miércoles, 10 de diciembre de 2014

Recuento




   Lo importante es convertir la literatura en realidad y no al revés –dijo el jefe- yo busco a los poetas que lo han pretendido. Busquémoslos. En esta redacción hay un cierto acomodo y nos estamos quedando en la cáscara. Un poeta es aquel que se pasea por el mundo sin piel, en carne viva y por eso le afecta tanto el frío de las cosas. Un poeta es un destino. Su misión no consiste en escribir sino en ser lo escrito. Habían amanecido las regiones con niebla y la mesa de redacción era reacia, como siempre, a contestar. Los veteranos ya conocían estos arranques de ira pensante en nuestro mandamás. Continuó: Los días inútiles son como una costra de mugre sobre el alma, tal vez escribir salve. Hay un murmullo de ansiedad poética en las gentes. Hay multitudes lanzadas al acto de escribir. No a leer. Leer acrecienta los temores. La palabra escrita como sanación es el signo de los tiempos. Tiempo pedido por la becaria. Habló: La ternura existe, tanto como la soledad. ¿Escribir? El amor nace de las cosas pequeñas. ¿Dónde hallar a un poeta? ¿Es cierto que viven ocultos? Fue entonces cuando intervino Jaime, el recién llegado: Un poeta es un adentro. Yo soy el conocedor de los misterios, el doloroso sonriente, el que guarda las llaves de los luz eros, por eso sé que el poeta es una piedra que rueda, que su noche está inclinada, que de su mano caen los platos para hacerse pedacitos. Yo sé que el poeta hace preguntas a los soldaditos de plomo. Y sabe que el color del desnudo es el violeta  Cerró el jefe: Los poetas viven en el entresuelo, Sabines, esperando el derrumbe. Y Jaime sonrió callándose. Pensaba mientras que el corazón del hombre no tiene casa sobre el mundo, es solo. Y escribía: ¿Qué otra cosa sino este cuerpo soy, alquilado a la muerte para unos cuantos años?