sábado, 19 de noviembre de 2011

Viernes antes de la reflexión


Raúl Alonso

Estuvo pesadito Javier Lostalé, premioso en su análisis, zalamero, halagador con el poeta y su persona. Casi a punto de hacernos perder la noche. Porque era noche. Porque era noche de juandelacruz. El asunto fue en la Cacharrería auténtica. Diecisiete personas escuchamos la lectura de Raúl Alonso, poeta cordobés. Raúl, moreno y enjuto, con tensión delicada, soportó los demasiados halagos de Lostalé y la longitud de su prédica con paciente estoicismo. Después leyó sin enturbiar su lectura con comentarios. Leyó dos poemas de cada uno de sus primeros libros. Luego una selección suficiente de su inédito – Lostalé dijo que con la categoría precisa para haber obtenido el Loewe- con voz serena, medida. Sí. Parecen sus poemas surgir de la extrañeza ante el mundo, pero de la celebración del mundo, de la elevación del alma ante el mundo, del temblor físico, del temblor gnóstico, del gesto del hombre intentando alcanzar las cosas. Del misterio del conocimiento, del camino místico hacia la fusión con el Amado.
De formas exquisitas en la construcción del verso, pulidas hasta la desesperación, me dio la impresión de verse abrumado por lo que de él se espera. En el coloquio se habló de la ficisidad y de la abstracción, de la naturalidad del discurso y su necesaria belleza tanto conceptual como formal. De la incapacidad de escribir desde el planteamiento, sin provocación. Parece buen poeta. Sería de agradecer que halagadores y antólogos no le cegaran su camino con excesivas alabanzas. Entre los oyentes estuvo Luis Antonio de Villena, que lo antólogo recientemente y acompañó en esta su estancia en Madrid. (Llegaba Raúl desde Ciudad Real, invitado por Jesús María Barrajón a su Aula de Poesía). Maxi Rey grabó. Me acompañaron como oidores José Cereijo, María González, Marisa Montesinos y Federico Gil, que yo reconociera. El poema En la laguna, perteneciente a su inédito El temporal de lo eterno, lo tomo de Poesía Digital.


...Y cuando vuelva a mi jardín me los traeré en un bolsillo.
Como quien vacía el mar con cubos, eso haré,
sí, traerme lo ilimitado y volcarlo con paciencia,
 de muchas veces, en mi jardín.
 Antes, en el café Comercial, lugar ahora habitual para las presentaciones de Vitruvio, se produjo la de Un jardín contra la muerte. Prosa poética de José Luis Fernández Hernán. Poeta y novelista. Fue presentado por el exbelga Alfonso Berrocal en un texto meditado y metafísico, magnífico. Dicharachero y satisfecho Pablo Méndez. Sosegado, tranquilo, el autor. Leyó dos textos de los 17 que componen el libro. El jardín como proyecto, como concepto, como refugio, como salvaguarda, como prolongación, como cuerpo, como segunda piel, como nexo, como vientre a veces, como eslabón, como mano tendida. Como lugar en donde ver crecer árboles a la altura de los deseos y los miedos. El autor sabe que su padre murió sin conocer a su hijo, que él es el único que conoció a los dos. Que la muerte, que el nexo, que la vida.
Se llenó la planta primera del Comercial. Estuve con gran parte de la panda. La cosa se prolongó con ciertos vinos.

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En la laguna

El viejo palpa el junco. Lo recorre
con sus yemas augustas. Y lo arranca.
Repite el ritual con otros pocos
en la laguna donde están las garzas.
Él las contempla. Su corazón tiene
un poso amargo que no toca el agua.
Pero le gusta ver sus vuelos rasos
en la serena superficie lánguida.
Con los tallos fabricará una cesta
y meterá entre paños su nostalgia
para soltarla luego a la deriva.

                                 Raúl Alonso
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martes, 15 de noviembre de 2011

Con la lengua fuera

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Ya saben mis lectores de mis penalidades en el oficio de cronista. Ahorremos su repetición. Pero el jueves 10 estuve en Majadahonda con Celia Bautista y Enrique. Vino conmigo también la panda que me persigue y controla. Ahorremos repetir sus nombres. Intentaban presentar el libro de Ana Montojo La niebla del tiempo, que había ganado, cuando el calor de mayo, el Blas de Otero 2011. José Luis Morales habló, como otras veces, bien, muy bien. Dijo después, un poquito, la viuda de Blas, Sabina de la Cruz. Cuando la autora intentó hablar, un gemido infantil recorrió la escuadra de asistentes feroces. Este gemido: ¡Abuela Ana, es la abuela Ana!. Quiero decir que los nietos de la autora estaban allí y voceaban su ternura. En fin, otro milagro de la geriatría, que diría Ángel González. Poesía fresca, de cotidianeidad observada, con vigorosos y acertados guiños a la complicidad del lector. Excelente para un primer libro, aunque se adivinen poemas con edad.


Paco García Marquina rodeado de chicas
Al jueves sigue el viernes. Estuvo casi llena la Sala Trovador. Y allí la panda, controlándome. No me amilanan en mi labor y lo saben. Allí leyó María Juristo. Dijo que eran poemas que miraban a la cara de la Nada. Logró su objetivo. Tras el ineludible interregno temporal de Ruiz de Torres, y la lectura de poemas ajenos por Gracia Trinidad, tomó la palabra Paco García Marquina, objetivo designado. Vistió de terciopelo y amarillo palo. Aplaudidísimo tras su faena. El de Guadalajara tiene un prodigioso golpe de muñeca, tan sublime que es capaz de cambiar con un gesto la muleta del poema y sorprender al lector, al oyente, que no sospechaba su intención. Leyó primero de Cartas a deshoras, su último libro, y después se desparramó con inéditos desenfadados. Cita y acierta este poeta. Logró que olvidase que estaba trabajando. Me gustó menos ese afán por querer posar solo entre féminas a la hora del vino y las cervezas.
 
Alfredo Villaverde, Concejal, Natividad Cepeda, Ruiz de Torres
Sábado12, ya desde la mañana, la lengua fuera. A las 10, carretera camino de Tomelloso. Y manta. Allí esperaba Natividad Cepeda que había organizado un encuentro poético alrededor del vino. Entre los variados prometeos que acudieron de Madrid; Carmina Casala, Pepa Nieto y Alfredo Villaverde, que me compadecieron. Ruiz de Torres y Ángela Reyes lo habían organizado. Tras la visita a los paisajes de Antonio López Torres “el tío” y al Bombo del Museo del Carro, la comida manchega. La sobremesa consistió en un agradable recitado. Poetas madrileños y manchegos loando el trasiego del vino y sus efectos. Allí también la sonrisa de Pilar Serrano de Menchén, de Argamasilla de Alba. Me hizo merced de su último libro Corazón de Agua. Magnífica anfitriona Natividad, pero ya eran las seis largas y aguardaba otro servicio.


Eugenio Arce, Federico Gallego Ripoll, Diana Rodrigo
Corre, corre, pisa, vuela… llega a Ciudad Real. Los amigos del Grupo Guadiana: Eugenio, Diana, David, Juana, Elisabeth, Mari Carmen, José María, Toñi, Esteban, Resti, Presen, Santiago, Luis, Davina… entregan sus premios. A las ocho. Excelente puesta en escena. Cuidadísima. José Antonio Valle, vallisoletano, recibió el primer premio y Natividad Cepeda el segundo (Natividad también voló de Tomelloso a Ciudad Real). Sin metáfora voló Federico Gallego Ripoll desde Palma de Mallorca. Vino a su llanura, paisaje inevitable. Vino a leer un texto vigilante sobre el oficio del poeta, sobre el dominio que ha de ejercer la poesía sobre la palabra, sobre el respeto y la sumisión del lenguaje, como materia, ante el intento generoso de la creación. Un texto en la ribera del abismo, de la humildad y del orgullo que supone haber tocado alguna vez el milagro, la verdad de la poesía. Estuvieron magníficas las canciones de Rafael González. Pedro A. González Moreno llegó para escuchar todo.
Hubo cena y mojitos. Conversación. Relatos de esperanzas y maldades. Y un cadáver exquisito.
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viernes, 11 de noviembre de 2011

Poema: Antes de Eladio (Después de leer “Los trenes”)

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Antes de Eladio,
antes de que su voz, como del trueno,
descendiera y poblase,
hubo un tiempo,
un invierno en que estuve atravesando
con mi tío los campos de La Mancha.

Bajábamos en tren, hacia Valencia,
y era el caso que amaba yo esa tierra
que entonces nadie amaba
y a los trigos oscuros
que guardan su color

eran paisaje frío y viñas, gentes
que apenas destacaban de las cepas,
los míseros gañanes en camisa,
libres bajo la luz, que ensarmentaban
esqueletos y brotes,
rencor de guerra.

Cruzábamos en tren, aquel invierno
y eran las tierras anchas, ateridas,
pasiva indiferencia. Eran campos
de mujeres en pie, que en los pañuelos
ocultaban su pelo o la tristeza
de los vientres henchidos.

Por olvido humillados, seca brasa
los varones, repartidos y serios
por los ajenos trozos,
con gleba y alfabetos calizos en los labios
aunque a veces cantasen
intenciones y coplas.

Yo veía sus sombras
que atrás dejábamos,
los silencios de gentes que habitaban,
serenas, quedamente,
las casas que antes fueron de sus padres,
que con su afán colmaban las galeras,
que en sus patios dejaban
bajo aleros brotar las golondrinas

que rezaban felices
cuando al mediar el sol
ponían pan
en la mesa desnuda y agua clara.

Y es que yo era tan sólo doce edades
y algo propenso a la milagrería
del tiempo, y a creer que no era tierra
que debiera morir, ni sus canciones

que no era pueblo
para estar sin poeta.

Era
que antes de Eladio
la gente reducía su esperanza
y que negros y largos,
en los años de invierno,
los trenes iban lentos por La Mancha
a la espera, quizás, que algún muchacho,
cetrino, sin un padre,
en el trigo perdido o en las viñas
levantase los ojos y mirara.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Juan Carlos Aros regresó a Chile (y su circunstancia)

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En la noche del vierne4, le impresionó a mi amigo Juan Carlos Aros el salón del Ateneo, le pareció sublime, impresionante (tal vez viceversa). Le cautivó. Llegamos tarde de la cena con Antonio y Carolina. No escuchamos a Cereijo, no escuchamos a Guinda, banderilleros. Llegamos cuando Aarón García Peña repasaba los pueblos de la provincia de Barcelona y atribuía a cada uno de ellos la impresión lírica con que le habían dañado. A Juan Carlos le gustó. Entre el resto del público estuvo dividida, no tanto sobre la validez poética de la primera solución provincial , sino sobre la propuesta en sí. Es conocido que Aarón quiere hacer una enciclopedia poética compuesta de 50 libros, cada uno de ellos dedicado a una provincia. Original y ambiciosa sí es. Yo creo que no tendrá competidores. Juan Carlos no entendía demasiado ese afán geográfico. A él le preocupa más el vino chileno: está enamorado de su calidad y sus modernidades varietales. La verdad es que sabe. Nos hemos pasado días probando vinos españoles y dice que no, que los chilenos. Juan Carlos Aros regresó hoy miércoles a Chile, no sin antes patear Madrid, hacerse asiduo de la taberna Argensola y visitar Libertad8 el pasado martes8 para escuhar a Pepe Esteban.

Pepe Esteban, claro
Que Pepe Esteban.es una enciclopedia de sucedidos literarios, todos sabemos. Él también. Cuenta con regodeo. Dice que fue poeta un tiempo, que luego no, que ahora casi. Las Hazversidades cerraban su segundo ciclo con él. Juan Carlos estuvo atento a cuanto Pepe contaba, que fue variado y curioso. Hubo sonrisas y risas francas. Dijo: “Lloviendo y Garciasol, hoy no hay Dios”. O contando la errata de aquel poeta cubano cuyo verso “yo tengo un fuego atroz que me devora”, quedó, por obra y gracia de la imprenta, en “yo tengo un fuego atrás que me devora”. Cosas. Al final leyó un poema. El director del curso, Jaime Alejandre, estuvo a su propia altura. Juan Carlos departió largo y tendido con Carmina Casala, con Rafael Soler, con Pepe Elgarresta (envuelto en hielo por incisión de un dentista), con José Luis Morales. Qué alegría para mi poder besar a Elvira Daudet. Ah, también estuvo Juana Vázquez, que la vi, que me vio, y Enrique Gracia, y Cortijo Cieza y Rafa Borge. Unos salían, otros entraban, inquirí a la cámara de Maxi Rey: es que ahora damos un homenaje a Javier Lostalé. Le pregunté a Juan Carlos si quería. Me dijo, cachai, que le quedaban ciertos vinos por probar para una más perfecta comparativa. Que le disculpase con Javier. Eso haré.
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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Juan Carlos Aros, poeta, chileno y premio "Nicolás del Hierro" 2011

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Carmina Casala, José Luis Cabezas, Juan Carlos Aros, Nicolás del Hierro

Hasta el último instante. Hasta el último duelo duró la decisión. Juan Carlos Aros tenía clara la voluntad de volar hacía España. Hubo inconvenientes, pero se resolvieron. Estuvo en Piedrabuena el pasado sábado 29 para recoger su premio y la edición de su libro “No hay barcos a la vista”.

Mientras volaba, Dios nos libre de Iberia todavía, con imprevista escala en Buenos Aires, el blogero escuchaba a Miguel Ángel Curiel, poeta decidido. Miguel Ángel escribe bajo el agua, en inmersión, allí donde las palabras, depuradas por el frío y por la densidad del medio, se mueven cautelosas. Bajan, arrastradas por el poeta, viven en las burbujas últimas del aire, apuradas, nerviosas por encontrar los cuerpos de los amantes, que las esperan. Guadalupe Grande presentó bellísimamente"Los sumergidos" en la Librería Rafael Alberti, un recinto pequeño y lleno. Esperanza Vives leyó un poema. Miguel Ángel es un poeta que gusta a los poetas. Le hubiera gustado a Juan Carlos Aros haber llegado antes para estar con JCereijo, con Paca Aguirre y FGrande, con AMasieu, con PAGonzález Moreno, con APorras. Seguro que hubiera disfrutado.

Pero llegó. Recio y emocionado desde Talca. Sin que nadie le intimidara. Satisfecho tras tanto tiempo dedicado a la poesía, al silencio de la poesía. Este blogero tuvo la suerte de poderlo acompañar durante su estancia en Piedrabuena, junto con el poeta que da nombre al premio, Nicolás del Hierro. Juan Carlos, hombre humilde, como se confiesa, conectó por la vía del afecto y la sinceridad con las gentes que le acompañaron el sábado 29 en la tarde-noche.

Carmina Casala, que fue miembro del jurado, presentó el libro, sobria y eficazmente. Fijó su atención en el discurso sumergido que recorre el poemario, en esa visión de un pasado sin recompensa, aunque tranquilo en la cotidianeidad. También señaló que en los poemas vive un anuncio de futuro, una búsqueda de concilio con la realidad. Antes, Nicolás del Hierro anotó la fuerza de las imágenes y la singularidad de las motivaciones de No hay barcos a la vista.

En todo momento el rostro de Juan Carlos reflejaba la emoción desbordada, la tensión del anhelo. La fuerza de creer. Leyó textos de poetas chilenos y españoles antes de hacer lo propio con los suyos. Durante unos minutos habló de cuanto el premio suponía para él, para su oficio de poeta, para su compromiso con la poesía. El abrazo final con el alcalde, José Luis Cabezas, liberó la intensidad de sus sentimientos.

Es la vez primera que el premio Nicolás del Hierro, en su XV edición, se entrega –bien merecido- a un poeta americano. Buena excusa para una cena en excelente compañía.

II

Antes del amor no había nada.
No estaba el huevo, ni la gallina.
No había tiempo, no existían los diarios.
Antes del amor era todo extenso y breve.
La vista se perdía en las marismas
o se alojaba en el musgo de los ríos.
Antes del amor no había nada.
Nadie deseaba a la hembra del vecino
y la palabra envidia no se pronunciaba.
(Los diccionarios no existían).

El amor tiene una fuerza de miles de bombas nucleares.
Pero antes del amor tampoco había bombas nucleares.
No había nada.
Unas cuantas medusas locas
y uno que otro pez ciego en los intestinos de la tierra.
Antes del amor no había nada.
Después sí.
Después el hambre, la sed.
Después la guerra, la alambrada.
Después el verbo y la orina.
Después el ciclo y las cábalas.
Antes del amor no había nada.
Después sí.
Aparecieron los sacerdotes y sus guarismas.

Recién inaugurado, llegó el fin del mundo,
el miedo a lo desconocido, las tinieblas.
Antes del amor no había nada.
Después sí, llegaron las pesadillas.
Las musas, los ministros, las prostitutas.
Los ruidos, los militares, los héroes, los mártires.
Es tan corto el sentimiento y es tan largo el olvido.
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