martes, 11 de noviembre de 2014

Alguien lee en la noche de julio


                                                   




 A Valentín Martín Martín, poeta carniceado, que escribe y grita en sus dos últimos libros.


¿Cuánto debes saber
de mí? ¿Cuánto más debo
saber de ti ahora, cuando escribo?

¿Cuánto deben saber
de nosotros aquellos que nos leen,
que buscan bajo el flexo
de las noches de julio?

¿Qué deben conocer de nuestras vidas,
Valentín, 
de las de todos,
de las suyas también nuestros lectores,
de lo que es o no literatura,
ascua o desecho?

Por qué queremos
dejar que miren otros
tras la tapia de cal que nos oculta,
esa que a nuestros ojos hace
que el mundo y sus posibles
existan turbiamente.

¿Qué debemos hacer?
¿Contar los roces
de la piel con la piel de lo velado?
¿narrar las travesías?
¿buscar lo imprevisible? ¿exhibir estandartes?
¿llevar la suma
exacta o vil
de todas nuestras negaciones?

¿Qué hacer con la conciencia
tuya y mía,
con las suyas?
¿suponer que hay encuentro,
miradas blancas, banderas?
¿corrompernos? ¿fingir? ¿hacerlo todo público?
¿editarnos?

Tentaciones vacías. Juego inútil.
Jamás nos hallaremos. Para qué
escribir, dejar libros
cuando estos son a veces
papeles en visita, ajenos puentes, sendas
que nos conducen mudos
a ver la nada.

Mas tú sabes 
que escribir es llamar,
que escribir es gritar desde lo huérfano
hasta los huérfanos: pedir socorro

tribal costumbre, sí,
pero tam-tam que nos mantiene juntos
porque a mí, porque a ti y a otros que fueron,
a las sombras que somos,
nos parezca que aún vivimos vivos.

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Un poema de Valentín Martín Martín



Ahora que el trigo se nos pone melancólico


Ahora que ya no eres joven, compañero,
y duermen su sueño lejano los días erguidos
coge todo tu tiempo y mételo en un poema.


Tal vez no sirva de mucho pero a cambio
recuperarás la lujuria del saxo turbulento
de tu primer amor y todos los siguientes,
las palabras que habitan en la sepia
de calendarios extenuados y palomas
que nunca encontraron el camino de vuelta,
el tráfico escarlata de tantos cumpleaños,
el caos con nombre y muslos de mujer,
y el frenesí de amar tan deprisa en los pensiles.


Regresarás a llamar a tantas puertas
sin respuesta y qué más daba,
a pensar que lo tuyo era un acorde descifrable,
no sé, quizás a argumentar sin altercados
los días en que construir azoteas
desde donde gobernar los sueños incorruptos
era un milagro que creías a tu alcance y lo estaba.


Ahora que el trigo se nos pone melancólico,
escribe un poema que te duela
y volverás a vivir en un instante.