poeta.   Me llamo Soledad -dijiste- y estoy soltera, quiero decir que voy sola al abogado, al médico, y consumo mi vida….

Niña Elvira

Apenas una década antes habías llegado a Madrid. Culpable de sueños, ahíta de los gozos que el escribir procura. Tan deseante como deseada. Exploradora de junglas, de la senda periodística y poética de aquel Madrid todavía irredento. El que se reflejaba, temeroso o rebelde, ante el cristal pecera del Gijón o subía de dos en dos los escalones del Ateneo. Allí estaba la gloria futura de los migrantes mesetarios, de los andaluces, de los litorales, de las gentes de lluvia, de sal o de centeno. Y tú eras todavía porcelana ajena.  Tanagra. Y escribías a Dios, entonces se escribía mucho a Dios, ¡ay de aquel existencialismo de escayola! Y tú dejaste sobre la mesa El primer mensaje. Entre tanto contagio de fiebres falsas. Falsas por sólo literarias. Pero tú no, tu primer verso: Estoy pariendo el mundo… era, sin tú saber, tu salvoconducto. Ahí estaba la semilla. El tacto no curado de tu madre, de ser madre. Mujer y madre. No había sino que esperar el dolor y el placer abierto de la tierra para que germinara, para que tus poemas se levantasen con el poder tranquilo, con la belleza altiva  con que se yerguen los árboles contra los vientos, contra sequías y nevadas. Sé que recuerdas aquellos años, sus tanteos, sus tonteos, Alguna vez me hablaste de Eladio Cabañero. Ay Eladio, tan tímido, tan tierra. Otro de pana y sangre, que escribía.

Romana Elvira

Lejos ya del París de lumbres -retador y bohemio, cofre de tu exaltación- del que has dejado rastro en alguno de tus poema, -de vigilia en París y estricto ayuno/ me doctoré en la ciencia de la vida, dijiste-. Pasados ya lo días del esplendor en las rosas, y la declinación de su perfume, arrumbado el ambiente y el sombrero con que el que te cantara Antonio Hernández, el de Arcos, vinieron hasta ti los años del fulgor en el trabajo, en el yunque diario de lo periodístico, en el fuego y el crisol; en la fábrica, dicen, donde se aprende a escribir y a beber mientras se brega. En donde la conciencia de la verdad se abraza a la mentira, y se amalgaman. Años de vértigo. Tal vez conociera yo, conociéramos muchos de tu voz, a tu través, y en aquella primavera de 1978, la muerte de Aldo Moro, que tanto impresionó a nuestra generación. Nuestra generación, recuerda, aquella que en la que Gillo Pontecorvo, con su Batalla de Argel, prendió en la muchachada de ilusiones el territorio de lo violento como frontera. Los años del plomo que tú contaste en primera fila. Desconozco cómo saliste de aquellos años, de Roma, viajera como frágil mercancía preguntando a las sombras. Si volviste indemne, quiero decir sin añadir más gotas de vinagre al que ya soportabas. 

Foto Carmen Jiménez
Hondura Elvira

No es que quiera decirte lo que sabes,  sino decirnos lo que de ti sabemos, lo que trasluce tu persona, tus cantos, los motivos. Y sabemos que después de los años del esfuerzo y la esperanza, llegaron años leguleyos. Que la vida que te probaron, que te aprobaron, nunca fue de tu talla. Sé, sabemos, que por debajo de todo, como oficio caudal y subterráneo, permanecía intacta tu visión desgarrada de tu tiempo, de tu España, de ti misma. El aliento que derramaste en El don desapacible, no es otro que el de la vida a la que el destino nos fuerza. Fue, dijiste, el más ambicioso de tus proyectos. 23 años después de que hubieras declarado tu tristeza. Era 1994. Cuando tu vida doblaba su esquina. Ya sin padre y sin madre, refugios cerrados, fuentes que fueron de dignidad y ternura. Y tu alimento. Acudieron contigo los mejores pintores, grabadores, los amigos sobrevivientes. Y todo pasó desapercibido. El mundillo, salvo Ramón Irigoyen, estaba en otras cosas. Y se trataba de tu vida. y se trataba que ya no eras capaz de contener la dosis de amargura que los dioses te habían destinado. Y que la copa se derramaba. Así decías, hablando de ti: Y no hay en ella nada que le recuerde/ a la muchacha intacta que iba al amor/ desafiante y plena de amapolas Y nosotros, los de ahora, todavía no estábamos.

Salina Elvira

La vida es una víbora que sólo el mar puede vencer. Por ello, la sal que agostó el verdor de tus ansias necesitaba a la sal que vivifica. Y hay una mujer mirando al mar, hablando al mar de los veranos, ofreciéndole sus ánforas de hospitales y lágrimas. Y eres tú. Y eras tú sorprendida de ti. Y eres tú frente a un agua de auxilios que te reconciliaba con el sosiego. No fue desamor, eso siempre lo supiste, sino la imposibilidad de quererle como tú te merecías. Y él no. Allí frente al mar lo escribes, Terrenal y salina, dejas sobre el Mediterráneo indescifrable las coordenadas del pecio. Queda de aquel naufragio un cuerpo avisado de derrotas, pero sabio en palabras, en afectos, recio de identidad. Agoniza el milenio, lo dicta con rigor el almanaque, 1999. La fiesta ha terminado. Y ya no hay tregua. Es tiempo de recuento y diagnósticos, de recoger conchas, pedazos de alegría, para que no se pierdan ocultas en la arena. Oh, Dios, -dijiste-, que no me falte el don del mar. Sin duda porque hallaste sanación y salvación en sus espumas, en su rugir de amante fiel, en su impaciente aleluya. Sin duda porque entre el mar y tú se fraguó el gesto de los instantes mágicos. Y retornabas a los estíos, y retornabas… Dijiste: Yo era de tierra firme/ hasta que vi la mar. Su alegría de luz, por mis grises inviernos/  su grandeza de Dios/ por mis andrajos./ Yo era de un dios oscuro/ hasta que vi la mar.

Delirio Elvira

Con delirio te encontramos un febrero de 2010 los que aquí estamos, estos tus tardíos hijos, y hermanos tuyos, devotos de tus rotos bulevares, amigos de tus ojos. Con cuatro libros publicados y errantes que a nosotros nos eran desconocidos. Excepto para Jaime, para Stella Petrone, y algunos más. Escasos. Y desde entonces vives, vivimos, otra realidad. Nunca se había escuchado algo tan verdad, nunca se había nombrado con tanta claridad a la puta vida por su puto y preciso nombre, esa zorra vieja de la esquiva zanahoria y de los palos ciertos. Y hablaste de ti y tu dolor no acabado, y hablaste de cuerpos equívocos de sueños, y hablaste de la enorme longitud que mide el desengaño. Y pusiste  el tuétano en la raíz del verbo, haciéndolo carne golpeada, pero carne enhiesta. Aquel librito de Hazversidades, que tantos conservan, y que luego gracias a Evohé se convertiría en el impacto de Cuaderno del delirio. No fue el desamor, bien lo sabe quien sigue amando y allí lo dice, aún después de la catástrofe. Pero todos sabemos, desde entonces, el dolor de látigo que pueden albergar unos zapatos vacíos.  Me mantenía en pie, dijiste, la inercia del trabajo y litros de café.

Carnal Elvira

Foto MCBarri
Fue a ti, a la mujer que sospecha de los acabamientos, la que tras el cristal de su ventana mira el momento en el que el sol se hunde tras los carabancheles, y duda del calor que ha quedado en los muebles de su casa, fue a ti, digo, a la que dijeron los bienintencionados: La poesía es luz, deslumbramiento abandona las sombras. Aquellos cercanos a los que dolían tus versos porque sabían la fuente de donde manaban, y aún no entendían que la belleza no nos busca para ser mantel que cubre, sino para ofrecernos sobre él, para mostrarnos. Y tú dijiste: También entre la nieve florecen los almendros. Y no, tú no podías, nunca pudiste, cerrar los ojos que te miran el vientre, que recuerdan sus frutos malogrados. Tan sólo escribo para seguir viviendo, dijiste. Escribiendo en ese punto exacto de densas claridades que supone Laberinto carnal. Altavoz de denuncias. ¡Que más da que lo sean sin esperanzas! Lo inhumano es tener la conciencia tranquila. Y tú no. Tan mujer como eres, tan plena de insatisfacciones como eres. Tan dueña de tu pasión escéptica. Yo soñaba otra cosa y lo que alcanzo/ a la cintura no me llega/ ¡Ay, si el amor fuera un sueño que tuve!/ Condenadme a la muerte que queráis,/ que por soñar me las merezco todas.  Dijiste

Elvira siempre
   
Hoy, 21 de noviembre,  nos vienes entera, amiga, niña, carnal, romana, marina y renacida en este libro. Tiempo y vida que tú retratas y te retrata, Hoy vienes toda. Como un milagro que se demora. Toda, como un cuadro de Antonio López, labor que el tiempo construye en parsimonia, hasta el fulgor de hacerse, de hacernos. Quiero decir de estar y ser para y con nosotros.  Nosotros, los que te leemos con la misma vocación intensa con la que tú leías a Neruda, a Paul Celan, al oriolanoNunca –dijiste- he leído auténtica poesía sin que me salpicara la sangre del poeta. Sí, con esa misma sensación te leemos. A ti, Elvira toda. Mujer, poeta. Por todos estos años últimos de fraternidad, y ojalá que de consuelo, queremos confesar lo que sigue: Que tanto este tu libro, Poesía completa, esta lujuria impresa de Evohé, como estas palabras dichas, son tan sólo pobre excusa, máscara torpe. Es preciso que sepas la verdad, que nos hemos convocado, nos hemos ajuntados, nos hemos libremente conjurado, 57 años después de tu primer libro, para decirte aquí, sin más, que te queremos.
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Poesía Completa, de Elvira Daudet. Ediciones Evohé. 2016. Con la colaboración de la Diputación de Cuenca.



5 comentarios:

Jorge García Torrego dijo...

Gracias por la sensibilidad y la cercanía, Paco. Un abrazo grande y fraterno.

Isolda Wagner dijo...

Emocionantes tus letras, Paco. Un placer leerte. Elvira es todo eso y más. Un beso enorme y agradecido.

Ángeles Fernangómez dijo...

Verdaderamente fue emocionante y no solo para Elvira (que lo fue mucho). Creo que se le está comenzando a dar a esta gran poeta un pico del espacio que se merece dentro del panorama poético español. Tu presentación, Paco, impecable.

Miguel Ángel Yusta. dijo...

Estas palabras son el gran marco, lujoso, delicado marco, para un cuadro vivo donde habita -y por muchos años- la poeta grande, mujer grande, valiente y admirable.¡Qué bien se siente uno leyendo y gozando esas palabras! Elvira es poesía-verdad. Un abrazo.

Antonio Capilla dijo...

¡Qué grande eres, Paco! Nadie como tú para presentar a esta enorme poeta y magnífica persona