Manuel Cortijo Rodríguez escribe sobre "El oficio..."


          Un viaje a la escritura de la vida

Francisco Caro, El oficio del hombre que respira 
XLIII Premio Nacional de Poesía ‘Antonio González De Lama’
Ayuntamiento de León (Eolas ediciones, 2017)



      Desde Salvo de ti, 2006, su primer libro publicado, hasta El oficio del hombre que respira, 2017, Francisco Caro, Piedrabuena, (Ciudad Real) 1947, ha insistido en su actitud lírica, en un laboreo pertinaz, con resultados luminosos, hasta izar una obra poética de extraordinaria solidez. Entre una entrega y otra, según nuestro recuento, han quedado diez libros merecedores de reconocimientos tales como los premios Juan Alcaide, José Hierro, Ateneo Jovellanos, Leonor y este Antonio González De Lama, que ahora nos ocupa.

En El oficio del hombre que respira, título prestado de un verso del poeta tinerfeño Luis Feria, queda patente el compromiso, la exigentísima actitud poética, la virtualidad de la experiencia y el alto poder de inspiración con que eleva Caro su voz hasta las cimas deslumbrantes de la iluminación y la plenitud emotiva. Y es así, en esta actitud sin deslindes visibles ni rupturas, donde se articulan los treinta y dos poemas, precedidos de un poema prólogo, como arranque proemial, de que consta la entrega, seccionada en tres partes denominadas «Del sur en la escritura», «Patio en agosto» y «Lo fugaz y lo inmóvil».

     No espera mucho el poeta ni hace esperar a nadie. Ya en el poema prólogo antedicho, deja al descubierto el impulso fundador de la experiencia, de la vivencia como inversión del sentimiento y los fervores que acaban, «como oruga del tiempo que aguardase», por ser revelación. Aporta el poeta, ya de inicio, sus razones de ser y estar ante la actitud lírica del propio constructor apasionado: «Como callado oficio/ del hombre que por mí respira/ así me escribo».  

    Poeta de largo recorrido, Francisco Caro campa en este título por las jugosas claridades del día, por las luces vivificadoras del significado de sus poemas para llegar más lejos cada vez que decide distancias («un reto de distancias») para escribir la vida como quien ha conocido ya «el polvo de la marcha,/ el sol con que se guían los audaces»; o bien en vecindad y sin «recelo», se dejó acompañar y fue testigo «de veranos con nieve,/ de crepúsculos pálidos…». Así esperando a Borges, pero también a tantos otros poetas de verdad (Roberto Juarroz, Aníbal Núñez, Antonio Colinas, Ausiàs March) «en las noches de tregua y estrelladas…»: presencias con memoria que alimentan el sol de lo inefable. 

    Poesía altamente meditativa e iluminativa, de búsqueda constante, que en su fuga rebasa su propia condición alumbradora, llega más lejos, más arriba en alcance de sus propias órbitas: «del afán genitivo de la luz/ y de la sed…». Los momentos oscuros del vivir, los alumbra el poeta, a través de lecciones magistrales,  con la luz de lo escrito, con la música sola y el sol de la palabra, la  mirada poética tan resplandeciente y evocativa «de luz en donde alzarme/ porque termine en llamas la partida».

    Tan fervorosamente como Francisco Brines volviese a la casa familiar de Elca, aupado sin estribos por una melancolía emotiva y ascensional, vuelve nuestro poeta a la suya, a su piedrabuenero «patio de agosto» de paredes altas, aromadas de rosas y cantos de jilguero, donde «imposible no estar,/ no ser en alguien, no escribir…». Regresa con frecuencia a aquel patio testigo de la metamorfosis poética, de la génesis manuscrita de una poeticidad deslumbrante, allí donde brotaron a la sombra de un ciprés «los primeros poemas», vuelve a aquel espacio feliz de su alma, que es hoy aún no sólo memoria evocativa, sino luz mirada que juega «entre las aspidistras». Ya pocas dudas caben, por no decir ninguna, de que Francisco Caro espera en ese estadio de sus amores el destino vital de la palabra, como si en él cupiese, residiese el misterio, el sostén renovado de la perdurabilidad:

Espero,
y esperar es saberme
entre lo no acabado. (pág. 46) 

    Comparecen aquí hondísimos registros sentimentales, fragmentos autobiográficos de muy largos efectos que simbolizan plenitudes pujantes de la infancia, de la casa que fuera: «Un terreno infinito era entonces. Y pozo sin macetas. Los padres atendían a tejar el futuro, levantaban».

     Tránsito y amenaza, el tiempo enuncia siempre caída y rendición, una lanza tenaz que atraviesa la vida, cualquier vida, la del poeta ahora, que forja su andadura mirando hacia el invierno, ahora que: «Hay poca luz/ y arde con frío/ el carbón de la escarcha…». Una forma poética directa, nos señala en este libro esencialísimo, de plenísima madurez, un camino a seguir, una mirada a tantas experiencias no cumplidas aún, no reveladas de «un paisaje dispuesto de herramientas/ con que escribir aquello que creímos saber, que nos sostiene…».

     Francisco Caro porta al hombro un ceñacho cargado de herramientas: palabras bien sobradas de corazón, palabras muy hermosas que huelen a verdad, a honestidad suprema, con que dejar momentos muy puramente líricos en su esforzada acción poética, con que «dejar lo escrito» bien atado, conmover con poderes de poeta iluminado, que sabe lo que sabe de su oficio, lo que renta este viaje a la escritura de la vida, tal vez a la esperanza de un hombre y su otra parte iluminados del vivir y sus pérdidas, pero también con la polilla alimentada de sus propias sospechas:

Tuve, tengo
igual que tú el mismo miedo,
jamás debimos
 decirnos la verdad,
 esa cóncava forma de suicido. (pág. 72) 

Francisco Caro es, hoy por hoy a todas luces, dueño de una voz poética singular, como ya se ha reseñado más arriba, abundantemente reconocida. Y este libro, El oficio del hombre que respira, agranda su figura de hombre y de poeta, nos deja disfrutar un claro ejemplo de la mejor poesía que se hace en este tiempo.

Manuel Cortijo Rodríguez

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