miércoles, 22 de marzo de 2017

¿Público versus lectores?

Del blog de José Luis Martín


      Está el ambiente madrileño de homenajes poéticos. Y Gloria Fuertes arrasa. Tiene pinta de ser tan popular y tan extendido como el de Miguel Hernandez de hace siete años. No es fácil ser un poeta extendido, una poeta extendida. Pero Gloria y Miguel lo son. En esa alegría estamos todos. Público y lectores. Como está por Madrid, de paso y vuelta a/de Sevilla, el vasco Karmelo C. Iribarren y no nos fue posible ir a escucharle. Su poesía en distensión está muy de moda. Dice El País. Y eso ha cabreado a muchos. Y ha enervado los ánimos. José Luis Martín incluido. Público versus lectores. El reportaje a toda página del diario de Cebrián duele a quien no lo tiene. Pero los poemas de Karmelo, tan amables, tan casi sin esfuerzo, no son mejores que antes tras el desparrame. Tampoco peores, no sean malos.


Foto de José Luis Torrego

      Nosotros estuvimos escuchando a Miguel Ángel Curiel, un poeta fértil, que a veces baja desde su retiro lucense. La cita fue en Enclave, marzo y 15. Hasta él, que es español nacido en Alemania hijo de extremeños, llega la generosidad inclusiva de la Editora Regional de Extremadura que ahora maneja Eduardo Moga. Allí le han impreso El nadador. Y vino a presentarlo a Madrid. Siempre lo hace. De forma simultánea Amargord daba a luz sus Luminarias II, conjunto de apuntes a modo de dietario en donde el poeta coquetea con la sugerencia del poema, sin atreverse a fijarlo. O tal vez sí. Porque la poesía, si es conciencia del mundo, habita donde encuentra calor, independiente siempre del habitáculo que le preparemos. Cuántos poemas canónicos han escuchado sus pasos -los de la poesía, digo- alejándose. Me lo recordaba, ya en la calle y con los fumadores, el poeta Raúl Nieto de la Torre, que pronto presenta.  Allí, en la calle Relatores, voceaba José Luis Reina Palazón su traducción de la poesía suiza contemporánea, que pronto tendrá lanzamiento. Antes, en el interior, Paloma Corrales, un puntito azorada, pero tremenda en su decir, leía un texto de presentación que enaltece esta actividad. Restallante. Un fulgor. Un texto cuidado que venía a jugar, cartas contra cartas, con la poesía de Curiel. Un reto de pisadas complementarias. Un elogio a la locura de ser poeta.

Foto de MCBarri




      Poekas quiere decir poetas de/en Vallekas. Así, sin más. A sus tertulias habituales suelen invitar a un poeta de referencia. El jueves 16 estuvo allí Elvira Daudet. Qué distinta la lectura cuando se realiza sin escenarios rigodones sino a la misma altura, cara a cara y sin micrófono. Encerrados todos con un único juguete, el del temblor que la palabra pueda convocar. Elvira es frágil de cuerpo y de acero su decir. Se ha ganado pulso a pulso el reconocimiento presente. Leyó poco, no suele leer más de seis o siete poemas, largos, de los suyos. Esta vez evitó el desamor como pretexto. Eso da muestra de su alegría actual, y de su belleza. Los oyentes colaboraron con lecturas alternativas y/o dramatizadas. Pronto será nombrada de forma pública poeta de referencia en el barrio y se editarán, por Bartleby, 1500 ejemplares de la antología que le preparó Lastura hace unos años. Porque se difunda. Porque el lector se convierta en público. Y viceversa. Que nunca viene mal en este oficio con voluntad -a veces- de secta exclusiva.

jueves, 9 de marzo de 2017

Último sol de febrero

Con saliva buscada, y entre dudas,
aquel que abandonaste
escribió con las albas
de este patio y su sueño
los primeros poemas

 recuérdalo esta tarde,
cuando la voz te brota
del temblor que ahora eres.

Aquel
adolescente y tú,
dos orillas en aspa, dos espejos
que enfrentados se miran, dos que extrañan 
los otros hombres
que con el tiempo fuisteis

y el amor o el hastío que habitaron.

Piensas que todo está
callado en ti (y en él)
y que nadie sabrá de lo pretérito
si en este
febrero -que te inquieta, que te inquiere-
nada dices ni escribes.

Dudas. Miras la tarde,
alta y sol, y los ves
pasar indiferentes, en voz baja pronuncias:
Ni siquiera los pájaros
sospechan el secreto.

miércoles, 1 de marzo de 2017

La sien, el pulso

      No ha estado la redacción ociosa en visitas, ociosa en poner el dedo corazón sobre la sien, sobre las venas de la sien que marcan como pocas los latidos. Es preciso prevenir las arritmias advirtiéndolas a tiempo. Otra cosa ha sido el trauma que ha imposibilitado la escritura. el acto de plasmar en un  electrocardio lo sentido,lo escuchado. El acto de traerlo a este papel virtual.
No obstante, he aquí algunos rasguños, Algunos momentos. 



      Lo hicimos tomando el aperitivo con Ángel Petisme, el ángel mañorokero que presentó en la matutina del sábado 4 del 2, Enclave, su El dinero es un perro que no pide caricias, con que ganó un premio en su tierra. Es un poemario compuesto de poemas largos, rebeldes a su modo, sarcásticos siempre. Su estilo. Teresa Agustín, poeta turolense leyó un texto bastante aclaratorio y Manuel Vilas, que la siguió en el uso, desbocó su río irónico, cómplice y malevo. Ángel Petisme, 30 años de poeta público, leyó dos poemas. Largos. El libro tiene seis. Lo volvimos a hacer escuchando a Julieta Valero y a Olenka leerse en público para leérnoslas las postales que durante un año se fueron remitiendo cada semana y que la sensibilidad de Mara Troublant y Paco Moral han convertido en  La  nostalgia es una revuelta ( no un error), delicia que puso en nuestras manos su Tigres de papel. Qué buenos nuevos editores están surgiendo. Una Julieta mucho más cerca de los afectos y del pálpito que del cerebro y una Olenka venezolana en París, imaginativa y en desparpajo, hicieron vibrar a la champañería de Las Vistillas. Por cierto: anoto que faltan champañerías en Madrid. Y unos días antes, el 15 de febrero para más señas, la mano en la sien para escuchar la daga del lenguaje de Tomás Sánchez Santiago en una lectura como hacía tiempo, seria y sin concesiones, como su edificio poético levantado con sosiego y lleno de intenciones. Hablo de Pérdida del ahí, que ha editado con prisas Amargord. Hay poetas de talla. Quedan. Y es placer escharlos, no cabe duda.


      El lunes 27 y en la Alberti, fue tiempo para Amalia Iglesias. Ahora parece que en Salamanca y desmelenada en publicaciones tras diez años en silencio. Remarcó mucho su procedencia agraria. Y leyó un magnífico poema nostálgico recordando cuando su padre mojaba el trigo para simiente, con con agua azul de cristales azules machacados. Y que su madre le explicaba que eran para matar la niebla, los granos encizañados. Para mí que era sulfato de cobre, alias el fungicida, pero esa es otra de las labores de la poesía: Vestir el mundo con otra mirada. A lo Juarroz. Y Amalia lo consigue, con esa rara naturalidad que camina siempre en el borde elegante de lo sensible. Presentó dos libros. Uno que viene de lejos,Totem espatapájaros, que ha editado con primor Abada, en la que los poemas, blancos sobre negro, adquieren formas de perfilados de dioses de piedra, De él habló, a folio extendido, extendido, y con cordura Clara Janés. El otro, el de los rumores campesinos se titula La sed del río y fue presentado con ingenio y glamour por Ángel Gabilondo, incluso con humor al asegurar que los libros de poesía no pueden presentarse y él no lo haría. Ambos poemarios hablan de la memoria como manantial de emociones, como asidero de los vientos, como el infinitivo de todas las cicatrices. Escribir, se dijo por allí, es una lucha entre la libertad y el recuerdo. Y cada día es umbral. Y cada día es abismo.


Tótem I
Entre
tótem y
autómata,
una zozobra
de marioneta,
virutas de tiempo
invisibles hilos
de oro tiran
de ti hacia
los bosques
sagrados de los druidas. Desde los serbales milenarios,
el muérdago llega hasta tus brazos, se hace resina y ritual
para ahuyentar a la muerte. Entre
tótem y autómata la puerta propicia
para cambiar de ángel, el gigante de Cerne
Abbas tumbado en el campo de Dorset,
las cabezas vigilantes de los Moáis
en Rapa Nui, los cuerpos silueteados
al abrigo de las rocas, los monigotes
de la infancia y la caverna, y los
robots que aprenden a mirarte.
Entre tótem y autómata el
espantapájaros crucificado en el
inmenso mar de trigo, el que siempre
te espera allí donde todo lo modela
el viento y tus pasos de niña no se
apagan. Dentro de ti, tu icono y
escondite y madriguera.
De “Tótem espantapájaros”.